Crónicas de la Argentina contemporánea






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El tábano

"Bueno, quizás ustedes hayan pasado un día por todo esto y yo esté cometiendo una indiscreción al recordárselo o al traerles a la memoria una cosa ya suficientemente enterrada bajo otros escombros, bajo otras ilusiones, otras películas, otros hechos, mejores o peores, que han ido borrando aquello que en un momento dado les pareció como el fin del mundo..." (Augusto Monterroso, Movimiento Perpetuo).
Antiguallas

Quzás un día de estos alguien empiece a decir más en serio que la democracia representativa es un resabio de los tiempos en que un diputado tardaba tres días en llegar hasta las tierras de sus representados. Que ahora, que se puede opinar por botón y a larga distancia, los gobernados podrían delegar mucha menos representación en sus representantes: decidir mucho más. Los cambios técnicos siempre tardan un poco en reflejarse en la política y, además, a los dueños no les interesa, pero quizás suceda: si la técnica fuera –como ha sido a lo largo de la historia– un factor determinante, es probable que algunos países empiecen a tener una democracia más participativa, hecha de consultas, plebiscitos, referendums. Y se podría incluso argüir que eso fue lo que pasó en Atenas, cuando ciertos avances de la técnica permitieron que treinta o cuarenta mil personas vivieran todas juntas, en la misma ciudad, con mucho tiempo libre y una infraestructura que les permitía opinar sobre cada decisión que tenía que tomarse. No es la tendencia actual, en la que las decisiones políticas están cada vez más alejadas de los supuestos ciudadanos, pero quizás suceda. Lo bueno de esa nueva democracia, si existiera, sería, sobre todo, que se parecería muy poco a ésta.
Su tributo

Hacía todo el calor necesario. En el botánico, muy cerca de la entrada de Plaza Italia, sobre un banco verde, junto a San Martín ceñudo en su bronce de siempre, un hombre de 50 y pico no miraba nada. Tenía el pelo mal cortado, un cordón para ambas zapatillas y el aire del que hace mucho que no tiene apuro. Por una de las puntas del camino de tierrita roja empezó a pasar una mujer; la rama de un gomero se movió como si fuera su trabajo. La mujer tenía 25 pero también 40, un culo resacoso y un trajecito que le debía parecer de secretaria. Es probable que incluso fuera secretaria. El hombre la miró venir; ella miraba la rama del gomero. Al cabo de un rato que no duró nada, ella pasó por delante del banco: el hombre la seguía con la vista. En el momento justo de pasar, cuando ya se podía decir que se estaba técnicamente yendo, el hombre le hizo tlac tlac tlac de lengua golpeando el paladar. Ella no se dio vuelta y terminó de irse.
Valor de la duda

El otro día pensaba que me gustaría saber, por ejemplo, qué pasó para que ahora, en la Argentina, los hombres, que nunca lo hicimos, nos besemos. Me parece que el que lo descubra habrá entiendido un par de cosas.
El alivio

Ayer, en el supermercado, sonaron las sirenas y muchos no sabían para dónde correr. Fue un momento. Enseguida, casi todos se dieron cuenta de que las sirenas venían del puestito en que los compradores pasan su ticket por una máquina para ver si consiguen un premio. Y que sonaba porque alguien se había ganado el coche. Todos corrimos. En el medio, una mujer de sesenta y tantos, bajita, rechoncha, con un delantal azul de mucama de casa pretenciosa. Tenía el pelo mal teñido, un diente de oro y uno que no estaba, y la piel parda. No entendía. Una chica le decía señora, el coche, se ganó el coche.

Quizás no entendía porque nunca le habían dicho señora. Señora siempre lo decía ella. Al final preguntó qué coche y empezó a temblar. Le explicaron. Alrededor, los parroquianos aplaudimos y muchos se sonreían, para que nadie supusiera que se morían de envidia. Alguien le acercó un banquito y un vaso de agua: la mujer se sentó, sacudida por los escalofríos. El agua le caía en gotas sobre el delantal. Al final habló, con la voz aniñada con que algunos les hablan a los chicos. Se daba palmaditas en los muslos con las manos tembleque y se decía:

–Bueno, ya está, ya pasó, ya pasó.

