Crónicas de la Argentina contemporánea






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ABC

El pibe era blanquito, 21 o 22, bluyín lavado, un pulover de rombos y unos mocasines negros que podían durarle hasta la noche. En la zurda le brillaba un anillo de sello, grande, plateado, pero estaba incómodo cuando preguntó por los telegramas de renuncia. El empleado del correo tenía noventa kilos de músculos que solía ponerse todos juntos para salir los viernes a la noche: un fino trabajo de gimnasio y vitaminas apenas cubierto por una remerita negra de su hermana la bailarina. El pibe estaba incómodo: dijo que no sabía cómo llenarlo, y Charles Atlas le mostró un modelo colgado sobre el mostrador. El le dijo que no.

–¿No sabés copiarlo?

–No sé.

Charles lo miró con los ojitos hundidos y nunca nadie sabrá si era desprecio o pena. El pibe le mostró una servilleta arrugada, con el nombre de la confitería de donde lo habían echado, y Charles puso ahora sí cara de asco.

Otro, un pelado cincuentón le dijo vení pibe yo te ayudo. El blanquito miraba para todos lados, como si quisiera asegurarse de que nadie lo estaba viendo. Pero es probable que casi nunca lo viese nadie. Un día se compró un diario y probó caminar por el barrio con el diario bajo el brazo; al cabo de un rato lo tiró, porque nadie se daba cuenta.

Al final le entregaron un papelito y pudo irse. Afuera había sol: era un día perfecto para caminar y caminar y no pensar en nada.
Quiero decir

Quiero decir: nunca dejan de impresionarme las diferencias que una ciudad concentra. Quiero decir: ese tipo tan parecido a tantos no leyó nunca un diario porque no sabe, aquél hace tres días que quiere decirle a su mujer que el médico le dijo que le quedan seis meses, a esa chica se le ocurrió por primera vez que quería tener un bebé, a ese flaco cuarentón de bigotes sus compañeros del ejército le decían Harry el Sucio y no se le escapaba ni un subversivo, al gordote hace semanas que no se le ocurre nada de nada y no le preocupa: yo mismo debo ser, para todos ellos, un perfecto extranjero. Y somos compatriotas y vivimos en la misma ciudad y a veces gritamos goles juntos. Es fuerte que tantos extraños vivamos los unos sobre los otros en casas amontonadas sobre nuestras cabezas y que, por ejemplo, cada vez que uno levanta la vista, no ve que alguien se muere en algún lugar de la ciudad. Cada vez. Todo el tiempo. La ciudad es la aberración más excitante.
Ocaso porteño.

"Es increíble pensar que toda mujer puede ser, sin esfuerzos desmesurados, una mujer desnuda. Los hombres no." (Grimaud de la Grenouillère)
Decir, hacer

Me matan unos carteles de metal pintado, artesanales, que aparecieron en algunas esquinas de Buenos Aires. Son originales: los paga Manliba y dicen: "Así debe estar. De usted depende". La orden se refiere a la apariencia de la esquina: en cada cartel hay una ilustración que representa esa misma esquina, con todos sus detalles, limpia y cuidada. En esas ilustraciones las esquinas se ven resplandecientes: sobre todo porque no las afea ningún cartel. Quiero decir: las ilustraciones de los carteles muestran la esquina como "debe ser" y la mayor diferencia entre ese deber ser y la realidad de la esquina es precisamente el cartel: en las ilustraciones no está el cartel que sí está en la esquina. Los miro y me río, al principio, cada vez que paso. Después, cada vez, me parece que así funciona el poder, como un cartel de esquina que nos engaña mostrándonos lo que debería ser sin decir nunca que el gran obstáculo para que eso sea así es él mismo. Y diciéndonos, encima: "De usted depende".
Cómo eran

"El tirano es un monstruo; el dictador es un funcionario para tiempos difíciles" (Mariano Grondona, en Primera Plana, 31/5/1966, citado por Martin Andersen, Dossier secreto)
No ser

Busco un vino en un super y me encuentro con una clave de la época:

–Viejo, llevemos este, que no tiene grasa ni calorías ni proteínas animales.

–¿Pero tiene colesterol?

