Crónicas de la Argentina contemporánea






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Mejor que prometer

Todos sabemos que el viejo truco de la promesa es lo que más funciona. De Dios en adelante, nadie que quisiera poder dejó de intentarlo. Pero no es tan fácil: hay que saber, hay que poder: la promesa es el arte de lo improbable, o sea: de cómo alguien es capaz de transformar lo que no espera en la esperanza de los otros. El peronismo siempre fue el mejor prometedor en esta tierra de la gran promesa. El peronismo promete más y mejor que nadie, porque siempre es otro.

Lo impresionante es esa capacidad que tiene el peronismo para no ser nunca sí mismo. Y, por lo tanto, permitir cada vez la esperanza de depuración y regeneración: prometer todo el tiempo su propio cambio. Es maravilloso: la más hermosa música. Cada vez que el peronismo llegó al gobierno, enseguida dejó de ser "el verdadero peronismo"; así le pudo, cada vez, crecer una oposición que también se dijo peronista. Y que después, si llegó al gobierno, enseguida dejó de ser "el verdadero peronismo". Así le pudo, cada vez, crecer una oposición que también se dijo peronista. Y que después, si llegó al poder.

El peronismo nunca se acaba porque siempre consigue convencer a tantos de que no es el que es. Convencer de que es el que será –que se parece vagamente al recuerdo de lo que podría haber sido–. Ahora también, por suerte, hay una oposición verdaderamente peronista. Así estamos seguros de que esto va a seguir siendo la Argentina Potencia.
Un futuro

El señor tiene casi 50 años y está gordo pero de fideos. Los botones de la camisa le van a aguantar un rato más: yo no quisiera estar ahí cuando revienten. El hombre atiende un kiosco muy chiquito, no cabe en el kiosco; el kiosco está medio vaciado y vaya a saber por qué la clienta le pregunta:

–¿Usté sabe inglés?

–No, yo no sé. El que sabe es mi hijo.
Cuestión de formas

Dicen todo el tiempo que la política está podrida, apesta, ya no va, y se tiran unos a otros con cantantes o con fútbolistas. Me parece que la astucia de los políticos actuales consiste en hacerse odiar un poco, despreciar un poco. Es un juego en el filo: hacernos creer que lo que hacen, la política, es odioso y/o despreciable porque está infinitamente alejado de nuestras vidas. Así, se la quedan para ellos, y nuestras vidas también.

El problema no es política sí o no: la política –los juegos con poder– existe de todas maneras, que uno se meta o no. La cuestión estaría en las formas que toma lo político. Me parece que cuando el poder prefiere ciertas formas es porque le sirven para mantenerse en el poder. Digo: las formas que ha elegido en este siglo: dictaduras militares, fraudes electorales, democracias representativas. Mientras los de enfrente tengan las mismas formas, harán el papel penoso (del justificador de un mecanismo: del sparring). Por supuesto, no sé cuáles serían otras formas, pero empezaría por suponer que no son estas; no es poco.

(Una pregunta sería: ¿cuáles son las tensiones para cuya canalización se usa la democracia representativa? ¿Qué escapes puede producir?)

Parece que vinieran en el mundo –no acá, faltaba más– años de cierta comezón, incomodidad, protesta, sacudidas. ¿Seremos capaces de inventar algo nuevo?
Radiollamada

Esa canción que dice qué ves cuando me ves: alguien que se atreve a hacer la gran pregunta. Fuerte que sea el rock el que la haga. La señora que compró una Tita en el kiosco se mira de reojo en las vidrieras.
La revolución productiva

"El odio tiene que ser productivo. De lo contrario, amar es igualmente sensato.", Karl Kraus, Viena, 1933.
Dinamarca Iguana

El chiste es un poco pavo, pero por suerte simplón: hay que pedirle al otro que piense un número del 1 al 10, lo multiplique por 9, sume los dos términos del producto y al resultado le reste 5. Que calcule a qué letra del alfabeto corresponde ese número –sin contar la che ni la elle– y que piense, con esa letra, el nombre de un país. Que no lo diga y que busque, con la segunda letra del país, un animal. Todos, sin excepción, contestan Dinamarca Iguana.

La cuenta da cuatro, o sea D, pero me parece que después el mecanismo funciona porque nadie piensa que debería ser original: uno cree que los nombres pedidos son funcionales, que sirven para un paso siguiente. Y termina mostrando lo fácil que es dejarse manejar.

Es cierto que las opciones –Dubai, Dahomey– son más rebuscadas. Habría que pensar un momento y, sobre todo: habría que creer que pensar vale la pena. Es más fácil aceptar que las opciones son limitadas y simular que uno elige. Así, no hay problemas. Pueden hacer como que te preguntan: siempre vas a elegir Dinamarca Iguana. Esa es –dirán– tu voluntad.

