Crónicas de la Argentina contemporánea






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Tu Mano al Indio
Deberíamos guardar el secreto. Porque si los liberales gobernantes se llegan a enterar de que las sociedades con poco Estado no son un invento foráneo, del enemigo sajón, sino la más pura tradición de los indígenas de por aquí, se nos vuelven inmediatamente latinoamericanistas y telúricos y, según consta, de ahí a lavarse las patas en la fuente no hay más que un paso de mazurca malambada.

Tan peligrosa información nos llega de la mano de un clásico de la antropología poco leído en estas playas: La sociedad contra el Estado es un libro que Pierre Clastres que describe las formas de organización de los grupos aborígenes de la cuenca del Plata. El lector, ansioso, trémulo, pudo descubrir allí que guaraníes, charrúas o tupíes se organizaban en tribus que intentaban disolver el poder posible del Estado. Sin embargo, tenían una especie de jefe: un jefe que no mandaba demasiado, pero ocupaba ritualmente esas funciones. El lector, creyendo que podría encontrar en las historias de nuestros primitivos algunas claves para la lectura de la nuestra, cada vez más primitiva, se interesó por el papel y las características de ese jefe, con la turbia y siempre reprobable intención de ver si, en nuestra sociedad con menos Estado, el papel del jefe resultaría semejante.

Y se encontró con que eran tres los rasgos distintivos de esos caciques. La generosidad: el jefe estaba obligado a entregar a sus súbditos cualquier pertenencia que le pidieran y, así, solía resultar el más humilde, el más pobremente vestido, el menos ostentoso de la tribu. Además, tenía que trabajar y producir más que el resto, para poder enfrentar sus pedidos. El lector se preocupó: era difícil pensar en nuestro jefe como un dechado de largueza que se despoja incluso de lo que no tiene para que nada falte a sus mandados.

–Yo quiero su ferrari verde, añamembuí.

–¿La quiere sola o a caballo?

–No se me haga el gracioso, che cacique, que tiene que seguir trabajando para mí.

La segunda condición lo dejó más perplejo: era la poligamia. A pesar de insostenibles, canallescos rumores, y pese incluso a alguna frase propia –"A la señora interventora sólo la remueve el presidente", dijo el interesado hace unos días–, nada permite asegurar que el jefe de la tribu practique la antigua costumbre de beneficiar a más de una fémina.

–Anahí, Irupé, Urutaú: ahora les voy a mostrar lo que hace un cacique de verdad.

–Ufa. ¿Y no podrías mostrarnos otra cosa, che porá?

Fue entonces cuando se encontró con la tercera, la que más le interesó: el jefe era un "hombre que habla", un hombre que se distingue por su elocuencia. Pero con una extraña característica. era necesario que hablara, pero a nadie le importaba lo que pudiera decir, nadie le creía. Castres cuenta como una escena habitual que, en los atardeceres de la aldea, el jefe pronunciaba largos discursos mientras los súbditos seguían cocinando, despuntando flechas, pintándose la cara: aunque debían ser pronunciadas, sus palabras no importaban. El jefe, en estas sociedades con tan poco Estado, adoptaba un lugar curiosamente semejante al del tonto del pueblo: el lugar del inimputable, aquel que puede decir cualquier cosa porque se sabe de antemano que se rectificará, que se contradirá, que sus palabras son explícitamente un ejercicio de retórica. Aquel que hoy dirá blanco, mañana negro y pasado carpincho, aquel al que se escucha con la sonrisa de la condescendencia nerviosa, de la burla mezclada con el miedo.

–Uy, no me digas que le dio de nuevo por hablar de fútbol.

–De nuevo. ¿Cuándo se va a convencer de que todavía no está inventado?

Y aunque leyó más adelante que, en muchos casos, el nombre del jefe era tabú y no podía pronunciarse sin exponerse a terribles cataclismos, el lector terminó de entender que toda comparación, toda extrapolación era imposible. Y suspiró aliviado, porque no podía dejar de recordar que esas sociedades primitivas, esos tupíes, guaraníes o charrúas, miraron un día a su alrededor y se dieron cuenta de que sus dueños, sus gobernantes y sus brujos hablaban ya en un idioma muy distinto, en la lengua madre de la áspera Castilla. Y que, ellos, los indios, se habían quedado, como de costumbre, en bolas y sin haber pegado siquiera el famoso grito.

