Unidad I: Teoría Social, Conocimiento y Sociedad Tema 3 Prof. T. Palacios Escuela de Psicología U. C. V






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CURSO DE TEORÍA SOCIAL 
Unidad I: Teoría Social, Conocimiento y Sociedad Tema 3 Prof. T. Palacios Escuela de Psicología U.C.V.


CRISIS DEL RENACIMIENTO

Fuente: Alvarez Santaló, León C. (1985). Los siglos de la historia. (2ª reimpresión). Barcelona, España: Salvat Editores. [Cap. 1]
A lo largo de los siglos XIV y XV, o para ser algo más exactos, entre 1350 y 1450, los gobernantes e intelectuales europeos parecían comportarse y justificar sus actitudes de modo bien distinto a como lo habían hecho un siglo antes, por ejemplo. No era, claro está, un cambio espectacular y pro-clamado a los cuatro vientos, pero ofrecía algunas características que permitían calibrar las novedades. Así, el avance de un universo de valores que, sin ser radicalmente distintos a los anteriores, pretendían sancionar realidades nuevas. Junto a ello, la conciencia del cambio por parte de quienes vivieron los acontecimientos, convencidos de la singularidad de su época. La aparición de algunos puntos de fractura en el campo de la teoría y la práctica ideológicas no son meras excepciones, sino síntomas que prefiguran los perfiles de una etapa de crisis. Este período que marca la divisoria entre la Edad Media y la Moderna es el denominado como Crisis del Renacimiento. Época gloriosa, sorprendente y dura, este nombre, el Renacimiento, provoca aún en cualquier europeo medianamente consciente de sus raíces un estremecimiento de asombro y admiración. El término alude claramente a aquello en lo que los hombres de los siglos XIV y XV, sobre todo los italianos, creían que radicaba el cambio: una especie de resurrección de la cultura clásica, extinguida con la desaparición del Imperio Romano. De este punto de vista, claramente expresado por historiadores italianos de finales del siglo XIV, y sobre todo del XV, se deducen dos características importantes dignas de notarse: primera, que consideraban a la cultura clásica ―especialmente la latina― como el modelo de cualquier sociedad en todos los órdenes; y segunda, estimaban que con la caída del Imperio Romano todo esto había desaparecido. Era preciso sustituir la barbarie, la ignorancia y la miseria medievales por la dignidad, la virtud, la sabiduría y la elegancia del mundo grecolatino. Los hombres del Renacimiento estaban dispuestos a igualar y superar esos modelos. Su ideal se llamó humanista y tendremos ocasión de volver más pausadamente sobre él.
Al margen de esta realidad, de la que eran conscientes sus protagonistas, el cambio afectaba a fenómenos más o menos claros, pero muy reales y con un denominador común: un sentimiento de afirmación e independencia personal que llamamos individualismo. Veamos esos cambios.
El primero fue la aparición y consolidación progresiva de un sistema económico que tenía como objetivo básico el máximo beneficio y cuyos medios eran la racionalización de los negocios, la capacidad de correr riesgos calculados y la función esencial del dinero en toda actividad. Este sistema es el capitalismo y lo adjetivamos como inicial para señalar su estadio primitivo.
El segundo fue el propósito decidido de las monarquías de fortalecerse frente a los poderes feudales y de abandonar cualquier concepción política unitaria como el Sacro Imperio Romano Germánico. Cada rey se consideraría potestad suprema en su respectivo dominio. Así apareció el Estado moderno, autoritario y proto-nacional.
El tercero fue un rechazo del sistema organizado socialmente de valores religiosos. En esa época, la religión iba mucho más allá de las cuestiones del dogma o de la jerarquía clerical y abarcaba toda una interpretación del mundo y de las relaciones entre Dios y el hombre. Ese sería el origen de las Reformas religiosas.
El cuarto fue la expansión geográfica y económica, la era de los Descubrimientos, que alumbró nuevas rutas y mercados, pero también problemas inéditos.
LA EDAD MEDIA OSCURA

[Cap. 3]