Me gustan las cosas que son por lo que son, y me impresiona esto de que ahora, para ofrecerse, lo que tienen que hacer es jactarse de lo que carecen. Ahora lo bueno de las cosas es que sean lo menos posible: cigarrillos sin nicotina y, alguna vez, sin tabaco, carnes sin grasas, leche sin crema y azúcar sin azúcar. El modelo funciona muy bien en la política: cada vez más los partidos políticos se promocionan jactándose de lo poco políticos que son, de lo alejados que están de la polìtica y de la carrera cholula de sus candidatos.

Me parece que nuestra democracia tan lejanamente representativa es aquel yogur descremado sin grasas ni calorías ni yogur: la forma más lejana, más vacía de política de hacernos creer que comemos yogur, digo: que decidimos algo. Así, después, se vienen los incendios.

(Enero 1994)
El Color Local
(Un día de julio de 1992 me dio la furia etimológica y pensé que quizás podía entender algo más sobre el señor presidente si me iba a ver cómo era su pueblo. Fuí, ví, volví. En Anillaco hacía un frío de patos.)
Llovizna, pero la calle principal es un remolino de gentes y neones. La calle baja entre farolas amarillas que dan a la noche un brillo de biyutería. Una mujer de carnes oscuras muestra su desnudez bajo los pliegues de un poncho federal.

–I´m the best danger your money can buy.

Dice, con un extraño acento y las manos clavadas en ancas orgullosas. Tiene el pelo cortísimo, al ras. Me paro a mirarla y me mira con desprecio y la larga lengua le cuelga sobre labios hinchados. Una kawa me ruge en la nuca.

–Alucinante el locro patrona, de impresión el locro riojano. Para rescatar nuestras ráices patrona, lo mejor de este mundo.

Dice la voz metálica de un altavoz en el techo de una camioneta. Dos chicos de catorce, negros con camisas canario, ofrecen éxtasis o poleo o una excursión al santuario del señor de la Peña. En una esquina, un fotógrafo de polaroids, un gordo con barba y chalina de vicuña, te pone para la foto un par de patillas de neón rojo en los cachetes. Una instantánea cuesta treinta dólares, pero lo que atrae es el peligro de quedarse pegado a la corriente. En esa esquina, me cuentan, siempre se junta mucho público.

–Eso no era lo que decía el maestro.

–El maestro nunca quiso decir lo que decía.

–"Sin lástima y sin ira el tiempo mella/ las heroicas espadas. Pobre y triste,/ a tu patria nostálgico volviste,/ oh capitán, para morir en ella..."

Recita uno en una mesita de la vereda, muy lampiño, y el otro entrecierra los ojos. En las mesitas del bar de la vereda casi todos toman vino Menem en tetrabriks de colores flúo. Hace sólo cuatro días que terminaron las honras fúnebres y ya casi todo ha vuelto a su cauce, aunque su muerte sigue siendo el tema de todos los comentarios.

–Tan infinito que parecia, tan eterno.

–Porque nunca termina lo que cambia.

–Y él sabia ser siempre otro, siempre otro.

Volví a buscar a la mujer del poncho pero ya no estaba. En su lugar, tres rubios con tatuajes simularon manotearme entre carcajadas el apéndice falso. Me queda la sensación de que me costó dormirme: los gritos, la música estridente, el repiqueteo de los colores. A la mañana siguiente, cuando me desperté, Anillaco todavía estaba allí.
Don Juan

Anillaco es un pueblo de 800 habitantes a unos 1.500 metros de altura en lo que los riojanos llaman la Costa. La Costa es una estrechísima franja de olivos, viñas y nogales entre las rocas de los cerros del Velazco y el desierto que sigue hasta la capital, cien kilómetros más allá. El suelo es pura arena, pero el agua que baja de las piedras, canalizada en acequias, alcanza para estos cultivos de secano. La Costa es un departamento que tiene diez pueblos, tres mil habitantes y una capital, Aminga, a cuatro kilómetros de Anillaco. La Costa es una zona muy pobre, muy aislada.

–Usté me va a disculpar, pero a mí no me gusta la ciudá. Allá falta libertá. Acá somos libres: si queremos desnudos también vivimos. ¿Acá quién nos priva de nada? Nadie. En la ciudá la gente es menos libres que acá.