(Octubre 1993)
Nalga Habrá Hecho
Nalga en el cielo... un águila guerera, tarareaba quizás el corito de bataclanas corifeas, y un Vicious, de primer nombre Syd, atacaba un fa total a punta de sex pistols y se elevaba audaz hasta las simas porque había inventado que todo era igual, nada mejor y cada minuto era un minuto menos y de nada sirve. Inglaterra, año de gracia de 1977.

En esos días, cuando empezaba el fin de siglo, diez o doce britones sin oficio ni beneficio se aliaron con cuatro o cinco berlineses aterrados por la gran bomba, se vistieron de negro, se pincharon lombrosianamente el lóbulo, se pintaron las caras, miraron el almanaque e inventaron el no future sin darse cuenta de que ya estaba inventado: hacía ya tiempo que el no future temblequeaba en las nalgas de las chiquitas de Ipanema.

En algunos culos está la cifra del tiempo, que a veces es como un río y otras como un estanque o pozo de tenebroso aljibe. Hacia el año sesenta y tantos, sin embargo, había ideas del tiempo que estaban en otras partes –quizás menos nobles. En esos años había quienes pensaban el tiempo como preparación para nuevos tiempos, como un largo rito iniciático, teleológico, y prometían futuros venturosos al pueblo que supiera conquistarlos. Y otros que pensaban entonces que el único tiempo posible era el actual: clamaban por un permanente aquí y ahora cuyo aquí más apetecido era una colina de San Francisco, por ejemplo, o un parque londinense, y acumulaban presentes perfectos con collares hindúes y raciones de ácido en la caja del PAN.

Después, hacia fines de los setenta, la contrapartida de esta última idea fue la que se impuso en el invento de los britones y berlineses: el tiempo ya no era un sucesión interminable de presentes maravillosos sino un largo presente tenebroso sin futuro, porque el futuro era la bomba. Pero esa idea del tiempo ya vivía, como queda dicho, desde hacía tiempo en la nalga izquierda de una morena de taparrabos verde que contoneaba su explosión apenas contenida en una playa carioca.

En la Argentina, en cambio, en estas playas, los culos modélicos siguen funcionando como militantes del sesenta y tantos. Los culos de Ipanema son como de Huxley, Aldous, aquel inglés que se tomó un ácido agónico para percibir con más detalle los detalles de su propia muerte. Los argentinos son de Vittorio Codovila, o de Julio Argentino Roca: una cuidadosa construcción de lo que nunca llegará, o siempre mañana.

El modelo de nalga ipanémica –ananémica– es la explosión en colores cobrizos, la ola deshaciéndose en espuma, un vals acelerado al borde del abismo: semejante masa tiene que fatalmente ceder –y cede– como cedió de Rodas el Coloso, y caer con un estrépito que no será canto de cisne sino de sarcástico hipopótamo.

La nalga modélica platense, la otra, el glúteo firme y prieto, concentrado de la body builder, en cambio, es un proyecto de futuro, una cuidadosa sucesión de trabajo acumulado para ir edificando gramo a gramo su propia ansiedad de permanencia. Una progresión medida, controlada, que busca el imposible de establecer en el tiempo la ilusión de un infinito. Y hay muchos body builders argentinos –body builders de espíritu, aunque nunca se hayan admirado las cachas en los espejos multiplicadores de un gimnasio– que calculan su vida de la misma suerte que pergeñan sus culos. Y así les va.

Allí donde el glúteo ipanémico se derrama y fenece, explota de una vez y para siempre, el de la bb patria se contrae, retiene, aspira a controlar. En el no future no hay poder posible, porque el poder sólo tiene sentido si se inscribe en la duración, en la permanencia. Las bb que trabajan teleológicamente sus traseros aran para el poder –gajos del oficio–, para la acumulación y la retención contra el despilfarro, como trasnochadas Pompadoures, como mujeres de un siglo que creía en el Progreso.

