Crónicas de la Argentina contemporánea






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Flores y Luna

Anillaco parece el lugar ideal para retirarse, si uno tuviera de qué retirarse. Tras pocos días es probable que uno entienda casi todo: que los sonidos son una agresión moderna, los colores un invento de la publicidad, las calles una aglomeración obscena, la gente el recuerdo de la gente. Anillaco es casi limpito, arreglado: en comparación con los demás pueblos de la costa, con sus ranchos de cañas y adobe, esto es Olivos: casas revocadas, una estación de servicio, un banco de la provincia y un par de quintas –Granillo Ocampo, el intendente de la Rioja, ahora Menem– porque en verano la temperatura nunca pasa de los 108 grados a la sombra. Y ahora, además, con la farándula menemista, el precio de un lote en Anillaco ha pasado de casi nada a varios miles de dólares. Son las doce y sigue sin haber nadie: cualquiera diría que estas calles no soportan a dos personas juntas. Vaya a saber lo que hay debajo. Un pelado cuarentón pasa en bicicleta delante del puesto de policía.

–Qué dice, hermano.

Lo saluda el cabo.

–Qué dice, hermano y amigo.

Le contesta el pelado, y ninguno de los dos se da cuenta de que podría estar haciendo un chiste.

Ahí mismo, junto al banco y el correo, hay un almacén que se llama Supermercado y tiene un mickey mouse apenas reconocible pintado en un vidrio, y vende ginebra Llave, whisky McLennan y unas aceitunas envasadas en La Calera, Córdoba. Un proveedor le cuenta a la patrona, de muchos anillos, las últimas novedades sobre el robo de los fondos de la municipalidad de Aimogasta, porque ahora acusan al contador.

–Un hombre que parecía tan...

–No somos nada, doña, nada 'e nada.

En todo el pueblo no hay dónde comprar una revista, no hay un bar, no hay siquiera dónde escuchar sus conversaciones. Una ciudad está llena de lugares para el voyeur, para espiar: Anillaco es la derrota del curioso, mi derrota.

Más abajo, casi a la salida, abrieron hace seis meses una fábrica Adidas. La fábrica es, en realidad, un taller grande con sesenta empleadas que cosen pantalones y camisetas de gimnasia en un galpón moderno, semivacío, lleno de crucifijos. En el discurso inaugural el dueño, Eduardo Bacteltián, dijo que el presidente le había pedido que instalara una planta en Anillaco, y que así lo hacía. Damián Luna, el encargado, es un ingeniero aeronáutico flaquito, de campera negra y un crucifijo detrás de la cabeza. Luna tiene unos cuarenta y empezó trabajando en la fábrica aeromilitar de Córdoba, pero la democracia lo dejó sin trabajo.

–Ahí se cortaron los programas armamentistas, y los ingenieros aeronáuticos somos un poco armamentistas.

Dice, con una sonrisa bajo el bigote de puntas caídas.

–La verdad que hemos sido medio víctimas de la democracia, nosotros.

Dice y me muestra el taller pero no me deja sacar fotos. Los empleados son casi todos mujeres jóvenes, menos de veinticinco años y tres millones y medio al mes. Luna me habla un rato sobre la importancia de la planta para el desarrollo social de la región, y después me dice que no encuentra suficiente mano de obra, porque todos los jóvenes se están yendo.

–A mí cuando me toque el servicio ni loco vuelvo p'acá.

Dirá, esa tarde, recostado sobre el manubrio de su ciclomotor, a la entrada del pueblo, Robertito. A la entrada del pueblo hay una virgen en un cantero de césped adorada por tres peregrinos de yeso, de rodillas, textura enano de jardín. Robertito se sobresaltará.

–Si me toca, por dios que me toque. Vivir acá es tan muy aburrido, y la edá esta pide el movimiento, ha visto.

Robertito tiene dieciséis y en la fábrica no lo quisieron tomar porque es menor. Cuando consigue hace alguna changa de albañilería y se paga las cuotas de la Zanella.

–Pero igual es el pueblo mejor, Anillaco, con más adelantos. En Aminga tienen tres motitos, nosotros tenemos como ciento y pico.

Dice Robertito con el orgullo de su conjunto de bluyín y el pelo negro que le cae sobre la frente. Llegar al baile sin motito se parece al abismo tenebroso. El tiene su motito: lo grave es que, muchas veces, no hay baile.

