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Desde Nueva York.
Al Director de La Nación. Nueva York, 30 de junio de 1890.
Señor Director de La Nación:
El Este anda hoy muy ocupado. Pelean en el Senado, poco dispuesto a innovar la ley de la plata, los que quieren que la plata sea la moneda del mundo, para vaciar toda la de Colorado y Nevada, toda la de Washington, Montana y Dakota, con los que no ven seguridad más que en el oro, o desean base de oro, con plata para el cambio menor, o abogan por la moneda de papel, sin más base que el crédito, ni más plata ni oro. Rechazan los mismos senadores republicanos la tarifa de McKinley, votada en la Casa, porque dicen que no es tarifa republicana de veras, que proteja por igual a las industrias, sino favor de unos republicanos contra otros, de modo que los manufactureros puedan cobrar caro a los agricultores, y los agricultores que quedan sin proteger, salgan vendiendo el grano a poco y comprando las manufacturas a mucho, por lo cual acuden al gobierno, con pasmo y escándalo de los individualistas, a pedir que el gobierno los proteja, y que del dinero que cobre de toda la nación, los beneficie a ellos, que no son más que parte del país, dándoles fondos para conllevar los malos tiempos, con hipoteca de sus fincas, lo cual se tacha de “socialismo incipiente”, y de “vergonzosa dependencia”, y de “descrédito de las instituciones republicanas, la fama de prosperidad y el carácter viril que le supone el mundo al yanqui”. “¿Adónde vamos –preguntan los periódicos– con esta Unión de Trabajadores de Missouri, que quiere, como los hacendados, que el gobierno les dé dinero sobre las casas; con estos mil seiscientos ciudadanos de San Francisco que piden al gobierno modos de subsistencia, porque ellos, y sus familias, y miles de ciudadanos más, han llamado ya en vano a todas las puertas, sin encontrar trabajo ni ayuda; con esta “Alianza de Obreros”, de Washington, que solicita que el gobierno compre para ellos las casas donde viven, dando cada obrero al gobierno su nota, reembolsable en treinta años, por una suma doscientas veces mayor que la renta actual de un mes, cuya nota validará el gobierno como suya, y hará aceptar al propietario en pago pleno y definitivo de la casa, so pena de ir a la cárcel por vida?
Al Director de La Nación. Nueva York, 28 de julio de 1888.
[…]
¿Y la federación de obreros que está agregándose la de agricultores, y es toda de norteamericanos socialistas? ¿Y la misión del rico Huntington, el monje episcopal, que vive entre los pobres, como el ruso Tolstoi, y les ha abierto club, donde vayan a hablar, en conversación absolutamente libre, sobre los modos de sacarle los cimientos al orden social de hoy, y ponerle otros más seguros, sin que se venga abajo la casa? Lo que queremos, dicen, es resolver nuestros problemas con remedios nuestros. Cada pueblo se cura conforme a su naturaleza, que pide diversos grados de la medicina, según falte este u otro factor en el mal, o medicina diferente. Ni Saint-Simon, ni Karl Marx, ni Marlo, ni Bakunin. Las reformas que nos vengan al cuerpo.
[…]
Y van estos bostonianos y socialistas de salón, hasta pedir que se nacionalicen las industrias, para que no haya estos magnates tentadores y estos políticos venales, y no se trabaje para tener más que el vecino, ni para cultivar lo grosero y feroz del hombre, sino para vivir a poco costo, en albedrío individual, y con tiempo y gusto para las cosas del corazón y de la mente. “Ya vendrá”, dice un comentador, “quién dé con el modo”.