(Abril 1990)
Gramática Parda
En España, creo, la llaman gramática parda, y la retórica clásica tiene para ella nombres que harían las delicias de cualquier rimador de barrio. La cosa consiste en confusos mecanismos por los cuales de una premisa equis se saca una conclusión johannesburgo o, de cuatro al cubo, verde.

–Papá, ¿absorto rima con espejo?

–Claro, por eso te salen esos granitos tan espantosos.

Nuestro líder espiritual, es bien sabido, descuella en este ejercicio. A su lado revoleaban caderas bellísimas tahitianas, la sombra de Van Gogh no le pesaba casi nada, y él hablaba sin vergüenza de vergüenza y de asco. "Me siento mal, con vergüenza y con asco" –por la corrupción y los fraudes en las empresas del estado, decía. "Tenemos que tomar medidas contra este accionar, por eso lo más urgente es privatizar las empresas públicas", decía, y apretó el gatillo. Ahí se ponía en marcha el mecanismo: se descubre que una empresa estatal –pongamos, por ejemplo, Ferrocarriles Argentinos– ha sido estafada en los últimos años por 900 millones de dólares a través de juicios truchos, arreglados entre abogados ávidos de gloria verde. Cualquiera pensaría: he descubierto una de las raíces más importantes del déficit de esta empresa. Ahora, sin semejante curro, las cuentas pueden llegar a equilibrarse. Y yo necesitaba privatizar porque tenía demasiado déficit, pero ahora quizás no sea necesario, porque podré eliminar el déficit, que no era genuino. Pero no. Esto sería demasiado simple. Hay que utilizar el mecanismo.

El ínclito, ríspido, dice en cambio que este descubrimiento demuestra que hay que privatizar enseguida. ¿Qué está diciendo? ¿Que, ya que hay estafas, que los estafen a los particulares, diría, resignando el deber del Estado de cuidar que se cumplan las leyes y que, entre otras cosas, no haya estafas? ¿O dice: sólo particulares podrán impedir las estafas, diría, suponiendo que el Estado, cuya función más notoria es la de conducir y controlar un país, es incapaz de conducir y controlar una empresa de Ferrocarriles con la mínima idoneidad –que los particulares sí tendrían– necesaria para que no le roben hasta los anatómicos?

Gramática parda. Y, problema conexo: el hábito. La droga dura. Primero te tomás una dosis porque te pone superloco, y al tiempo ya estás tomando por pura costumbre, para mantenerte ahí. Lo mismo pasa con los dichos del gran hombre. Al principio cada barrabasada era una fiesta del espíritu, un duelo de la lógica, y valía la pena pensarla, darle vueltas, hasta escribirse algo. Ahora ya parece que no tuviera sentido.

–No te vas a pasar la vida contando que a los árboles, en otoño, se les caen las hojas...

–Aunque nadie ha visto, todavía, el otoño próximo.

Ha logrado el acostumbramiento. Diga lo que diga, los demás –nosotros, quién será nosotros?– decimos "y sí, el chanta", y a otra cosa. Un día de estos vamos a descubrir que, incluso, necesitamos la dosis. Lo ha logrado. Ya puede decir –casi– cualquiera cosa. Aunque ahora, beatos, idiotizados, esperemos como una cabra inmovilizada ante la cobra que finalmente tire la dentellada, que promulgue el indulto. "Ahí sí", solemos decir, "va a tener que pasar algo". Gramática parda.

(Noviembre 1990)
Animales Estrella
Ahora va a resultar que, aunque pase los fines de semana en la Costa Azul, era realmente un peronista. Él fue y lo dijo: peronista. Allí la palabrita no tiene mucho sentido. Ya se sabe: en Europa nunca entendieron al peronismo. Ahora, en la Argentina también resulta harto complicado. ¿Qué es un peronista? ¿Será aquel que se quedó en el 45, o el que no tiene para tomar el 45, o el que sigue siendo tan visceral que, a falta de poder gritar su pasión en las calles y plazas, se desahoga siguiendo a Maradona por las canchas del mundo? ¿Serán los guerrilleros millonarios y más que arrepentidos, los bienintencionados que no pueden creer qué monstruos engendraron, o los quemadores de ataúdes transformados en manifestantes sindicales? ¿O será finalmente él, el mediocre tenista que todos nos merecemos? Seguramente hay más opciones, pero nadie lo tiene muy claro.

