Crónicas de la Argentina contemporánea






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Creer y reventar

Alguna vez quisiera descubrir de qué estan hechas las creencias de los argentinos. Cómo se construye un mito criollo. Pensaba, en estos días, en la figura del macho argentino, la ficción del hombre sin miedo. Digo: estos que dicen que se atreven a todo, que alardean de la mayor audacia, que bocinan que desprecian sus vidas y las ponen en juego, los que las van de valentones y entonces una parte de la Patria los mira embobada y los aplaude o los envidia. Me acordaba por este señor Ferreyra, de Tucumán, que dijo que no lo iban a agarrar vivo y se cambió la ropa para entregarse limpito. Que me recordó a un señor Rico, de Bella Vista, cuando se fue para Monte Caseros y dijo que iba a resisitir hasta la muerte y se cambió la ropa para entregarse de fajina. ¿De qué están hechas esas creencias, me preguntaba, si estos señores siempre se entregan y después pueden seguir posando de machotes? ¿Por qué el mito no se derrumba en cuanto el personaje falla en su punto central, cuando demuestra que se cuida –razonablemente– como cualquier peatón que cruza una avenida? Digo, en general: ¿cómo hacemos para seguir creyendo tantas cosas?
Un cuerpo extraño

Hubo tiempos en que un buen cuerpo –un cuerpo bonito según el gusto de la época– era como una dádiva que la suerte dejaba caer sobre una mujer –un hombre–, y valía lo poco y lo mucho que valen los azares. Hubo días en que un buen cuerpo se llevaba con el desgaire y la gracia de los dones. Ahora, en cambio, casi cualquiera puede hacérselo, entre gimnasios, quirófanos y otros boliches griegos. Un buen cuerpo no es más que trabajo acumulado, dedicación obtusa: el estandarte de una –uno– que estúpidamente decidió invertir en ese cuerpo mucho tiempo, los mayores esfuerzos.

Quizás ya vaya siendo tiempo de encontrar un modelo que no se pueda edificar en el gimnasio.
Por el orto

"Un trasero que se contonea en una vereda de verano. El trasero es de mujer, y pasa a ser la mujer. Me gusta mirar cómo se mueven, a su ritmo, las cabezas mironas de los hombres: cómo no pueden escapar a la fuerza de ese movimiento. No es común que el poder se vea tan claro." (Rahiv Sathyananda Rao)
Cómo eran

"Para nosotros socialismo nacional y justicialismo es la misma cosa. Es el Estado procurando con su acción dar los medios necesarios al pueblo para que éste se realice en un clima de igualdad, sin ningún tipo de privilegios. Es decir: donde el esfuerzo de muchos esté al servicio de muchos y no como ocurre bajo el régimen liberal y capitalista donde el sacrificio de muchos se hace en beneficio de un círculo privilegiado, que en nuestro país se reduce a la oligarquía portuaria y vacuna, constituida por unas cuantas familias."

(Carlos Saúl Menem, gobernador electo de La Rioja, en la revista Así, 15/5/73)
Yo

Leo opiniones y mínimo debate, últimamente, sobre la despenalización de la droga. Las hay variadas, pero nadie dice: "yo quiero que la despenalicen porque yo quiero drogarme tranquilo". Todos hablan de la gente, el derecho, el saneamiento de la sociedad, la constitucionalidad de las leyes y otras abstracciones. En general: no dicen yo. Es una forma de hacer política: la forma actual de hacer política. Hablar siempre de otros –casi siempre un sujeto colectivo, confuso, un poco ajeno: la gente, el pueblo, los ciudadanos. Me parece que algo cambiaría si uno pensara que el objeto principal de la política es uno mismo, y que la colectividad aparece como la suma de unos mismos –y no como concepto a priori, escudo y justificación. Y tratar de usar, entonces, la política para conseguir lo que uno mismo quiere o necesita. No decir: me opongo a un gobierno porque no permite que el pueblo argentino se realice en los altos objetivos que la historia le destina etcétera etcétera. Sino: me opongo a un gobierno porque no me deja vivir como yo querría, en tal y tal y tal puntos.