Volumen 13. En los Estados Unidos. Norteamericanos. Letras, Pinturas y Artículos varios.
Courtlandt Palmer.
Al Director de La Nación. Nueva York, 28 de julio de 1888.
Señor Director de La Nación:
“¡Ven, esposa! ¡Ven, hijo! ¡Vengan, para que me vean salir de la vida sin miedo, y puedan decir al mundo cómo muere un librepensador!”
Con estas palabras en los labios ha muerto Courtlandt Palmer, “el millonario socialista”. Lo han traído a la ciudad. Le han hecho dobles funerales, filosófico el uno, y el otro religioso. En el horno del crematorio quemaron su cuerpo, en presencia de sus amigos, y con una cuchara de plata recogieron de la retorta sus cenizas. ¡Cuatro o cinco puñados de cenizas era a las ocho de la noche el que un día antes fue el pensador ambicioso, el positivista ardiente, el rico benévolo, el amigo de los ateos, el mantenedor de la verdad demostrable, el abogado de la absoluta libertad de pensar, el fundador de la academia de debates donde cruzaban armas, delante de lo más escogido de Nueva York, los ortodoxos y los agnósticos, los anarquistas y los autoritarios, los reverendos y los rabíes, los agasicistas y los darwinianos, los estéticos y los filisteos, los siervos de la gleba industrial y los señores feudales del monopolio!

Él –el que no es ahora más que cuatro o cinco puñados de cenizas– presidía de casaca aquella lujosa concurrencia ordenando la discusión, afiliándose con los extremos, negando lo sobrehumano, proponiéndose de ejemplo a los ricos, repartiendo sorbetes a las damas.

Repertorios, revistas, y mensuarios literarios y científicos de Nueva York.
El mensuario de abril
El número de abril del Mensuario de Ciencia Popular viene tan sólidamente hecho, que pesa como una biblioteca, y deja tanto fruto como ella. Un siglo hace, aun después de aquel magnífico estallido de la Revolución Francesa, seno sangriento de que nació el espíritu moderno, publicábanse apenas, en hojas diminutas, chismes de la corte y versos maliciosos, o los sucesos extraños que podían llamar la atención de la desocupada vecindad. Ahora, en un solo número de periódico, un pensador, Herbert Spencer, señala el riesgo que ciertos pueblos modernos corren de caer en un degradante socialismo […]
La América, Nueva York, abril de 1884.

