Crónicas de la Argentina contemporánea






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Retornos de lo reprimido

Me preguntaba en estos días si será que vuelve la violencia como una de las formas centrales de la política. Digo: distintas formas de la violencia. Por un lado, la violencia que muchos justificaron –si no aplaudieron–: Santiago del Estero, Chiapas. Que se parecen poco, pero tienen en común que no despiertan demasiados repudios. Buena parte del arco político, en ambos casos, se ajustó el nudo de la corbata y explicó que bueno, que esa no era la manera, pero que se entendía que hicieran esas cosas porque los habían puesto en una situación insostenible. Y, en el caso de México, además, fue notable la eficacia de la acción zapatista para resquebrajar la máquina del PRI y poner en movimiento a mucha gente que aprovechó la movida para pedir con más decisión más democracia.

Si no, por otro lado, otra forma: la violencia que todos repudian, como la masacre de Hebrón y sus brutos remezones. Que un hombre solo –o con dos o tres más– agarre su fusil y produzca semejante caos, que llegue a poner en peligro las negociaciones en que se habían empeñado los poderes del mundo, es todo un aporte a las distintas filosofías de la historia. Digo: las filosofías de la historia suelen servir para pensar que lo que sucede tiene un sentido –o por lo menos una lógica– y que se debe a grandes corrientes, a movimientos de estructuras. Pero el animal de Hebrón, con su canto a la iniciativa privada, las deja en posición embarazosa. Viene a postular que el tipo justo –bien armado– en el lugar preciso puede cambiar la historia, al menos por un tiempo.

Si hubo un acuerdo general, durante la última década, era que la violencia no debía ser una de las formas de hacer política. Básicamente, porque cuando lo fue no funcionó, y resultó muy doloroso. Ante Chiapas, ese acuerdo se resquebraja. Y ante Hebrón, las justificaciones teóricas de ese acuerdo quedan en veremos. La violencia política, ya sabemos, nos resultó terrible. Yo no la querría. Pero tiene, para algunos, un atractivo fuerte: puede ser, en ciertas circunstancias, la expresión de los que piensan que sólo pueden expresarse así, porque saben que de otra forma no los dejan.
A sus órdenes

Estoy un poco harto de la obediencia debida. Parece que el legado chascomusino prende con entusiasmo: la patria rebosa de obedientes debidos. Digo, por ejemplo, cada día, los empleados que te dicen que están de acuerdo con vos en que esa disposición que te están aplicando es insostenible pero tienen que hacerlo porque así es la cosa. Ellos entienden todo, dicen, pero cumplen órdenes. ¿Qué pasaría si uno no cumpliera lo que le parece injusto? ¿Sería otro? ¿Sería otro mundo? ¿Lo echarían al día siguiente? ¿Descubriría que puede más de lo que creía? ¿Putearía que igual el mundo es una mierda y que quién lo manda a meterse en líos si cada uno solamente se ocupa de sí mismo y a él cuando esté jodido nadie le va a dar una mano? ¿Descubriría que así se quiere más? ¿Menos? ¿Distinto?
Urticaria

"Se que alguien me convenció de algo y no me acuerdo bien de qué. No me importa mucho de qué. Se que alguien me convenció de algo." (Rahiv Sathyananda Rao)
Balas de justicia

En la radio lo anuncian con una alegría casi contagiosa:

–¡Con ellos llegó la fiesta...! ¡Los Fabulosos Cadillacs vuelven a Obras! ¡Sí, los Fabulosos en Obras...! Auspicia Cocacola in Concert.

Grita el locutor, con todos los signos de exclamación y ningún signo de pregunta y, detrás, la musiquita del verano, la canción más vendida de estos últimos meses: Matador.