Digo, por ejemplo: yo quiero que despenalicen la droga para drogarme si tengo ganas. Para que yo pueda decidir mi forma de vivir o de morir. Porque yo no quiero que la policía del estado me diga qué cóctel puedo tomar y cuál no. Y ni siquiera importa mucho si es verdad.
Drogas de estado

Aunque el tema de la despenalización tiene un aspecto más bien turbio; el gran beneficiado por la despenalización de la droga en el mundo sería, antes que nadie, el Tesoro de los Estados Unidos. Y después otros tesoros. Los grandes estados nacionales están más bien hartos de que semejante flujo de monedas (unos 600.000 millones de dólares por año, el segundo del mundo, después del comercio de armas) no pague impuestos, no deje nada en sus arcas. Y por eso impulsan en muchos casos la legalización. Así tendríamos algo más bajo la tutela del estado y seríamos buenos cuidadanos que pagaríamos nuestros impuestos al jalar una raya de merca. Habría que pensarlo.

(Marzo 1994)
El estado de la merca
Si no fuera tan cobarde, debería explicar que escribo estas líneas repasado de frula. De la mejor, por supuesto, y aspirada puramente, sin agujas amenazadoras, porque el sida es demasiado caro. O contar si no el trip de este sábado noche, ese ácido tan retro con música de Pink Floyd y Goyeneche. Eso para no hablar del porrito de las mañanas, el de leer el diario y encontrarle algún humor a este país canalla.

–¿Y no probaste usar el diario para armar el canuto?

–Sì, pero sólo con la página del tiempo. Es tan verde...

Debería explicar todo eso y sentarme a esperar. ¿Qué hace el Estado cuando un ciudadano afirma formar parte de la legión de los demonios más recientes? ¿Qué haría si yo dijese que hago con mi cuerpo lo que mi cuerpo quiere?

Antes había otros enemigos. En las últimas décadas, el occidente cristiano solía pelear contra la amenaza de la subversión. Aquí mismo, sin ir más lejos, nuestras amadas fuerzas armadas asumieron la tarea y mataron todo lo que pudieron en nombre de la defensa de los valores tradicionales de la democracia y el mercado, dios sea loado, con el apoyo de tantos compatriotas.

Pero tenía más sentido: los peligrosos delincuentes terroristas tenían la estúpida intención de cambiar ciertos órdenes sociales, es decir: no operaban sobre su propio cuerpo sino sobre el exterior, sobre el mundo circundante. Era, sin duda, un enemigo mucho más presentable.

Porque ahora, exterminado aquél, hubo que encontrar otro. Los grandes aparatos de Estado, los ejércitos, las policías, las políticas, necesitan un enemigo que los justifique, un cuco que dé sentido a su existencia. Y el pobre invento de los ochentas ha sido, precisamente, el narco.

La figura del narco, poderoso caballero miamés lleno de rubias y verdes y sicarios y amigos en el gobierno, que mueve hilos y corrompe, justificó también una demonización más complicada: la del consumidor de su mercadería.

–Primero acabaremos con los activistas, después con sus simpatizantes, después con los tibios...

Y se discute un poco poco qué derecho tiene el estado de decirme dónde puedo meter la nariz. Se discutió poco, incluso, cuando el único héroe que le queda a la Argentina fue preso por merca y todos hablamos sólo de él semanas y semanas.

Porque, además, el estado lo ha hecho tan bien que ahora puede ahorrarse mucho trabajo. Quiero decir; casi todos se han hecho cargo de su discurso, y ahora cada ciudadano se convierte en fiscal de lo que hace con su cuerpo el prójimo. Claro, últimamente queda feo criticar a fulana si sale mucho de noche, o si él es tanto más joven que ella, pero los medios progres se escandalizan por la posibilidad de que un ministro consuma clorhidratos.

–No sólo es un cínico y un corrupto y un mentiroso, sino que además se droga.

–Qué hijodé... Con razón hay un 35% de pobres absolutos.

El estado, de todas formas, sigue en la vanguardia. Y tantos lo aceptan. Como se acepta esa extraña ceremonia por la cual uno va y le pide al estado su bendición para fornicar repetidas veces y/o procrear con un congénere.