Se pueden pensar, sin embargo, datos parciales: en un país donde la historia, durante mucho tiempo, existió y formó parte de la política, se sabía que un peronista debía ser, entre tantas otras cosas, federal y antisarmientino. Que, entre Facundo y el escritor de Facundo, la elección estaba resuelta, y no había segunda vuelta. Ahora, según parece, esta opción se mantiene donde muchas otras han caído en el olvido. Al presidente le quedan, por supuesto, acuerdos parciales con el ilustre sanjuanino: ambos miraban hacia Estados Unidos con suspiros de enamorada en flor, los dos eran simpáticamente marginales y dispuestos al buen vino y a la buena mujer, y tanto el uno como el otro gustaban de aderezar sus recetas sociales sin hacer el menor ahorro de "sangre de gaucho". Pero el de ahora, a fuer de peronista, buscó sus diferencias.

Allí donde el decimonónico buscaba fomentar la inmigración, el contemporáneo incentiva las partidas –no sólo de marineros al golfo: ahora se discute mucho sobre el tema de la financiación del crucero, en un debate sin salida: si paga el estado, se está despilfarrando dinero inexistente; si pagan los jeques árabes, se está convirtiendo al ejército nacional, "símbolo de soberanía", en una patrulla mercenaria. Donde el sanjuanino creaba escuelas públicas, el riojano las cierra, pagando sueldos miserables a los que deberían mantenerlas en marcha. Allí donde uno gritaba que las ideas no se matan, el otro pone bárbaros.

Y hay otro punto, menor pero no por eso menos desgraciado: los jardines botánico y zoológico fueron dos creaciones de don Domingo para seguir educando al soberano –que significaba "adaptar al soberano", o sea: darle los códigos, el sistema de valores necesario para que el vero soberano lo gobernase sin excesivo esfuerzo: educarlo en el sentido de propinarle un idioma unificado, que le permitiera entender el lenguaje del poder y, más aún, creerlo propio. (Astucias de cuando el poder era medianamente astuto y no como ahora, que no deja siquiera espacio para las sutilezas de la crítica, de tan bruto que nos ha salido, mire vea).

La idea didáctica era, en este caso, ordenar las plantas y los animales del mundo en un pequeño ámbito según el modelo enciclopédico y mostrar así que todo es pasible de un orden, que todo acepta una organización. Si la naturaleza se puede presentar como un Estado, con más razón el Estado, venía a decir, entre otras cosas, un jardín botánico. Para eso había que ponerlo a disposición del público, mostrarlo, enseñar. Ahora, si Mahoma no lo remedia, los dos jardines van a ser privatizados. Los dos espacios se llenarán de tiendas, bares, choripanes, teleféricos y playas de estacionamiento. Al poder ya no le interesa crear las bases del consenso: le alcanza con garantizar el beneficio rápido. Pero igual funda modelos, como sin querer, casi sin proponérselo: entre ellos, rampante, el modelo del éxito: en el proyecto que según se dice ganará, el del platinado Zoofovich, se prevé una reordenación de los animales: en un lugar central del viejo jardín, como gema cenital de la corona, estarán aquellos que el proyecto llama "animales estrella".

Animales estrella. La división por clases y la ideología del éxito llegan, de la mano de la televisión y el show business, al reino animal. ¿Cómo se hará, quién decidirá los méritos comparativos de una foca y un camello, un elefante y un pavo real, un león y un tigre de los llanos? Sabemos algo –soportamos modelos, Zoofovich mismo ha contribuido mucho– acerca de la estética humana. Conocemos el valor de cambio y sospechamos el valor de uso de unas mamas opulentas, de un mentón decidido, de unos glúteos turgentes. ¿Cómo discriminar el valor estético–erótico de un par de jorobas, la potencia de una trompa, el sex–appeal de un plumaje en arcoiris? Nadie lo sabe –todavía. Pronto nos será revelado. Con su nuevo sector de animales estrella, el zoológico se habrá adaptado, por fin, a los tiempos modernos. Y no es seguro que, como murmuran ciertos babuinos sedicentes, salga el resto de los animales a la calle para reclamar, a voz en cuello, que traigan a la jaula más bella al gorila musulmán. Sería difícil: el proyecto sólo prevé dos millones de dólares para compra de nuevos animales, y es probable que no alcance. Y, además, sería un error: ya hemos visto que, a veces, nos sale peronista.

