Crónicas de la Argentina contemporánea






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Operación Democracia

Celebramos el triunfo de la Operación Democracia. Como es lógico lo celebramos, entre otras cosas, con encuestas: las encuestas son la forma democrática de reemplazar al pensamiento. En Clarín, una excelente: el 66% dice que el país está mejor que antes y el 47% dice que la situación económica está mejor. Pero, entre ellos mismos, la mayoría dice que la atención de la salud, la política sanitaria, el nivel de la educación, las condiciones laborales y la aplicación de la justicia son peores que antes.

Triunfo de la Operación Democracia: el placer de ver que esa gente que dice que su salud, su educación y su trabajo son peores que antes opina que el país está mejor y se regocija porque hay más libertades individuales y de prensa y, claro, más respeto por la ecología. Uno de los aspectos más astutos de la Operación: convencer a tantos de que los intereses del país son distintos de los intereses de sus ciudadanos. Otro, tranquilizador: convencerlos de que ciertos valores ¿éticos? valen mucho. Es un alivio: como los dueños tienen claramente más fuerza que nosotros, esos valores ¿éticos? son un reaseguro de que no nos corran a patadas. Otro, sorprendente: convencerlos de que esos valores ¿éticos? son más importantes que la salud, la educación o el trabajo de cada cual. No me extraña que hablen pestes de la política, si están tan convencidos de que la política –la buena marcha del país– tiene tan poco que ver con sus vidas, o mejor: no tiene por qué mejorar sus vidas. Un éxito de la Operación Democracia. Todo eso, si la encuesta en cuestión tiene algún sentido.
La carencia

Al señor le faltaba algo. Tenía un traje gris cruzado, como debe ser, cuarenta años con mucha manicura y el bigotito de los turros argentinos. Tenía, en ese punto, las piernas bien abiertas: una estaba apoyada en el suelo, con la punta del zapato hacia afuera, apuntando para el lado del ciego de las ballenitas; la otra colgaba sobre el cajón del lustra. El lustrabotas era una nuca peluda que se agitaba al compás del cepillo. El señor no lo miraba, y le faltaba algo. En una mano tenía el movicom minúsculo, el modelo para tiempos de sida; en la otra, al cabo de los dedos fríos manchados de tabaco, pesaba la ausencia de un culo tostadito: prieto, trabajado, turgente: el cetro que el señor necesitaba.
Ocaso porteño

"Sólo una cosa supera la estúpida felicidad de una mujer que cree que ha sido bien cogida: el imbécil contento del hombre que cree que lo ha hecho" (Grimaud de la Grenouillère)
Errores y excesos

En otras encuestas, hace un par de semanas, resultó que la mitad de los consultados opinó que Menem y Alfonsín habían hecho mal al negociar en secreto, mintiendo que no negociaban nada y que no se habían visto ni en figuritas. Pero un 72% de esos mismos encuestados aprobaba el acuerdo que firmaron. Me mintieron –venían a decir– por mi bien. La crítica de esa conducta no obstaba para celebrar sus resultados.

El mecanismo existía antes de la dictadura, pero en esos días se recibió de procedimiento patrio. Este 72% dice lo mismo que decían entonces: hicieron lo que tenían que hacer por mí, sólo que lo hicieron un poquito grosero. Nadie reprocha a los militares argentinos que hayan aniquilado a sus enemigos para salvar el capitalismo en la Argentina, pero les pareció un poco mal cómo lo hicieron. Nada grave: también a Menem y a Alfonsín se les pueden perdonar sus errores y excesos.

Todo sea por la patria, que nunca se sabe bien qué es. Me gustaría saber cómo se las arreglan para hacer que esa indulgencia coexista con esa celebración (ver más arriba) de los valores ¿éticos?
Cómo eran

"Hoy ha caído en la lucha, como un héroe, la figura joven más extraordinaria que ha dado la revolución en Latinoamérica. Ha muerto el Comandante Ernesto Guevara. Su muerte me desgarra porque era uno de los nuestros; quizás el mejor: un ejemplo de conducta, desprendimiento, espíritu de sacrificio, renunciamiento.

