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Referencias en Obras completas de José Martí a:


  • Socialismo y socialista(s).

  • Comunismo y comunista(s).


Volumen 3. Política y revolución III, 1894.
Carta a Fermín Valdés Domínguez. Nueva York, mayo, 1894.
[…]
Dos peligros tiene la idea socialista, como tantas otras: el de las lecturas extranjerizas, confusas e incompletas, y el de la soberbia y rabia disimulada de los ambiciosos, que para ir levantándose en el mundo empiezan por fingirse, para tener hombros en que alzarse, frenéticos defensores de los desamparados.

Volumen 5. Cuba. Mujeres. Artículos varios. Letras. Educación. Pintura y música. En casa.
Cuentos de hoy y de mañana, de Rafael de Castro Palomino.
1. Prólogo de José Martí.
[…]
Con fidelidad estricta narra la extraña vida y vaga fe de los comunistas varios norteamericanos, ya de los Amanistas cuasi celibatarios, que parecen venidos como hijos de padre, de aquellos Essenes que vivieron indiferentes e inútiles, muchos siglos ha, a la orilla del Mar Muerto; ya de los cultos y sinceros amigos del bondadoso Ripley, comunistas elegantes y atildados, que traen a la memoria a los “Hermanos de la Vida Común” que a Groot seguían quinientos años hace por las tierras gloriosas de Neerlandia; ya los Perfeccionistas abominables de Oneida, que son aquellos mismos antiguos Carpócratas cristianos, que habían logrado sofocar en sus almas esa excelente y nobilísima dote, suma de dignidad y prenda de aristocracia de alma: los celos –¡partir la mujer, cuando nos parece que de haber sido mirada, ya queda manchada la mujer que amamos!–. Y con singular lucidez, afortunado y nuevo medio, fácil y vivo diálogo, precisión a menudo sorprendente, exposición llana, fiel y tersa, y grato y notable conjunto explica a los trabajadores –porque no hay hombre hoy que no lo sea, a no ser un vil, y leer es trabajar– las raíces de sus males; la inconveniencia de deslucir con la ira la justicia; la necesidad de conocer los elementos de un problema para poder resolverlo; las flaquezas de los nobles sistemas ideológicos discurridos para ver de equilibrar y asentar sobre bases menos inseguras, crueles y desproporcionadas la vida humana; las tentativas varias que con nombre y apariencia de cosa novísima, sacan de las cenizas de edades pasadas reformadores más vehementes que afortunados; los métodos vagos y confusos, como nubes de aurora, ya cercana al día, con que almas evangélicas, movidas del ansia heroica de la redención, procuran resolver de antemano, con prisa saludable que anuncia y espolea, problemas de demasiada monta para que los precipite voluntad alguna aislada. ¡Ay, que las leyes históricas no las tuercen, ni el espectáculo del apostolado, ni las querellas desgarradoras del martirio, ni los febriles ímpetus del genio! ¡Otro manda, y nosotros andamos! ¡Ay, que cuando una fruta se corrompe, hay que dejarla corromper de un todo, para que con sus acres residuos abone la tierra, y salga de ella fruta sana y nueva! ¡Ay, que los pueblos son masas enormes, que de sí propios se mueven, brillan como relámpagos, despréndense como avalancha, desátanse e incendian como el rayo, y cuando dejan caer su alma a sus pies, mientras que arteros envenenadores les llevan a los labios copas henchidas de mieles letárgicas, y joyeros complacientes les llenan el cuerpo femenil de joyas, y descuidadas mozas los coronan de flores, y laxan con besos, ¡pesan, ay! los pueblos, como rocas, o como cadáveres!
2. Artículo sobre la obra.
[…]
En el segundo cuento, que titula el autor Del caos no saldrá la luz, narra el señor Palomino, con oportuno artificio y de muy clara manera, cómo vivió y por qué murió un cierto ensayo de sociedad comunista; pone en planta y acción, para que la cura de los que lean sea más viva y directa, los elementos actuales y razones confesadas del partido comunista, y cuenta, como por vía de literatura y consejo de ejemplo, por qué razón nacieron y por cuál perecieron las sociedades comunistas instaladas en les Estados Unidos, y por cuáles, y con qué fines, y de qué manera subsisten las que aún no han desaparecido.
La América, Nueva York, octubre de 1883.