La canción es sorprendente: de nuevo el rock hablando. Ahora, con el auspicio de Cocacola, que refresca mejor. Yo había escuchado cuarenta veces el estribillo pegadizo y me preguntaba cuánto faltaría para que lo cantara la Doce tras un gol de Carranza, pero nunca me había fijado en las palabras. Supongo que nos pasa a todos, hasta que un día, sin querer, uno escucha:

"Viento de libertad, sangre combativa/ en los bolsillos del pueblo la vieja herida./ De pronto el día se me hace de noche, murmullos, corridas/ y el golpe en la puerta: llegó la fuerza policial./ Mirá hermano en que terminaste/ por pelear por un mundo mejor."

Suenan tambores, redobles muy furiosos. Hacía mucho que no escuchaba por la radio esto de que a alguien lo mataran "por pelear por un mundo mejor".

"Me dicen el matador de los cien barrios porteños./ No tengo por qué tener miedo, mis palabras son balas:/ balas de pan, balas de justicia./ Soy la voz de los que hicieron callar sin razón/ por el solo hecho de pensar distinto".

En Pinamar, después de la misa de ocho, los chicos de buena familia la tarareaban mientras hacían rugir el motor de la Suzuki. Con el auspicio de Cocacola, que tranquiliza mucho. "Mis palabras son balas:/ balas de pan, balas de justicia./ Soy la voz de los que hicieron callar sin razón/ por el solo hecho de pensar distinto". ¿Quién habla cuando los Fabulosos hablan? ¿Quién escucha? ¿Quién vuelve, y quién se va?

(Marzo 1994)
Ecololós
El oso bailoteaba agitando sus cascabeles como aquella duquesa sus joyas en ese recital de los Beatles, Albert Hall, 1964. Pero el oso estaba en una calle de Atenas o, mejor, en la televisiòn. La televisión mostraba al oso junto con sus amos y explicaba, porque la televisiòn siempre explica.

–Y sus dueños, una familia de gitanos croatas, no han encontrado mejor forma de sobrevivir en su nuevo exilio que maltratando al pobre animalito...

Explicaba, con acento español, la tele. Que los dueños del oso habían tenido que huir de su país devastado por la guerra, que estaban vagando por Grecia sin más recurso que las limosnas de la gente, y que pobre oso. Pobre oso. Por suerte somos gente sensible y educada: ecológica.

El fantasma empezó recorriendo, como corresponde, Europa, pero ahora es tan internacional como cualquier sesenta. Y ha ido cambiando, poco a poco, con el tiempo.

Ahora, la ecología es algo así como la solidaridad de los individualistas, la excusa de una época de escépticos. Y tiene, sobre las demás opciones, una gran ventaja: ofrece mejoras personales evidentes. Hubo momentos en que alguna ideología –cristianismos, socialismos– había convencido a mucha gente de que no podía ser feliz si su prójimo no lo era, no podía sentirse satisfecho si su vecino tenía hambre. Ahora, que tales antiguallas han quedado en el desván de la historia, la ecología triunfa como una actriz de Hollywood: es fácil darse cuenta de que la degradación del medio ambiente no deja –en principio– a nadie a salvo, que si el agujero de ozono se agujerea el sol saldrá para todos, y que preocuparse por la conservación de las rain forests sudamericanas no es puro altruismo, ni requiere el esfuerzo de imaginar la desgracia de un chico morochito: dicen que su destrucción amenaza muy directamente el régimen de aguas del planeta, el calor y la lluvia sobre el propio sombrero.

Lo cual es muy sensato. Pero tan pequeño. Que es necesario arruinar menos el planeta ni se discute. El mundo es para el hombre, y no sirve ordeñarlo al punto de que ya no dé leche. Pero es eso: puro sentido común, banalidad. Hacerse ecololó –hacer de eso la preocupación principal– es otra historia.

El hombre es el peor desastre para el medio ambiente. Desde que se civilizó produjo las peores "catástrofes ecológicas". De todo tipo. Francia era, hace mil años, un gran bosque, y los franceses se morían de hambrunas y de gripe. Los ecololós hubieran alertado contra "la destrucción de ese patrimonio forestal que dejaría sin madera a las generaciones venideras". Sin madera, indispensable para estructuras y combustibles. Y sin embargo, desde entonces, el hombre ha inventado otros materiales estructurales, otros combustibles. La ecología, entre otras cosas, supone que las mismas técnicas requerirán siempre los mismos recursos naturales, y se aterra porque proyecta las carencias del futuro sobre las necesidades actuales.

