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Inglaterra
Herbert Spencer
Por su cerrada lógica, por su espaciosa construcción, por su lenguaje nítido, por su brillantez, trascendencia y peso, sobresale entre esos varios tratados aquel en que Herbert Spencer quiere enseñar cómo se va, por la excesiva protección a los pobres, a un estado socialista que sería a poco un estado corrompido, y luego un estado tiránico.
[…]
“LA FUTURA ESCLAVITUD”
Tendencia al socialismo de los gobiernos actuales. - La acción excesiva del Estado. - Habitaciones para los pobres. - La racionalización de la tierra. - El funcionarismo.
La Futura Esclavitud se llama este tratado de Herbert Spencer. Esa futura esclavitud, que a manera de ciudadano griego que contaba para poco con la gente baja, estudia Spencer, es el socialismo. Todavía se conserva empinada y como en ropas de lord la literatura inglesa; y este desdén y señorío, que le dan originalidad y carácter, la privan, en cambio, de aquella más deseable influencia universal a que por la profundidad de su pensamiento y melodiosa forma tuviera derecho.
Quien no comulga en el altar de los hombres, es justamente desconocido por ellos.
¿Cómo vendrá a ser el socialismo, ni cómo éste ha de ser una nueva esclavitud? Juzga Spencer como victorias crecientes de la idea socialista, y concesiones débiles de los buscadores de popularidad, esa nobilísima tendencia, precisamente para hacer innecesario el socialismo, nacida de todos los pensadores generosos que ven cómo el justo descontento de las clases llanas les lleva a desear mejoras radicales y violentas, y no hallan más modo natural de curar el daño de raíz que quitar motivo al descontento. Pero esto ha de hacerse de manera que no se trueque el alivio de los pobres en fomento de los holgazanes; y a esto sí hay que encaminar las leyes que tratan del alivio, y no a dejar a la gente humilde con todas sus razones de revuelta.
So pretexto de socorrer a los pobres –dice Spencer– sácanse tantos tributos, que se convierte en pobres a los que no lo son. La ley que estableció el socorro de los pobres por parroquias hizo mayor el número de pobres. La ley que creó cierta prima a las madres de hijos ilegítimos, fue causa de que los hombres prefiriesen para esposas estas mujeres a las jóvenes honestas, porque aquéllas les traían la prima en dote. Si los pobres se habitúan a pedirlo todo al Estado, cesarán a poco de hacer esfuerzo alguno por su subsistencia, a menos que no se los allane proporcionándoles labores el Estado. Ya se auxilia a los pobres en mil formas.
Ahora se quiere que el gobierno les construya edificios. Se pide que así como el gobierno posee el telégrafo y el correo, posea los ferrocarriles. El día en que el Estado se haga constructor, cree Spencer que, como que los edificadores sacarán menos provecho de las casas, no fabricarán, y vendrá a ser el fabricante único el Estado; el cual argumento, aunque viene de arguyente formidable, no se tiene bien sobre sus pies. Y el día en que se convierta el Estado en dueño de los ferrocarriles, usurpará todas las industrias relacionadas con éstos, y se entrará a rivalizar con toda la muchedumbre diversa de industriales; el cual raciocinio, no menos que el otro, tambalea, porque las empresas de ferrocarriles son pocas y muy contadas, que por sí mismas elaboran los materiales que usan. Y todas esas intervenciones del Estado las juzga Herbert Spencer como causadas por la marea que sube, e impuestas por la gentualla que las pide, como si el Ioabilísimo y sensato deseo de dar a los pobres casa limpia, que sanea a la par el cuerpo y la mente, no hubiera nacido en los rangos mismos de la gente culta, sin la idea indigna de cortejar voluntades populares; y como si esa otra tentativa de dar los ferrocarriles al Estado no tuviera, con varios inconvenientes, altos fines moralizadores; tal como el de ir dando de baja los juegos corruptores de la bolsa, y no fuese alimentada en diversos países, a un mismo tiempo, entre gentes que no andan por cierto en tabernas ni tugurios.
Teme Spencer, no sin fundamento, que al llegar a ser tan varia, activa y dominante la acción del Estado, habría éste de imponer considerables cargas a la parte de la nación trabajadora en provecho de la parte páupera. Y es verdad que si llegare la benevolencia a tal punto que los páuperos no necesitasen trabajar para vivir –a lo cual jamás podrán llegar– se iría debilitando la acción individual, y gravando la condición de los tenedores de alguna riqueza, sin bastar por eso a acallar las necesidades y apetitos de los que no la tienen. Teme además el cúmulo de leyes adicionales, y cada vez más extensas, que la regulación de las leyes anteriores de páuperos causa; pero esto viene de que se quieren legislar las formas del mal, y curarlo en sus manifestaciones; cuando en lo que hay que curarlo es en su base, la cual está en el enlodamiento, agusanamiento y podredumbre en que viven las gentes bajas de las grandes poblaciones, y de cuya miseria –con costo que no alejaría por cierto del mercado a constructores de casas de más rico estilo, y sin los riesgos que Spencer exagera– pueden sin duda ayudar mucho a sacarles las casas limpias, artísticas, luminosas y aireadas que con razón se trata de dar a los trabajadores, por cuanto el espíritu humano tiene tendencia natural a la bondad y a la cultura, y en presencia de lo alto, se alza, y en la de lo limpio, se limpia. A más que, con dar casas baratas a los pobres, trátase sólo de darles habitaciones buenas por el mismo precio que hoy pagan por infectas casucas.
Puesto sobre estas bases fijas, a que dan en la política inglesa cierta mayor solidez las demandas exageradas de los radicales y de la Federación Democrática, construye Spencer el edificio venidero, de veras tenebroso, y semejante al de los peruanos antes de la conquista y al de la Galia