(Febrero 1994)
El Voto Descalificador
Y si no, habrá que proponer otra vez aquello del voto calificado. Que no pueda votar cualquiera. No insistir más con la ficción numérica.

Hace un par de años que venimos creyendo que tenemos primera fila para una opereta en la cual traiciones, delitos, patoteadas y amoralidades rivalizan con lo mejor de Shakespeare y Discépolo en un show inmejorable. La lista de los recursos dramáticos de la compañía del Hormiga a Lunares y sus Amables Cortesanos Inverecundos es profusa y conocida. Y su espectáculo, a la manera de los peores engendros modernos, interactúa con el espectador: le arruina la vida. Hace un par de años que venimos pensando que la platea, repleta, esperaba cualquier ocasión para bombardearlos con pepinos, berenjenas y otras hortalizas de punta aguzada. Hace un par de horas que hemos confirmado que, gracias a la apariencia de una mínima estabilidad en el bolsillo, todas las canalladas han sido indultadas, y el esforzado pueblo argentino ofrece su calurosa aprobación a los cómicos de la legua.

La primera preocupación es fácil de descartar: no es probable que esto sea, en realidad, otro triunfo del materialismo ateo, de una ideología que privilegia lo material a cualquier otra consideración porque las ideologías, ya sabemos, han muerto y sólo queda una.

La segunda es más persistente: ¿en qué país estamos, en qué país hemos estado todo este tiempo?

Sin duda, en otro. En uno muy distinto del que imaginábamos al leer ciertos medios, al hablar con determinados amigos, al trabajar en algún que otro espacio que todavía queda. Muy distinto, incluso, al que suponíamos cuando escuchábamos las puteadas en la calle, las protestas, los chistes. ¿Y, entonces, por qué no oficializarlo? ¿Por qué no proponer una mínima secesión, ocupar por ejemplo el salar del Hombre Muerto y sus márgenes feraces y declarar allí la independencia? Sería mejor que tener que soportar las decisiones democráticas, canallas, de una manga de compatriotas. Sería mejor que esta obligación de tolerar que esa manga de compatriotas metamorfoseados ahora en votantes construya con dedicación, con delectación, una vida cada vez más degradada para todos.

Porque lo del voto calificado, supongo, debe ser mucho más difícil. Quiero decir: que, para tener derecho al voto, haya que acreditar de alguna manera un poco de orgullo, algún espíritu crítico, cierta inteligencia. Que no se pueda votar como corderos –degollados–. Que esté prohibido votar como ellos, como las almas puras.

Me dirán que sangro por la herida: eso es exactamente lo que estoy haciendo. Y no me gusta. Quizás uno de estos días haya que dejarse de chistes e ironías, y pensar seriamente qué carajo es la democracia.

(Septiembre 1991)
Equivocaciones
El lunes pasado publiqué un artículo en el que proponía buscar formas de recalificar el voto, y terminaba diciendo que habría que discutir qué es la democracia. Hubo reacciones; algunas, muy airadas.

Almas puras me dicen que la democracia es intocable. Ayer mismo, por ejemplo, en este diario, se postulaba a la democracia como "el único dogma que ningún progresista debe perder jamás". ¿Qué es esta democracia sacrosanta?

Si la democracia –esta democracia– es un mecanismo por el cual no te matan por opinar u oponerte, te hambrean y te forrean con dedicación, y una vez cada dos o tres años te dejan votar bajo el bombardeo del marketing y las medidas electoralistas por una opción que puede ser traicionada de inmediato sin que existan mecanismos inmediatos para oponerse a esa traición, esta democracia me parece algo muy cuestionable.

Es un mal menor, se me dice: muy menor, muy mal; si nos vemos reducidos a defender como dogma el mal menor, estamos fregados.

Se me dice: los progresistas no debemos dejarle la democracia a la derecha: los progresistas, hasta hace poco, no solíamos fascinarnos con la democracia delegatoria. No sé si está bien o esta mal, pero llegamos a esta democracia después de la derrota de otras utopías más fuertes, quizás más peligrosas. Y parece como si nos hubiéramos resignado. Los progresistas.

Porque se habla de la democracia, como dogma. Y no de las democracias, de sus grados posibles: democracias más o menos representativas, más o menos participativas, más o menos directas. Y está claro que la democracia argentina actual es de aquellas que menos participación permiten a sus ciudadanos.

De eso –entre otras cosas– hablaba cuando hablaba de recalificar el voto: si votar es sólo ese ejercicio bianual y distraído, manipulado, no me parece suficiente como legitimación, no alcanza. Otra cosa sería si la democracia se ejerciera todos los días, si existieran mecanismos de proposición directa de medidas, de referendum sobre temas de interés particular, de revocación de los mandatos.

Otra cosa sería, también, si el voto no fuese obligatorio, si no obligara a los que nada les importa a votar a los candidatos de la corbata televisiva más bonita.