Es una de sus grandes ventajas: la ecología es la forma más prestigiosa del conservadurismo. Es, en sentido estricto, un esfuerzo por conservar –los bosques, los ríos y montañas– y eso, tras tantos años de suponer que lo bueno era el cambio, debe ser muy tranquilizador. Fantástico, haber encontrado una forma de participación que no suponga riesgos, beneficie directamente a uno mismo y proponga la conservación de lo conocido. Fantástico: y sirve, incluso, como materia para enseñarle a los chicos en la escuela.

Está claro: la peor amenaza para cualquier ecosistema sigue siendo el hombre, lo cual no nos autoriza a suprimirlo inmediatamente. Y además, no cualquier hombre. Según un informe reciente del Banco Mundial, para el año 2000 se supone que habrá 9.000 millones de personas: el 80% de ellos, en los países pobres. Y eso es muy malo para el medio ambiente, porque esa gente quiere comer en lo inmediato y carece de la visión de futuro necesaria para pensar en que, si arrasan una selva para plantar comida, algún ecosistema se desequilibrará de aquí a veinte años. Por eso los ecololós americanos hacen helados con frutos del Amazonas: así contribuyen a que los nativos no desarbolen sus selvas, y contribuyen a su propia economía comprando los frutos más baratos, y contribuyen a sus propias conciencias sintiéndose los benefactores del planeta Tierra. Y su calidad de vida aumenta sin tapujos.

La peor amenaza para cualquier ecosistema sigue siendo el hombre pero, al mismo tiempo, sólo ese 80% de pobres permiten que el ecosistema global no se derrumbe. El mundo todavía soporta las agresiones de coches, aviones y fábricas de papel de diario sólo porque son pocos. Si todos los hombres y mujeres se subieran un día a un coche y se echaran a andar, la nube tóxica sería impenetrable. La única forma segura de preservar a la naturaleza es que la mayoría nunca pueda hacerlo. Si la riqueza estuviera más repartida, el mundo se hundiría en su propia basura: no hay nada más necesario para la ecología que los pobres.

Hubo otros tiempos: recuerdo que hace quince años, en Francia, en los inicios del auge ecologista, algunos estábamos contra las centrales nucleares no porque ensuciaran el arroyuelo circundante, sino porque significaban la más formidable concentración de energía –de poder– que nunca se había visto, y eso sí nos parecía un peligro. Era hace años, un poco antes de que Greenpeace empezara a surcar los mares y las pantallas con su barco con camarotes de primera para el capitán y los jefes, y de segunda para la tropa.

Hay –supongo que hay y además esto siempre hay que decirlo– algunos ecologistas realmente rebeldes. Pero cada vez más se ven, so pretexto de ecología, todo tipo de Alsogarayes preocupados por el oso, el chancho y los demás animalitos.

–Ay, esos negros ensucian todo, son tan poco ecológicos.

–Sí, son tan nocivos para el futuro de la humanidad.

Su modelo deben ser los baños alemanes. A mí me encantan los baños alemanes. Son tan cuidados, tan limpitos. Los baños de los turcos son mucho peores: hasta el jabón es peor. Y, además, no usan ese papel higiénico adorable, tan terso, tan suave, tan tentador, que dice cada dos hojitas que es papel reciclado: que no amenaza la supervivencia de las selvas del tercer mundo. Alemania vende armas a todas las guerras que se arman en el mundo, para mayor lisura de las autopistas con Porsche, y usa papel higiénico que no ofende a la naturaleza.

Los ecololós son así, han encontrado su lugar en el mundo, su prisma perfecto. Yo cada vez los soporto menos. Son tan bien educados, tan bien intencionados, tan dueños de la buena palabra. Son –casi– como los mimos. Son buenos, comprensivos. Incapaces, se supone, de matar a una mosca. Es más: si te llegaran a ver matando a una, seguramente te romperían la cabeza.