Cuando el Imperio Romano cedió en el siglo V d.C., bajo la presión de los pueblos denominados con el término griego de «bárbaros» (= extranjeros), se abrió una larga época de contusión, dificultades materiales y miedo, pero que también presenciaría el continuo progreso de las realidades que harán surgir los tiempos modernos, y que recibe el apelativo de Edad Media. Los historiadores discuten aún sus límites cronológicos, pero se la suele hacer acabar en la segunda mitad del siglo XV. Estos diez siglos, a los que los intelectuales renacentistas acusaban de haber aniquilado la cultura grecolatina, son, sin embargo, tan fundamentales como aquélla para comprender el progreso de Occidente. Los humanistas se mostraron injustos con la Edad Media, al no ver en ella más que ignorancia, barbarie y fanatismo.
En la tesitura de resumir una etapa tan extensa y compleja, nos lijaremos en tres principales componentes estructurales. Primero, el sistema de organización socioeconómica y política que se conoce como feudalismo. El progresivo despliegue de una clase social1, la burguesía, de las actividades económicas ―industria y comercio, sobre todo― que lleva aparejadas y de la ciudad como marco económico y de convivencia; y con ella, instituciones de gobierno ―las municipales― y económicas ―los gremios―. Finalmente, el peso organizativo y de control de la Iglesia, que desarrolló los grandes ideales unitarios, mantuvo vivo el luego de la cultura en los centros monacales y, ya en el siglo XIII, con­tribuyó al nacimiento de las universidades y al sistema de conocimiento omnicomprensivo y refinado que constituye la Escolástica, que funda­menta los saberes de todo tipo y da cohesión ideológica a la sociedad feudal, hasta que en el siglo XIV entre en crisis y reciba los primeros grandes embates.
El feudalismo es un término que designa, a la vez, un sistema de producir y distribuir los bienes materiales, un modo de estratificación social y una forma de organizar las relaciones de poder. El caos producido por las invasiones bárbaras y la destrucción de las estructuras de poder del Imperio Romano facilito la progresiva aparición de comunidades cerradas, en las que un grupo de hombres ofrecían sus servicios, y hasta su libertad, a un protector a cambio de seguridad. Este tipo de relaciones, de carácter personal, se denominan de vasallaje y suponen la existencia de un señor y sus correspondientes vasallos. El sistema es repetitivo, de modo que el señor de unos vasallos es, al mismo tiempo, vasallo de otro señor más poderoso, hasta configurar un esquema social piramidal.
Desde el punto de vista económico, el feudalismo es un sistema basado en la producción para el autoconsumo y no para el comercio, en la propiedad señorial de la tierra ―salvo excepciones― y en la acumulación de derechos jurídicos y económicos a favor del señor. La jerarquización social creó una pequeña cúspide de señores laicos o eclesiásticos ―pues los obispos y abades también eran señores― y una amplia base servil de campesinos, adscritos a la tierra en la que trabajaban (siervos de la gleba).

Junto a esta estructura socioeconómica, que es fundamentalmente rural, la ciudad fue surgiendo como un núcleo de trabajo gremial, de mercado, y gozando de libertades, concedidas por reyes o señores o arrancadas en las luchas sociales.
El peso de la Iglesia fue absoluto y garantizaba la permanencia del edificio social: los señores defendían a la sociedad, el clero procuraba su bien espiritual, los campesinos desarrollaban la actividad laboral. La monopolización universitaria de la cultura por parte de la Iglesia sometía los saberes a la teología, y la Escolástica era la única sistemática del conocimiento y la enseñanza.
NEGOCIO Y RAZÓN: EL CAPITALISMO INICIAL