Otros –tan variopintos como Mario Wainfeld o Daniel Haddad– me preguntan si, en ese artículo, no "desprecio a la gente (al pueblo)".

Desprecio: al que vota por quienes proponen la pena de muerte para el que vende medio kilo de droga después de haber indultado a los que mataron a miles de personas sí, lo desprecio. Lo desprecio. Como desprecio –es el mismo mecanismo– a los que cerraron los ojos cuando los militares propusieron un poco de bienestar y tranquilidad a fuerza de picana. Como desprecio –el ejemplo es obvio– al pueblo alemán que votó masivamente a Hitler en 1933.

Aunque quizás no debería decir desprecio. Quizás, para que el matiz de pertenencia quedara más claro, debería decir compasión, odio, conmiseración.

Quizás sea la famosa pérdida de valores la que nos hace caer aún más en el populismo. Quiero decir: en la idea de que toda legitimidad, todo bien surge del pueblo. Yo creo –quiero creer– que hay ciertos valores éticos que –para mí– deberían estar por encima de eso. La vida, por ejemplo. Y que el pueblo, como todos, también se equivoca.

(Septiembre 1991)
Otra Victoria de Carlitos
Es el momento de la famosa resaca post coitum. Prender el cigarrillo y decir algo. Aunque era un polvo medio de rutina, pero igual todos nos peinamos, a la mañana, y después con sol y tanta gente por la calle daba la impresión de que pasaba algo. Ahora que ya pasó, no pasó mucho. Todo tan parecido a sí mismo, y la resaca.

El gran Carlitos ha demostrado que, una vez más, tenía razón. Ya pocos le creían, muchos se mofaban, tantos lo daban por muerto, pero tenía razón: la economía es motor que todo lo mueve. O así debe haber sido: día tras día, escándalo tras escándalo, el gobierno de este otro Carlitos parecía propenso al patinazo. Parecía que nos estábamos poniendo dignos y que íbamos a cobrarle alguna factura de corrupciones y patoteadas, pero resultó que no tanto: a la hora de votar, la estabilidad lo hizo ganar de nuevo. Aquel Carlitos, el alemán, tenía razón.

Será que somos así, o que es así como las elecciones nos hacen. Las elecciones, ese rito de un domingo cada 104, producen un extraño efecto. Quien anduviera estos últimos días por la calle, se tomara un par de taxis o un par de cafés, podía suponer un clima muy rebelde: el que no puteaba por la justicia corrupta puteaba por los afanos o si no por los peajes o si no por los gases. Y todos se unían para hablar pestes de casi todos los políticos, para descreer de su sistema. Pero después, en la urna, 3 de cada 4 pusieron su óbolo para que los grandes partidos tan repudiados sigan manejando la cosa nostra. Algo raro le pasa al ciudadano, cuando se transforma en votante: se apichona, pierde vuelo, cae una y otra vez en el malo conocido. En el cuarto oscuro, las iras se aplacan, el hombre se pone prudente y vuelve cansado a la casita de sus viejos. Será que así somos.

Tampoco es grave: el voto nos sucede tan poco. Una vez cada tanto y después a mirar el espectáculo. En estos días escuché a muchos que decían que si hubiera elecciones cada seis meses la ciudad sería una pinturita y los jubilados cobrarían plata. Decían, sin decirlo: si hubiera un sistema de democracia menos representativa, más directa. Lo decían con un tonito soñador y poco énfasis; como quien dice si llego a ganar el prode me compro un orangután itifálico para que me abanique. Es curioso. Después van a votar y el efecto elecciones hace que todos estos deseos parezcan estúpidos: es el momento de dejarse de tonterías.

Así que así estamos. Con cero de inflación y muchos corriendo fuerte la coneja. Trabajando tantas horas por día para sobrevivir. Sin trenes, con los servicios peores pero caros, el petróleo vendido, salud y educación tan vacilantes, 5 a 0 con Colombia y mucha patoteada. Con un gobierno que nos toma el pelo y ninguna posiblidad de controlar lo que hacen con nuestro supuesto mandato. No lo entiendo bien: nunca tantos se conformaron con tan poco. ¿Será que la idea que muchos se hacen de sus vidas es así de modesta? ¿Será que viven mejor queriendo poco? ¿Será que son más sabios y que tienen razón?

(Octubre 1993)
Combatiendo, el Capital
Todavía no se animan a sacar avisos en los diarios. Parece que les da como cosa, pero mientras tanto la oferta se difunde de boca en boca: por sólo unos cientos y un poco de paciencia, es posible lanzarse al safari más excitante de la historia. La idea, dicen, se le ocurrió a un galletitero de Munro, pero ahora se difundió y avanza: el comerciante recibe la plata y se hace el oso; el cliente se queda en un rinconcito, cara de nada, y espera: cuando llega el chorro, el cliente saca el magnum 357 y, sin decir ríndete forastero, le pone cinco balas entre los ojos pardos.