Volumen 9. En los Estados Unidos. Escenas norteamericanas 1881-1883.
Al Director de La Nación. Nueva York, febrero 25 de 1883.
[…]
“¡Aquí, aquí: a la plataforma! ¡500 me dan por este buen negrazo! Come poco y trabaja mucho, y ya sabe lo que es mordida de perro”. ¡Y a esto seguía –como para prueba de los méritos del esclavo que se remataba– un latigazo! “Aquí, aquí: ¡a la plataforma! ¡Esta es la linda Adelina, que se ve que es muy linda y tiene 18 años: le vendimos el hijo, y está sola! ¿Quién me da 900 por la linda Adelina?” Tales gritos se oían en esta tierra por todas partes, en los remates de esclavos en plazas y lugares públicos, cuando Lincoln subió a la presidencia, apóstol de la nueva fe, y sacerdote en templo abierto de los hombres libres.
Y ayer Adelina y “el buen negrazo” u otros como ellos, se reunían en la iglesia de Bethel, a oír a un hombre de aquella vieja raza, que rifle al hombro y pie en la nieve defendió palmo a palmo, al lado de John Brown el ajusticiado, contra las leyes de su patria, a un puñado de negros fugitivos. John Swinton se llama el hombre sencillo y sincero, que en esa lengua troncal y robusta de los que saben de coro, y entienden de propia mente, la Biblia, hablaba ayer a los esclavos de antes, trocados en caballeros y damas de salón, en una iglesia hermosa, de los espantos y glorias de antaño, de los soldados del Gobierno, maravillosos cuando defendían la Libertad, cobardes como quien batalla contra sí propio, cuando daban caza por las selvas a los esclavos prófugos, y huían a la aparición mera de John Brown cual liebres de mastines; les hablaba John Swinton, estremecido y lloroso, de aquel abrazo que en su camino a la horca dio John Brown a un pequeñuelo negro; ¡y a la verdad, que recordando estas cosas, dan deseos de salir de nuevo por la tierra a andantear hazañas!
Y qué extraña oratoria la de Swinton, famoso aquí, sobre muy respetado, por la evangélica simplicidad de sus creencias comunistas; por su hondo don de ver, y su hábito de callar en tanto que no lo ve todo, de lo cual le viene singular poder cuando habla. Es tipo puro de esta buena raza ¡no de la de entecos barbilindos, que hablan inglés, por no parecer americanos, como aquellos galanes del Directorio de Barrás hablaban la lengua de Francia, tan poco tiempo hacía estremecedora y fulminante! Es de la raza buena, llena de tal conciencia de sí, que mira su propia alma como hostia, y comulga directamente con Dios su Señor. Reyes parecen estos hombres pujantes y castos; ríen como niños; pisan como gigantes; desdeñan como hombres impecables; hablan como profetas. Swinton, a veces, arroja frases como artillero balas de cañón. Cuando se enciende en cólera, mueve el brazo de modo que parece que va a lanzar lejos, Contra la frente de algún infame, una piedra sagrada.

Al Director de La Opinión Nacional. Nueva York, 10 de diciembre de 1881.
[…]
“Mi pobre madre estaba siempre enferma: moribunda estaba cuando nació él, y murió a poco. Él era un niño extraño: a los seis años no hablaba: más tarde, era muy tierno: a los diecisiete años, ya lo hallé poseído, cuando fui a verlo en su temporada de colegio, de su extraña manía de redención y de reforma: estaba lleno de lecturas extravagantes: quería irse, y se fue con los socialistas cristianos de Oneida. Cuando lo fui a ver a la comunidad de Oneida, me pareció que lo habían aterrado, o dado un golpe en la cabeza, o hurtado su mente”.