cuando la decadencia de Roma, en cuyas épocas todo lo recibía el ciudadano del Estado, en compensación del trabajo que para el Estado hacía el ciudadano.
Henry George anda predicando la justicia de que la tierra pase a ser propiedad de la nación; y la Federación Democrática anhela la formación de “ejércitos industriales y agrícolas conducidos por el

Estado”. Gravando con más cargas, para atender a las nuevas demandas, las tierras de poco rendimiento, vendrá a ser nulo el de éstas, y a tener menos frutos la nación, a quien en definitiva todo viene de la tierra, y a necesitarse que el Estado organice el cultivo forzoso. Semejantes empresas aumentarían de terrible manera la cantidad de empleados públicos, ya excesiva. Con cada nueva función, vendría una casta nueva de funcionarios. Ya en Inglaterra, como casi en todas partes, se gusta demasiado de ocupar puestos públicos, tenidos como más distinguidos que cualesquiera otros, y en los cuales se logra remuneración amplia y cierta por un trabajo relativamente escaso: con lo cual claro está que el nervio nacional se pierde. ¡Mal va un pueblo de gente oficinista!
Todo el poder que iría adquiriendo la casta de funcionarios, ligados por la necesidad de mantenerse en una ocupación privilegiada y pingüe, lo iría perdiendo el pueblo, que no tiene las mismas razones de complicidad en esperanzas y provechos, para hacer frente a los funcionarios enlazados por intereses comunes. Como todas las necesidades públicas vendrían a ser satisfechas por el Estado, adquirirían los funcionarios entonces la influencia enorme que naturalmente viene a los que distribuyen algún derecho o beneficio. El hombre que quiere ahora que el Estado cuide de él para no tener que cuidar él de sí, tendría que trabajar entonces en la medida, por el tiempo y en la labor que pluguiese al Estado asignarle, puesto que a éste, sobre quien caerían todos los deberes, se darían naturalmente todas las facultades necesarias para recabar los medios de cumplir aquéllos. De ser siervo de sí mismo, pasaría el hombre a ser siervo del Estado. De ser esclavo de los capitalistas, como se llama ahora, iría a ser esclavo de los funcionarios. Esclavo es todo aquel que trabaja para otro que tiene dominio sobre él; y en ese sistema socialista dominaría la comunidad al hombre, que a la comunidad entregaría todo su trabajo. Y como los funcionarios son seres humanos, y por tanto abusadores, soberbios y ambiciosos, y en esa organización tendrían gran poder, apoyados por todos los que aprovechasen o esperasen aprovechar de los abusos, y por aquéllas fuerzas viles que siempre compra entre los oprimidos el terror, prestigio o habilidad de los que mandan, este sistema de distribución oficial del trabajo común llegaría a sufrir en poco tiempo de los quebrantos, violencias, hurtos y tergiversaciones que el espíritu de individualidad, la autoridad y osadía del genio, y las astucias del vicio originan pronta y fatalmente en toda organización humana. “De mala humanidad –dice Spencer– no pueden hacerse buenas instituciones”.
La miseria pública será, pues, con semejante socialismo, a que todo parece tender en Inglaterra, palpable y grande. El funcionarismo autocrático abusará de la plebe cansada y trabajadora. Lamentable será, y general, la servidumbre.
Y en todo este estudio apunta Herbert Spencer las consecuencias posibles de la acumulación de funciones en el Estado, que vendrían a dar en esa dolorosa y menguada esclavitud; pero no señala con igual energía, al echar en cara a los páuperos su abandono e ignominia, los modos naturales de equilibrar la riqueza pública dividida con tal inhumanidad en Inglaterra, que ha de mantener naturalmente en ira, desconsuelo y desesperación a seres humanos que se roen los puños de hambre en las mismas calles por donde pasean hoscos y erguidos otros seres humanos que con las rentas de un año de sus propiedades pueden cubrir a toda Inglaterra de guineas.
Nosotros diríamos a la política: ¡Yerra, pero consuela! Que el que consuela, nunca yerra.
La América, Nueva York, abril de 1884.