A veces el ladrón tarda mucho, días en llegar; a veces, incluso, no llega: los riesgos corren por cuenta del cliente. Pero en general funciona. Y no es fácil encontrar mejores condiciones para practicar caza mayor con blancos casi verdaderos: los ladrones, si están bien vestidos, se parecen mucho a la gente. Después, si alguna vez el tirador corre algún peligro, si alguien le quiere robar el anillo de bodas, va a estar preparado para repeler honestamente la agresión.

–Oiga, éste estaba demasiado gordo.

–Sí, la joda es que se alimentan a fideos.

–Claro, los muy brutos. Espero que la próxima me toque uno más flaco, es un blanco más interesante.

El deporte es el deporte, una escuela para nuestros retoños, la bebida de los pueblos fuertes, y así vamos. El problema es que cada vez hay más que no lo hacen por el placer, sino por el dinero. Lo fuerte es cuando lo hacen por el dinero. Ultimamente, muchos matan para defender los 200 pesos que tienen en la caja, y les parece bien.

Matar para defender los 200 de la caja es demasiado obvio: una metáfora berreta del capitalismo más salvaje. El capitalismo sin ningún disfraz: eso es incómodo.

La historia del siglo es la historia de los disfraces cada vez más lujosos que se fue inventando el capitalismo para subsistir, cuando reclamos y movimientos lo obligaban a disimular su condición: educación, medicina, jubilación, vacaciones, seguro de desempleo, jornadas restringidas, estabilidad laboral y tantos otros. La socialdemocracia, los estados benefactores, los populismos a la peronista son algunas de las formas del asunto. Ahora parece que al estado ya no le da para comprar trapos, y trata de no gastar en disfraces: por eso ha ido privatizando, dejando de disimular, abandonando sus prestaciones. Pero no se esperaba para tan pronto que privatizaran lo que fue el origen de los estados, su razón primera: la administración de la violencia.

En la Argentina, supongo, la idea empezó con los militares de la dictadura: privatizaron la parte de la violencia –las torturas, los asesinatos– que el estado no podía asumir en público. La idea prendió, y ahora buena parte de la seguridad que importa es privada: guardias personales, custodias en barrios e instituciones, policías laborales. Grandes empresas casi monopólicas se hacen cargo de lo que abandona el estado en su naufragio: se apropian de la violencia como se apropian del petróleo o los aviones.

El problema es que estamos en la Argentina, o algo que se le parece mucho, y les ha surgido la competencia del cuentapropismo. Y allí, como los galletiteros no tienen los medios para disimular, el capitalismo se muestra en todo su esplendor.

El menemismo, ya lo dijo Vladimir Ulianov, es la etapa superior del capitalismo: es el capitalismo audaz, desdeñoso, soberbio. Ese capitalismo audaz es el que ponen en acto los almaceneros que matan –y, peor, están dispuestos a morir– para defender los 200 pesos de la caja. Un capitalismo que no necesita disimular nada, que muestra sin tanguita que está dispuesto a matar por la plata a quien sea necesario.

–Mirá, me rompe las bolas tener que matarlo, pero si se llevaba la guita los chicos se me quedaban sin el regalo del día del Niño.

–Ah, no, claro, por los chicos todo.

–Ya lo decía el general: los únicos privilegiados, viste.

Hay una falacia fundadora: que la vida humana es, en sí, por mandato superior, invalorable, más importante que nada. Es falso: vale lo que se quiera pagar, lo que cada sociedad establece que vale –pregúntenle a un americano del siglo pasado cuánto valía la vida de un esclavo negro y podría haber dado cotizaciones muy precisas. Es falso, pero sobre ese mito se asienta la posibilidad de que exista este tejido social. Si queda establecido que una vida de chorro del coño urbano vale 199 con 90, seis pagos con tarjeta, todo se complica. Si los chorros se convencen de que los 200 pesos valen una vida, en una de esas les da por entrar matando: mejor que sea la del otro. Va a ser un problema para algunos, y puede resultar un mal ejemplo, quiero decir: un ejemplo.

El mecanismo capitalista solía ser más astuto: te iban sacando la vida de a poco, en 12 horas diarias 5 días por semana, 11 meses y medio por año, 38 años por vida, y te la pagaban también de a poco, no 200 sino un poco más. Era más pudoroso. Ahora, con el menemismo, la etapa superior del capitalismo, el capitalismo desdeñoso, están tan ensoberbecidos que no tienen tapujos en mostrarse tal como son: que la escuela se la pague el que pueda, que te cure lola, la luz para los iluminados y la vida por 200 pesos. Es interesante que se hayan vuelto tan impúdicos, que se confíen tanto. Se muestran y quizás no se dan cuenta de que se los ve feos, llenos de verrugas, con los pendejos malteñidos de rubio y la prótesis un poco atravesada. Se muestran demasiado. No creo que les convenga. Pero los que saben son ellos.