Volumen 10. En los Estados Unidos. Escenas norteamericanas II.
Al Director de La Nación. Nueva York, 28 de abril de 1884.
[…] y entre la concurrencia se distingue a un veterano de pasadas guerras y de buena casa que acaba de ofrecer a la ciudad en un discurso de comida su espada y la de sus amigos, para cuando desenvainasen la suya: si espada usan, los “socialistas atrevidos” […]
Al Director de La Nación. Nueva York, febrero 9 de 1885.
[…]
El alemán que en buena porción es ciudadano pacífico, en otra, pernicioso y activo, es fanático propagador de medidas violentas que pongan de una vez los cimientos de las casas en las nubes, y los trabajadores socialistas en los lugares de los empresarios que los emplean. El ruso, sangrándole todavía las espaldas de los golpes del knut, trae a estas inquietudes alemanas su palabra deslumbrante y fatídica como las estepas: y entre esos odios brilla, con su frente blanca y sus ojos azules, como el ángel de la iniquidad. De alemanes está lleno el Oeste; y el Este de irlandeses: de alemanes, que azuzan a los trabajadores descontentos; de irlandeses, que alientan, más que a los defensores esforzados de su tierra en el Parlamento inglés, a los que asaltan, en unión con gente de París, el Parlamento, y Westminster, y la Torre de Londres.
[…]
Y allí, en vez de la prudencia que aconseja no pedir más de lo posible, o esperar para rebelarse época y estación más clementes, las asociaciones socialistas envían sus azuzadores profesionales, que alzar la gente no logran; mas envenenarla sí. Otras más temibles ligas que estas de alemanes frenéticos tienen tratados, en centenares de miles de miembros, los trabajadores norteamericanos: y a haber Gratos pronto, que ya los habrá, ésta será cuestión como la de Roma, y más grave que aquélla; y si no se viene pronto, como es de esperar que se venga por aquel poder genuino de que hablábamos, a una original y justa distribución de los provechos de la industria, se verán frente a frente con el voto primero, o de cualquier otro modo, los trabajadores unidos de una parte, con todas las cohortes de agitadores en su bando, y de otra los que, a pesar de la moderación con que entablarán aquéllos sus demandas, determinan resistir sus pretensiones. Así, ceñidos por los deberes de una asociación propia, la de los Caballeros del Trabajo, bastante fuerte y rica para auxiliar en horas como éstas a sus mismos miembros desocupados, la gente alemana halla pasto entre los obreros norteamericanos que –¿cómo no?–en el ejercicio seguro de su libertad han aprendido a desarmar la violencia, pero en las ciudades, donde el trabajo, en su mayor parte extranjero, ya viene de Europa ofendido y codicioso, la propaganda sí prende; las asociaciones de destrucción, prosperan; químicos expertos enseñan en libros y lecciones prácticas, la manera de elaborar compuestos explosivos, y en esta última semana, como toda esta gente inquieta es sombra y secuela de Europa, a las explosiones de dinamita en Londres siguieron aquí sucesos, que por encima de todos los demás, han escandalizado, y en cierto modo alarmado, el espíritu público. A la verdad, que no hay peor país para ejercitar la violencia que aquel donde se practica el derecho. Lo innecesario de la ofensa la hace más abominable.
[…]
Pero todavía no se habían secado las manchas de sangre en los cuartos de Rossa; todavía se estaban recogiendo del suelo los pedazos de una rica vidriera que en venganza de los dueños de una tienda de ropas saltaron con una sustancia desconocida algunos de sus empleados; todavía se escuchaba el tumulto de los dos bandos de socialistas alemanes que, reunidos en un mismo salón a censurar y encomiar las explosiones en Londres, a puñetazos y puntapiés echaron abajo de la plataforma a la policía que subió a ella para poner orden en el concurso; cuando Rossa mismo, cogido con maña en un lazo de los de su naturaleza, cayó herido sobre las losas de la calle por la bala de una mujer inglesa. “¡Felón eres, y enemigo de mi tierra, y como a felón te mato!”