[Cap. 4]
Como acabamos de ver, la Edad Media había abierto una especie de paréntesis teológico al producirse la decadencia del mundo grecolatino. Parecía que lo único importante era el más allá y la salvación de la sociedad; a eso estaba sometido cualquier otro aspecto: el poder, la riqueza y la cultura. El resultado práctico fue que la Iglesia acumuló un enorme poder, una gigantesca riqueza y el monopolio cultural. También asumió, sin embargo, todos los problemas que suelen acompañar a estos excesos de poder: abusos de autoridad, luchas feroces por mantenerlo, recelos, odios de minorías y debilidad progresiva de instituciones y jerarquías.
Una de las manifestaciones más tempranas del resquebrajamiento del mundo medieval fue la economía. No debe entenderse que el capitalismo apareciera como un cuerpo teórico completo y perfecto, sino como un conjunto de prácticas y expectativas individuales a lo largo de los siglos XIV y XV. Fueron simples particulares quienes cambiaron su concepto de la ganancia y el beneficio, abandonando el concepto medieval del «beneficio honesto» para intentar el máximo. Fueron también individuos los que decidieron planificar sus actividades para obtener la máxima ganancia con los medios disponibles. Para ello, se acostumbraron a ordenar sus negocios y su información sobre ellos, ya que eran al mismo tiempo comerciantes, prestamistas, financieros y responsables de la producción; a esta organización del estado de sus negocios llamaron contabilidad, y fue un instrumento fundamental del nuevo sistema. Fueron, así, el ingenio, la ambición, la astucia y el sentido común de comerciantes particulares los puntos de partida de nuevas técnicas: para pagar a distancia, a fechas fijas y sin manejar tísicamente el dinero, surgieron las letras de cambio, muy similares a las actuales; para subvenir a las necesidades de capital de un comercio de envergadura, vieron la luz las Sociedades y Compañías por acciones; para disponer, en fin, de capital, luego
satisfecho con pago de intereses, aparecieron los Bancos, con lo que se burlaba la rígida doctrina de la Iglesia que condenaba el interés como intrínsecamente malo.
El éxito de tales novedades significó, primero, un enriquecimiento espectacular de quienes las habían puesto en marcha, y con ello, el convencimiento de la utilidad del sistema. Así pues, las características del capitalismo inicial derivan de su propia práctica. En primer lugar, el espíritu de lucro, la corteza de que la ganancia justifica todos los medios empleados para conseguirla, porque es un fin en sí misma y no, como la consideraba la Iglesia, un mal menor al servicio de fines superiores. Por otro lado, la racionalización del negocio a través de la contabilidad y el cálculo de los riesgos, los costos y los beneficios. Finalmente, pero a la postre un factor decisivo, la importancia concedida al capital a lo largo del proceso económico. Pronto quedó patente que quien aportaba las materias primas y/o los medios de producción2 en un negocio se llevaba la mejor parle de los beneficios. Así surgieron los que podríamos llamar «empresarios mixtos», que solían ser comerciantes afortunados, antiguos maestros artesanales introducidos en el comercio o banqueros capaces de invertir, en todo, a cualquier riesgo.
Con el capitalismo se desintegro progresivamente el viejo sistema medieval de trabajar para lograr la supervivencia, y la riqueza paso a ocupar un puesto privilegiado en los factores de valoración social.

ESTADO Y RACIONALIZACIÓN POLÍTICA

[Cap. 6]
La aparición de las monarquías absolutas occidentales, a finales del siglo XV, constituye uno de los hitos básicos de la modernidad. Con ellas aparece la noción de Estado ―aunque la utilización del término no fuera muy corriente en un principio― para designar el sistema conjunto de intereses y decisiones entre gobernantes y súbditos con vistas a alcanzar el bien común. El nuevo sistema de organización contenía muchos elementos del feudalismo y la tradición medieval, pero junto a ellos había novedades importantes que lo convertían, en conjunto, en algo sustancialmente diferente.
Para empezar, los nuevos Estados pretendían ser nacionales, concepto diferente al actual y que en el siglo XVI quería significar, básicamente, tres cosas: primera, que no reconocían ninguna autoridad superior, ni siquiera nominal; así se prescindió del Imperio, que pasó a ser un simple conglomerado de formaciones políticas bajo una potestad suprema honorífica. Segunda, que no reconocían la autoridad de la Iglesia en su área de actividad por entender que su competencia era de índole espiritual; es el denominado laicismo empírico, que no fue obstáculo para una estrecha alianza entre trono y altar. Tercera, que la nueva potestad pasaba por encima de los poderes territoriales de los feudos, privilegiados por peculiaridades jurídicas y fiscales, aunque esa preponderancia de la monarquía sobre la nobleza vario según los casos; en el de España, por ejemplo, el sometimiento nobiliario exigió a cambio concesiones importantes por parte de los reyes.
El Estado moderno establecía una cierta unidad, originada por el propio interés de la corona. La consecución eficaz de su fin obligó a violentar a la nobleza y a recabar la ayuda de otros sectores sociales, especialmente de la cultura y el dinero urbanos. Fue un proceso progresivo y duro de centralización y control que se apoyó en tres grandes motores: a) la creación de un funcionariado civil, burgués en su mayoría, que, a su vez, permitió incrementar la presión fiscal con eficacia; b) la organización de ejércitos reales asalariados con los que el poder nobiliario no podía rivalizar; c) el modelamiento de la opinión pública por medio de la propaganda ―en especial desde el siglo XVlI―