(Es sólo una cuestión de grados. Uno de los crímenes del totalitarismo chino es que los mil millones tienen que pedir permiso para viajar de una ciudad a otra; yo fui la semana pasada a Chile y tuve que llenar varios formularios y contestar más de una pregunta y mostrar papeles sin los cuales no iba a ninguna parte. Cuestión de grados: lo fantástico es que hayan logrado que todo parezca tan normal.)

Tan normal: casi nadie discute que el Estado se meta en las narices. Tantos dicen que hay que achicarlo, es decir: que deje de controlar la economía y los grandes grupos de poder, que se centre más en su trabajo de control del individuo: que lo meta preso si consume drogas no autorizadas, que lo amenace de la peor manera si se enferma, que le pegue si reclama su jubilación o su salario.

Yo debería explicar que escribo estas líneas repasado de frula. De la mejor, por supuesto, y aspirada puramente, sin agujas amenazadoras...y ver qué pasa. Provocar, en una palabra.

Mi desgracia es que soy un cagón y que, además, ya no me gustan las drogas. Me ponen nervioso. Debe ser la vejez, o quizás que el estado me operó demasiado bien. Pero más nervioso me pone que me sigan ordenando la vida. Aunque debo reconocer que lo han conseguido y deben estar felices: es increíble que, en estos días, una de las pocas provocaciones fuertes sea hablar de drogas.

(Septiembre 1992)
La Transgresión
Jáuregui ya picó el polvito entre dos tarjetas de crédito. Lo difícil es ponérselo en forma de dos rayas sobre la panza desnuda: lo ayuda que tiene pocos pelos en el cuerpo. Las rayas son gruesas, blanquísimas, como un gusano recién salido de un spa; a su lado en la cama, relajado, con la cabeza casi hundida en los almohadones de pluma de ganso, el ministro lo mira hacer con una sonrisa beata. El ministro está satisfecho: esta vez, Jáuregui lo hizo gozar como nunca. Quiere más: las rayas en la panza son una especialidad de la casa. Y te dan dos alternativas: podés ir de abajo para arriba y terminar viendo la cara de Jáuregui con un gesto dulzón; o podés ir de arriba para abajo: entonces la aspiración termina donde empieza, hinchadita, violeta, la garompa de Jáuregui. Y todo se encadena.

El ministro hace un canuto con el billete de cien, se lo lleva a la narina izquierda y elige el viaje de arriba abajo, con final feliz.

–¿No te parece un buen comienzo?

–Maravilloso, amarillo al mango. Seguro que alguno se calienta y salta.

El artículo empezaría así, con una de esas descripciones imposibles, esas descripciones minuciosas de una escena que no puede haber tenido testigos. Es un buen comienzo. Me pareció que habla de algunas de las pocas cuestiones que podrían, todavía, molestar: transgredir.

Transgredir: quebrantar, violar un precepto, ley o estatuto.

Ahora ya pasó un poco la moda de los "programas transgresivos" en la tele patria. Eran entrañables: habían basado cierta notoriedad en su insistencia para decir más que nadie cacaculopís, en el mejor estilo de Juan Caparrós, dos años y medio. Ahora se vienen acabando: alguno de ellos se tomó un prudente olivo, algún otro sigue ganando pila al fútbol cuatro, otro televisa el obsceno milagro de la plata dulce llevando todavía más argentinos a Miami.

–¿Cómo me has tú dicho que los llaman, chico, a los argentinos?

–No los llamamos, vienen solos.

Así que quizás se pueda volver a pensar la trangresión sin miedo a aparecer en el rating de Ipsa. Formas un poco más dignas de la transgresión. Ultimamente la palabrita estaba tan vapuleada que daba vergüenza decirla: la televisión todo lo puede.

Supongo que la transgresión sirve para molestar, para producir ese benéfico escalofrío en la médula, y también para llevar un poco más allá los límites de lo posible, de lo que se puede hacer o decir. Lo curioso es que ahora el que transgrede es el poder.