Volumen 14. Europa I. Escenas europeas.
Francia
Al Director de La Opinión Nacional. Nueva York, 20 de agosto de 1881.
[…]
Belleville, madriguera sombría en que se refugian los desairados de la fortuna, y en que predican, generosos los unos, malvados los otros, las ideas imposibles o siniestras con que mentes utopistas, o corazones impacientes, o celos ambiciosos conmueven a las turbas, daba muestras de señalada agitación. Las elecciones se anunciaban en el rebelde barrio de obreros, con un carácter amenazante y nuevo. Fieles hasta hoy a Gambetta, los electores parecían enseñar su decisión de no serle ya fieles. Las candidaturas socialistas bogaban con fortuna. Se murmuraba, en voz alta, de Gambetta. Se injuriaba a los comisionados para su elección. Se obligó a la comisión a decidir, para evitar un escándalo grave, con lo que tal vez no hizo más que precipitarlo, que Gambetta hablaría esta vez, no en aquellas vastas salas en que los más humildes tenían derecho a acercarse al diputado, y verlo faz a faz, y estrechar su mano, sino a cierto número de personas selectas, especialmente invitadas, en un salón estrecho. Y así se hizo.
Al Director de La Opinión Nacional. Nueva York, 16 de septiembre de 1881.
Señor Director de La Opinión Nacional:
Un suceso de magna trascendencia, realizado con brevedad mágica y ostentosa pompa, ha ocupado exclusivamente a Europa en los días últimos. Ni la publicación de nuevos periódicos nihilistas en Rusia, que declaran que la guerra que se hace a los judíos en Rusia no es guerra socialista; […] alcanzan importancia comparable a la de este trascendental acontecimiento.
[…]
Fue en Dantzig, el 10 de septiembre. Urgía a ambos monarcas verse juntos. Urge a Guillermo que Rusia no se ligue a Francia, y que los nihilistas rusos no fortalezcan a los socialistas alemanes. Urge a Alejandro que todos los poderes de la tierra le ayuden en su guerra de conservación y de venganza contra los nihilistas. Errores de subalternos habían agriado las relaciones entre uno y otro imperio. Se hacía preciso que contra los pensadores liberales se uniesen los monarcas autócratas; contra los pueblos que no pueden subsistir sin derechos, los reyes que no pueden subsistir con un pueblo que los tenga.
[…]
Apenas se vieron solos, dijo Alejandro:
–“He venido para deciros que he heredado todos los sentimientos de mi padre hacia vos. Yo los profesaré toda mi vida. Feliz, muy feliz me siento con tener una oportunidad de decíroslo”. Nada se firmó allí, ¡mas grandes cosas fueron estipuladas! Alejandro ha prometido que si Alemania viene a guerra, observará con ella la conducta que observó en 1870.
–“Combate, como yo desde el atentado de Nobiling he combatido, a los socialistas: ¡guerra a cuchillo! Tres mil procesos de socialistas hubo en el año que siguió a la adopción de esta política: menos hay hoy sin duda.”
[…]
¿Qué se dijo a bordo del yacht Hohenzollern? ¿Qué se habló en el vagón del ferrocarril? ¿Qué significa la salida inmediata, después de la conferencia, de un enviado secreto de Alemania a París y a Londres?
“Contra la inquieta Francia” –dice un periódico de Moscú– “que se complace en mover toda querella y romper toda alianza, se dirige ésta que no romperá. A nosotros nos toca extinguir las fuerzas revolucionarias que ella alimenta; nos toca sofocar el espíritu rebelde de este siglo.”
[…]
“La unión de los tres imperios debe ser considerada como una garantía contra el espíritu revolucionario de nuestra época, y como una muralla monárquica contra los ataques del partido del desorden. Vean bien los periódicos franceses que no es sólo esta liga para defender la monarquía, puesto que el partido del desorden ataca a algunos más que a los monarcas. Y ¿las abominaciones de la comuna? Y ¿las odiosas tramas descubiertas en Liverpool? Y ¿el execrable atentado a la vida del Presidente de la Unión Americana?”
Y dice el “Kress Zeitung”:
“Es la entrevista la confirmación de esa tarea unánime de común defensa emprendida contra sus enemigos naturales por los tres imperios.”
Muéstrase además el Ministro de Estado ruso airado contra Francia, porque con sobra de razón recela que no ha de acompañarle en su política: tacha a Gambetta de imprudente; a Grévy, de inactivo: “Con Mac-Mahon –exclama– hubiera sido menos ancho el espacio, hoy insalvable, que separa a Francia y a Rusia”. Y en una conversación privada del Ministro de Rusia y el de Prusia, afirmó Bismarck que extraoficialmente se había inquirido de Gambetta la posibilidad de que Francia acompañase a los imperios en su política antisocialista, y que extraoficialmente había respondido Gambetta que no lo permitía a su juicio la situación de Francia. “Mas olvidemos a Francia ahora, y obremos solos. Ella vendrá a nosotros pronto, porque se verá expuesta a los mismos peligros que nosotros.”
Mas no hay frase que determine mejor el sentido de la conferencia de los dos emperadores, unidos tantas veces sobre el puente del Hohenzollern en apretados y cordiales abrazos, que esta frase terrible del hombre de hierro:
“¡Guerra a cuchillo!”
La Opinión Nacional. Caracas, 5 de octubre de 1881.