y el aparato jurídico y represivo sobre las disidencias ideológicas ―el Tribunal de la Inquisición constituye el ejemplo más notorio en ese sentido―. La razón básica de su éxito puede atribuirse a la funcionalidad del sistema, al revelarse y justificarse como instrumento capaz de «sanar» unos cuerpos sociales presuntamente enfermos por las convulsiones de los dos últimos siglos.
El progreso de los primeros países en que tuvo realidad ―España, Francia, Inglaterra― demostró que el Estado autoritario ganaba en orden, solidez y capacidad de engrandecimiento territorial a aquellos otros, como Italia o el Imperio, que se organizaban aún con criterios de escasa racionalización política. Se imponían el empirismo, la adecuación de los medios a los fines y un sentido pragmático de evaluación y programación, inspirados en la actividad económica. La política tendió a dejar de justificarse por razones teológicas y ofreció argumentos más inmediatos y fáciles de comprender. No fue un proceso nítido ni rápido. El nacimiento del Estado moderno fue una creación desde arriba y se impuso metas ambiciosas, lo que requería ser considerado como eficaz, necesario, relacionado con el orden divino y, por eso mismo, responsable ante él de sus súbditos. Para contar con este requisito, el Estado necesitaba a la Iglesia y hubo de hacerle concesiones
parciales a cambio de su sanción y concurso La práctica política experimentó cambios sustanciales, se impuso la razón de Estado como norma suprema de conducta dirigida a la consecución de los propios intereses, por encima de cualquier consideración moral o religiosa. La teoría política apareció como el conjunto de reflexiones sobre la naturaleza del poder, sus fines y los medios para adquirirlo, conservarlo y engrandecerlo. Las relaciones internacionales se fundamentaron en la rivalidad y la competencia, con olvido de los ideales de unidad religiosa; con ello surgiría la diplomacia y el Derecho internacional. Empezaba su largo camino el Estado absoluto, que sería considerado por Hobbes, a mediados del siglo XVII, como un «devorador de hombres», pero imprescindible para alcanzar el bien común.
ABSOLUTISMO SACRALIZADO

[Cap. 13]
La forma característica de ejercer el poder por parte del Estado moderno fue, desde finales del siglo XV en que apareció, la monarquía autoritaria y centralizada. Cuando el sistema maduró, se estabilizó y aprendió a manipular la conciencia de los gobernados, a conocer las reacciones de las sociedades respectivas y a intentar encausarlas en su beneficio, llegamos al pleno absolutismo del siglo XVII.
Esclarecer las bases y justificaciones del Estado absolutista fue el empeño de la mayoría de los tratadistas políticos. Incluso un Rey, Jacobo I de Inglaterra, concurrió a tan importante debate. Todavía en la segunda mitad del siglo XVI hubo una discusión teórica acerca del origen del poder, los derechos y deberes que comportaba para su titular ―el Rey― y cuál había de ser, en consecuencia, la postura de los súbditos al respecto, Como la discusión alcanzó gran publicidad y notoriedad, entre otras razones porque fue un medio de propaganda política en las guerras civiles francesas del último tercio del siglo ―llamadas y no gratuitamente «de religión»―, la sociedad pudo apreciar que no existía similitud de opiniones en torno a tan sustanciales puntos. En resumen, existían dos explicaciones contradictorias. Una afirmaba que el poder real era de origen divino y directo, un misterio, una especie de regalo de Dios a una persona y sus descendientes, que quedaban sacralizados, y no dejaba a los súbditos más alternativa que la obediencia; cualquier rebeldía era, pues, punible por la ley civil y un pecado contra Dios. La otra explicación esbozaba una vía indirecta para el origen divino del poder: Dios lo depositaba en el cuerpo social y éste lo transfería al rey; había un pacto monarca-comunidad para alcanzar el bien común, que suponía, al
mismo tiempo, dar testimonio del reino de Dios y contribuir a la salvación personal; la obediencia o rebeldía dependía entonces de que la Corona cumpliese su parte del pacto, puesto que en caso contrario era legítimo, incluso, la eliminación del tirano. Es decir, que la vertiente peligrosa de esta teoría política pactista radicaba en no sacralizar la autoridad política y en justificar y permitir la rebeldía en conciencia. Las más lúcidas mentes de la época, en su mayoría protestantes, pero también jesuitas, defendieron el pactismo, aunque los resultados políticos estuvieron a favor de los reyes que, con sospechosa unanimidad, y al margen de las creencias religiosas, estaban a favor de su origen y status divinos. De ahí que se esforzaran por enterrar la peligrosa doctrina pactista y se comportaran como los magníficos representantes de la divinidad en la Tierra.
En segundo lugar, las propias circunstancias de la nueva época, difíciles, a veces sangrientas y siempre duras, facilitaron el fortalecimiento de los tronos sobre los cuerpos sociales en crisis, agotados por las guerras ―caso de España―, diezmados por hambres, epidemias y agobiados continuamente por la presión fiscal. Las iglesias ―católica o protestantes―, apoyaron al Estado a cambio del control de las conciencias, cuando no eran, como en el caso inglés, una parte del Estado mismo.
Se configuró así el esquema básico de poder del Antiguo Régimen, con el Altar y el Trono como pilares. Y se presionó a la sociedad por medio de una propaganda dirigida a convencerla de que tal situación era la única legítima y natural. Claro que existió una oposición permanente: sectores de la nobleza que añoraban su antigua autoridad feudal, burgueses poderosos que querían ennoblecerse o campesinos que respondían desesperadamente a su trágica situación con sublevaciones espontáneas y sangrientas. Pero el absolutismo ―salvo en Inglaterra― siguió adelante, sólido e indestructible.
MÉTODO, MEDIDA Y PESO: LA REVOLUCIÓN CIENTÍFICA