–Acá lo difícil es desaburrirse. En verano hay más bailes, pero ahora en invierno nada no tenemos. Hasta Aimogasta habrá que irse, hasta algún lado.

Robertito habla como todos los de Anillaco, como tantos riojanos, con esa obcecación por el acento esdrújulo, como si siempre cantaran versos demasiado largos, que no cupieran en el ritmo de esa zamba. Parado, abrazado a su manubrio, Robertito mira pasar motitos. Cada diez minutos pasa una y el conductor se persigna, saluda a la virgen. Robertito trabajó en la construcción de la casa de Menem, pero la empresa, Maciel, no le pagaba y lo dejó.

–Han molido todo cuando ya lo habían de terminar, y lo han hecho más grande. Después han traído un plano de otras naciones, para volver a levantarla.
El Viborón

En la radio suena Bésame mucho por el trío Los Panchos y Eddy Gormé, la versión clásica, y más atrás atacan los rebuznos largos y obscenos de una yunta enamorada. Es de manana y nada se mueve demasiado. Hay diez o doce albañiles desperdigados por el terreno, la mayor aglomeración que he visto en varios días.

–Ya la estamos terminando –dice un encargado–. Nomás faltan los revestimientos, los cielorrasos, la yesería, los baños.

No fue fácil. La obra empezó hace más de tres años, a cargo de unos arquitectos riojanos. Era un coqueto chalet con techo a dos aguas y vista a la montaña, pensado para que Menem se retirara a meditar y esperar a la parca, modesto, de unos 650 metros cuadrados. Ya estaba todo listo, sólo faltaba la pintura cuando, hace menos de un año, llegaron unos de Buenos Aires, una consultora Bauen Internacionl, y entre ellos y el presidente decidieron que la casa se había quedado chica para el primer mundo. Entonces hubo nuevos planos y tiraron abajo muchas cosas, para hacer un castillo de 1.500 metros cuadrados con su casa anexa para sauna y vestuarios, su pileta con gradas, su cancha de polvo de ladrillo. Ahora cuentan que Menem los apura, que se enojó porque nunca se acaba, y se la prometieron para este verano.

–Parece que hubo problemas con los pagos.

–Hubo, por eso suspendieron la obra. Esta y la represa de arriba, que también lo hace la misma empresa.

–Maciel no le pagaba a los obreros, dicen.

–No, no le pagaban a Maciel.

–¿Quién? ¿Menem?

–No, Menem no paga esta obra, la obra la paga Maciel. Yo no sé qué arreglo tendrán ellos.

Estúpida forma de descubrir que a veces soy un periodista. Porque en ese momento se me erizaron las garras y creí que había dado con una presa suculenta. Menem no pagaba su casa, quién sabe qué arreglo habría ahí. Pregunté más, y me dí cuenta de que había sido un problema de lenguaje.

–¿Y usted cómo sabe si Menem paga o no paga?

–Y no, cuando acá se necesita algo yo no le pido al presidente, yo le pido a la empresa, ha visto?

Decepcionante. Hasta que me enteré de la historia de la represa.

La represa está arriba del pueblo, subiendo al cerro. La represa es un pozo de cientos de metros de largo por algunas decenas de ancho, y la están haciendo desde 1986. Al principio era una obra chica, destinada a almacenar agua de lluvia y los excedentes del riego; después, sin cambiar de función, se fue haciendo cada vez más grande, y más cara. La empresa constructora, Maciel, pertenece a Luis Maciel, un viejo amigo de Menem que fue su primer interventor en Gas del Estado y, a medida que la obra avanzaba, avanzaban los aumentos de presupuesto por mayores costos, daño por lluvia, variación del costo final, más equipo.

En 1989 ya se llevaban pagados doce millones de dólares por un trabajo que, al principio, se había presupuestado en unos cientos de miles, y la provincia dejó de hacerse cargo. Fue entonces cuando empezó a pagar el ministerio del Interior –Mera Figueroa– a través del Fondo para el Desarrollo Regional que, entonces, puso dos millones y medio y reconoció un saldo de otros cuatro. Ahora, hace un par de meses, el ministerio de Manzano ha pagado otro medio millón, y siguen los éxitos.