(Octubre 1992)
Ecololós 2
Eran tan primitivos que se creían astutos. Los pelos de la nariz les llegaban hasta el coxis, y lo mejor que tenían era esa sonrisa satisfecha mientras hurgaban con los deditos cortos la calavera de aquel bisonte, buscando últimas carnes. Ninguno decía ug, porque era de salvajes: ahora estaba de moda el provechito suave, terminado en un chillido como de ratón boniato, que era el toque de elegancia.

–Cruaaaa jiiiii.

Y seguían escarbando. Una hembra de tetas como cantimpalos manoteó un ojo y trató de escaparse hacia los yuyos. En segundos, tres machos ventripotentes se le tiraron encima, le pegaron con ramas y saña y le sacaron el ojo. La caza estaba difícil, y muchas veces se quedaban con hambre.

En los últimos milenios habían progresado mucho. Los bichos escaseaban, así que habían inventado arcos, flechas, arpones, redes, trampas y hasta unas pequeñas catapultas, y ya no había animal que se les resistiese. El problema era que a fuerza de cazar y cazar, cada vez era más dificil encontrar una presa, y había que hacer expediciones interminables para dar con algún mamut desprevenido. La caza estaba en vías de extinción.

–Cruaaaa jiiiiii.

Dijo la hembra con un ojo menos, queriendo significar:

–Ug, kriga bundolo, grande catastrófe ecológico ahora, oh sí, oh sí.

A veces pasaban lunas y lunas sin encontrar presa, y comían raíces y semillas. Pero tampoco era seguro que las encontraran. Fue en esos días confusos cuando a alguien –o a muchos al mismo tiempo, vaya usted a saber– se les ocurrió que algunos de esos frutos podían recogerse con cierta seguridad todos los veranos, y el grupo empezó a volver cada año a su trigal salvaje.

–Craaac, bilicundia aj doj.

Dijo la hipertataranieta de la tuerta, queriendo significar:

–Oh, felices tiempos antes, cuando todos animales.

La tribu comía y eructaba cada vez mejor, pero la cosecha raleaba de año en año, porque aumentaban las bocas. Alguien volvió a hablar de catástrofe ecológica. Algún otro descubrió, vaya a saber cómo, que esas semillas podían plantarse y al verano siguiente surgirían con renovados bríos.

–Crc, mí constata que aquesto nunca ya serán como antes y la degradación seríamos eterna como la noche del escuerzo.

Dijo una hipernietísima, que tenía la vocación lírica, y era cierto: a partir de entonces empezó la catástrofe. Para cultivar sus plantas y criar a sus nuevos animales domésticos, los hombres abandonaron la vida errante y empezaron a establecerse en poblados, complicaron sus lenguajes, inventaron sus dioses, imaginaron linajes, descubrieron el vino con soda, crearon la filosofía, aprendieron a coger cara a cara, se largaron a andar a treinta por hora en sus caballos verdes y, después, diseñaron las carpas en la playa, los masajes, los aviones a chorro, los microchips y los chips de pavita. Un desastre. Pero se podía haber evitado. Ningún científico duda de que nada de todo esto habría sucedido si los guarangos de nuestros ancestros no se hubiesen excedido en la caza del mamut y el oso hormiguero. Porque no habría sido necesario buscar otras fuentes de alimentos, y ahora seríamos felices, usaríamos pieles y garrotes, hablaríamos con los pajaritos, no sabríamos qué es el sida y pintaríamos quirquinchos en las paredes de la cueva.

Seríamos tan ecololós.

(Febrero 1993)
501
Ya pasó con gran pompa el 500, ayer pasó el 501, y nadie dijo todavía que estamos como cuando salieron de España. De a ratos me parece tan evidente que todo se parece tanto al 12 de octubre de 1491.

–¿Lo qué?