Cuando había algo más parecido a dos poderes, y uno de ellos estaba disperso en la sociedad peleando contra el otro –instalado en el control del sistema–, el primero transgredía para tratar de ampliar sus límites, para ganar espacio vital. Tomar la calle en épocas de dictadura, o hablar de lo que no se podía, molestaba, pero además permitía ponerse un poco más allá. Ahora parece que el que gana los espacios transgrediendo es el poder –gobierno, corporaciones– que va ocupando cada vez más, arrogándose cada vez más atribuciones. Acá parece que, salvando los Tinellis y otros pánfilos, los únicos que transgreden en serio son Menem y cía. Nosotros estamos muy ocupados salvaguardando la ya dudosa integridad de las instituciones democráticas o algo así, creo haber escuchado.

–Diosa, preciosa, alma de mi alma,

–Pero señor, ¿por quién me ha tomado?

–¿No querés que vayamos a salvaguardar un rato la integridad de las instituciones democráticas?

Volvamos al ministro jalando cocaína en la pancita de su amigo, que termina la raya con la boca en un zodape así de grande. Con el nombre que aupuestamente falta –el del ministro–, la historia provocaría su urticaria. El menemismo, fase superior del capitalismo, ha privatizado el escándalo. El ansia privatizadora ha hecho que lo que no se tolere sea la "transgresión" privada: pongamos, el ministro. Una historia así golpearía al país, las almas bellas se indignarían y contarlo sería una transgresión seria. Pero si ese mismo ministro avala o piensa o ejecuta políticas que contribuyen a formar este país escandaloso, con más desocupados que nunca en su historia, no hay escándalo. Salen todos los días en los díarios bajo forma de noticias serias y aburridas y no provocan ninguna indignación. Hay, si acaso, comentarios sentenciosos con voz grave y 40% en las próximas elecciones.

Pasan demasiadas cosas que alguna vez nos van a dar mucha vergüenza. Y no son los amores de un ministro. Mientras nos venden escandaletes de ocasión, robos menores, drogas de poca monta, otro país se arma. Algún día nos va a dar mucha vergüenza. Y entonces, para recuperar algo, vamos a tener que transgredir tanto.

(Septiembre 1993)
Más transgresión
Me acuerdo que hace tanto tiempo, como dos días, publiqué una contratapa en este diario sobre la transgresión. Ahí decía sobre todo que lo notable de estos últimos años es que ahora el que transgrede es el poder y no los que se le oponen. Es curioso lo claro que esto aparece en esta historia de la Corte más suprema y, sobre todo, en las respuestas que dieron los cabecillas.

El señor presidente aprovechó el mediodía para mostrar su maquillaje. Con su amiga Giménez salió diciendo que él había mentido alguna vez, porque los abogados a veces mienten un poquito. Así transgrede hábitos: la deontología de su profesión y la moral del político. Y así consigue que muchos le crean: si dice que miente debe ser sincero.

Eso fue un detalle, como una muestra del modus operandi. Lo fuerte fue su justificación del hurto: si se mantenía la sentencia robada, el Estado tenía que hacerse cargo de 2.200 millones de dólares, le dijo el jefe provisional de la República a su amigo Neustadt. Y el reptil le dijo: "El escándalo está ahí". Y el jefe dijo que estaba ahí. Un rato después su ministro de Economía y genio de la lámpara dijo lo mismo, aunque acusó 2.000.

No importa que la cifra sea, aparentemente, falsa. Aunque fueran 2 con 50. El punto es que invierte astutamente los valores: transgrede. No está mal que los jueces de la Suprema Corte se afanen una sentencia porque si no lo hicieran el Estado perdería mucha plata, dice. Usted señor, usted señora, perderían mucha plata, dice el jefe. Y es probable que convenza a muchos. No importa lo que haya determinado la justicia: si hay intereses importantes en contra, podemos anularla.

La transgresión, a veces, tiene el mérito de dejar al desnudo ciertas partes. En este caso, la de Menem, Neustadt y Cavallo ayuda a mostrar que la justicia no es más que un instrumento de una relación de fuerzas. El poder la tiene a favor: crea sus leyes, las maneja, se compra a los técnicos. Siempre es así, pero casi siempre se disimula. El jefe lo muestra, transgrediendo, cuando cree que mostrarlo puede ser seductor: estoy cuidando de sus intereses, señor, señora –dice– aún a costa de ciertos manejillos y de ciertas reglas. Supongo que funciona.