La mayoría de los gobiernos de América no van a resolver los problemas nacionales sencillamente porque no responden a los intereses nacionales. Ante eso, no creo que las expresiones revolucionarias verbales basten. Es necesario entrar a la acción revolucionaria" (Juan Domingo Perón, en una carta de 1967 citada en Primera Plana, 442, 20/8/71)
Yeah

Me gusta que los carteles de las rebajas, últimamente, estén todos en inglés: cut, sales, incredible, 20% off. Ya nadie se atreve a decir que está reventando la mercadería en buen criollo. Es una gran contribución a la esperanza colectiva: si hay mishiadura, por lo menos que parezca el Bronx.
Diez años

El hombre tiene más de setenta: está gastado y maneja despacio, con precauciones y temblores, pero la voz aguardentosa todavía le da para putear a diestra y siniestra. Tiene el pelo ralo, las manos nudosas y la oral deportiva en la radio del taxi.

–Yo laburo y laburo, siempre laburo, y no pasa nada. En cambio conocí a uno, un tachero también, que le decimos chapulín colorado, un inútil total. Pero era judío, así que se fue para Israel y no volvió más. Esos sí que tienen adónde caerse muertos.

El falcon que viene por la derecha nos frena en la cabeza, y el hombre le grita un insulto de la escuela primaria.

–Esto no se arregla. Por lo menos en menos de diez años no se arregla. Así que a mí ya no me toca.

Dice, y sigo sin poder verle la cara.

–¿Por qué?

–Porque yo para entonces ya no voy a tener ningún problema, no voy a tener.

(Diciembre 1993)
Guerras Sucias
Después, algunos se arrepintieron de no haberlo hecho por derecha. Borges se lo había advertido ya entonces y, años más tarde, algún general en el debe de la vida sintetizó: "Tendríamos que haber fusilado con juicios sumarios y en la cancha de River". Pero la historia, en estas playas, es una vieja señora muda que sólo sirve para izar banderas. Años más tarde aún, ahora, ante otra guerra más inverosímil, infinitamente menos trágica, el mandatario que supimos conseguir hace lo mismo. Como para demostrar, dentro de lo que cabe, que hay estilos argentinos de gestionar la cosa pública que no se abandonan así como así.

El mecanismo es el mismo. El mismo de la patoteada de esquina, del caudillaje de matorral, de las peores caricaturas de la sangre latina. Hay, ahora, otra guerra que quiere emprender el Estado argentino y, como en aquella, a la que llamaron guerra sucia, los que lo manejan se privan de emplear los resortes legales, se lanzan al campo de batalla con el sólo respaldo de su iluminación. Un gobierno –distinto, de diferente origen– vuelve a transformar el Estado en terrorista, en una máquina que trabaja contra sus ciudadanos o, al menos, negándoles cualquier capacidad de decisión.

"El enviado de Kuwait me pidió que mandáramos fuerzas al Golfo", dijo el presidente hace un par de días y, después: "Es una decisión que ya hemos tomado". Lo mismo que dice sobre el indulto, y otras menudencias. "El Estado soy yo", decía Luis XIV, y tantos otros después, y después Videla, y ahora éste. Y transforma una guerra sospechosa en otra guera sucia, legalmente clandestina.

En ambos casos, la decisión tomada desde el bunker, desde la ilusión de la propia superioridad, desde la lógica de yo soy el que sabe qué hay que hacer –porque sólo yo conozco todos los datos, porque he hecho de la política un arte del secreto y de la lengua bífida. En ambos casos, la misma incapacidad para confrontar sus argumentos con los argumentos de los otros, para sostener sus decisiones con palabras que no sean la consabida verborrea contradictoria ante las cámaras de televisión. En ambos, el mismo desprecio por cualquier opinión que no sea la propia.

Y, en ambos mecanismos, la misma arrogancia prepotente, la misma estupidez: si llega a haber en el Golfo algún error, algún exceso, y llegan de vuelta cuatro o cinco soldados de la patria en cajones de pino, la responsabilidad de esas muertes no será de la nación, de sus órganos de decisión legales, sino de un señor omnipotente. Que tendrá que responder, quizás, como aquellos otros gobernantes, por ciertas violaciones. Como aquellos gobernantes a los que prudentemente indulta, por si acaso.