(Noviembre 1990)
Corrupción, Divino Tesoro
La corrupción es lo mejor que tienen. Es obvio: cosa de imaginar siquiera unos segundos la historia si no fuesen corruptos y en vez de aspirar a ver sus caras en Caras se trabajaran con el mismo ahínco el lugarcito en el libro de Juan Cosmelli Ibáñez. Tremendo: estaríamos perdidos.

–Le repito que jamás acordaré con algunos de los puntos programáticos que desarrolla el actual gobierno, aunque no puedo menos que admirar la sencillez y honestidad de sus existencias austeras que...

–Corten! Así no vamos a ninguna parte.

Sería terrible si no fueran corruptos, si hicieran todo lo que están haciendo limpiamente, si vendieran la mitad del país y crearan una nueva clase dirigente y una nueva clase marginal con todo respeto por las formas y exigencias de la república. Podrían haberlo hecho: las formas y exigencias de la república no se oponen. Y entonces no dejarían siquiera la esperanza de que alguna vez, si la justicia y la representación parlamentaria se recuperan un poco, si hay otras instancias de poder, sus actos de gobierno podrán ser màs fácilmente impugnados y anulados. (Lo saben también los directivos extranjeros de las grandes empresas privatizadas a fuerza de coimas estelares. A más de uno se le ha escuchado, en privadísimo, decir que tenían que aprovechar para levantar todo lo que pudieran en diez años, porque sus concesiones eran tan truchas que no podrían durar mucho más).

Así que si no fueran corruptos estaríamos perdidos. Pero ellos también, o casi. Porque lo mejor que tienen es que son corruptos.

–Yo querría señalar que el 34% de la población vive en condiciones absolutamente precarias que el sistema...

–Claro, porque este es un gobierno de corruptos que desvía los fondos para sus apetencias personales, caramba.

La corrupción lo explica todo. Últimamente, la corrupción se ha transformado en algo utilísimo: el eje de cualquier debate. Es cierto que hay un cambio importante: hasta hace un tiempo, los políticos eran miembros de las clases dirigentes que gobernaban para que su clase, que ya lo tenía todo, lo conservara y acrecentara. Ahora son políticos profesionales que tienen que ganarse la vida con eso, y establecer bases para su poder. Pero se habla de los robos de los funcionarios más que de cualquier otra cosa, y a ellos se achaca casi todo. Si las empresas estatales se malvendieron a otras empresas estatales no es porque una deuda de 70.000 millones obliga a la Argentina a hacer lo que quieran sus acreedores, sino porque a un par de ministros y a cuatro secretarios les gustan ciertos polvos más que otros. Si hay cólera o desnutrición la causa se señala menos en el abandono de las obligaciones globales del estado que en el desvío de ciertos fondos. Y del proceso de acumulación que está cambiando la composición del poder en el país se atiende sobre todo a ciertas causas confusas y no a las interminables consecuencias.

Todo lo cual tendría que ser, está claro, materia de la justicia si hubiera una justicia. Pero el tema central no deberían ser los errores y excesos, sino el modelo. Lo que pasa es que discutir el sistema está totalmente fuera de moda, y además las historias de corrupción son más apasionantes porque tienen el morbo de lo personal y lo perverso, son como telenovelas, son telenovelas. ¿Qué habría pasado si esta reestructuración del Estado y la composición social del país la hubiesen hecho los radicales, con más prolijidad, con más cuidado? ¿Entonces este modelo liberal de poder hiperconcentrado habría sido deseable? La discusión por el modelo es el tema que el show de la corrupción evita. Igual que en 1983, cuando la pornografía de los cadáveres desenterrados en las revistas del proceso escondía el hecho de que los militares habían refundado una Argentina y habían ganado, para el mundo capitalista y la burguesía local, una guerra difícil.

(El show de la corrupción me parece una exacerbación de la actitud de tantos medios, comentaristas y políticos cuando pretenden que la política es lo que hacen los políticos. Esto es más de lo mismo: lo central de la política es lo que hacen los políticos cuando afanan. Me parece que la honestidad no es más que un grado cero, un mínimo necesario. Ponerla como el gran objetivo es la mejor forma de disimular que los grandes objetivos podrían ser otros. Lo cual se usa no sólo en la Argentina: ya se ha visto en Italia, se está viendo en España, e incluso el nuevo muchachito bueno de los States ha prometido moralizar a cualquier precio).

–Papi, papi, tenemos que moralizar a Bobby.