[Cap. 14]
La raíz de lo que llamamos capacidad intelectual estriba en la posibilidad del ser humano para interrogarse acerca de los problemas que provienen de su propia existencia, de su relación con la Naturaleza y de su comportamiento respecto a ella y otros seres humanos. Esa facultad natural requiere de un método de conocimiento que se utiliza para relacionar, resolver y prever esos problemas. Estamos ante un proceso de aprendizaje que comporta unas reglas y condiciona
sustancialmente la posibilidad de captar la realidad e influir sobre ella si fuese necesario. Pues bien, fue ese método, precisamente, el que cambió radicalmente a lo largo del siglo XVII, y gracias a esa mutación fue posible la ciencia moderna. El logro del método científico suele anotarse en el haber del trío de genios que forman Galileo, Descartes y Newton entre 1620 y 1690. Es innegable el papel de tales genios, pero un proceso de esta importancia no puede, en puridad, imputarse a tan pocos hombres. Ellos, en realidad, culminaban un proceso con más de tres siglos de tentativas, vacilaciones y logros.
En sustancia, el cambio significó la destrucción del método científico utilizado hasta entonces: el organicista, de base aristotélica. Las diferencias fundamentales que el nuevo método ofrecía respecto a su precedente eran tres: que la observación de los sentidos no implicaba la infalibilidad del conocimiento adquirido: que no existía una jerarquización en el Universo de modo que se estableciera la prevalencia de unas realidades sobre otras ―por ejemplo, la superioridad de lo celeste sobre lo terreno―, y que la captación de la realidad debía partir de la más exacta información de sus circunstancias de peso, volumen, extensión y tiempo, lo que obligaba a introducir la medida de todas ellas como un elemento clave. Hasta ese momento, los distintos instrumentos del conocimiento habían existido, sin duda, pero aislados. La revolución intelectual consistió en fundirlos todos y hacerlos funcionar simultáneamente. En efecto: los dos instrumentos del conocimiento habían sido la especulación y la experiencia. Con el primero se intenta organizar un problema mediante técnicas de relación de ideas, y en eso consiste la lógica; por el segundo, extraemos información directamente de los hechos. La especulación conduce a la filosofía; la experiencia, en cambio, a la ciencia, y así lo creyeron los humanistas y los primeros filósofos y científicos del siglo XVII. El entonces canciller de Inglaterra, Francis Bacon, lo estimaba así y fue un apasionado defensor de la experimentación.
La revolución del nuevo método consistió en fundir ambas técnicas de conocimiento y añadirle aún una tercera: la reducción de la realidad a un campo abstracto y su expresión en cifras. Con ello, se hacía intervenir a la matemática como un sistema distinto de experimentar con realidades que no podían ser manejadas físicamente, caso de los astros o el movimiento de los cuerpos.
El resultado fue un método que sigue siendo hoy el más preciso que poseemos y que recorre las tres etapas fundamentales: observación experimental de los hechos, elaboración de una explicación de lo observado por medio de una hipótesis especulativa; comprobación de que lo explicado

contiene todos los hechos similares, y construcción de un sistema generalizador en el que la matemática cumple una función esencial. El Universo se hizo entonces comprensible, gracias al descubrimiento por Newton de las leyes que lo rigen, y el hombre se encontró, temeroso y confiado, situado ante el infinito.


