Crónicas de la Argentina contemporánea






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Elogio del Resentido
La garompita le asoma por el bolsillo izquierdo del saco carmesí: la garompita sonríe, charla, escupe, y él todavía no se ha dado cuenta.

Así estamos. En cualquier momento van a empezar a parecer obscenas ciertas sonrisas. Ciertos gestos fáciles, distinguidos, la mirada del que sabe, la tranquilidad del que puede: un día de estos el éxito va a ser tan obsceno como una buena mancha de mierda en la solapa del sobretodo de piel de camello o garompita en el bolsillo izquierdo del saco de Armani: van a tener que esconderlo.

Antes el éxito era otra cosa. En sentido literal: no hace tanto, éxito significaba sólo el final de una enfermedad, y solía decirse: éxito letal, o sea: al cajón. En otros sentidos: el éxito se pensaba dentro de un contexto. No era lo mismo tener éxito, digamos, un suponer, en la Escuela de Mecánica que en cualquier otra escuela.

–Esa información fue brillante. Lo estás haciendo cada vez mejor, y todos te apreciamos mucho.

–¿Le parece que los chupados también, mi teniente?

–Bueno, siempre hay resentidos.

Se solía pensar que el éxito era un valor relativo: que tenía que ver con la adaptación a un medio determinado. Yo todavía lo creo. Me parece evidente que buscar el éxito significa saber acomodarse: descubrir cuáles son las expectativas de un número importante y tratar de cumplirlas. Encontrar qué de lo propio es vendible y puede salir en las revistas que muestran el esplendor de un modelo del desprecio. Para ponerlo más claro: el éxito en la sociedad menemista significa, en algún punto, una buena adaptación a la sociedad menemista.

Incluso el éxito de aquel que sorprende o critica: hace bien lo que se espera de él. No sorprende más de la cuenta; no critica de más. Lo hace en su medida y armoniosamente, para que su producto sea vendible: se pueda consumir. Es el grado de crítica o sorpresa que una sociedad descafeinada, semipánfila, está dispuesta a comprar: a tragar.

Ni siquiera importa demasiado lo que haga, lo que produzca. En realidad la trampa funciona en cuanto alguien entra en el juego y piensa su práctica en términos de "éxito o fracaso", y los mide por cantidades: ejemplares, raiting, el índice Dow Jones. Entonces ya cayó en la trampa de ganar: está perdido.

Hubo tiempos en que mirábamos el éxito con sospecha. Ahora parece que ya no: según el modelo de época hay, en el mundo, los que lo tienen y los que lo desean: no hay más. Y los que lo desean, como no lo alcanzan, son unos resentidos. La palabra es rotunda. El resentido, en cuanto se descuida, odia, y parece que la democracia excluye el odio.

–¿Usted negaría que el odio rebaja a quien lo siente?

–No, no lo negaría.

Escribió Bertolt Brecht en una obra de juventud. Lo bueno del resentido es que está rebajado por el odio, por el despecho. No necesita posar de triunfador: no tiene las uñas limpias y cada vez le importa menos lo que dirán de su camisa.

El crítico, en cambio, tiene el cuello bien planchado y una sonrisita de suficiencia. Sabe tomar el té sin hacer ruido. Sabe qué está mal; su característica principal es que él siempre sabe. El está afuera, ligeramente distante y, como es astuto, es capaz de señalar por qué esos engranajes, allá, están mal, no funcionan, son reprobables. La postura del crítico es demasiado elegante para ser poderosa. El crítico es uno que también puede conseguir éxito.

El resentido no. El resentido no busca la elegancia: odia.

El resentido está siempre indignado: las cosas no son como él esperaba, entonces cree que los demás se equivocan y se duele por eso y espera que alguna vez se den cuenta. Es lo contrario del dandy, que sabe que los demás se equivocan y los desprecia por eso.