1491, digo, cuando faltaba un año: España estaba terminando su guerra de siglos contra los árabes, y suponía, como siempre que se acaba una guerra, que sería la última y final. Había caído el moro. Era un gran triunfo, que acababa también con la posibilidad de ciertos triunfos parciales: con la victoria, los Reyes muy Católicos terminaron de centralizar el poder y muchos fueron expulsados de sus sociedades. Pero tampoco quedaban horizontes para los que se quedaban: dentro del Reino todo lo conquistable ya había sido conquistado. El tiempo había llegado a una culminación, a un punto muerto, y no había más espacio para la expansión, salvo afuera y en algunos sueños. Por lo msimo, problemas de superpoblación creaban bolsones fuertes de pobreza.

–¿Oye Manolo, tú eres pobre pobre, no tío?

–Hombre, me ofendes. Nunca tan pobre como serán dentro de cinco siglos el haitiano Jean André o ese somalí que no me acuerdo.

Ultimamente también se terminó una guerra y todos festejamos como locos la famosa caída de los muros, la victoria en la guerra del Mercado, al punto de felicitar por demócrata al Stalinito que bombardeó un parlamento elegido en las urnas –aunque fueran rusas.

Y también ahora estamos superpoblados: da la sensación de que al mundo ya no le quedan tierras por ocupar. Además se lo ve ligeramente exhausto y la fuerza que impulsó la conquista en estos últimos siglos, el espíritu capitalista, viene tecleando: cualquiera diría que los grandes feudos –los grandes trusts– están hechos, que no queda mucho espacio para recién llegados. Y tampoco se hacen mucho lugar, últimamente, las utopías. Cunde entre muchos la sensación de que el futuro ya no es, como solíamos creer, lo mejor que tenemos.

–Pero hombre, Manolo, igual no deberías meterte en esa cáscara de nuez y ahogarte en cuatro días.

En 1491 parecía que las condiciones técnicas no permitían hacer ese tremendo viaje hasta Catay. En realidad, es fama que nadie sabía siquiera lo que había y que se suponían abismos y monstruos inflamados. Ahora parece que los problemas técnicos son tanto mayores para colonizar espacios de la Luna o Marte, pero sospecho que son proporcionales al desarrollo de las técnicas: en cada momento parecen insalvables los problemas que esa disciplina ha conseguido plantearse entonces. En 1491 lo que parecía imposible era navegar tanto porque aparecía como meta, y nadie pensaba cómo respirar en Marte. Ahora sí, y soluciones van surgiendo.

Estamos más o menos en las mismas. En 1491, barquitos portugueses habían dado vueltas por el Africa, españoles habían ocupado las Canarias y nada parecía resolverse. Muchos hablaban de dejar esos viajes que costaban tanto y no reportaban casi nada. Como ahora, cuando los cohetes van, yiran, espían y vuelven y todo parece un poco inútil.

Hasta los ecololós son tontamente semejantes. Hay escritos del fines del siglo XV que se quejan de cómo los grandes rebaños de ovejas de Castilla están acabando con sembrados y bosques, trayendo destrucción y hundiendo a los pobladores en un pozo. Igual que ahora. La ecología trata de conservar modos de vida y de relación con la naturaleza que corresponden a realidades anteriores. Cada vez que el hombre fue demasiado para su medio ambiente y abusó de él, encontró otros ambientes u otros medios, otras formas de vivir. Es estúpidamente optimista pero resulta casi cierto. Cuando la superpoblación destruyó bosques y enrareció la leña, apareció el carbón y después el petróleo. Y los hombres conquistaron nuevos espacios. Si fuera por los ecololós, Colón tendría que haberse quedado cuidando su jardín de nabos. Y en la Nasa deberían fabricar molinos de viento.

–¡Que no son gigantes, hombre, que tienen que ser molinos!

Cuanto más lo pienso más parecido me resulta. Y es interesante que no lo tengamos para nada presente. Igual que en 1491: nadie esperaba que esos viajes chiflados le cambiara la vida. Pero hay una diferencia de lo más notoria.

–¡Que te crees tú eso, Manolo!