Volumen 19. Viajes – Diarios – Crónicas – Juicios
Un viaje a Venezuela
[…]
Las soluciones socialistas, nacidas de los males europeos, no tienen nada que curar en la selva del Amazonas, donde se adora todavía a las divinidades salvajes. Es allí donde hay que estudiar, en el libro de la naturaleza, junto a esas míseras chozas.

Volumen 21. Cuadernos de apuntes.
Cuaderno N° 3
Bakounine, el revolucionario ruso.

Discípulo de Panlof, introductor en Rusia de la filosofía de Schelling.

Stanekevith, el joven elocuente, llevó a Hegel.

Bielinski, el acerado critico, fue el Voltaire ruso.

Conspira: –vilipendiaba– escupía: compuso.

Colectivismo de Bakounine: comunismo.

Ayuntamiento comunista, en lo político sometido a un gobernante irresponsable, en lo administrativo a un oficinero regular, implacable e impasible.
–Bakounine habló en Berna: en Basilea, amplió su sistema.

Liquidación Social.

Propiedad colectiva del suelo.

Propiedad en común de todos los instrumentos de trabajo.

Sustitución de todo Estado político por asociaciones de trabajadores.
Restaurar el eslavismo: ¿es ésta privativamente toda la idea rusa?
Extender la dominación de los eslavos: ¿darán lugar a esto las descomposiciones internas del imperio? Otro es el temor justo: el carácter de la democracia vengadora que avanza en la sombra. Lo que Bakounine llevó a los soñadores occidentales, ¿no lo llevaría la forma colérica de la naciente libertad rusa a los mal contentos trabajadores de Occidente? Mas ¿no será consuelo a esto, real consuelo, pensar que en tanto que la potente aristocracia rusa gasta todas sus armas en el pecho heroico de los nihilistas, la libertad, con el ejemplo francés y su majestuoso desarrollo en la paz ilustrada, habrá afirmado ya irrevocablemente y sólidamente sus conquistas, contagiando de asombro y de esperanza a los atentos pueblos limítrofes?
No han descansado los eslavófilos. ¡Cuánto dinero dieron a Taz!

1840. Tuvo gran enemigo en Tchadayef, el enérgico y sombrío oficial de húsares a quien el czar declaró loco.
Dividiéronse los eslavófilos: en autoritarios ortodoxos y republicanos socialistas.

[…]
Castelar reúne así a las figuras capitales de la idea regeneradora rusa: Bielinski era la filosofía, Granouski la historia, Ougaref el apostolado, Herzen la fantasía, Bakounine la acción.