Un pedido de informes del diputado radical Galván fue aprobado por unanimidad en comisión en el Congreso nacional, y aquí hay alguna gente que supone que, a veces, los dineros de la represa han podido servir para otros fines, pero quizás se equivocan. Maciel también hace el castillo; quizás sea una enojosa coincidencia. Allá abajo, el cástillo todavía no está terminado pero sigue juntando historias.

–A mí eso del viborón me resulta raro, ha visto. Más quisiera él que tenerlo encerrado.

Dice don Romero. Don Romero es el gran campeón de la esdrújula, un viejo muy viejo que supo ser talabartero y ahora, desde la muerte de su esposa, hace cuatro años, ya no quiere hacer más nada.

–La tengo adentro. Yo tengo que desecharla, porque yo sé que no va a volver más, que no la voy a ver más, pero no puedo, me falta la voluntá... Yo nunca la he tocado con un dedo a mi señora, le juro por Dios, en cuarenta y siete años que hemos tenido matrimonio.

El viborón es como una boa gigante en que se encarna de vez en cuando el diablo y en el pueblo dicen, muchos dicen, que Carlos Menem tiene una en el sótano de su cástillo, para que le haga favores y servicios.
Nada

–De ande lo va a tener ahi amarrado, como si fuera un perro, al viborón, como si fuera un perro.

El patio de don Romero es de tierra con enramada y una silla. Su casa es como las casas de este pueblo, de material, cuadrada, sin historia, con sala y con alcoba y un horno de pan. La casa de don Romero sería la última o la primera del pueblo, si este pueblo tuviera principio o final.

–Le digo que no se puede. Yo conozco muchas cosas sobre la religión. Yo sé muchas cosas porque he leido. Leo diarios, revistas, tengo la santa biblia. La santa, no las otras. Yo tengo mi creencia en dios, pero a dios nadie lo conoce, es un espíritu oculto, lo mismo que el diablo. Todos hablan, pero nadies sabe de verdá cómo es que es.

Don Romero se babea un poquito cuando habla, se limpia la boca con la manga de su saco marrón de tan gastado. Don Romero sabe curar con hierbas animales, gente, pero no les cobra nada. Don Romero es muy generoso, quiero decir: me dice muchas veces lo generoso que es, que es muy católico y que todos somos hermanos.

–Y acá todos tenemos que ayudarnos, ha visto. Como Carlos Menem, que es de acá, de acá mismo es. Yo no soy de las ideas de él, pero nadie puede decir que acá Carlos Menem no ha hecho nada, porque en ningún pueblo de la república ha hecho tanto como acá. Porque él de es acá, acá se ha criado, ha visto.

–¿Y entonces porque no es de sus ideas?

–Yo no soy de la idea suya porque su partido es de engañar a la gente pobre, le dicen tomá te doy cincuenta pesos cien pesos, unos zapatos y me das el voto. Y los otros partidos también. Hay que dejarlo al votante que se pague con las ideas.

Don Romero vive con un hijo mecánico y algún nieto. Otros seis o siete hijos están en la ciudad, en La Rioja o en Buenos Aires. Dos veces, dice, lo tentaron para ir a la ciudad, pero no pudo porque era, dice, demasiado pobre. No se arrepiente, dice, porque la ciudad es un hormiguero y uno sale a la puerta y capaz que lo matan a uno.

–¿Y acá no?

–Acá se vive más tranquilo. Yo duermo ahí y no pongo la llave. Tengo una escopeta al lado de mi cama y así ya me quedo tranquilo, yo.

Al lado de la casa de don Romero hay, como siempre, un descampado, y después el hospitalito, la sala que de tan moderna necesitó un par de presidentes para inaugurarla. En la entrada de la sala hay un gran cartel que anuncia que se llama Mohibe Akil de Menem, y adentro unos murales con motivos patrios y el teléfono. El teléfono, el único teléfono, no tiene cabina, y cualquiera diría que el mejor –el único– espectáculo público de Anillaco es venirse a escuchar lo que los otros hablan, a los gritos para que los oigan. Pero no hay muchos espectadores: la función resulta azarosa.