La diferencia fuerte es la creencia. Para lanzarse a un camino tan riesgoso, los españoles tuvieron que creer muchísimo en algo muy potente: Dios estaba de su lado. Para ponerse en ruta a lo tan peligroso hay que creer en algo, y por suerte o por desgracia cada vez resulta más difícil. Creer es la máscara perfecta para la desesperanza. Los caballeros extremeños que comían salteado en sus gallineros malolientes podían decir que era Dios el que los llevaba a sus conquistas, y no la depresión y el hambre. Y entregarse a Dios en medio de esas selvas erizadas de flechas, y creer que si morían Dios se iba a encargar de taparlos y acomodarles las almohadas. Ahora casi no hay de eso. Ni de nada que se le parezca.

Pero insisto: me parece que pronto –en algunas décadas– hombres van a conquistar otras Américas, que ese va a ser el próximo gran cambio y que nuestra época va a tener el papel triste de las vísperas. Pagaría por saber con qué bandera, en nombre de qué certexa, con el escudo de qué poder supremo conseguirán hacerlo.

Cuando los hechos de Carlos Menem se recuerden tanto como los del gobernador de Asunción en 1674 estudiosos escribirán incontables pantallas para analizar cómo se formaron las creencias que permitieron la ocupación de los planetas aledaños, ese paso tan decisivo en la historia del hombre. Mientras tanto, seguimos –yo también– hablando de la interna Menem–Duhalde. Muchas veces me asombra que pensemos tan poco en lo que importa.

(Octubre 1993)
La Libre Empresa
Ultimamente, a la menor provocación, el Gran Padre putativo que supimos conseguir en estas provincias nos encañona con el fin de las ideologías. Por supuesto, tampoco en esto es original: está repitiendo un libreto pobre pero que –quizás por eso– parece tener bastante éxito en estos días. Está claro: sea quien fuere el bardo que lo recita, el texto contiene un subtexto tan obvio que hasta da vergúenza llamarlo así: que las ideologías se hayan acabado quiere significar que ya no hay posibilidades de cuestionamiento o, mejor, que el sistema es tan sólido, que su triunfo es tan total que ya no hay fisuras, que no hay modificación posible.

Por mucho menos que un ápice de semejante sospecha, hace un par de siglos, jóvenes alemanes o franceses se llamaron a sí mismos románticos y empezaron a sospechar otra idea del hombre. Ese hombre era un fulano solo frente al mundo, sumido en la desesperación por el triunfo monolítico de la Razón instrumental y de la tácnica, pero que se empeñaba en hacer escuchar un grito probablemente inútil, una revuelta sin futuro garantizado. Se vestía de negro, era preferiblemente pálido y componía versos más o menos, pero eso no importaba mucho: ho hay registros claros de qué traje portaba Federico Nietzsche años más tarde, cuando exacerbó esa idea hasta llegar a pensar que la voluntad podía convertir al hombre en algo más que un pobre hombre.

Ideas aparentemente insostenibles: la historia, supuestamente, se encargó de demostrar que los sistemas pueden tener fisuras pero que, cuando un sistema cae, es derrotado y reemplazado por otro, que aparece tan sólido como el anterior. La historia, supuestamente, se encargó de establecer que es inevitable un sistema de sucesión cerrada de sistemas, de aparatos de poder. El héroe –entiéndase: aquel personaje que lucha sin certezas contra un destino abrumador–, el héroe, entonces, quedaba como figurón decorativo en los viejos mitos fundacionales.

Y así seguimos: con esta idea, llevada al paroxismo, de que las ideologías han muerto, léase: que los discursos del cambio han muerto, porque no hay cambio posible. Que el sistema es tan fuerte que ya nada ni nadie es capaz de mojarle la oreja. Pero la vida te da sorpresas. De pronto, sin que nadie lo previera –en un país que los mejores analistas del mundo tuvieron en su mira durante años, productor de riquezas necesarias y aliado de Occidente en una guerra larga y significativa–, un fulano aparece y amenaza la inmutabilidad del sistema. Amenaza con adelantar el apocalipsis: si la guerra del golfo llegase a estallar y Estados Unidos no la ganase en breve, o si el bloqueo durara más de lo necesario, la tambaleante economía del coloso quedaría colgada de un pincel, y así el sistema económico mundial. Y nadie lo había previsto: el gran sistema no lo había previsto, no tenía respuestas preparadas.