Cuaderno N° 8
[…]
RUSIA
“No saben los nihilistas –movidos hoy a una por un objeto común– si –luego que se decidiera en su favor la gran catástrofe que esperan– se constituiría la Rusia conforme al colectivismo anárquico de Bakounine, a la asociación integral de Fourier, al patriarcado tutelar de Comte, al comunismo de Marx, o al Banco de cambio de Prudhon”. M. L. Gagueur.

Cuaderno N° 13
[…]
Se repinta en Blois la mancha de sangre del Duque de Guisa, y en Holyrook se repinta la de Rizzio. Así los demoledores del muro en que fueron a clavarse las balas con que los comunistas fusilaron al general Leconte y a Clement Thomas –disparaban tiros de revólver sobre los trozos del muro, y los vendían como reliquias a los coleccionadores afamados. Gille ha hecho de este muro una litografía extraordinaria. En el suelo yacen muertos los dos infortunados: el uno, vientre a tierra, caída la cabeza blanca sobre la mejilla derecha; a pocos pasos de su mano rígida el sombrero que poco antes sostenía: de otro lado, separado por tres troncos de árboles pegados al muro, yace, también caído entierra boca abajo, el general Leconte, tendidos hacia adelante de ambos lados de su cabeza los dos brazos abiertos y rígidas las piernas. Ni más testigo. Ni más accidente. Se recuerda a Goya.
Pocas pruebas se hicieron de dos retratos de Gille no publicados. El uno de Bergeret –con su rostro fatigado y enjuto bajo su kepis lleno de estrellas y galones–: el otro del grueso Castiani, que reposa de sus tareas comunistas en sueño de obeso, con el cuello graso saliéndose de los bordes de la camisa, la servilleta sobre los muslos, la mano sobre la servilleta-

Cuaderno N° 18
Socialismo.- Lo primero que hay que saber es de qué clase de socialismo se trata: si de la Icaria cristiana de Cabet, o las visiones socráticas de Alcott, o el mutualismo de Prudhomme, o el familisterio de Guisa, o el Colins-ismo de Bélgica, o el de los jóvenes hegelianos de Alemania: –aunque bien puede verse, ahondando un poco, que todos ellos convienen en una base general, el programa de nacionalizar la tierra y los elementos de producción; y como pre-requisito indispensable de toda su organización “the land of the country and all other instruments of production shall be made the joint property of the community, and the conduct of all industrial operations be placed under the direct admnistration of the State”. (Los pisos de Navarro. La teoría de los pisos de Navarro.)

-Los Zadrungas de los búlgaros.

-Las Asociaciones de los “Marketgardeners” búlgaros.

-Los “mirs” rusos.

Volumen 23. Artículos varios. Notas para artículos. Sección constante.
[…]
–¿Por qué decae el socialismo en Norteamérica? El hecho es curioso, cierto e interesantísimo. Se encargó de responder la pregunta el mismo delegado de los socialistas norteamericanos al reciente Congreso de Chur: “El número de periódicos socialistas en los Estados Unidos –dijo– se ha reducido a la mitad del año de 1877 a hoy. Esto, y la debilitación de nuestros trabajos, recursos y número de miembros, tiene por causa la prosperidad extraordinaria que goza el país desde aquel

año”. –En el Congreso de Ciencia Social de Dublín dijo también pocos días hace el profesor Goldwin Smith cosas muy interesantes sobre el mismo asunto: “El socialismo –dijo el profesor–crece poco en la América del Norte, porque la propiedad tiene allí una salvaguardia que consiste en el número de pequeños propietarios, y en que la libertad, en cuyo amor y goce viven allí las gentes, es tan opuesta como la propiedad al comunismo. En ninguna parte está tan repartida la riqueza como en los Estados Unidos.”
La Opinión Nacional, 9 de noviembre de 1881.