(Julio 1993)
Big Bang
Tiempos difíciles para la palabra: el príncipe, que no le reconoce a las propias más valor que su peso en olvido, teme que las ajenas alcancen el viejo valor mágico de la palabra eficaz: "Hágase la luz, y la luz se hizo": que una palabra sea capaz de crear realidades.

Hay, en estos días una palabra cuyo valor mágico ha subido a un ritmo varias veces digital, y cuya sola pronunciación, últimamente, enciende las más turbulentas cóleras de palacio: la palabra estallido. Que ya ha conseguido, incluso, independizarse del adjetivo que se le adosaba: si hace poco era necesario, para entenderse, hablar del estallido social, ahora, la sola mención del estallido alcanza.

Alcanza, en principio, para no decir muchas palabras harto incómodas. Quien dice estallido, está claro, se evita recurrir a arcaísmos que la modernización y otras revoluciones productivas difícilmente toleran, como por ejemplo hambre, o rabia, o reclamos sociales, o desengaño, o violencia popular, o miseria, o resistencia. Quien dice estallido no usa, por ejemplo, el verbo explotar. Quien dice estallido oculta todas estas causas en un solo efecto, turbio, confuso, simplificador. Pero quien dice estallido dice, además, otras cosas.

Hace mucho que sabemos –hace mucho que simulamos ignorar– que cada palabra está llena de otras palabras, de otras ideas. Para la palabra estallido las posibilidades también son múltiples.

Por estallar estalla, sobre todo, una bomba. La bomba es el sujeto estallador por excelencia. Y la bomba, cualquier bomba, tiene ciertas características peculiares. Que resultan significativas si se piensa que la bomba de este estallido es un conjunto supuestamente indiferenciado de habitantes de estos andurriales.

Una bomba, es evidente, estalla de una vez y para siempre: no hay reconstitución posible de lo estallado, la energía liberada se pierde irremisiblemente. La bomba, al estallar, destruye destruyéndose, inutilizándose para cualquier uso posterior. Pero, también: aquello que estalla –la bomba– sólo sirve para eso o, si acaso, para amedrentar con la posibilidad del estallido.¿Quién es el sujeto bomba, el sujeto cuya única justificación está en el estallido, al que no se permite otra función posible?

La bomba es, qué duda cabe, un sujeto carente de discrecionalidad, de direccionalidad propia. Una bomba hace el mal sin mirar a quién. Es incapaz de controlar sus efectos. Estalla, y en esa disgregación incontenible, sólo es capaz de arrasar lo que azarosamente se encuentra a su paso. La bomba no tiene vuelta atrás, no tiene re–flexión.

Una bomba, además, invierte sólo una pequeña porción de su energía en producir el efecto buscado: el resto se pierde en la nada del espacio. ¿Quién supone que la única respuesta de "ellos" es la violencia súbita y sin dirección, que se autodisuelve? ¿A quién tranquiliza?

Pero hay bombas y bombas. A principios del siglo, la imaginería habitual manejaba un personaje que supo ser profusamente utilizado: el anarquista, el siniestro hombrecito de la solapa levantada, la mirada huidiza y el explosivo redondo, caricaturesco, apenas escondido en el sobaco. La imagen se presentaba como la quintaesencia de lo antisocial, de la fuerza disolvente de todo aquello que la gente–de–bien debía preservar. Y, en esta imagen, la bomba negra y mal entrazada era un dato fundante.El hombrecito que la portaba supo enarbolar, entre otras, una consigna bella: "Burgués, tu pesadilla es mi sueño". Ahora hay otras, y las ropas han cambiado, y el estilo de las caricaturas, pero la bomba se mantiene: en la bomba sin formas visibles del "terrrorista" se sigue sintetizando el miedo, la aversión, la condena. Aquellas y estas bombas, estos estallidos.

Y, si no, está la bomba moderna, la bomba como objeto inerte: uno de los cambios más fuertes de este siglo de cambios es un avance técnico de insigne teología: tras pasar milenios delegando en los dioses la posibilidad del apocalipsis, de la destrucción absoluta del mundo, la ciencia de los hombres lo ha logrado. Antes era posible destruir pequeños segmentos del mundo, algunas vidas, algunas haciendas. Ahora ya se sabe cómo hacer para que la tierra desaparezca de la faz de la tierra. Pero ese gigantismo de la bomba la ha transformado en un objeto casi inutilizable: la bomba se fabrica y se almacena como amenaza, en la convicción razonable –y reversible– de que no ha de ser usada. ¿Quién piensa este estallido, esta bomba, como bomba moderna, como atómica que se supone sólo disuasoria?

