Crónicas de la Argentina contemporánea






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Por las Dudas

Esa mañana, la mañana del viernes, empecé a caminar temprano, para evitar el sol. De Anillaco a Aminga hay cuatro kilómetros de un camino de arena espesa, donde cada paso se hunde, se entierra. A los costados hay cardones y burros, espinos, más desierto. Y no hay ningún transporte colectivo. Tampoco me crucé, en la caminata, con coches que fueran o volvieran.

Y caminaba y todo el tiempo trataba de resistir a la tentación de preguntarme por qué la gente viene a vivir, o sigue viviendo, en ciertos lugares, porque es casi tan agudo o estúpido como preguntarse por qué tanta gente tolera tantas cosas. Y además esta forma de hábitat disperso, en pequeñas unidades tediosas y tranquilizadoras fue la forma de la mayoría del mundo por siglos y siglos, y la pregunta quizás sea cómo llegamos a tomar como natural el hecho de que diez millones vivamos amontonados al lado de grandes espacios vacíos.

La intendencia, en cualquier caso, estaba muy animada: al mediodía llegaba a Anillaco el embajador Todman, y los funcionarios se agitaban para ver quien iba a ir a recibirlo. Yo juro que no sabía nada. En la antesala del intendente Menem, parados, cinco o seis vecinos esperaban con peticiones inoportunas y miradas incómodas.

El intendente Omar Menem tiene el pelo canoso y crespo y una campera azul de tela, sportiva. El intendente debe los balances de los últimos cuatro años, y ya ha recibido la intimación del Tribunal de cuentas de la provincia. Además está peleado con sus concejales, que responden a otras líneas internas, y en el pueblo se dice que antes de las elecciones andaba diciendo que los empleados que no lo votaran se iban a quedar sin el puesto. Le pregunto por tantas críticas.

–Críticas nos están haciendo a todos los gobiernos, esto es lógico, el país no está económicamente bien para cumplir con las expectativas que el pueblo ha tenido. Por eso la crítica al presidente, tan dura.

–¿A usted qué cosas no lo satisfacen de la política nacional?

–No, no es que no me satisfaga, al contrario, creo que está en el buen camino. Pero es difícil, porque económicamente nos sentimos un poco desprotegidos, pero alguuien tiene que poner mano dura para que el país salga, y eso es lo que está haciendo el presidente.

–Pero usted decía que el esfuerzo recae mucho más en los pobres...

–Bueno, siempre ha sucedido, es así la cosa.

Hace unos meses, la provincia de La Rioja bajó los sueldos de todo su personal, con el expediente de reducir las horas de trabajo. Ahora los empleados provinciales trabajan cinco horas diarias y cobran un 30% menos, no llegan a los tres millones.

El intendente Menem anda en un Renault Fuego y me ha contado que, además de su puesto público, comercia con artículos regionales. En su mesa hay una foto de Menem, una banderita de plástico a media asta, el termo verde con el mate y una botella con postal adentro, recuerdo de Mar del Plata. En las paredes hay más fotos de Menem y una de Juan Pablo II. El intendente Menem habla y habla. Es maravilloso lo que les hace el grabador a los aspirantes a políticos. En cuanto aparece la lucecita roja, los músculos se les tensan, la voz se les agrava, se les abomba el pecho de amor correspondido por sí mismos: es probable que a la noche, incluso, se acuerden con la patrona de los tiempos mozos.

Ahora, el intendente Menem me explica cómo es esto de que vengan tantos personajones de la capital a un pueblo tan chiquito.

–Vienen a sacarse la duda, a ver si es verdad lo que siempre pregona y dice nuestro presidente, que ha nacido de una familia humilde, que viene de un pueblo humilde. Por eso viene el embajador, ahora.

El intendente Menem ya sabe que a estos forasteros hay que explicarles todo, pero sabe también cómo decirles lo que quieren oír. Al fin, es su trabajo.

–Plantas, tanto para la sombra como para el exterior de su vivienda. Plantas, que embellecen la vida del hombre y de la mujer, tenemos en nuestro móvil. Una planta para cada neesidad: cada cual con la mejor sombra y su artística maceta.