Al Director de La Opinión Nacional. Nueva York, 1° de octubre de 1881.
Señor Director de La Opinión Nacional:
La Corte está animada; el rey confiado y contento; Sagasta vigoroso y pujante: las Cámaras abiertas, tras un discurso de la Corona, hábil y caluroso; el Congreso de Americanistas, lleno de sabios y honrado con fiestas; los sudamericanos, vistos con mucho agrado en el Palacio Real; y en Barcelona, los socialistas, congregados. Arde en Cuba de nuevo, anunciada por la aparición de partidas en Cienfuegos, amenazas de muerte en las ciudades, destierro de periodistas, déficit de 20,000,000 de pesos: y suspensión de las ficticias garantías constitucionales; aquella guerra admirable que no llegó a término, ni está hoy mismo aún bien preparada, por el desacuerdo, ambición e intereses de los hombres.
Al Director de La Opinión Nacional. Nueva York, 18 de octubre de 1881.
[…]
De azuzar la guerra, como medio de mantener en alto su popularidad se le acusa ya, y se le acusará si se hace cargo del gobierno, muy tenazmente: bien puede ser que haya buscado modo, por más que el hecho en sí sorprenda y parezca improbable, de destruir victoriosa y radicalmente el grave cargo. Ni todos los alemanes ven con ira al orador de Francia, ni creen todos en la proximidad de una guerra imprudente, precipitada por su personal ambición y por su ciega audacia. De creencia vulgar, que viene de desconocer al caudillo demócrata, trata el conde Goeltz este concepto alemán, en un justo y reposado artículo sobre Gambetta, publicado en el Deutsche Rundschau. El conde alemán, desdeñando enérgicamente las preocupaciones de sus compatriotas, y ofreciéndose con calma a sus injurias, alaba el patriotismo del hombre de Estado francés, y afirma ante su nación las pacíficas intenciones, rara cordura y vastas miras de Gambetta. Júzgalo así su enemigo, y los socialistas de París se congregan en Montmartre, para pronunciar formal sentencia contra Gambetta por su participación en la campaña de Túnez.
[…]
Era Carlos Lullier, el deportado vuelto de Nueva Caledonia, acusado de haber hecho traición a la Comuna. Casa de truenos parecía la sala. Rudas injurias le lanzaban al rostro. Era el salón un mar en ira: presidía Tony Révillon, el diputado en lucha con Gambetta.
“¡No, no –decía con voz temblante de cólera Carlos Lullier–: no os he hecho traición, porque nunca he pretendido serviros!”
Malon, con quien Lullier querelló ha poco, estaba en Suiza, y Lizagaray, el comunista destemplado, sostenía con implacable vigor la acusación. Cuanto Lullier dice, es ahogado por el furioso vocerío. Empujado por sus amigos que quieren salvarlo, sale del salón por una puerta excusada entre silbos y gritos. Traidor lo declaran aquellos tres mil hombres airados. “No por la Comuna –decía después El Fígaro– peleó Lullier; peleó al lado de la Comuna contra la reacción monárquica”.


Noticias de Francia.
La Opinión Nacional. Caracas, 15 de noviembre de 1881.
[…]
Anuncia el cable que parece cierto que el Presidente de la República no enviará mensaje a la Cámara de Diputados recientemente electa. Insístese en hablar de conferencias amistosas entre Ferry y Gambetta. Discútese si el sensato Freycinet o el altivo Ferry entrarían en un ministerio que se viese obligado a formar el tribuno. Anúnciase que Barthélemy de Saint Hilaire, el amigo de Thiers, que hoy dirige las relaciones exteriores de Francia, se retira como el general Jarre, desdichado en la campaña de Túnez, a la vida privada. Socialistas y legitimistas comulgan juntos en altar de odio ante la república fuerte y discreta, como un día comulgaron reunidos, en insano y bochornoso abrazo, los carlistas y los republicanos en España.
Francia
Al Director de La Opinión Nacional. Nueva York, 26 de noviembre de 1881.
[…]
Ya, en suma, se discute sobre la posibilidad de un tratado librecambista con Inglaterra; se habla de la vuelta a París del caballero Carlos Dilkc, enérgico demócrata, que de subsecretario de Negocios Extranjeros en Londres, sale a reasumir en la vieja Lutecia, trocada hoy en cabeza del Universo y casa de las artes, que son madres perpetuas, las negociaciones para el tratado de comercio; y se lee cómo los socialistas, airados con el advenimiento de Gambetta al poder, fijan en las paredes carteles rojos en que va escrito, como un eco del menguado debate de Túnez, “Muerte a los especuladores” […]
Al Director de La Opinión Nacional. Nueva York, 24 de diciembre de 1881.
[…]
Chalmet Lacour, amigo de Gambetta, que lleva a su política severa aires marciales, ha iniciado en París su proceso contra Rochefort: el gobierno, a quien se supone deseoso de privar de popularidad al procesado, persigue a L’Evenement, por haber dado cuenta excesiva de las sesiones del proceso de Roustan, para evitar con este anuncio que Ia prensa de ahora dé cuenta mayor del proceso de Chalmet Lacour. Y Luiller, un comunista, de sangre ardorosa, injuria de modo mortal a Sibour, sobrino del arzobispo de París, a quien los comunistas dieron muerte.
La Opinión Nacional, Caracas, enero de 1882.

Volumen 15. Europa II. Crítica y Arte.
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