Lo cual implica una suerte de contrasentido fácil de descular: el endurecido glúteo patrio era coherente con una Argentina que creía en su futuro, cuando esto era, como hasta hace poco, el gran país del mañana. Ahora, en medio de la explosión de un presente insoportable, tan acumuladas protuberancias aparecen como un anacronismo, una supervivencia, los restos de una noción del tiempo que estamos perdiendo a cachetazos, culatazos, verdes sonrientes y tíos patilludos. Una supervivencia: aquí y ahora, la idea del futuro como proyecto parece haberse refugiado en esos culos antipáticos. A menos que le inventemos otro espacio posible.

(Febrero 1990)
Bang Cock
Ellas intentaban por todos los medios demostrar que la concha está para otra cosa. Sonaba como el trueno una especie de rap en tailandés y la oscuridad del bar se reflejaba en los espejos, entre mares de humo y nubes de cerveza. Pero no había nada amenazador en todo eso salvo esas chicas como animalitos, chiquititas, sonrientes, que se refregaban desnudas contra cuanto gordo consumiera un Mekong on the rocks o simplemente las manoteara al paso.

–Vení negrita que te chupo chupo chupo.

–Son cuatrocientos cincuenta.

–¿Y entonces me podrías hacer aquello?

–Y entonces durante doce minutos yo no tengo más cabeza que esta tuya tan inquieta y gordezuela.

–¿Y después?

–Espadol y adiós muy buenas.

Las habían traído del fondo de la selva poco antes y era probable que no se les pegara el sida en menos de tres meses. Algunas eran, incluso, de Bangkok, y se les descubría en un tatuaje, en la manera muy peculiar de retorcer las nalgas. En el escenario reducido, sobre sus tacos altos, las mismas chicas bailaban con un número que les rebotaba sobre las tetitas, y mostraban una tras otra sus habilidades. Nadie dudaba de que eran un portento, capaces de sacarse de sus partes campanitas, gilettes nuevas o una ristra de cuetes tipo buscapiés. También sabían con sus partes fumar, tocar el pito, abrir botellas o disparar con fina cerbatana la flecha que hace estallar el globo a tres metros con veinte.

–Lo importante es participar.

–Y desarrollarse en el terreno que a una le compete.

Lalo Mir ha hecho, como siempre, su trabajo a conciencia: en Bangkok, en las calles de Bangkok, el fin del mundo es un espectáculo continuado que nunca llega a su fin porque el espectáculo debe continuar. Hay mendigos que olvidaron cuál era su brazo verdadero, tantas motos como en todo el infierno y ese calor violeta berenjena. Hay decibeles de discoteca permanente y la impresión muy continuada de que ya no queda ni un alma en ninguna otra parte. Bangkok es un embudo. En Bangkok todos parecemos condenados a algo interminable, y lo mejor es lo rápido que la ciudad transforma a sus visitantes en obsesos. Es fantástico. Ese abuelo teutón, cabeza y ejemplo de su comuna bávara, se hacía sorbetear por cuatro jovencitos, y aquella ama de casa de Karakorum, Wichita, se restregaba la entrepierna con grititos de pollo y le pedía a su marido más y más.

–Ahora quiero ver cómo lo hacen dos hombres.

–¿Y después en el hotel me vas a dejar prender la luz?

–Yo no soy un hombre.

Después, el matrimonio o los gordos o cualquier cronista podrían subir al entrepiso y hacer del show un espectáculo participativo, o ir incluso a los grandes burdeles donde las chicas esperan detrás de grandes vidrios que el cliente las reclame por su número, pero por ahora los animalitos seguían con el malabarismo.

Y siempre con sus partes. Ya se sabe que los orientales lo hacen todo al revés, pero aquí había, estaba claro, una intención aviesa. Lo cual era evidente cuando se miraba sus miradas.

Las chicas tenían los ojos muy perdidos, y cualquiera hubiese dicho que seguían en una televisión imperceptible aquella telenovela sin sonido. Los ojos de esas chicas eran mortales, destruían cualquier esfuerzo, convertían el sexo en una tediosa sesión de malabares: en la fiesta de la escuela acá a la vuelta.