La democracia parlamentaria es uno de los inventos más astutos, más canallas, de la modernidad. El truco es simple: consiste en crear los mecanismos necesarios para que todos los habitantes de un país suscriban las decisiones de un pequeño grupo en el poder. Consiste en convencer a esos habitantes –a través de los medios, las presiones, la seducción– de que les conviene lo que a esos pocos les conviene, y de que son ellos los que deciden lo que esos pocos deciden. En la Argentina parece, cada vez más, que ni en ese truco confían esos pocos. O no del todo. Lo cual a veces me indigna suavemente, y otras me alivia. Con un poco más de astucia, en este caso, podrían haber conseguido que la decisión de secundar a los Estados Unidos en la guerra del Golfo pareciera otra elección de los argentinos, otra vergüenza para los argentinos. Pero ni siquiera. Lo único que supieron conseguir fue otra guerra sucia, otra patoteada criolla, y un consuelo: esta vez, los que pueden morirse son ellos.

(Septiembre 1990)
Sólo Imberbes
Ya se sabe que éramos imberbes, pero no éramos tan tan estúpidos. No tanto como para seguir hasta la muerte o el exilio a un líder que dijese las tonterías, incoherencias, lugares comunes y agachadas que dijo, en canal 9, en su reaparición para la televisión argentina, Mario Eduardo Firmenich.

Con un truco: aceptar como su interrogador a un periodista tan desprestigiado por su papel en la dictadura, que su propia posición se hacía un poco más fácil.

Lo cual no era del todo fácil: entre ambos, periodista del proceso y ex guerrillero menemista, armaron un espectáculo que parecía producido por el señor Tróccoli para mayor gloria de la teoría de los dos demonios.

Y los dos se reían, obscenamente, se intercambiaban sonrisitas: el espectáculo era de terror, pero cada cual tiene derecho a organizar el show que le salga. El problema es, en todo caso, que de la historia de una generación haya quedado como resto aparente la canallada de un engominado.

Sobre la guerrilla de los setentas no hay quien hable. Ahora empiezan a aparecer, tímidamente, algunas biografías periodísticas que se ocupan de ciertos relatos, pero eso no cubre el espacio que deberían llenar quienes se hicieran cargo de esos años, los revisaran, trataran de entenderlos.

(Un amigo me decía, hace muy poco, que tenía que explicarle a su hijo de once años por qué había nacido en México de padres exiliados. Y que no tenía una versión muy clara de las cosas ni siquiera para él.)

No hay quien hable porque no hubo, de alguna forma, ni vencedores ni vencidos. O por lo menos nadie que quiera ocupar, con las formas clásicas, esos lugares.

No aparecen triunfadores: Firmenich llegó a hablar, incluso, de un "empate pírrico, porque si los militares hubieran ganado no habrían sido juzgados". Falsea la cuestión básica: la pelea, aquella guerra, no era para ver quién juzgaba a quién. Era –según él y sus próximos nos repetían una y otra vez– para poner en marcha una sociedad más libre y más justa, con alguna forma siempre nebulosa de organización socialista. Lo cual, parece claro, no ha sucedido.

Si esos eran los objetivos, son evidentes los ganadores: los defensores de una sociedad capitalista de mercado en la Argentina. Pero claro, los encargados de defenderla se pasaron un poco de rosca en su misión de guerra, y entonces quedaría feo que radicales, peronistas, liberales y doñas rosas aceptaran y asumieran que si pueden seguir viviendo en esta Argentina capitalista es porque los militares hicieron el trabajo sucio de deshacerse de los que queríamos, entonces, otra cosa.

Vencedores, entonces, que no pueden más que disfrutar en silencio, sin alharacas, de los frutos de la victoria.

Y vencidos que no pueden seguir perteneciendo al bando en el que fueron derrotados, y defenderlo y tratar de entender las causas de aquéllo, por varias razones. Entre ellas, la perplejidad mundial sobre las formas posibles de la contestación política y, en el caso específico, el miedo, cierto arrepentimiento demasiado íntimo como para saber decirlo sin hacerse eco de los de enfrente y, sobre todo, la traición de los dirigentes que quedaron.

Y que se quedaron con el registro, con la marca de esa historia, y nos impiden de alguna forma pensarla, entenderla. Cuando Firmenich, frente al señor Llamas, dice "nosotros", se hace dueño, como si él fuera lo que queda, la voz de todo aquello.