El problema industrial en Los Estados Unidos.
Al Director de La Nación. Nueva York, septiembre 19 de 1885.
[…]
En libertad están, conferenciando con los empleados del Union Pacific, los mineros blancos, que exigen a la compañía la absoluta determinación, a que ella se niega, de no emplear chinos en las minas.
Los pozos de carbón están desiertos, y los Caballeros del Trabajo anuncian que ampararán con todo su poder a los mineros blancos del Union Pacific y le exigirán en su nombre que atienda a su demanda.
O no hay carbón para el ferrocarril, o salen de él los chinos.


Y crece, crece a ojos vistas, injusta en esto, justa las más de las veces, la sociedad de los Caballeros del Trabajo –“The Knights of Labor” les llaman en inglés.
En ella, dirigida con singular sabiduría, se vienen agrupando lentamente las asociaciones parciales de obreros, que a su número y falta de relación, y a la falta de recurso consiguiente, debían gran parte de sus derrotas.
Los Caballeros del Trabajo cubren hoy una ciudad, dos mañana, el Estado luego, luego dos Estados.
Tenían ya todo el Este. Ahora el Oeste, que se les resistía por no haber nacido de él la asociación, se ha entregado a ellos.
Los Caballeros del Trabajo son un congreso permanente de trabajadores. A cada problema, una resolución. La sociedad debate en secreto, pero manda, y ocho mil obreros, diecisiete mil obreros, los mineros todos del Oeste, como a un golpe de martillo, abandonan el trabajo. Y son tales las arcas de la sociedad que pueden mantener en huelga meses sobre meses a diecisiete mil obreros.
Misteriosos, constantes, enormes, fieles son las manos que llenan esas arcas. Y se extienden, se extienden.
Son poderosas, porque nacen directamente de sus propios problemas.
No es el socialismo europeo que se trasplanta. No es siquiera un socialismo americano que nace.
Acá no hay una casta que vencer, escudos a que van engarzados grandes dominios territoriales, clases privilegiadas que legislan o influyen en la legislación nacional. Aquí el escudo es un bote, una pala, un látigo, un yunque, un zapato. Los que reposan en ataúd de bronce comieron en tina de lata.