–¿Quién le quita la libertad en la ciudad?.

–Uno mismo, porque no puede salir como acá que se va y deja las puertas abiertas. Todo tiene que estar cuidando ahí.

–Pero hay muchas cosas que tiene en la ciudad y acá no.

–Ah, sí. Pero acá en este pueblo no, acá ya hay todo. Nada puede decir que quiera usted y que no encuentre.

–¿Que es lo que hay acá?

–De todo.

–¿Pero qué?

–De qué me pregunta qué es lo que hay. Digame que es lo que quiere. Aquí tiene libertá pa' todo, puede trabajar como usté quiere, todo lo que quiera tiene.

Don Juan Nepomuceno Nieto se sonríe con todos los dientes y 83 años bien cumplidos. A don Juan le dicen el Zorro, fue en su vida carnicero e intendente y su señora, detrás, una gran pasa, asiente a cada palabra que le oye. Don Juan me cuenta seis o siete veces que él le dijo a Carlos Menem que iba a ser presidente hace treinta años.

–Chango vos vas a llegar a ser presidente de la Nación, le dije. Y él dijo nooo, qué voy a ser yo, ha dicho, pero él no se olvida de que yo se lo he dicho antes que nadies.

Dice don Juan, y se rasca las bolas. Don Juan se rasca mucho las bolas y tiene una gorra de cuadros, un bluyín viejo y me cuenta como habrá contado tantas veces que él lo conoce a Carlos Menem desde tan chico, que con él empezó a "foguearse en la política, en las reuniones".

–Al padre lo trajeron los turcos, que siempre han sido ellos colaboradores entre su raza. Así llegó y se ha puesto a vender, canjear trapos, qué sé yo. Y así se han hecho millonarios.

–¿Millonarios?

–Lo que sean. El padre era un turco acaparador, todo lo quería para ellos. Pero trabajador. Acá le han enseñado a hablar, como a un loro le enseñaban cuando ha llegado. Cuando lo trajeron a Saúl había un viejo Silvano Romero, que era un viejo muy pícaro que venía trayéndolo y se ha cruzado con uno y le ha dicho aquí llevo este animal pa' vender, no es cierto Saúl. Y Saúl le ha dicho que sí, sí.

Y los dos viejos se ríen, sentaditos en su patio, criollos y tan vivos. El otro, en su infinita ignorancia, se construyó su bodeguita y el nene terminó en la Rosada. Cuando venía para Anillaco el taxista, un turco, me decía que ellos eran muy agarrados.

–Si no comemos huevos, nosotros, para no tirar la cáscara.

Decía, y se reía y yo le preguntaba que qué más eran.

–Muy comerciantes, somos. Por eso me da miedo de que Carlos Menem nos termine vendiendo a todos.

En este patio de baldosas se organizaron, durante muchos años, los bailes del pueblo, con orquesta forastera y entradas de colores numeradas. En el patio de baldosas hay un par de sillas y una mesita de fórmica. Dos de los lados del patio dan a cuartos, con puertas bajas. Adentro se ven catres y muebles caseros, un corralito tosco, estampitas de vírgenes sobre una pared ahumada. Los Nieto tuvieron ocho hijos, como todo el mundo, y en la casa viven restos de ese esplendor, cuatro generaciones, y después del patio de baldosas hay un patio de tierra donde dos burros royen hojas entre carcasas de coches roídos por el tiempo. Hay un gordini blanco y la trompa de una chata sin color: en otra chata que fue verde cuatro chicos muy chiquitos se trepan y gritan, se tiran del capó a la arena.

–El que conoce la ciudá y viene acá se le cambia la vida. Usté por ejemplo en la ciudá llega su hora de libertá de que no trabaja y ya se lava la cara y se pone la corbatita se peina y se va por ahi...

–¿Y acá?

–Acá se lava y espera al otro día para seguir trabajando. Acá somos gente de mucho trabajo.

Dice don Nieto mientras me acompaña hasta afuera y me explica por octava vez que él ya se lo había dicho, que él fue el primero en decirle que iba a ser presidente.
El Estado

Lo más fuerte es que no haya colores, que los colores sean tan pocos. Si acaso algunas variedades del marrón, un verde desmayado y seco, el blanco de las paredes, el gris de las piedras o el reflejo del agua: la súbita conciencia de que los colores son un invento de la cultura.