–¿A quién?

–Al perro. Echa espuma por la boca y quiere el 12% de la rama que le tiré para que buscara.

Es probable que la corrupción, ese exceso, sirva para lo mismo que los errores de los militares: para que el establishment argentino se desprenda de los servidores que ya usó. Si se deshizo de los militares cuando se dio cuenta de que era un poco engorroso seguir defendiendo a los guardaespaldas que lo habían salvado, ahora puede usar el pretexto de la corruptela para tirar a los peronistas que le hicieron el trabajo sucio de entregarle los recursos del Estado y reformular el mapa social. Podrá acusarlos de corruptos, enjuiciar a unos cuantos si es necesario, y reemplazarlos por quienes defiendan el mismo proyecto pero limpito. Y si la campaña de medios y políticos sigue tan eficaz, encima vamos a estar contentos de que nos gobierne gente honrada.

(Abril 1993)
El Efecto Desastre
Es curioso: su lógica avanza como si fuera a alguna parte. Hace un par de años creí que la había entendido y supuse que lo que intentaba era que nos acostumbráramos, que había logrado convertir sus barrabasadas, desplantes y escandaletes en una droga de la que no podíamos prescindir. Ahora me parece que la cuestión va mucho más allá.

Es sorprendente –parece sorprendente–. ¿Por qué este gobierno insiste en convertirse en su más dura oposición, en complicarse la vida todo el tiempo? Se puede hablar de las luchas de clanes, las contradicciones internas, la rapacidad descontrolada, pero yo creo más en la estrategia del desastre.

–¿Viste que aquel se peinó el quetejedi?

–Era lo único que le faltaba peinarse.

–¿Y el otro, con las diez lucas?

–Es que este país da para cualquier cosa.

Cualquier cosa. Son las ventajas del efecto de saturación: todo está tan mal, tan podrido, que no vale la pena intentar nada, no hay ninguna chance de conseguir nada. Todo está tan mal que no vale la pena hacer nada, porque de todas formas todo está tan mal que no vale la pena hacer nada, porque de todas formas todo está tan...

Es como el poder de la Iglesia. El consenso sobre el poder de la Iglesia. Me acuerdo de mi perplejidad cuando volví a la Argentina: todos me recomendaban lo mismo. Un sociólogo especializado en escandaletes me lo dijo clarito:

–Hacé lo que quieras, metete con lo que quieras, pero no te metas con la Iglesia.

–...

–Tienen demasiado poder, no te metas con ellos.

Entonces todavía no tenían ministros, y yo me preguntaba si uno no se metía con ellos porque tenían demasiado poder, o tenían demasiado poder porque uno creía que tenían tanto poder que no se metía con ellos. No lo sé, pero después se jugaron detrás del divorcio, y lo perdieron.

Esto es parecido pero al revés: el consenso del desastre. "Todo está tan mal que...". Y aparece la obediencia debida al desastre.

–¿Y yo qué quiere que haga? Yo cumplo las órdenes.

–Pero esas órdenes son una estupidez, ustedes podrían oponerse...

–¿Y cómo? Si nadie nos da bola.

–Yo qué sé. Protestando, negándose a hacer cosas que les parecen mal.

–No, le digo que nadie nos va a dar bola. Si acá todo es un desastre...

El desastre funciona. El problema es que hay que alimentarlo. Hay que producir, todo el tiempo, más y más, no vaya a ser que se nos venga abajo. Y ahí está el riesgo.

Yo admiro la audacia de estos prohombres. Porque deben estar, supongo, preocupados. Asustados, más bien. Cada día el peligro de pasarse en la dosis. Entregar una empresa de más. Detener a un narco de menos. Porque si mandan una dosis demasiado alta, la vacuna podría tener el efecto contrario. O quizás no. Quizás ellos sepan –supongan– que cuanto peor mejor. Y quizás sea cierto.

Así que tienen que producir, todo el tiempo, más y más.

Tarea ímproba y que también sirve para terminar de dar vuelta la imagen que la Argentina tenía de sí misma. Ya está dicho: la Argentina fue, durante mucho tiempo, el país del mañana, y ese era el motor. Los argentinos se deslomaban alegres como honkongueses pensando en la Parker de su hijo el dotor. Mientras, los pocos de siempre iban diseñando su país, disfrutando su país. Pero hubo un momento en que el modelo ya no dio, e inventaron éste.