Grandes motines de obreros
Al Director de La Nación. Nueva York, mayo 16 de 1886.
[…]
En Nueva York hubo procesiones, plazas repletas, casas henchidas de policías armados alrededor de las plazas, discursos más encendidos que las antorchas que iluminaban a los oradores, y más negros que su humo: Union Square, que tiene cuatro cuadras de cada lado, era una sola cabeza la noche de la petición de las ocho horas: como un cinto, ceñía la gran plaza, oculta para no excitar los ánimos, una fuerza de policía, pronta a la carga: ¡cómo no, si se sabe que en Nueva York los anarquistas leen como la Biblia, y compran como el pan un texto de fabricar bombas de lata, bombas cómodas, “graciosas y pequeñas como una pera”, bombas de dinamita “que caben en la mano”! ¿Cómo no, si a la luz del día, porque no hay ley aquí que prohíba llevar un rifle en la mano, entran los anarquistas en los lugares donde aprenden el ejercicio de las armas las “compañías de rifleros trabajadores” y no se oye, en las horas libres y en todo el domingo, más que la marcha de pies que se clavan, la marcha terca, continua, firme, una marcha de que nadie se cansa ni protesta, una marcha de gente que se ha puesto en pie decidida a llegar? ¿Cómo no, si todo el Este de la ciudad está sembrado de logias de socialistas alemanes, que van a beber su cerveza, y a juntar sus iras acompañados de sus mujeres propias y sus hijos, que llevan en sus caras terrosas y en sus manos flacas las marcas del afán y la hora de odio en que han sido engendrados?
Pero entre los que azuzan desde las tribunas a los trabajadores la noche de la reunión, no hay sólo alemanes, no, sino patriarcas americanos, hombres de buena fe y habla profética, ancianos encanecidos en la creencia y propaganda de una época más justa, apóstoles a lo John Brown, aquel loco hecho de estrellas.
En otros lugares, lo traído de Europa, violento y criminal, predomina en el movimiento obrero, y lo mancha y afea: pero en Nueva York, como dondequiera que hay trabajadores, aunque los medios brutales repugnen a la gente de hábitos republicanos, se nota que el alzamiento viene de lo hondo de la conciencia nacional, y que la pasión y la voluntad de vencer están ya, para no dejar de estar, en el trabajador americano.
En la plaza de la Unión hay grandes árboles, y de encima de todos ellos, como un cesto de lunas llenas suspendido por los aires, se vierte por entre las hojas, dibujando en la tierra fantásticos bordados, una atrevida claridad de mundo nuevo. Apiñados en ella, removiéndose, cuchicheando, ondeando, oleando, parecía aquella muchedumbre de gente ciclópea, la gran taza encendida donde se transforma en una noche luminosa, el universo.
Acá se acaba de ver, en el alzamiento general, en los arsenales anarquistas sorprendidos, en el desafío y locura de su prensa, en los motines y combates de Chicago, a la luz de los rifles y al estallido de las bombas, se acaba de ver que es colosal y viable el feto.
¿Qué quieren? Un día es más salario; otro día es más respeto; otro día, como ahora, quieren que las horas de trabajo no sean más que ocho, no tanto para que pueda entrar alguna luz por el alma en las horas de reposo, como para que se vean obligados los fabricantes a emplear a los obreros que hoy no tienen faena; pero todas estas demandas son formas y peldaños: ha llegado ya a condensarse en acción la plenitud de amargura y encono en que su vida infeliz y desesperada tiene a la pobre gente de trabajo: ya han llegado los organizadores, los administradores, los filósofos y vulgarizadores, el ejército, en fin, que realiza las grandes reformas; unos empujan, otros maldicen, otros contienen, otros sujetan la acción mientras encuentran el remedio; pero ya todos obran.
¿Quiénes podrán más, los obreros moderados que con la mira puesta en una reorganización social absoluta se proponen ir hacia ella elaborando por medio de su voto unido las leyes que les permitan realizarla sin violencia, o los que con la pujanza de la ira acumulada siglo sobre siglo, en las tierras despóticas de Europa, se han venido de allá con un taller de odio en cada pecho y quieren llegar a la reorganización social por el crimen, por el incendio, por el robo, por el fraude, por el asesinato, por “el desdén de toda moralidad, ley y orden”?
Ese es, en este instante, el problema trabajador, tal como queda deslindado, después de estos sucesos, en los Estados Unidos.
¿Las prácticas de la libertad habrán enseñado a los hombres a mejorar sus destinos sin violencia? Parece que sí: parece que el ejercicio de sí mismos, acá donde es perfecto, ha enseñado a los hombres la manera de rehacer el mundo, sin amenazarlo con su sangre.
Dos cosas hay que son gloriosas: el sol en el cielo, y la libertad en la tierra.
La verdad es que: por todo lo que se ve, esos motines de Chicago, esos voceos de socialistas, esos ejercicios en patios y túneles, esas odiosas violencias, son como salpicaduras de su fango ensangrentado que, con la rabia de los que mueren, echa sobre América triunfante, como una reina desdentada, la Europa iracunda. Acá se ve que la opinión en masa, la prensa misma de los capitalistas, ¡qué más, la Iglesia misma, la Iglesia Protestante!, acepta la revisión del sistema social de ahora, y va pensando en la manera de ir poniendo un poco del mármol que sobra en unas calles, en el lodo que sobra en otras.

Volumen 11. En los Estados Unidos. Escenas norteamericanas III.
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