El resentido siempre tiene la barba de días en algún lugar del cuerpo, y el cuerpo magullado. El resentido ha puesto el cuerpo y lo pasaron por encima. Sangra por la herida: la sangre mancha el tapizado. A veces es su propio tapizado y no importa, porque todo él es una mancha. Pero no se lo puede sacar a ningún lado, porque ensucia todos los sillones.

Pocos se reconocen como resentidos: Eva Duarte solía decir que ella sí lo era, cuando ya estaba jugada y sin fichas. No sólo por eso fue Eva Duarte.

Pero está claro que la antinomia menemista entre exitosos y resentidos es tan falsa como casi todo el resto: en realidad, la mayoría de los que no están del lado del éxito no están siquiera en el resentimiento. Están entregados: adaptados.

Al adaptado le va tan mal como al resentido, pero piensa que él mismo tiene la culpa. Te entrenan para pensar que la sociedad te ofrece todo y si no lo conseguís vos tenés la culpa. Ese sería el modelo también del menemismo, un modelo antiguo. Digamos, por ejemplo, la caricatura: el exitoso crítico marianista Grondona pontificando en la televisión que los chicos pobres también deben recibir educación, así tienen posibilidades de desarrollarse y competir para ser menos pobres. No que no haya pobres.

–Así que la sociedad te ofrece la posibilidad, chico pobre. Si no lo conseguís, la culpa va a ser tuya, ya sabés..

–Sí señor, por supuesto señor, faltaba más señor Grondona.

El límite entre el adaptado y el resentido, a veces, en la vida, es tenue. Muchos zigzaguean entre las dos posturas. Pero hay una diferencia radical, con perdón: el resentido lo es cuando piensa que el problema no es él sino los demás, un cierto orden. El resentido se quiere, pese a todo, se estima lo suficiente como para odiar a los que no lo hacen.

El resentido no le sirve a nadie. Trabaja, si acaso, extrañamente con el futuro: junta, acumula para el momento de la explosión que se promete alguna vez.

El resentido es un producto de la moderación democrática: en la democracia no hay espacio para la furia, las pasiones están bajo control por el miedo a salirse de los límites de la maravillosa convivencia democrática. El resentido ha juntado su odio sin salirse del carril. Por suerte, el resentido es una de las amenazas más legítimas a la moderación democrática. No sé qué pasará con ellos. Por ahora lo que me pasa es que ya no soporto las sonrisas de la garompita.

Espero poder. No sé si tendré el coraje de ser un resentido.

(Agosto 1993)
La Patria Capicúa
Hay algo sorprendente en los palíndromos. Palíndromo es una palabra griega y quiere decir, literalmente, camino de ida y vuelta, camino redondo; se usa para denominar esas frases que pueden leerse igual de izquierda a derecha que de derecha a izquierda. El más clásico es "dábale arroz a la zorra el abad", pero a mí siempre me gustó mucho uno insospechable de mi amigo José Antonio Millán: "Anita, la gorda lagartona, no traga la droga latina". Es cierto que suelen sonar un poco rebuscados. Los ingleses, en cambio, pueden pretender que las primeras palabras que se pronunciaron fueron un palíndromo: "Madam, I´m Adam", habría dicho el primer hombre cuando se encontró frente a la primera mujer, según James Joyce. Los palíndromos siempre son un poco inquietantes.

En la Argentina, sólo en la Argentina, a ese tipo de frases las llamaríamos capicúas. Capicúa es una palabra catalana, una de las escasísismas palabras catalanas que nuestro idioma usa, y viene de cap, cabeza, y cúa, cola: una palabra, o número, o lo que sea, cuyas cola y cabeza son iguales.

–¿Quiere decir: Neuquén, Yatay?

–Eso quiero decir, o un poco más que eso.

–¿Quiere decir: como una víbora?

–Quiero decir: como una víbora que además fuera esa víbora invertida.