Y reinventa una historia inverosímil. Cuando dice, por ejemplo, que se hacían montoneros los que venían de familias peronistas y erpios los que venían de entornos radicales o socialistas, instituyendo la política como fase superior de la parentela. O cuando basa buena parte de su acción en convicciones cristianas que muchos de sus militantes no compartían. O cuando justifica el empleo de la muerte con los mismos argumentos tomistas que los militares. O, más grave, cuando insiste en que todo fue un movimiento destinado a reponer la vigencia de la Constitución y las libertades democráticas.

Entonces creíamos –y Firmenich, supongo, antes que nadie– que la democracia era un medio para llegar a otra cosa. Es cierto que la suspensión del estado de derecho fue uno de los datos que explican el surgimiento de la violencia política. Pero su reposición no era el fin. "Con las urnas al gobierno/ con las armas al poder", fue la consigna montonera para las elecciones del 11 de marzo de 1973. Y en aquellos tiempos no sonaba tan extraño: había en casi todo el tercer mundo movimientos similares, y tantos estábamos convencidos de estar en el recto camino, en la antesala de la verdad.

Ahora, que la democracia se presenta como el gran valor, se hace difícil discutir esos días en que era, si acaso, un medio para llegar a objetivos sociales que creíamos más importantes. Ahora, que la violencia aparece homogéneamente demonizada, resulta complicado imaginar situaciones en las que millones de personas creían, en el mundo, que la fuerza era el derecho de los pueblos, en ciertas circunstancias. Nos lo había dicho, entre otros, Juan Perón.

Y más. Cada cual puede decir lo que quiera. Pero cuando alguien convenció a miles de jóvenes de ir a la muerte en funciòn de unas ideas, debería dudar un poco antes de falsear esas ideas.

De todas formas Firmenich a esta altura ya no le importa a nadie, no es más que una mala caricatura de sí mismo. Lo que sí importa, en todo caso –me importa– es discutir, aclarar, entender qué pasó para que tantos creyéramos en la posibilidad de aquellos caminos, y qué cambió desde entonces, y cómo, y por qué.

(Junio 1992)
Un Muro de Caras
Me impresiona ver sus caras, en el diario, el día señalado. El día, generalmente, lo señala el aniversario de su secuestro. Como si no quedara de ellos nada más. Hay un poema de Louis Aragon, sobre los muertos de la resistencia francesa: "Ya ustedes no son más/ que una inscripción en nuestras plazas./ Ya el recuerdo de sus amores/ se va desdibujando./ Ya ustedes sólo son/ por haber muerto." Allí, si acaso, quedaron inscripciones, monumentos en las plazas.

Cabral soldado heroico murió para que una canción patriotera dijese de él que se había ido cubriendo de gloria, y así Falucho, o el tamborcito de Tacuarí. Spies, Parsons y Fisher consiguieron que sus nombres se transformaran en una efemérides, el primero de mayo, convertidos en mártires de Chicago. Cuando murió Ernesto Guevara su imagen se hizo símbolo de una idea de la historia que después, parece, se hizo historia. Y estas caras, en el diario, en el aniversario de su desaparición, sólo suelen servir para el lamento, para la condena de las atrocidades. ¿Por qué todo lo que queda de ellos es su derrota? ¿Qué pasó?

Un muro de silencio y me impresionó. Me gustó mucho que se hiciera preguntas.

Mucho murió. Eramos tantos y no queda casi nada. Ningún proyecto aún reivindicado, ninguna consigna. Fuimos tantos los que, a principios de los setenta, creímos saber que conocíamos las formas de cambiar el mundo. Y muchos los que, en esa empresa, fueron muertos. Pero también muchos –más– los que sobrevivimos. Aparentemente, sólo como personas, quiero decir: ya no como portadores de aquel virus.

Hubo entre nosotros arrepentimientos, confusas autocríticas. Incluso estas palabras suenan ahora "de otra época". Tampoco esos arrepentimientos o autocríticas provocaron sobre aquella historia debates interesantes. De aquello no se habla, parece como si nada pudiera decirse.

No hay debate. Y si se habla de algo, son otra vez las caras. Como si todo lo que se pudiera decir, como pequeña catarsis de aquellos tiempos, es que los malos eran tan malos y nos pegaron tanto: se habla de las represalias y no de lo que las provocó. Debe ser más fácil hablar de la maldad del otro, la que está clara, no deja lugar a dudas.