Enfrente está la hostería del Automóvil Club. La construyeron durante la primera gobernación de Menem; ahora, además, el secretario general del Sindicato del Vidrio y vicepresidente del Banco Nación, el gordo Millán, está construyendo más abajo, al pie del pueblo, un hotel que quiere ser lujoso. Dicen que van a traer charters de alemanes a cazar a los cerros, y que se van a comprar un helicóptero para llevarlos.

–Están todos locos –dice uno de la hostería–. Si ni siquiera hay gente para ésta. No se justifica. Acá cuando se acabe Carlos Menem no va a quedar ni aca.

El A.C.A., por el momento, se ha gastado medio millón en la estación de servicio reluciente, novísima, que duerme junto a la hostería, y se va a gastar otro tanto para agrandar al doble el salón comedor que ahora es demasiado grande, pero que queda chico cuando viene la comitiva del señor presidente.

En el salón hay una boiserie de maderas mal barnizadas, lámparas lejanamente art nouveau que cuelgan de un techo de cemento bruto, una chimenea que fue moderna en 1962 y cuerina hasta en las plantas. La fórmica compite y una tele sin sonido repite ATC por el canal riojano. En algún mundo, Richard Cleyderman interpreta todo el tiempo No llores por mì Argentina, y la mucama de delantal rosa trae una carta de fideos con tuco, ravioles al estofado, milanesa con papas, bife con ensalada y un plato que figura pero nunca hay: locro riojano. Del techo cuelga, también, una enseña patria hecha moñito: es probable que esto sea la Argentina, o quizás los ranchitos y piedras y cardones que se ven por la ventana, o la forma en que los dos se han peleado siempre, necesitado, despreciado, ignorado todo lo posible. Es probable, en cualquier caso, que la Argentina resulte algo muy lejano, algo que suena ajeno.

Son las tres de la tarde, plena siesta en una calle de polvo. Un chico de dos años con el pelo negro y revuelto y muy sucio me mira pasar, se sonríe y grita en el silencio de los burros.

–¡Papá! ¡Papá!

Los gritos son cada vez más fuertes, más desesperados, y yo camino más y más rápido. En la casa siguiente, a veinte o treinta metros, una sombra se mueve detras de una cortina de flores desvaídas. El chico sigue gritando, ya casi en lágrimas.

–¡Papá! ¡Papá!

En Anillaco nunca pasa nada.
El Otro Mundo

–La iglesia estaba muy deteriorada: yo recurrí a los hermanos Menem y ellos contribuyeron para arreglarla.

–¿Son los ricos del pueblo?

–Hay ricos y ricos.

–¿Cómo se llevan en el pueblo los cristianos con los musulmanes?

–Acá no hay musulmanes.

–¿Ya no hay?

–Ya no hay.

Dice el padre Mercado y se restriega las manos como quien sabe callar. La iglesia está frente a una plaza fallida, sin gente, invadida por los burros. Parece como si el pueblo se hubiera retirado hacia ninguna parte y, por eso, la iglesia y su plaza quedaron a un costado, confundidas con el desierto de polvo. La iglesia, pese a todo, está de punta en blanco, muy requetepintada, pero hace frío. El padre Mercado es grandote, canoso, con manos anchas y rotundas.

–Lamentablemente yo no le veo futuro a estos pueblos. No hay deporte, no hay cultura, no hay vida social. La juventud no tiene incentivación para nada y termina yéndose. Acá no encuentran nada que hacer.

(Anoche, en el club Peñarol, ellos tomaban tinto con cocacola. Eran las ocho y media de la noche y en las calles de polvo no quedaban ni los árboles. Sólo se oía, desde el club Peñarol, una zamba que patinaba. El club Peñarol tiene un gran patio de cemento con canchita de basket y un mástil aurinegro, y alrededor dos o tres cuartos con techo de caña y paredes encaladas. En uno de ellos está la noche: dos mesas de pool, la cassetera patineta y unas mesas de lata. A la entrada, tiritas de plástico de colores a modo de cortinas. Una ginebra cuesta cincuenta centavos, una gaseosa grande un peso y un porrón con manís uno cincuenta. Había olor a gas de bombona y no hacía mucho más frío que en la calle, dos o tres grados. Una de las mesas estaba ocupada.

Ellos tomaban tinto con cocacola.