En Argentina, lo capicúa por antonomasia es el boleto. Pero un día, hace unos días, pensé que la Argentina se había vuelto la Patria Capicúa. Y no necesariamente porque el nombre de su prohombre presidente lo fuera también. Era, si acaso, por una perplejidad distinta.

Hace 150 años, días más, días menos, el señor Marx consolidó los cimientos de un mito: la sociedad estaba básicamente dividida en dos partes que se oponían en una lucha sin cuartel –y si no se oponían lo suficiente era un error, que la historia se encargaría de corregir. La idea tenía la ventaja de su simplicidad, y de que podía aplicarse a casi todo: en todo momento había habido dos clases que se combatían y esa lucha entre clases era el motor de la historia. Quizás no hubiese sido siempre exactamente así –cuando los reyes de la baja edad media se aliaban con los burgueses nuevos para atacar el poder de los señores feudales, por ejemplo– pero, en general, podía pensarse que algo de eso había pasado. Y que, sobre todo, ahora, la contradicción entre proletariado –o campesinado, en su defecto– y burguesía llevaría a la revolución y, finalmente, a la sociedad sin clases del mañana.

Era muy bueno. La sociedad sin clases no aparecía nunca, pero la idea de que los intereses de los más ricos se oponían a los de los más pobres seguía siendo lógica, sensata. Por lo cual nos dedicamos mucho a hacerla encajar en cualquier situación que analizáramos y, más o menos, funcionaba. Aunque las cosas se complicaran con sectores, subsectores y la aparición difícil de la clase media, por ejemplo.

Y, encima, no paramos de descubrir que la historia no siempre es lo que parecía; para eso está la historia, supongo: para ir descubriéndole nuevas caras según con qué ojos, en qué momentos se la mira. Sin ir más lejos: siempre pensamos que las pirámides eran uno de los grandes monumentos a la explotación del hombre por el hombre, el trabajo de cientos de miles de esclavos para la gloria mortuoria de uno solo. Así lo contaron la Biblia y Herodoto, nuestras dos fuentes básicas: dos libros escritos dos mil años después que los hechos que cuentan. Y, ahora, parece casi seguro que fueron la obra voluntaria de cientos de miles de egipcios que dejaban, durante la sequía, sus poblados para construir un monumento que le mostrara al mundo lo importantes que eran. O sea: que un faraón había conseguido convencerlos de que si le erigían la mejor tumba, la gloria era también para ellos: para la patria toda. Según eso, millones y millones de personas trabajaron como negros –como, creíamos, solamente podían trabajar los esclavos– por propia voluntad, sin que nadie los obligara demasiado.

(Siempre es difícil creer que hay gente que hace, por propia voluntad, aquello que, creemos, la jode o perjudica. Entonces podemos ponernos a discutir qué es la voluntad propia y pensar, por ejemplo, qué subterfugios ideológicos –qué engañifas– usarían los faraones y sus sacerdotes para convencer a tantos honestos campesinos. Pero eso sigue siendo, de algún modo, un prejuicio: la idea de que la gente debería pensar de una manera y que, si no lo hace, es que la engañan. Decir que es un prejuicio no quiere necesariamente decir que no lo crea.)

Aquí, ahora, hubo elecciones, y muchos tuvimos la impresión de que tantos, en la Argentina, decidieron que iban a edificar una pirámide. También, supongo, era un prejuicio: pensábamos, quizás, que el menemismo era una confusión –una engañifa– que se iba a disipar con el viento furibundo de las urnas. Pero las urnas no soplaron. Los obreros de Tierra del Fuego, que se quedaron sin fábricas y se hicieron balear por la milicia, votaron a este gobierno como un solo hombre. Los santiagueños, que hace un año se divirtieron quemándole las casas, fueron y lo votaron como medio.

–Está claro, mi estimado, que el descontento social no encuentra canales políticos y que, privado, vuelve a sus cauces más comunes.