La camioneta de las palanganas también ha llegado a Aminga, se ha vuelto culterana. Una vecina cincuentona me lleva de vuelta a Anillaco en un Peugeot 404 destartalado y en el camino me cuenta que en la zona tienen costumbre de llamarse por el segundo nombre, porque el primero suele ser el del santo, y que a los de Aminga no les hacen ni caso, que toda la plata va para Anillaco, que es una vergüenza.

–Cuando llegará el hombre que le encuentre un uso a los cardones. Tantos tenemos. Tantos, porque no sirven para nada.

La mujer me cuenta que es maestra, que anda corriendo la liebre todo el tiempo y que el coche se lo han prestado para ir a hacer un trámite al banco. Después le digoo que voy a la bodega, y ella me dice que Carlos Menem ni sabe lo que es eso.

–¿Qué bodega le va a dar más que la que tiene en Buenos Aires?

En la puerta de la bodega Saúl Menem e hijos, un portón para camiones que da a una calle de tierra, media docena de policías están impecables y sus uniformes grafa nuevos brillan con un destello delator: quizás convenzan al embajador de que estrenan chaqueta todos los viernes. El intendente y los suyos se han puesto blazers azules con pantalones grises y zapatos marrones. Por un walkie–talkie dicen que la comitiva consta de diez vehículos automotores y que ya ha tomado el rumbo Anillaco. ¿Comprendido?

–O ká. Afirmativo señor.

La bodega de los hermanos Menem es un galpón que puede tener treinta por treinta, una docena de empleados, maquinaria muy modesta y un patio donde descargan los camiones. Daniel, el gerente, un grandote de treinta y pico que parece cordobés, dice que producen dos millones de litros de vino por año, de distintas uvas, y que dos tercios van para vino berreta, en damajuanas, y el resto para botella.

–Pero no resulta demasiado rentable. En realidad, cambiamos la plata. Y no se puede aumentar, por la estabilidad que hay y porque la gente no compraría, por el mercado.

Bernabé es de Jáchal, en San Juan, y se vino porque allá por una bolsa de cebolla le pagaban seis pesos y acá una prima le dijo que había trabajo. Bernabé vino para trabajar de tractorista, pero ahora está lavando damajuanas en el fondo del patio. Le pagan tres millones por mes, pero todavía no lo han hecho efectivo, está temporario.

Bernabé lava en una cadena interminable damajuanas con las marcas de la casa: El Velazco, Menem, El Montonero. El Montonero sale mucho. Mario, el enólogo mendocino, tiene anteojos negros, sesenta años, gesto amistoso y un vago parecido a Jorge Antonio. Me da una vuelta, me muestra un par de vinos nuevos, las piletas revestidas de epoxi, el pequeño laboratorio de colegio secundario. Hablamos del lío que se armó con María Julia, porque esta mañana escuchó algo más en ATC.

–El problema es la mala fe.

Dice, y dice que me va a contar una anécdota.

–Hace un año, por ahí, allanaron las oficinas de Saúl Menem e hijos en Buenos Aires, cuando lo de Amira estaba álgido. Yo lo escuché en la radio, a la noche, y me vine para acá. Estaba preocupado, porque acá tenemos estas bolsas de tierra filtrante, para limpiar el vino –dice, y me muestra unas bolsa de 25 kilos llenas de un polvo blanco y fino– y tenía miedo de que apareciera un periodista inescrupuloso y dijera que era cocaína. ¿Se imagina a José de Zer mostrando el polvito a cámara y diciendo que ya estaba pedido el análisis? ¿Después cómo convence a la gente ignorante de que eso era tierra?

Dice, y frunce el ceño, como si todavía sufriera ante la posibilidad de la catástrofe.

–Porque además –sonríe– y con perdón de la palabra, mire si uno va a ser tan boludo que si llega a andar en jodas raras va a tener todo suelto por ahí. Yo lo meto en uno de estos tanques y no lo encuentra nadie, me entiende lo que le digo?
Tiempos

Los dos nos hemos reído, estaba claro que era un chiste, pero eso fue hace un par de días y ahora, en el portón de la bodega, varios ñatos de bluyín y campera que llegaron en un par de coches nuevos se agarran unas cosas negras que les cuelgan del cinto, para que no se bamboleen.