No era ni siquiera desprecio. Las chicas miraban a la nada con el aburrimiento de los siglos, y seguían sacando de sus partes pañuelos y petunias. En sus ojos, el posible erotismo se convertía en un producto absoluto y perversamente despojado. El producto estaba, como el rey, desnudo, desprovisto de cualquier packaging, y se hundía en la animalidad más manifiesta.

Esas chicas eran dolorosas. No fingían nada, le quitaban a sus juegos sexuales todo el erotismo, todos sus disfraces, y eran puro cuerpo manipulando sus zonas más recónditas. Estaban extremadamente desnudas: no trataban de vestirse con sonrisas, gemidos, promesas de un futuro. Había cuerpos, campanitas y el sida y no había piedad, ni disimulos. Que cada cual se la bancara sin adornos, y encontrara si acaso la lògica de su placer en situación tan descarnada. Me quería ir y me quedé mucho rato. Hacía tiempo que no veía la subversión tan clara como en aquellas caras y conchas orientales.

(Marzo 1993)
Envolasí
Ahora, justo después de esta frase, levante la mirada. Dele, total acá abajo no hay más que unas cuantas palabras. Es curioso, ahora vuelve a leer. ¿Vio? Quiero decir: ¿vio algo? Si estaba en un lugar público tenía, entre otras, dos posibilidades. Que la gente a su alrededor estuviera casi desnuda o que estuviera vestida. Es de perogrullo, pero si están semidesnudos es improbable que usted esté trabajando.

–Contadora, ¿no quiere que le abroche ese bretel?

–Pérez, no sea insolente y endóseme esos cheques.

Hay cientos, miles de historias en la ciudad desnuda.

Pero están vestidas. La ciudad ha sido siempre, desde su origen indefinible, el bastión de lo civilizado, el último refugio de lo cultural contra lo natural. Y una de las marcas más fuertes de lo civilizado es el vestido.

Corrían tiempos difíciles. Cuando no el frío, era el sol, o el desgarro de brutas espinas, o el ataque de cualquier alimaña picadora. Es probable que a nadie se le haya ocurrido realmente la idea: una gran hoja un día, caída como por azar sobre las zonas más expuestas, una piel otro día, echada sobre los hombros al desgaire y, en unos pocos miles de años, el vestido se dio por inventado.

Desde entonces, el vestido fue uno de los elementos que distinguieron al hombre de los demás animales. Y propuso, además, una forma primaria del erotismo: en el juego de mostrar y esconder, de cubrir y descubrir, nuestros ancestros hicieron sus primeras armas ratoniles.

Después, milenios después, el vestido distinguió a los hombres urbanos, civilizados, de los bárbaros. Los bárbaros hablaban como si mascullaran, desconocían a los dioses verdaderos, no sabían comportarse en la mesa y se vestían, si acaso, como si de animales se tratara. Aquí, en la Argentina, hubo tiempos en que se temía a los bárbaros, se esperaba a los bárbaros. Y los bárbaros finalmente han llegado como llega casi todo en estos tiempos: despacito despacito despacito. En la plaza de al lado de mi casa, sin ir más lejos, los bárbaros abundan, y parecen chicos bien.

Es una plaza que antes fue una cárcel y después, y todavía, el más grande meadero de perros de occidente. Ahora, últimamente, con los calores llegan los bárbaros. En la plaza, desde temprano a la mañana, innúmeros cuerpos desafían el olor a perro con colitis para tenderse al sol, semidesnudos, casi desnudos.

Siempre hubo, en toda sociedad, lugares reservados para la desnudez: Los baños públicos romanos, o los gimnasios griegos o, entre nosotros, las playas y piletas. Lo fascinante es la irrupción del cuerpo en cueros en medio del espacio de lo vestido.

–¿Y eso qué será?

–No sé, pero recuerda, pequeño saltamontes, al sabio que decía que detrás de toda mujer se esconde una mujer desnuda.