Son las diez de la mañana y no hay nadie en las calles de polvo. Las casas aparecen cada tanto, separadas por media manzana de olivos o un cuadrado de vides. A lo lejos se oye el chasquido de una tijera de podar recortando una viña, el golpeteo de un hacha destrozando unas ramas y siempre, casi siempre, el murmullo del agua que cae por las acequias. Se oye también, a lo lejos, una bocina y una voz.

–A la palangana patrona. Plástico del bueno con sus colores favoritos, patrona, compre de a montones. Para ponerlo todo, patrona, las bellas palanganas.

La camioneta con el altoparlante se pierde detrás de unos nogales. En una casa cuadradita y blanca hay un videoclub: en la ventana hay afiches de películas. Qué mono es mi sobrino, Varados en la isla salvaje, Kid boxer puño de fuego, Los pequeños karatecas luchan por su vida. Atrás, un poquito tapado, Sexhumor con un culo así de grande. Muchos perros petisos se desperezan en la arena de las calles. Los hombres también son petisos. Una ambulancia nuevita, recién inaugurada y pintada de policía federal con su luz en el techo pasa todo el tiempo por todas partes. Es probable que tenga a su cargo el movimiento.

–Acá nunca pasa nada, gracias a Dios.

Dice el cabo Flores. En un cuartito al lado de la estafeta de Correos, el cabo primero Flores se aburre como un perro.

–Acá los problemas son más que nada el abigeato, vió, se chorea mucho animal. Y últimamente ha venido alguna gente de afuera, a trabajar en la represa y en el barrio nuevo que están haciendo a la entrada. Gente ha venido de Catamarca, de afuera, es gente que no viene por ganar el peso sino por ganar el día para tener algo que tomar.

En las paredes del cuartito no hay nada, absolutamente nada. En todo el cuartito no hay más que una mesa, dos sillas, una heladera vieja y una escoba. El cuartito es de Encotel y la policía ya recibió la intimación para devolverlo, así que pronto va a dejar de haber destacamento en Anillaco.

–Carlos Menem ha dicho que iban a hacer una subcomisaría presidencial, para cuidar al presidente cada vez que viene, pero no han hecho nada.

La comisaría está en Aminga, la cabeza del partido, y acá el cabo de guardia se siente solo. Además, insiste, nunca pasa gran cosa. Una vez, hace años, un poblador medio borracho quiso cargarse a su señora con un rociador de insecticida para plantas. La corría, cuenta, por entre los olivos con el tubo, le tiraba nubes que no la alcanzaban. Pero generalmente no pasa nada, es decir: todo pasa en silencio.

–Yo tengo diecinueve años en el cuerpo y gano menos de cuatro millones. Ahora hubo ascensos para toda la plana mayor, los oficiales, y para nosotros ni aca.

La policía provincial se autoacuartela de tanto en tanto, cuando le falta algo, y Flores está de acuerdo.

–Nos hacían trabajar en los servicios adicionales, cuidando bancos, bailes, partidos de fútbol, y se quedaban ellos con todo lo que cobraban, por eso nomás fue la cosa. Y hace dos o tres meses fue para que nos levantaran el sueldo, que no nos alcanzaba.

El cabo primero Flores es grandote, morrocotudo, y no es muy bueno para hacerse el nudo de la corbata. Tiene, en el cuello, un coliflor de marrón indefinido sobre esa camisa beige y una campera de cuerina negra. Le faltan sólo veinte horas de guardia. Cuando termine, a las seis de la mañana, se va a lavar un poco y va a salir para una changa de albañil que se ha conseguido para pagarle al hijo el secundario en la capital.

–¿Y no le conviene trabajar todo el tiempo por su cuenta?

–Me conviene, sí, pero acá tengo la mutual, y en la construcción a veces no hay trabajo; en cambio esto sí que es seguro.

Omar Menem, el intendente del departamento de la Costa, me dirá después, otro día, que el 80 % de los habitantes de su municipio viven de un empleo o de una jubilación del Estado.
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