Y nosotros, mientras tanto, quedamos un poco pavos, defendiendo una legitimidad que, en el mejor de los casos, ha servido siempre para que nos curren bien currados. Los que transgreden son ellos. A nosotros se nos nota que no sabemos bien qué hacer.

(Septiembre 1993)
Los Reyes Magos
Hay mentiras que sirven para construir una cultura. Entonces, en vez de mentiras, se llaman creencias: que dios es argentino, que dios existe, que el poder es necesario, que yo estoy para más, que el futuro nos pertenece, que los reyes magos.

La objetividad es la subjetividad del mayor número –decía un tal Gramsci, hace ya tantos siglos–, así que esas mentiras se van transformando, tesoneramente, en la única realidad. Y hacen y deshacen y deciden de vidas y milagros. Es lo que hay. Peor es cuando alguien se pone a revelarnos toda la verdad.

–Los reyes magos son los padres.

–No, papi, cómo van a ser.

–Sí, creeme, te lo digo yo.

El, que engañaba, que fue durante años Melchor, Gaspar, Baltasar y los camellos, ahora resulta ser el adalid de la verdad infusa porque un día te explica que siempre te mintió. Yo soy, creeme, soy yo el que te engañaba. Es exactamente igual al mecanismo más tramposo de la magia: ése cuando el mago te mostraba que había hecho un truco sólo para ganarse tu confianza y hundírtela enseguida bajo el esternón.

–La astucia de la buena magia consiste en hacerte creer que has descubierto el truco para mostrarte después que no es así, que es llanamente magia.

–¿Cuándo?

–Después, siempre después.

Decía una de las mejores novelas de por aquí y ahora, y así vamos: los tramposos se disfrazan de oveja y son ellos, claramente ellos, los que le explican al rebaño lo malo que era el lobo. Y nosotros incluso les creemos: los burgueses que se beneficiaron con la guerra sucia simulan castigarla, los que desahuciaron al Estado se hacen cargo de su sucesión, los golpistas enhebran apologías democráticas y los corruptos ahora se lanzan contra los corruptitos, porque tiene más raiting. Los reyes magos siguen siendo, por supuesto, los padres.

–Papi, papi, ¿qué me van a traer los reyes?

–Una Ferrari testarrosa o una lata de sardinas, según. Pero quizás no te traigan nada, porque te estás portando muy mal.

–¿Y si me porto bien?

–Entonces seguro que te traen la Ferrari.

–¿Y vos, qué me vas a traer?

Los reyes magos son lo peor, lo más corrupto, siempre piden cometa: portate bien y te lo traigo, hacé todos los deberes y después podés comer dulce de leche. Ellos, los reyes, tienen el poder de sus regalos: ellos decidirán quién merece y quién no: se podría pensar en eso como chantaje, o como algo parecido a la justicia: el que fue bueno recibe su premio, el que fue malo su castigo.

Lo cual sería casi digno si existieran los reyes magos. Digo: si los reyes magos fueran los reyes magos, Gaspar, Melchor, Baltasar y los camellos, una instancia superior y ajena, sin intereses en la cuestión que juzgan. Pero no, resultó que eran mentira. Ahora, parece, los reyes son los padres: ellos mismos, las víctimas o beneficiarios directos de lo que se juzga, son los que juzgan y dan o quitan recompensas. Ellos mismos, los que se disfrazaban de reyes magos para engañarnos mejor por nuestro propio bien: los que después se volvieron honestos por sólo contarnos que eran mentirosos. Cuando los reyes empiezan a ser los padres todo se derrumba, y el hijo empieza a saber cómo va a ser su vida.

Los padres, es cierto, son reyes y son magos: lo peor. Cualquier parecido con un gobierno es mera concordancia. Y aquí habría mucho que explicar, mucho que desarrollar, pero no tengo tiempo: ya anochece, y si me descuido no voy a encontrar ni una juguetería abierta.

(Enero 1993)
Microbios
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