No digo que Sadam Hussein me represente, que me alegren sus bravatas iluminadas. Digo: me alivia tanto ver que, pese a lo que se pretende, el sistema tiene grietas, tuercas que se le escapan, pérfidas pérdidas. Digo: ¿será quizás que en este mundo tan clausurado por el dirigismo de los grandes poderes liberales, todavía puede irrumpir la auténtica libre empresa, la iniciativa individual?

(Agosto 1990)
¿Creer o Reventar?
Una pintada: sus palabras me han perseguido todos estos años. La vi, hace casi quince, en el paredón del viejo cementerio de Génova: Vince sempre chi più crede. La firmaba, allí, un grupo fascistoide, Ordine Nuovo.

Siempre vence el que más cree, decía y, decía, le he dado vueltas durante años. Pensando por ejemplo que era una obviedad: frase que sólo puede leerse desde el futuro y hacia atrás: ¿cómo se sabe quién creía más, tan difícilmente mensurable? Porque ha vencido, mire vea. O pensando que era un clásico postulado idealista: como si creer –creer más– fuera más importante que otro tipo de acumulaciones, más materiales, de poder. Y pensando que, de cualquier manera, la cantidad de creencia no es mensurable salvo por datos tan aleatorios como el triunfo o la derrota. Pero la calidad de la creencia es otra cosa.

Ha terminado últimamente la guerra menemista del Golfo Pérsico. Fue curioso ver cómo, en momentos de conflicto, los poderes supuestamente prolijos de las grandes democracias occidentales se volvían tan taitas como los gobiernos de estos barrios bajos. En medio del fragor de la batalla, los mandos aliados se contradecían mutuamente, maltrataban y censuraban a la prensa, engañaban con informaciones truchísimas, inventaban la ferocidad de un enemigo que no daba el pinet, lanzaban ajustes artilleros contra la población civil, producían hechos absolutamente innecesarios que se les volvían en contra: la única, pequeña diferencia entre el refugio de Bagdad y la Ferrari del capo son algunos cientos de vidas, pero árabes. Si los grandes en la guerra se vuelven menemistas, los menemistas, en la paz, ¿están en guerra?. ¿Permanentemente en guerra? ¿Contra quién? Ellos lo saben. Nosotros somos los tontos, y nos hacemos los tontos.

Pero siempre vence el que más cree, decía el cementerio. Y el gran jefe Bush, exultante, por la televisión, en medio del triunfo, se jactaba: "Hemos enterrado el fantasma de Vietnam en las arenas del desierto". En el momento de justo después, tiempo de confesiones, con o sin cigarrillo, los big fuckers pueden proclamar a las cuatro ondas que hacía veinte años que venían necesitando una buena guerra para sacudirse sus fantasmas.

Eran tiempos extraños, hace veinte años. El mundo se preparaba para un nuevo orden que muchos optimistas suponían como un mundo sin órdenes, y la cifra de todo aquello era Vietnam. Eran tiempos extraños, en que un tal Guevara pedía dos, tres, muchos vietnam, y en París, a falta de otras realidades, intentaban la síntesis unos chicos con rabia que cantaban Ho, Ho, Ho–chi–mihn/ Che, Che, Che–guevara.

Ahora, a la luz de los estallidos, digo: a la luz de la eficacia de las bombas, de la máquina de guerra tecnológica, la derrota americana en Vietnam se vuelve más impresionante, más espléndida. Un hato de campesinos venció al mayor ejército del mundo, porque estaban decididos a todo. Reaparece, como un recuerdo, la creencia.