Alguna vez, si todo esto existe todavía, algún historiador sin beca investigará cómo fruncionaba el pudor en el siglo XX. Y verá cómo, poco a poco, los cuerpos descubiertos fueron irrumpiendo en la vida, pero dentro de un orden. Para mostrarse y ver estaba bien la playa, ese espacio en el margen, en la intersección entre mar y tierra que terminó por ser el espacio legal para las exhibiciones y ejercicios subsecuentes. La playa y en verano: la mostración resulta estacional y circunscripta, como el cólera. Porque últimamente no importa mucho lo que se haga: importa que haya un lugar para cada cosa, y que cada cosa no salga de su lugar.

No sólo son las playas: también están las fiestas donde jovencitas alardean transparencias, o las revistas satinadas –como fiestas de papel– donde las mismas trasiegan carnes firmes. Todo dentro de un orden. Por eso hubo cierta inquietud cuando algunos empezaron, en Ibiza, por ejemplo, a ir vestidos a la playa y en bolas a la disco.

Porque en alguna época se imaginó la desnudez como una forma posible de liberación o de protesta. Era una época en que casi todo se podía decir como protesta, tiempo de Woodstock o del streaking. Ahora, al contrario, la semidesnudez en sus lugares legales es adaptación a la economía social de mercado: se muestra la merca que se ofrece o no se ofrece: se convierte al cuerpo en vidriera de sí mismo, o mostrador. No es siquiera erótico: es comercial. (Es de mostrar, siempre de mostrar, más que de sugerir: en la Argentina nunca preferimos la imaginación, siempre ganó la ropa ajustada, lo explícito, la lealtad comercial.)

–Ah no, yo sin fecha de vencimiento no consumo.

En cambio, en las plazas. El paseante camina por la calle, la vereda, cubierto y sudoroso, y descubre a su diestra cuerpos recubiertos de sol y aceite y nada, tan fuera de lugar. Algo ruge por lo bajo en el asfalto y lo bárbaro, lo animal se restablece. El cuerpo, la pereza, la grieta de lo improductivo irrumpen contra lo civilizado del trabajo en pleno centro de la civilización, y algo perturba.

Casi: provoca, amenaza un orden: hasta que el orden encuentre la manera de ponerlo en orden. (De que los cadetes no puedan dejar de ser cadetes en medio de sus trámites para pasar a ser lagartos fuera de control).

Aunque, en realidad, desnudez provocativa sería la mía o la de cualquier gorda como yo, que tuviera un cuerpo ofensivo, invendible, que dejara caer sus colgajos de carnes, que no supusiese un orden sino una confusión, pieles irreductibles al mercado. Eso sí que sería estar en bolas y gritando.

(Enero 1993)
No Te Metas
A veces me da un poco de asquito. Un poco, sólo un poco, para qué exagerar. Sólo un poco, para estar de acuerdo con estos tiempos de mesura, de control: para qué exagerar. Pero me da un poco de asquito verlos cuidarse tanto, protegerse tanto, preservarse tanto. Debe ser que lo que guardan es tan, tan importante.

–Porque acá mando yo.

–Y usted puede hacer que no entre nadie.

–Nadie nadie nadie, que enfrente no hay nadie.

Ultimamente, lo que importa son las puertas.

Como en una remake–chasco de aquella frase italiana que sintetizaba tan obscena lo más burdo del espíritu burgués: porta aperta per chi porta, però chi non porta parta. La puerta abierta para el que trae, y el que no trae que se vaya, decía. Pero la remake es falsa: ahora lo que importa es que las puertas, por si acaso, estén muy bien cerradas. Aún para el que porta. O sobre todo para el que porta.

Ahora hay que cuidarse. De casi todo. Cuidarse de que nada entre en la amurallada ciudadela de uno mismo. Porque cada vez está más claro que todo lo de afuera es malo. Y que si uno lograra detener a los repugnantes invasores viviría joven y hermoso para siempre

–No te metas.

–Nada, no te metas nada en el cuerpo.