Fases y componentes de la revolución científica

La revolución científica no constituye un proceso rápido y espectacular, sino lento y complejo. Cronológicamente, podríamos distinguir tres grandes fases: de 1450 a 1540.de 1540 a 1650 y de 1650 hasta finales de siglo Tampoco es un proceso lineal por sus componentes; en ella confluyen tres tendencias de signo distinto, la ultima de las cuales marca la definitiva ruptura la mágica o estética, que concibe la Naturaleza como obra de arte y en ella la divinidad creadora es esencial; la organicista, que explica el Universo por analogía con los seres vivos y es un método filosófico al mismo tiempo, fue la vertiente aceptada por la Iglesia y que se convirtió en la única posible so pena de caer en la heterodoxia; la mecanicista. que considera el Universo sujeto a leyes de regularidad y precisión, y tiene en Galileo y Newton a las dos cimas de esta vertiente revolucionaria, que daría lugar a un nuevo paradigma científico.


BURGUESES REBELDES Y ORÍGENES DEL LIBERALISMO

[Cap. 16]
El siglo XVIII constituye el cenit del Antiguo Régimen y también la época en que recibió las tres heridas mortales que marcarían su fin: el liberalismo económico, el liberalismo político y el racionalismo-empirismo filosófico. Estas tres propuestas de reorganización de la sociedad procedían de un grupo social gestado desde la Edad Media y en ascenso a lo largo del Siglo de las Luces, aunque con diferente entidad numérica y cualitativa, según los casos. Antes de acabar el siglo, estas propuestas habían dado lugar a dos revoluciones, la americana y la francesa, realidad del sistema que maduraría a lo largo del siglo XIX y que conocemos bajo la denominación de liberalismo. Atacar el Antiguo Régimen implicaba derribar los tres pilares que lo fundamentaban: la monarquía de derecho divino absolutista, el control de la economía por parte del Estado propugnado por el mercantilismo y el apoyo incondicional de las iglesias, especialmente la católica, que conllevaba un programa doble: el de la vivencia religiosa cotidiana y el de la filosofía de los valores que informaban la fe y la moral. La burguesía atacó los tres y lo hizo simultáneamente. Contra el
absolutismo monárquico esgrimió la teoría del contrato político. Al monopolio estatal de la economía opuso la tesis de que sólo la libertad individual en la actividad económica era rentable y que el interés particular de cada hombre de negocios coincidía con el de la colectividad. frente al monolitismo religioso alzó la filosofía racionalista y el sistema cultural de la Ilustración. A veces, incluso, la burguesía contó con el apoyo, podríamos decir que suicida, de una nobleza que poco podía esperar de las propuestas burguesas y que hizo gala de una ceguera indudable en su ambición, ya secular, de debilitar la monarquía. La propia institución real, al querer racionalizar su actuación a través del sistema político del Despotismo Ilustrado. puso en tela de juicio su propia validez.
El ataque contra el absolutismo tuvo su origen en la Inglaterra del siglo XVII y cristalizó en la revolución incruenta de 1688, que entronizó a un rey llegado de Holanda, avenido a aceptar un contrato con el Parlamento por el que se comprometía, prácticamente a reinar pero no a gobernar. En la misma fecha, John Locke daba respaldo filosófico a esta revolución con su obra Dos tratados sobre el gobierno civil (1690). Su tesis era una versión ampliada, mejorada y, sobre todo, racionalizada, de la antigua teoría pactista. El meollo de la cuestión era demostrar que el poder político y el Estado no podían ser más que el resultado de un contrato fijado por la sociedad, que se encomendaba a la tutela estatal, pero que podía exigir responsabilidades por la forma en que se la gobernara. El Estado perdía, así toda connotación teológica y misteriosa y quedaba reducido a una tarea racional, juzgable de acuerdo con sus resultados. Todo el liberalismo posterior ―y, por tanto, la democracia― parte de Locke.
Pero, además, era preciso asestar el golpe definitivo al mercantilismo, sostén del absolutismo. Una importante corriente de teóricos se encargaron de ello, hasta culminar en el último tercio del siglo XVII en lo que suele llamarse escuela de Manchester, compuesta en realidad por tres autores bastante dispares: Adam Smith, David Ricardo y Thomas R. Malthus. El primero tiene la responsabilidad de haber esbozado los principios del liberalismo económico: que el mercado se autorregula por la ley de la oferta y la demanda; que el interés de los sujetos económicos se equilibra entre sí y consigue los costos más bajos y los precios más adecuados, y que cualquier intervención estatal entorpece la actividad económica. Individualismo ingenuo del que la Revolución Industrial daría buena cuenta en breve tiempo.