–Pero no me cabe ninguna duda, licenciado. ¿Y entonces qué?

–Bueno, no vamos a suponer la historia, mi querido.

Lo cierto es que en estos días terminó de quedar claro que la patria está bien capicúa. Algunos supondrán que lo digo porque el nombre de su prohombre presidente se puede leer de izquierda a derecha o de derecha a izquierda. Eso sería repetir –hasta la caricatura– el error –que yo cometí, supongo, muchas veces– de creer que las características de un hombre son las que explican un país, un momento, y dedicarse a ellas. Periodismo local. Los politólogos de papel de diario, en la Argentina, no paran de atender a las pequeñas cuestiones de palacio, de nombres y de hombres, para pretender que están pensando y hablando de política. La Argentina, en realidad, está capicúa de una forma más bruta, más tajante.

Es la primera vez –al menos, desde que hay elecciones que permiten comprobarlo– que los más ricos y los más pobres están de acuerdo en elegir un mismo proyecto, un mismo gobierno. Es probable que lo hayan hecho porque creen que les va a dar cosas distintas: eso es, en algún punto, su problema. Lo cierto es que la base social de este gobierno, de este momento histórico, es capicúa. Desafiando los mitos con los que solíamos explicar la historia. En el medio, perplejos, estamos muchos de los que creíamos que eso no era posible o que, si acaso, es un error.

Capicúa, no sólo en la política: también en su cultura. Da la sensación de que, en gran parte, desapareció esa particularidad cultural de los más pobres, borrada por la televisión, la imposibilidad o algún desprecio, y que los más ricos –que también son otros– no hacen cosas distintas sino, en todo caso, aquello que los más pobres querrían hacer si pudieran.

Por suerte –para que no desesperemos del todo– quedan espacios que no parecen capicúas. La estructura económica sigue respondiendo a los viejos mitos y se supone que unos pocos están concentrando la riqueza que nadie más tiene. La desocupación crea el efecto que siempre le adjudicó el mito, de formar el famoso ejército de desempleados que hace presión sobre los empleados y consigue que sus condiciones de trabajo sean cada vez más despiadadas. Pero son detalles. Esto es una democracia, así que lo que importa –me dirán– es que el pueblo va a las urnas y opina. Ahí, en ese momento extraordinario, la Argentina se quiso capicúa.

Y muchos nos quedamos, una vez más, tristes y perplejos, sin un lugar muy claro. Solíamos, queda dicho, suponer otras cosas. Aunque no sea tan malo el tiempo de estar tristes y perplejos. Supongo que, por lo menos, sirve para hacerse alguna pregunta, es decir: apartarse de la forma común de intervención política –la afirmación, el grito y el susurro– y hacerse preguntas. Quiero decir, más que nada: ¿qué podemos hacer cuando nuestros berrinches parecen, en el mejor de los casos, el capricho de unos pocos hinchapelotas en medio de un mar de conformes o dormidos? ¿Para qué sirven, si sirven para algo, esos berrinches? ¿Deberían, para ser, servir? ¿Por qué el mundo está tan aburrido? ¿Por qué se besan, ahora, los hombres cuando se saludan? ¿Cuántos saben cuál es el verdadero apellido de Alfonsín? ¿Qué les parece? ¿Qué cambió desde que los bebes son más o menos programables? ¿Qué hacer cuando nuestros berrinches parecen compartidos por muchos que después, en el momento de votar, piensan en otras cosas? ¿Dónde queda la épica? ¿Qué invento condicionó más nuestras vidas en los últimos años? ¿Por qué se leen tanto novelones históricos? ¿Para qué sirven los vuelos espaciales? ¿Para qué sirven las respuestas? ¿Con qué bases, con qué mitos nuevos, podemos querer lo que queramos en una sociedad que no es como nuestros mitos siempre imaginaron? ¿Cómo pensar en una patria capicúa?

(Junio 1995)

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