Y quién la piensa, aún, como telúrica bomba de neutrones, que respeta lo que importa –los bienes de la gente–de–bien– y destruye sabiamente lo que debe ser destruído –las vidas de los otros– ?

Hay, obviamente, otros estallidos, que no requieren bombas. Como el plop del bazooka, estallar del chicle hecho globo que volverá a ser chicle que seguirá siendo mascado, en la boca, antes de ser definitivamente escupido a un costado. O el íntimo del flato, que la tradición supone poaradigma de lo inútil. O el festivo de los fuegos de artificio, que es celebración pura y termina en una nada rápida, en la creación si acaso de un recuerdo con brillos tan efímeros. Y está, rampante, el gran estallido, el big bang.

Hay un estallido fundacional. Cuando la mayoría de los científicos del mundo dejaron de creer que la palabra –por más divina que fuera– hubiese podido crear ese mundo, empezaron a buscar otras explicaciones. Y, ahora, casi todos acuerdan en suponer para ese famoso momento 0 + x, el momento original del universo, el espectáculo de un fabuloso estallido: el big bang. Aunque es probable que en este caso muy pocos lo propongan –o mejor, sean capaces de sostenerlo con discurso– la idea de estallido también implica, necesariamente, la referencia a una fundación: la del universo, nada menos.

Bombas de ayer y de mañana, chicles, flatos, fuegos de artificio. Universos in progress, metáforas diversas y, a menudo, semiocultas.. ¿Quién se hace cargo de cada una de las lecturas posibles? La respuesta, como de costumbre, en el próximo capítulo. Que, tal vez, no aparezca en la contra, sino en la tapa de los diarios.

(Septiembre 1990)

Ahora, pobres
"Somos pobres", dice uno, en la radio: "lo que pasa es que somos pobres y tenemos hambre". Y otra va y dice: "Pobres; somos pobres, me entendió: pobres. Y tenemos mucha hambre: mucha hambre".

Es fuerte. Desde anteayer, todos los medios argentinos rebosan de unas palabras que hasta el martes estaban desterradas. Y es como si a las voces que las dicen les diera gusto decirlo; si es así, tienen toda la razón: ahora todos tienen que escuchar lo que se negaban a oír. Era tan mersa hablar del hambre o la pobreza: quedaba tan mal en la revista Caras.

Y lo mejor es que el hambre, que hasta el martes no estaba en ninguna parte, ahora se acepta como causa del desborde: para muchos, justifica el desborde. A mí me parece fantástico, siempre dije que me sorprendía que no sucediera algo así, pero lo raro es ver cómo tanta gente de bien justifica los desmanes. Se acordaron de algo.

Ahora, todo el país habla de Santiago del Estero. A partir de anteayer, mucha gente debe pensar que la única forma de que le den un poco de bola es quemar un par de edificios; además, por lo que se veía en la tele, resultaba de lo más excitante.

Por supuesto que los animales de siempre hablan de los activistas –como si un activista fuese algo distinto de un ciudadano que quiere intervenir en política, esto es: competir con ellos–, pero hay incluso miembros del gobierno, como el interventor Eveready, que dicen que la causa de los fuegos fue la pobreza y el hambre.

Es indiscutible. Si alguna vez –Dios y su perro no lo quieran– vuelve a establecerse violencia habitual en la Argentina, alguien va a tener que acordarse de estos días en que no la había, en que todos nos bancábamos las tocadas de culo, las patoteadas, las traiciones, y muchos el hambre sin decir ni pío. Espero que no suceda, que inventemos otras formas. Pero, si acaso, si algo pasa, cuando se discuta –Dios y su perro no lo permitan– cómo empezó todo, deberán recordar que nos habíamos bancado tantas y que el hambre fue aceptado como causa de estas explosiones y que las causas del hambre también estaban en la revista Caras. Digo, para empezar a contar ciertas historias. Aunque espero que esta vez sea distinto: que nos salga mejor.

(Diciembre 1993)
El Nombre de la Rosa
Ni siquiera tenemos un nombre. También en eso somos como las trabajadoras del servicio doméstico.

Una de las mayores tribulaciones de la clase media semiilustrada argentina –si tal ente existe–, consiste en darle un nombre a la señora que nos ayuda en casa, la mucama, la shikse, la mujer que limpia, la empleada. Cualquier nombre suena, aparentemente, despectivo y por eso se complica su uso, se traba en las lenguas.

–Bueno, si eso no lo hacemos los que...

–Vos decís la gente con cierta...

–Sí, digo todos aquellos que no están dispuestos a...

Ultimamente –en los últimos años– a lo que antes se llamaba la izquierda le pasa lo mismo. Las palabras que antaño la definían ahora fuerzan a la retahíla de gestos que suplantan comillas: unas cejas arqueadas, una sonrisa de côté, un retintín de sorna aparecen como el complemento infaltable de aquellas palabras.

Ninguna satisface.