Durante siglos, los hombes corrieron tras la pócima de la juventud eterna. Hernando de Soto, por ejemplo, descubrió la Florida buscando la única fuente donde no era necesario decir demedós, porque con un solo trago de su agua alcanzaba para vivir siempre. Ahora, por fin, se ha descubierto que era todo al revés: la eterna juventud la alcanzarán quienes sepan cómo tomar estrictamente nada.

–Lo que no mata, engorda.

Decía la tía Ermilina cuando lo uno era bueno y lo otro peor. Ahora, todo lo que viene de afuera, queda dicho, es malo: el tabaco es veneno puro, la carne tiene colesterol, la comida engorda, la bebida ataca al hígado, el café estresa, la cocaína daña el cerebro, los vientres pegan el sida, la lechuga el cólera y es increíble la cantidad de cosas que producen cáncer: los endulzantes, las botellas de plástico, el sol, la vida y ahora, recién llegados, los teléfonos celulares que te atacan con tumores de cerebro. El problema va a ser cuando termine de confirmarse que, como insinúan ciertos estudios recientes, no hay nada más cancerígeno que el miedo al cáncer. Uno piensa y piensa y al final lo logra.

Mientras tanto, el cuerpo se ha convertido en el espacio mejor guardado de la ola ecológico–conservadora. Todos los esfuerzos tienden a protegerlo, a conservarlo aunque haya que ponerle naftalina un día sí y otro también.

Recuerdo, no sé con qué nostalgia, tiempos en que el acento estaba en el uso. La última ideología fuerte fue:

–Todo, mientras el cuerpo aguante.

Y había que tragarse cuanta sustancia, cuerpo o esfuerzo anduviera por ahí. La actual modificó sólo la conjunción:

–Todo, para que el cuerpo aguante.

Y así vamos. Se supone que no voy a hacer juicios de valor, porque últimamente los juicios de valor son antidemocráticos, y lo amplio es respetar a toda la basura. Pero es tan pequeño verlos conservarse, ingresarse gozosamente en formol con esa cara de susto. Correr hacia la avispa, hacer deporte sin parar, abandonar todo lo que les gusta. Y después, como todos los beatos, difrazan su terror de virtud, y miran con desprecio a quien no trata de huir de las acechanzas del fideo o del particulares sin filtro, y lo encierran y lo reprimen más y más, no sea que su despreocupación les debilite la firmeza.

Y sin embargo hay un punto de optimismo en su terror: son de los pocos que, a esta altura de la soirée, creen sin fisuras en que el futuro vale la pena de sacrificarle el presente. Ese futuro para el que se guardan, con unción y cuidado. El último refugio del futuro está en esta estúpida ideología de cuerpitos sanos.

El futuro como responsabilidad personal que sólo concierne a cada uno. Perdidos los dioses, olvidados los grandes proyectos, cada cual es único usuario y responsable de su vida. Es más: cada cual tiene su vida en sus manos: lo que se come, se fuma, se sufre, se trabaja, se transgrede, decide el momento de la propia muerte, suponen. Para los griegos, mucho menos sería tortura: elegir todo el tiempo entre el bien y el mal, luchar a brazo partido contra las tentaciones, para salvarse unos meses más. Por cosa mucho más facilita un Antonio llegó a santo y un tal Jesús, de la parte de Nazaret, se jactó mucho tras sólo 40 días de hacerlo en el desierto.

Pero en el desierto es fácil. La cosa es acá, en medio de la sociedad de oferta indetenible. Ahí sí que tiene mérito. Así que nada, hay que cerrar filas y esfínteres y no dejarse traicionar por uno mismo. Ya va quedando claro: todo lo que viene de afuera es malo. La idea es simple, y se impone con más y más fuerza. Tanto, que ahora los mismos, los que se cuidan de tabacos, grasas, colesteroles y otras pestes descubrieron que la máxima debía aplicarse también a la gente.

Todo lo que viene de afuera es malo, dijeron, y empezaron a matar dominicanos, árabes, asiáticos, turcos y sudacas. Porque hay que ser coherentes e inflexibles: la contradicción –ya se sabe– produce cáncer.

(Febrero 1993)
Microbios
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