Amado Menem llegó hace un ratito, a recibir a Todman. Su casa está al lado, una casa baja, cuadrada, grande pero muy común, con el único lujo visible de una pileta. Esa es, hasta que se termine el cástillo, la casa de los Menem en Anillaco.

–Pero usted vive más bien en Buenos Aires.

–No, yo vivo acá, ahora estoy yendo más a Buenos Aires porque tengo allá a los hermanos.

–Y los va a ver.

–Voy a ver que no hagan macanas.

–¿Y hacen?

–Travesuras hacen, ahí, en la Rosada.

Amado Menem también se ríe, tras los anteojos negros con montura redorada. El mayor Menem tiene una cara muy Lorenzo, un rolex de oro en la muñeca y un terrible Honda recién salido del horno con una mujer rubia. Amado está hablando de fútbol con unos amigos cuando se escuchan bocinazos guarangos y aparece la comitiva de diez vehículos automotores. Que llega con revoleo de polvo y estaciona y, de un Mercedes, baja el embajador y su señora, sonrientes por si acaso, y cada cual aprovecha para abrazar a cada quién, éste un gobernador, ése un intendente o la mujer de un intendente, aquél un rey de la aceituna. Se codean, se apretujan para salir en el mejor lugar de la foto. Y Amado Menem se sonríe y se mantiene todo el tiempo en un plano discreto, detrás, apagado. Él debe saber de eso.

En la Argentina, 1973 es ya como si no existiera, pero en Anillaco lo recuerdan, y me lo han contado. En esos días de otoño, el nueve de junio, Carlos Menem había festejado su asunción del gobierno con un acto en el pueblo natal de Facundo Quiroga, acompañado por el vicepresidente Solano Lima, el obispo Angelelli y el jefe montonero Bustos. En esos días, Carlos Menem declaraba que "la revolución del 25 de mayo tiene su sentido más profundo en la defensa que harán de ella la Juventud, las FAR y Montoneros. Aún hay muchos conservadores metidos en el Movimiento, en el gobierno nacional, y ésta es una lucha a muerte". Cuatro días después, el trece, cuando Anillaco festejaba a su patrón, san Antonio, sus paisanos se levantaron contra el obispo Angelelli.

Fue cuando el obispo quiso decir misa en la iglesia de Anillaco: cientos de vecinos enardecidos le impidieron entrar, y lo insultaron y maltrataron. Uno de los jefes era Amado Menem.

Decían que defendían a un cura párroco, Virgilio Ferreyra, conservador ultramontano. En realidad, atacaban al obispo y a varios religiosos que lo acompañaban por su defensa de la cooperativa Codetral, que pedía la entrega de un latifundio abandonado –Azzalini– a los trabajadores. Los patrones de la zona, en cambio, querían repartirse las tierras.

Se discutió mucho en la provincia en esos días sobre el episodio. Y mucho más cuando, un mes después, los mismos vecinos, con Amado Menem y alguno más a la cabeza, asaltaron la casa de dos monjas en Aminga, la saquearon y trataron de quemarla.

El obispo excomulgó a varios –Amado entre ellos– y la cuestión Azzalini pasó al parlamento: Carlos Menem había prometido que si la ley no entregaba las tierras a los trabajadores, él la vetaría. La votaciòn fue unos meses más tarde, cuando el camporismo estaba derrotado y se afianzaba la derecha peronista; ganó, por un voto de un diputado peronista, una ley que no tenía en cuenta a la cooperativa. El gobernador, cuando le pidieron que cumpliera su promesa, dijo que la voluntad del parlamento era soberana.

Ahora, el latifundio Azzalini sigue indiviso e improductivo y Amado Menem se queda en segunda fila, responde sin entusiasmo a las sonrisas del embajador, no busca a los fotógrafos; para poder y flashes ya tiene a sus hermanos. El embajador lo palmea con la sonrisa en los ojitos que mueve todo el tiempo. El embajador es la cruza perfecta de tío Tom con tío Sam. José Siman, uno de patillas menemistas que se quedaron en el 45 y que ahora es ministro de algo en La Rioja, abraza a Amado Menem y también lo llama tío. Al lado se escuchan más palabras.

–¿Qué supiste del contrato de la CFI?