Ellos tenían alguno menos que dieciocho, bluyines de reglamento, pulóveres tejidos en casa y el pelo más bien corto. No había cigarrillos. Ellos hablaban de mujeres que aquella vez se cogerán, en sus relatos, y ahora suenan gorditas y retacas y yo no entiendo ni la mitad de lo que dicen.

Ellas, en otro espacio, durante el día, por las calles de polvo, pasan de tanto en tanto y son muy jovencitas. Las pocas que se quedan se casan pronto, porque no hay otra cosa que hacer, y a los veinticinco ya tienen cinco chicos y las chancletas de plástico marrón deformadas por el brío del juanete. En Anillaco, dirían, la lujuria no es un pecado sino la justa aspiración y firme bandera de la clase obrera y el pueblo peronista.

Hace tiempo, cuando todavía se le ocurría alguna idea, el charlista español Fernando Savater me dijo que el motor de la historia no era la lucha de clases ni el afán de lucro ni la busca de la libertad sino el aburrimiento. No debe ser cierto, porque Anillaco no es vanguardia, guía y estandarte. O quizás lo es, y así se explica todo.

Alguien piensa que así se explica todo, que el tedio de una vida en Anillaco puede explicar los actos, la ambición de los actos, el hecho de desesperadamente buscar por los medios que fueran otras cosas, otras vidas, pero seguramente no es el padre Mercado.)

El padre Mercado no explica, se restriega las manos y habla entrecortado y yo le pregunto si le parece que sus jóvenes son moralmente sanos, y él se calla.

Se sonríe.

–Es medio jodida la cosa. Son sanos, quieren progresar, hacer algo útil, pero a veces carecen de los medios. Son sanos en sus costumbres, pero esto no significa que no tengan el vicio del alcohol.

Tengo que poner cara compungida, y pongo.

–Pero todos son muy cristianos y le tienen mucha devoción a Dios, a la Virgen y a los santos. Todos son muy participativos en los festejos de la iglesia y fiestas patrias.

Se supone que esto me alivia. En la sacristía hay una foto de Juan Pablo II, la Ultima Cena en un tapiz acrílico, una tele con control remoto y un reloj eléctrico de pared con una etiqueta que dice wall clock. Sobre la mesa de fórmica hay mate y azúcar. En un banquito, un maletín de valijero con el cáliz y el echarpe de la misa, tan bordado. El padre Mercado es presbítero de todos los pueblos de la Costa, y capellán militar de La Rioja, así que viaja mucho.

–¿Qué es lo peor de la vida en Anillaco?

–Las internas políticas. A este pueblo le hacen mucho mal las internas políticas. Se pelean hermanos contra hermanos por las internas políticas.

En octubre del año pasado hubo tres candidatos principales a la intendencia de la Costa: los tres eran peronistas, y dos eran Menems. El primero era Golo de la Vega, que fue gobernador de la provincia cuando Menem la dejó. De los Menems, uno era Omar Menem, el actual intendente, que ya venía de otro período, pariente tercero o cuarto del presidente. El otro, Carlos Edgardo Menem, es hijo de Amado y sobrino directo y tenía el apoyo de la familia presidencial. Incluso su tío Eduardo llegó a participar de su campaña.

–Lamentablemente, al perder él se perdió la esperanza de un futuro en la Costa

Dice el cura Mercado, que supone que su reino también es de este mundo.

–¿Y cómo es que un sobrino del presidente puede perder en su pueblo natal?

–Porque Carlos Menem vive en Buenos Aires, es funcionario de Vitivinicultura y cuando él llegó los otros ya llevaban cuatro meses con sus dádivas, comprando creencias.

Explica el cura

–El sobrino de Menem creyó que porque es Menem la gente lo iba a votar, y hoy día ya no estamos tan ciegos. El no se daba con la gente, con el elemento, y quería que lo vayan a votar. Hoy ya no nos lleva de tiro nadie.

Me había dicho, antes, don Juan Nepomuceno Nieto, menemista de antes de la primera hora.

–El intendente de ahora es muy soberbio, lamentable.

Dice el párroco. Y algunos dicen que lo que quiere es mostrar su lealtad a la familia; otros, que la pelea viene de una vez en que el intendente le tenía que mandar un camión para arreglar su iglesia y lo dejó plantado. Nadie supone diferencias políticas o ideológicas, así que esto debe ser, finalmente, la Argentina.
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