Izquierdista sonaba, ya entonces, a denuesto: hasta Vladímir Uliánov la trataba de "enfermedad infantil". Revolucionario, válgame dios, remite a una idea determinada de la acción política que, tras su derrota en los setenta y su escarnio en estos años, nadie quiere recordar, repensar. Comunista tiene que ver con un partido que comprendió demasiado tarde que su misión histórica era, obviamente, partirse de una vez por todas. Socialista, aunque da más juego, está demasiado identificada con las dictaduras del Este y su fracaso estrepitoso o, últimamente, con los gestionarios entrajecidos, ambiciosos y un poco racistas de Europa occidental.

Así que tampoco tenemos un nombre.

En realidad, ni siquiera sabemos si merecemos un nombre, quiero decir: si existimos. No sabemos, para empezar, no sé, qué coño significa este plural. Pero es casi seguro que nada existe si no tiene un nombre.

Un hijo empieza a tener algún sentido cuando se piensa cómo llamarlo. Hijo, aunque más no sea. Y un zapato qué es, si no un zapato. Una cosa sin nombre es como aquel cassette de Brahms que suena y suena, solo, en el desierto. ¿Es música? ¿O es sólo un conjunto de ondas que vibran en una determinada longitud y que solamente se transformarían en música si las escuchara un oído humano? "En el nombre de la rosa está la rosa,/ y todo el Nilo en la palabra Nilo", decía el maestro Borges, astutamente copiado después por la ninfa.

Todo se complica: al no tener un nombre hay que definirse por acuerdos, por puntos de encuentro, y eso es mucho más difícil: mucho más simple era que un nombre común nos identificara con toda una cultura y una historia comunes sin tantas preguntas, sin necesidad de buscarnos las pulgas.

Aunque esto sea mucho más interesante.

No es malo que la pertenencia no resulte automática: obliga a pensar, en cada caso, qué significa, y con quiénes uno se alinea. Quién conforma un nosotros. Obliga a pensar.

Y una de las primeras cosas sería pensar nombres.

La idea de la izquierda es, en definitiva, una idea moderna. Que toma una forma más o menos clara en la revolución francesa, y desde entonces. Pero siempre hubo, antes, gente que no toleraba ciertos bailes, que no se conformaba con lo dado.

Ahora es probable que la siga habiendo, y habría que ver qué palabras le corresponden a la cosa, aunque la cosa no exista del todo, sea confusa. No por cambiar nombres, sino porque parece que aquellos nombres ya no sirven para nombrar lo que ha ido pasando, lo que fue cambiando. Llamarse progresista, por ejemplo, –o su apócope burlón "progre"– remite a algo que es, por un lado, demasiado descafeinado y, por otro, absolutamente discutible: la idea de progreso. Cualquiera, todos hablan de progreso y, al mismo tiempo, pocas cosas jodieron tanto a las revoluciones como creerse mesiánicas vanguardias del progreso, como creer en un tiempo que avanza sin parar.

–¿Pero está seguro de que el mañana nos pertenece?

–Mire, ya sólo nos faltan seis cómodas cuotas, así que...

Hay otras palabras fuertes, ideas–fuerza. Pero la idea de ética la malbarató el alfonsinismo, la de justicia el así llamado justicialismo, la de moral la destruyeron la iglesia y las ligas de madres, la de la dignidad Aldo Rico. Además, todas ellas son calidades que pueden aparecer en distintos proyectos, pero no definen posturas. Y aunque es cierto que la crítica, la contestación es un elemento común a este nosotros vago, definirse sólo por la crítica es pensarse siempre por oposición, en función del otro, sin autonomía posible.

Los "autónomos", curiosamente, no es tan mala: independientes de las estructuras, de los poderes. Pero le faltan otros datos. O si no los perplejos, por ejemplo, los patidifusos. O cualquier otro chiste. O seguir siendo esforzados trabajadores del servicio doméstico.

Lo peor es ser No Names, que es lo que ellos quisieron.

(Mayo 1993)
Sólo Somos Lagartos Imposibles
Hubo tiempos en que vivíamos tranquilos: seríamos lo que debíamos ser, y si no, no seríamos nada, y eso ayudaba mucho.

Incluso en aquellos tiempos siempre aparecía un recalcitrante. Pero cuando alguien decía que de no haber sido por Cabral y sus instintos suicidas el prócer no habría sobrevivido para decir la frase e, incluso, para echar a los godos de medio continente, la razón le contestaba que daba casi lo mismo San Martín o cualquier otro, que esos hechos de todas formas debían suceder porque estaban inscriptos en una lógica mayor, que superaba las casualidades, el azar.