–Todo listo, hermano, ya sale.

Tres mujeres iguales, cincuenta años con mucha avispa, rubias de claritos, botas marrones y trajes sastre del próximo shopping, siguen a Amado y una es suya. Hablan de tratamientos faciales y otros masajes.

–Es el aire de acá que te deja como pasa de uva.

–¿Probaste con las algas salvajes que te pone Salva?

El tío Samtom sigue sonriendo sin parar y hace que cata vinos en vasos duralex con muecas de entendido. Los labios poderosos se le fruncen en chasquidos, el gobernador Arnaudo se le pega para no faltar en ninguna foto; el gerente cordobés quiere convertirlo en el mayordomo de Falcon Crest a fuerza de pedagogía viñatera. Un fotógrafo de la casa le pide que pose con una botella de Menem en la mano y Tomsam se ríe por el chivo, se resiste y posa. Después, los cráneos del marketing dirán si ya somos tan liberales que un negro resulta un buen seller para ABC1.
El Aguila

Todo se acaba. La comitiva atraviesa el pueblo rauda, sin mirar, hacia el comedor de la hostería. Allí han preparado unas mesas de banquete con banderitas americanas y argentinas, pero por supuesto no hay invitados de Anillaco. El menú se complica por el exceso de comensales, y hay refriegas por un muslo de pollo. Se bebe vino Menem y a los postres vienen los discursos.

–Los descubrimientos que he hecho hoy me dejan con más certeza que nunca de que estamos en una provincia que lidera la Argentina...

Dice el tío Samsam, con una ensaladera llena de flores por delante y el intendente Menem que le sostiene el micrófono.

–Si la gente viniera a esta región y viera lo que se está haciendo, el discurso cambiaría, y también la forma de activar en este país.

Dice el tío Tomtom y los invitados se miran, se limpian el hilito de baba, y el tío saca una cosa envuelta en papel regalo de franjas plateadas, grande como un paquete de Particulares, y la extiende hacia el intendente Menem, que no sabe qué hacer con el micrófono.

–Quiero entregarle este presente, que es muy pequeño pero muy simbólico para nosotros: el águila de los Estados Unidos. Es importante, porque es el pàjaro que vuela en lo más alto y aquí se ha originado un presidente que vuela en lo más alto y está llevando a este país a lo más alto del mundo, a ser un ejemplo para el mundo.

Hay aplausos, caras de buen eructo. El intendente está emocionado. Después me acerco y le pregunto si no tiene miedo de que cuando Menem deje de ser presidente los olviden otra vez, vuelvan a lo de siempre.

–¿Le digo una cosa? Menem no va a dejar de ser presidente por muchos años. Así que no pensamos en eso, sino en seguir aprovechando que Carlos Menem es presidente.

–¿Qué es lo mejor que tiene Anillaco?

–Carlos Menem.

Dice Omar Menem y se ríe con risa falsa para que me dé cuenta que es un chiste, dice que es un chiste. Debe ser. La concurrencia se va disgregando, se arman corrillos, se habla de siempre lo mismo.

Un periodista riojano se me acerca, me agarra del brazo.

–¿Vos sos porteño, no es cierto?

Para qué disimularlo.

–¿Y por qué será que allá en Buenos Aires nunca hablan de la diabetes del presidente, che?

(Julio 1992)
Microbios
Imágenes

Los gobiernos patrios hablan hasta el hartazgo de la famosa imagen argentina en el exterior: una imagen cuya forma más habitual es el vacío. Hace unos días, el presidente arriesgó comparaciones entre los golpistas soviéticos y sus ex–aliados locales, los carapintadas. Se jactó, también, del eco de sus palabras en los países del norte y de que por fin nos ven como a un país seriamente alineado con los grandes, confiable, y concluyó que ahora sí ofrecemos una imagen de nación respetable. No debe haber tenido tiempo para ver imágenes de la manifestación moscovita que festejó la derrota de los golpistas: allí ondeaba, sobre cientos de miles de cabezas, una pancarta solitaria que decía, en castellano, Nunca Más. Hay otros dos aportes argentinos al vocabulario mundial en las últimas décadas, nuestra imagen en el exterior: las palabras Maradona y desaparecidos.
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