Pero me resisto a pensar que de todo eso sólo quede el horror de las atrocidades, el repudio a los asesinos, la sacrosanta indignación por los indultos y otras continuidades. Es fácil esconderse tras el silencio de los gritos indignados y no recordar que de un largo tramo de la historia sólo se recuerda su final sangriento. Es fácil deplorar la libertad de los asesinos sin pensar a quién asesinaron, por qué, qué defendían con la picana en la mano. Es fácil ampararse en el refugio de los dos demonios; es fácil no decir que el resultado de aquella guerra, que ellos ganaron, es esta Argentina.

No hay casi estudios, relatos, películas sobre lo que provocó esa reacción, sobre la militancia de los 70, sus errores, las razones de su fracaso, sus aciertos. Pensar por qué la burguesía argentina creyó que tenía que llegar a un punto al que nunca había llegado antes, a torturar, matar, perder las reglas. Por algo sería. Digo: sentirían alguna amenaza. Hay una idea muy difundida que cuenta que éramos angelitos mirando llover cuando vinieron los muy perversos y nos llevaron. Nos llevaron, a casi todos, porque peleábamos contra la Argentina que ellos defendían. Insistir en la versión angélica es hacer que, una vez más, desaparezcan los desaparecidos: neutralizar incluso su muerte.

Desaparecer a los desaparecidos.

Parece como si las aberraciones, las traiciones (¿posteriores?) de ciertos dirigentes montoneros o del erp clausuraran la posibilidad de pensar aquella historia más allá de ellas, de pensar por ejemplo las razones que impulsaron a tanta gente de una generación o dos a sumarse a un proyecto que ahora se supone delirante, pernicioso. Como si todo hubiera sido la desmesura de una gran noche de copas.

La historia de aquellos tiempos es leída, si lo es, a través del prisma unificador de lo político en estos últimos años: la democracia. ¿Cómo leer, desde la exaltación de la democracia, un discurso en el que la democracia no ocupaba ningún lugar de peso? El valor social del discurso democrático –un valor tan fuerte que no permite hablar de algo que no lo incluya– aniquiló las posibilidades de un "debate democrático" sobre la guerra de los setenta. Digo: la democracia, ese supuesto ejercicio del derecho a la discusión, impide por el momento pensar aquellos años, los años tabú. Todo aquel discurso queda descentrado, desenfocado: los instrumentos cambiaron, simulan que no sirven para hablar de eso.

La democracia es el sistema político dominante de un mundo en el que cada dos (2) segundos muere un chico de hambre o enfemedades curables. Es más del doble, cada día, que todos los muertos por la represión en la Argentina. Acá, sin ir tan lejos, un gobierno democrático está vendiendo el país a un punto que ninguna dictadura osó. Pero tenemos tanto miedo, tanto resquemor por lo que nos pasó cuando tratamos de cambiarla, que no nos atrevemos a levantar un dedo contra la nueva iglesia. Ya viene por el pasillo el que dice:

–Pará, loco, lo que está claro es que es el menos malo de todos los sistemas.

La pequeñez de miras. La política como arte de lo posible. Yo no quiero hacer política: que lo posible sea la cruz de los que hacen carrera, de los que se venden en los pasillos o rebosan, incluso, de buenas intenciones. Una de las ventajas que nos da esta dispersión, esta falta de compromisos, es que, por pedir, podemos pedir lo imposible o cualquier otra cosa. Total, no podemos hacernos cargo de nada. Hasta que, a fuerza de pensar en pedirlo, tengamos ganas de conseguirlo. O no. Pero si limitamos los deseos al terreno de lo posible –la democracia capitalista, la desigualdad, la muerte tan fácil, el 10% de aumento– estamos jodidos. Por eso resulta que la política ahora no nos importa nada. Ese es, también, el truco: hacernos creer que la política es lo que hacen estos políticos, y que no da para más. Si fuera sólo eso, sería sensato dejársela, que se la metan donde puedan. Pero, de tanto en tanto, mucha gente cree que la política, en alguna de sus maneras, es una forma de cambiar el mundo. Y hay pocas cosas tan riesgosas pero tan apasionantes como esa pretensión insensata.

(Junio 1993)
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