Eran tiempos felices. Mucho antes, al principio, muy al principio de la historia, no había leyes, sólo voluntades. Los dioses que regían la vida y la naturaleza eran señores muy caprichosos que podían, si bien les daba la gana, olvidarse un día cualquiera de izar el sol en el horizonte, o negarse a que en los campos madurara el trigo. Había que convencerlos cada vez: cundía la angustia, la ansiedad, y cada día, entonces, cada sol que asomaba, cada lluvia, era como un triunfo maravilloso de las argucias humanas para engatusar a esos dioses tronantes.

–Mujer, si les damos medio gallo seguro que se conforman.

–Nabucodonipal, te digo que por menos de dos cabezas no nos llueven.

–No somos nada, mujer, y tú menos que nadie...

Después, los hombres entendieron que podían concluir contratos a más largo plazo: empezaron a aparecer sistemas más complejos, y los dioses se transformaron en honestos trabajadores que sólo muy de tanto en tanto contradecían la lógica de sus propias decisiones. Habían puesto en marcha un mecanismo y, salvo error u omisión o traición excesiva, su funcionamiento estaba garantizado. Y, además, los grandes dioses aseguraban a sus súbditos un mañana venturoso en algún reino de los cielos. Finalmente, con la modernidad, el dios quedó reducido a un modesto papel de artesano: era, en el mejor de los casos, un relojero que había fabricado una máquina sobre la cual ya no podía intervenir. Mientras tanto, la ciencia iba robando terrenos, inventando teologías novedosas.

El hombre ganaba en tranquilidad lo que había perdido en iniciativa: si los eventos del globo estaban regidos por leyes inmutables, que nada perturbaría, el alivio de saber cómo seguía el espectáculo compensaba la pena de saber que los hombres no podrían modificarlo, porque nada podía. La historia, Marx mediante, también se transformó en una ciencia –"la única ciencia que conocemos", dijo alguna vez el alemán–: su dirección estaba marcada por leyes ineluctables y el hombre tenía, cuanto más, la obligación de ayudarla a avanzar en su sentido manifiesto. El futuro era, entonces, un gran coro de ángeles que nos esperaba con los brazos abiertos.

–¿Y tú lo has visto alguna vez?

–No, camarada, pero está escrito, y es científico.

Las grandes leyes, la marcha incontenible de la historia, se fueron desmigajando poco a poco. Los futuros borronearon la tinta de sus aguafuertes y, últimamente, cada vez se hacía más difícil creer en los paraísos cristianos, islamitas o marxistas. Sin embargo, solíamos aferrarnos a ciertas certezas: las grandes líneas obedecen a algún tipo de lógica, el azar sólo interviene en los datos más pequeños, en las pinceladas anecdóticas. Hacía mucho que los físicos, los químicos y otros cosmonautas entendieron la necesidad del azar, pero la historia seguía siendo un camino con algún sentido.

Ahora, todo se complica, y hay ejemplos. Stephen Gould, un biólogo norteamericano, cree que ya ha probado su hipótesis sobre la desaparición accidental de los grandes dinosaurios. Durante 100 millones de años, los lagartones dominaron el planeta. De su extinción, hace 65 millones, se había culpado al enfriamiento de la tierra, al cambio de condiciones atmosféricas o a otros datos igualmente estructurales. Pero Gould sostiene –y cada vez más experiencias parecen confirmarlo– que desaparecieron a causa de un gran cataclismo natural que, en principio, podría ser el choque con un gran meteorito cuyos minerales se están encontrando en distintos puntos del planeta.

Un choque: algo perfectamente azaroso, improbable, que podría no haber sucedido jamás. Y, sin ese choque, nada demuestra que los dinosaurios hubiesen dejado de existir. Y, con dinosaurios, los mamíferos no se hubieran desarrollado, y el hombre sería sólo la utopía de algún extraterrestre ligeramente ebrio.

–Dos patas, te parece que sólo dos patas?

–O le ponemos tres, así gira en redondo todo el tiempo...

No es un dato menor. Sin ese accidente, nada de todo esto habría sucedido, y es sólo un ejemplo. Si el hecho básico de la existencia del hombre depende del azar, qué queda para las pequeñas miserias cotidianas. Qué por ejemplo si Perón se hubiese caído de aquel caballo chúcaro, en Chubut y en su infancia más tierna. O si mi abuela no hubiese decidido ir a ese baile donde, por extrema casualidad, deslumbró a mi abuelo. O si Colón se hubiera muerto en su viaje de escorbuto, o si usted se duerme justo el día en que está por tomar aquel avión fatal.

No hay futuro, no hay garantías. Si la historia está hecha de azar, de puros encuentros y accidentes, nada es necesario, nada es previsible, y siglos y siglos de inventar sistemas se reducen a un juego de ficción, de subterfugios pobres. Lo cual lleva al desasosiego de nadar en ese remolino que gira en ocho direcciones y en ninguna. Pero, también, a la esperanza de pensar que cualquier acto, algunos actos, todavía pueden modificar el mundo.

(Mayo 1991)
Microbios
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