Ahora la Argentina es el país que ya nunca será, el del desastre, y los que se desloman creen que quizás, con mucha suerte, algún nieto vivirá como se debe y menos mal que gana Boca. Así que no vale la pena joder demasiado: total, de cualquier forma ya estamos jodidos, y va para largo. El desastre.

Son dos ideas opuestas y sin embargo están hechas de lo mismo: de tiempo. Las dos hablan de futuros, diferentes pero futuros. Y, supongo, ahí está parte de su perversidad. Y algunas claves sobre la inoperancia de las formas de oposición.

Porque me parece que los discursos de oposición también hablan sobre los futuros, oponen a estos futuros otros y, en general, al futuro del desastre el antiguo futuro de la prosperidad. El futuro de la prosperidad es el discurso oficial de toda política: debe ser por eso que ya casi nadie lo cree.

El problema, supongo, es hacer política a base de futuros, a base de discursos. Pensaba, en estos días, en acciones menores, no discursivas, más directas. (Y me parece que una manifestación es un discurso: es mucha gente diciendo lo mismo toda junta, pero se puede, en principio, elegir no escucharla.

–¡Turco, compadre, la concha de tu madre!

–¿A cuál de todos los así llamados se refiere Usted?

–Bueno, mire, yo le voy a explicar. Resulta que...)

Pensaba, por ejemplo, es un decir: si el Estado no paga a los jubilados, ¿por qué los jubilados deberían pagarle al Estado o a sus monopolios? Digo: atacar donde les duele, en el único punto que realmente les duele, el famoso dinero. Es sólo un suponer, uno de tantos: ¿qué pasa si los jubilados dejan de pagar el gas, o el agua, o la electricidad incluso? ¿Serían capaces de dejar sin servicios a decenas de miles?).

Quizás sí, porque el efecto desastre sería más completo. Pero tal vez estoy equivocado, y no lo hacen a propósito. Sería –para ellos– un desastre.

(Marzo 1993)
Botón de Muestra
Odio que las mujeres hayan vuelto a las alturas. Cuando se bajaron pensé que era para siempre, tonto de mí. Pero últimamente han retornado a los tacos e, incluso, a las benditas plataformas. Es rara una mujer subida a unos tacos: quebradiza, bastante provisoria.

Además supongo que encontrarlas trepadas me recuerda la zozobra de mis primeros amoríos: el terror de ver en qué se convertía esa chica cuando se bajaba de sus 20 centímetros. Las había, incluso, especialistas en pasar directo de los zuecos al lecho: después, los reclamos se hacían más difíciles. Pero lo que realmente me duele es que por los tacos he constatado algo que ya sospechaba: que la historia no avanza, como creímos, hacia adelante, no progresa: gira, va en espiral, tiene, decía Giambattista Vico, idas y vueltas: corsi e ricorsi y vuelve, decía el alemán barbudo, como farsa. Cuando parecía que las mujeres habían vencido esa tortura y habían progresado hacia su asentamiento firme y sólido en el suelo, cataplum: de vuelta.

A las mujeres argentinas debe haberles resultado duro aceptar durante estos años los dictados de la historia –aquí llamada moda–, que les mandó bajarse. Por alguna razón, en Argentina más que en otros lugares que conozca, mujeres creen que deben mostrarse. Digo: no sugerir, mostrarse.

En ningún lado como acá resistieron los pantalones ajustados cualquier asedio. Cuando el mundo usaba anchuras y solturas que inducían a adivinar las formas por debajo, las chicas de nuestros barrios siguieron enfundadas en guantes que tendían a exhibir bien la mercadería. Más que lealtad comercial, sonaba a poca confianza en la sutileza: miedo a las medias tintas, necesidad del puñetazo. Como si temieran que si no nadie les iba a creer. Muchas veces me pregunté por qué.

–Ay Chini, ¿te gusta mi túnica nueva?

–Pero Maqui, con esa carpa él va a creer que tenés celuloides.

Los poderes siempre lo supieron: el peligro es mostrarse. Pero también: la crueldad es mostrarse. Y, antes que nada: la astucia es mostrarse.