La creencia y la eficacia. Los soldados aliados en el golfo, cuando hablaban por televisión, solían definir su actividad en términos de trabajo: We're doing a good job, Il faut finir le boulot. No había en sus palabras reivindicaciones exaltadas de los valores occidentales y cristianos, o de la libertad, o de la democracia, no: había un trabajo por hacer, y unas herramientas, y la eficacia de una sarta de buenos profesionales. De los soldados iraquíes nada sabemos: no hablaban por televisión. Ambos jefes, en cambio, coincidían en una apelación a la creencia: Bush sólo le pedía a Dios que bendijera a América y a nuestros muchachos, cada vez que hablaba, y Saddam Hussein, que era sistemáticamente presentado como el Demonio, insistía en que los americanos eran demonios y que Allah tenía con él legañosos diálogos, donde le aseguraba la victoria.

Había, todo el tiempo, una retórica de la creencia pero, probablemente, nadie la creía.

Yo solía –suelo– creer que la creencia es la gran tara de la civilización. Los hombres, para lanzarse a empresas de alto riesgo, para intentar cambiar el mundo, necesitan creer en algo. "Nadie va a la muerte gritando quizás", escribió, alguna vez, Carlos Montana. Pero esa necesidad es la madre de la delegación y del poder como ajenidad: la creencia es –en excesiva síntesis– un mecanismo por el cual una colectividad, un hombre, pone sus deseos, cuyo cumplimiento nadie garantiza, en un lugar de verdad garantizada: la figura de un dios, la marcha ineluctable de la historia, el análisis científico. Así, los proyectos encuentran su condición de realización en un lugar externo, que el hombre ya no controla y que adquiere su dinámica propia. Y que, además, crea sus propios misterios y necesita, por lo tanto, de una casta de sacerdotes que explique al común de los mortales los designios y vericuetos de esa verdad. Los hombres, entonces, que necesitaron de esa creencia para luchar contra algún tipo de poder, caen en las redes del poder que su propia creencia entretejió: sacerdotes, intérpretes, líderes, traductores del oráculo.

Por algo así solía –suelo– creer que la necesidad de la creencia para luchar contra el poder es la trampa segura, la manera de que esa lucha se resuelva en la constitución de un nuevo poder, opresivo como el anterior.

Pero también parece cierto que el modelo de la creencia ha sido siempre el único posible para logros imposibles. Parece que una creencia fuerte es la única forma de que el hombre abandone sus conductas lógicas, habituales, razonables. Digo: supongo que sólo porque los vietnamitas creían muy fuertemente en su destino, en que su futuro estaba garantizado más allá de la muerte personal, pudieron comportarse de manera tan extraña que derrotaron a la enorme máquina. Digo: pudieron, por ejemplo, soportar los brutales bombardeos y no salir huyendo, como los iraquíes, ante la vista del primer tanque enemigo.

Se había hablado mucho, antes de las escaramuzas, de que al soldado árabe, por su religión, por su creencia, no le importa morir. La experiencia –o la CNN– demostró que eso era falso. La creencia de los iraquíes no funcionó, allí donde sí lo hizo la de los vietnamitas. ¿Habrá que pensar que, pese a todo, las promesas modernas –marxistas– de la felicidad en la tierra eran más fuertes, o mejor adecuadas a los tiempos, que las premodernas –mahometanas– del reino de los cielos?

Esas promesas modernas cayeron, creo, por su propia incapacidad de deshacerse de sus castas sacerdotales, por la corrupción e inmovilismo que estas castas produjeron. Yo lo celebré, porque sospecho que un mundo desprovisto de creencias le deja alguna chance a una auténtica revolución, a un verdadero cambio civilizatorio. Pero ahora, por momentos, me pregunto entonces qué. Porque, según parece demostrar la cruzada golfa, cuando no hay enfrente alguien que venza porque cree más, un trabajo bien hecho es más que suficiente. Y las herramientas, las instrucciones, las posibilidades de hacer bien este trabajo, ya sabemos quien las tiene.

(Marzo 1991)
Microbios
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