[…]
–Iván Turguenev, excelente novelista ruso, a quien los parisienses se han acostumbrado ya a ver como un hijo de París, ha publicado una nueva novela en la que tiende a demostrar cuán distinto en origen y tendencias del socialismo occidental es el socialismo ruso. Dicen los críticos que se nota en el libro la influencia que los métodos serios, laboriosos y tenaces de Gustave Flaubert, que fue tan gran hablista de lengua francesa, y ahondó tanto en el hombre y sus pasiones, han tenido en la mente observadora, analítica y grave del más amado y más correcto de los novelistas rusos. Un poeta y un novelista han tenido cincel en las manos, en vez de pluma, cuando escribían: el novelista, fue Flaubert; el poeta fue Baudelaire, genio rebelde.
La Opinión Nacional, 29 de diciembre de 1881.

[…]
–Ya está a punto de terminarse el Hotel de Ville en París, reedificado a gran costo, y mucho más hermoso ahora que cuando fue casi destruido por los comunistas.
La Opinión Nacional, 31 de diciembre de 1881.

[…]
–Verificóse en Viena la inauguración del Congreso Internacional con asistencia de muchos y muy distinguidos literatos de Europa y América. Pocos congresos de esta clase presentarán un programa tan escogido. Las discusiones se efectuaban en el elevado terreno propio a las cuestiones debatidas, y con la tranquilidad y distinción correspondiente a la índole de la asamblea. Pero la sesión verificada el 21 de setiembre fue el reverso de la medalla. El tema puesto en el orden del día era el estudio del teatro angloamericano, cuando a un delegado francés, M. Ratisbonne, se le ocurrió proponer al Congreso una cuestión que tenía tanto de política como de literaria, originándose una lamentable escena de turbulencia y de desorden. M. Ratisbonne propuso al Congreso que dirigiese una petición al zar suplicándole el perdón de un escritor socialista ruso llamado Chernishevski, que según el proponente, ha sido desterrado a las heladas comarcas de Siberia, donde ha de perecer miserablemente. Tal proposición produjo naturalmente gran sorpresa. Gritos de aprobación y de repulsa partieron de todos los bancos. Las reclamaciones más enérgicas procedían de los delegados rusos que se hallaban presentes, según los cuales si el Congreso adoptaba la decisión propuesta, ellos se hallarían imposibilitados de volver a Rusia. Con tal divergencia de pareceres, la discusión fue agriándose cada vez más, hasta que M. Alfonso Pagés, aprovechando un momento de calma, propuso que la cuestión no pasase adelante y que el incidente no figurase en las actas del Congreso. Estas palabras renovaron la excitación. Gritos, protestas, demostraciones de indignación se oyeron por todas partes. La confusión fue tal, que desde aquel punto fue completamente imposible el entenderse, y después de algunas votaciones contradictorias tuvo que levantarse la sesión, dejando completamente intacto el tema propuesto en el orden del día, “Literatura dramática angloamericana”.
La Opinión Nacional, 12 de noviembre de 1881.

[…]
–Bruno Baüer, notable escritor alemán, trata en un libro reciente todas las grandes cuestiones de la política moderna de un modo brillante y original. No es menos extraño y atractivo el título del libro: “El Imperialismo Romántico de Disraeli, y el Imperialismo Socialista de Bismarck”.
La Opinión Nacional, 24 de noviembre de 1881.

[…]
–José Garnier, el elocuente vulgarizador de las modernas doctrinas económicas, acaba de morir. Era un hombre de fama universal. […]
Aborrecía la monarquía de las clases privilegiadas, y la monarquía de las clases rencorosas. Quería un gobierno en que cupieran todas las clases de hombres, no el gobierno de una sola clase. Combatió briosamente, en brillantes y acaloradas reuniones públicas, las teorías socialistas. Como Gabriel Rodríguez en España, Garnier iba a sentarse entre los socialistas, y a discutir con ellos. Quería convencerlos, no vencerlos. Deseaba una “república de sentido común, honrada y francamente liberal”.
La Opinión Nacional, 25 de noviembre de 1881.


José Martí, Obras completas.

Edición digital.

Centro de Estudios Martianos

Karisma Digital

ISBN 959-7006-60-X © 2002
Compilación elaborada por Luis A. Dumois Núñez.

Guadalajara, Jalisco, junio 4 de 2007.
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