El poder siempre mostró sus partes: algunas partes, las que elegía. Las pirámides de los reyes egipcios, el boato de una coronación o una batalla, el castillo de Windsor o la catedral de Van Damme fueron formas de empequeñecer al súbdito con la grandeza del monarca: de ponerlo en su lugar. Después al poder burgués le dio por el recato: empezó a ocultar sus lugares privados y a mostrar los públicos: los grandes monumentos burgueses son los parlamentos, correos, puentes o universidades. Ahora –y sobre todo aquí, con el menemismo, fase superior del capitalismo– han entendido la tontería de querer mostrarse buenos mostrando obras públicas y han recuperado el tipo de exhibición de las monarquías clásicas, sólo que con muchos más medios. Donde antes el súbdito suponía maravillas por un traje visto apenas en una carroza, ahora tiene el súbdito teles y revistas que le muestran con lujo de detalles los detalles del lujo.

–¿Viste el tapizado de la sillita del bebé de la hija de la prima del potentado tano?

–Ay, se parece tanto al entretejido del primo de la señora del coiffeur del secretario del ministro espantoso.

Mostrar la riqueza crea la pobreza. En tiempos de Cristo un caballero romano se creía mejor y comía ostras frescas, pero un germano rústico que vivía en el fondo de sus bosques también pensaba que su vida era la posta: no tenía con qué comparar, y sus modelos eran totalmente diferentes: quería otras cosas. Ahora todos quieren lo mismo, así que es fácil ver quién lo tiene y quién no.

Durante muchos siglos, el poder mostró su riqueza para que los pobres supieran que lo eran y lo respetaran. Aunque eso tuviera sus riesgos, soliviantara. Y ahora la muestra no sólo para imponerse sino porque lo necesita su economía: para crear un mercado mundial en el que miles de millones consuman lo mismo o sus imitaciones, hay que mostrarles a todos qué es lo deseable, es decir: qué desean los que pueden tenerlo todo. Así los tigres asiáticos se hartan de fabricar truchadas de las grandes marcas de este mundo.

Lo han hecho muy bien: han conseguido que haya, por el momento, una sola cultura o casi. Antes había más. Hubo, durante muchas décadas, por ejemplo, una cultura obrera: no sólo ciertas aspiraciones políticas o económicas, sino también cierto lenguaje, ropas distintas, formas de relación y el orgullo de determinados trabajos bien hechos. Esa cultura se mostraba como alternativa y quería imponerse. Ahora parece como si el modelo del poder–que–se–muestra se hubiera tragado a todos los demás.

Ya casi nadie lo recuerda, pero hubo tiempos en que solíamos preguntarnos cómo joder al sistema. Ahora, la pregunta sonaría del todo mersa, démodée e, incluso, peligrosa: ¿quién querría joder al sistema capitalista eleccionario, que ha demostrado ser, según se dice, el menor de los males: lo real?

El otro día pensaba que si en la Argentina hubiese algún sindicato combativo, ahora, para oponerse a la flexibilización del empleo, debería llevar a sus afiliados en excursión a pasar un día en Punta del Este, donde los ricos se muestran como mujeres argentinas. Punta del Este es el culo de la patria aerobista, un par de cachas hechas para mostrarse y mostrar que la obscenidad cuesta lo suyo. Los afiliados se bajarían de micros un poco viejos, con el mate y las facturas, en la playa de Montoya, Solanas o José Ignacio y después se pasearían en chancletas entre los chalets de millones. No olerían a Kenzo ni a Giorgio Beverly Hills, no simularían conocer la diferencia entre la malta y la malteada, no sabrían que el oro y favaloro son tan indispensables para los corazones cautivos de los dueños. Serían sapos en un pozo de ranas.

–Viejo ¿te imaginás el laburo que le debe dar a ese pobre hombre cortar todo ese pasto?

–Sí, pero como es rico, seguro que después se lo puede comer con una buena salsita de carne.

–Viejo ¿te imaginás lo bien que morfaríamos nosotros si tuviéramos todo ese pasto?

Entonces, pensaba, no sólo inquietarían por una vez mucho a los dueños, sino que además volverían henchidos de un odio sacrosanto, listos para pelear por algo de lo que les afanan. La idea me parecía casi astuta. Estaba entusiamado, erguido, con la cara al viento. Después me senté y pensé que lo más probable era que pasase lo peor: que les gustara, que les encantara verlo, que dijeran qué lindo, qué suerte que pudimos venir y conocerlo y que fueran a preguntar dónde se puede votar a Menem, que ha logrado que este país crezca tanto y esté por llegar al primer mundo. Para eso sirve, por ahora, la muestra. Por ahora.

(Noviembre 1993)
Microbios
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