El símbolo supremo de la renovación tecnológica será siempre la máquina de vapor de Watts, que introducía una nueva etapa de energía y vinculaba, para una larga trayectoria, la ciencia pura con la técnica empírica.



REVOLUCIÓN INDUSTRIAL

[Cap. 17]
El capitalismo maduró en la Inglaterra de la segunda mitad del siglo XVIII en un acelerado proceso que exigió un enorme costo social y humano. Es la fase que se conoce como la Revolución Industrial. Tan sonoro nombre ―aun hoy debatido― proviene de la violenta transformación que supuso en la forma de producir bienes económicos y, consecuentemente, en su cantidad. Detrás de estos cambios fue transformándose la sociedad: apareció una dimensión laboral prácticamente desconocida hasta entonces, el trabajo de fábrica, y un tipo de trabajador que denominamos proletario, cuyo polo social opuesto era el empresario burgués. Las radicales mutaciones de la producción provocaron transformaciones notables en la distribución, el consumo, las condiciones y remuneración de la fuerza de trabajo y los beneficios empresariales. Por todo ello, no es exagerado caracterizar de «revolución» al aludido conjunto de fenómenos y a las consecuencias que acarreó. La economía inglesa de la segunda mitad del siglo, los fue experimentando, y luego serviría de modelo a los países del continente algunas décadas después. El adjetivo «industrial» señala, a su vez, que el nuevo modelo de economía se fundamentaba en la industria, es decir, en la generalización de un sistema de producción basado en la división del trabajo, en la utilización de máquinas y en la sustitución de la energía tradicional ―humana, hidráulica y eólica― por el vapor a presión.
Lo que define, pues, al sistema fabril es la masificación de máquinas, obreros y producción; una realidad bien distinta del sistema anterior, llamado de manufactura, en el que hubo, sin duda, algunas máquinas y concentraciones de obreros, pero nunca la generalización de ambas características. Las dos interrogantes habituales acerca de la Revolución Industrial suelen ser el país ―Inglaterra― y el sector en que se inició ―el textil del algodón―. La primera pregunta no tiene respuestas demasiado claras; se aduce la previa revolución agrícola que posibilitó un importante aumento de población y con él, uno paralelo de la demanda. La segunda cuestión sí tiene una


respuesta satisfactoria: el sector del tejido de algodón ofrecía dos peculiaridades. De una parte, estaba de moda ya a finales del siglo XII, desde que estos tejidos, en principio orientales, se introdujeron a través del comercio colonial; esto implica la existencia de un mercado potencial muy amplio dispuesto al consumo. En segundo lugar, el trabajo de este sector era reciente y, por ello, no demasiado sujeto al control estatal, que, en cambio, supervisaba muy estrechamente el sector textil de la lana. Ello le permitió ir incorporando una serie de adelantos técnicos ―lanzadera volante, máquina de hilar, máquinas de tejer― que elevaron la producción de una forma casi increíble. Detrás del algodón, las reformas técnicas llegaron a la industria metalúrgica, enfrentada primero al problema del combustible y, más tarde, al de la calidad de la fundición. Hacia 1790, casi todos los sectores habían incorporado métodos modernos, e Inglaterra estaba a la cabeza del desarrollo industrial.
Claro que tal progreso tuvo su con­trapartida: desarraigo familiar de miles de obreros; jornadas agotadoras de catorce a dieciséis horas, incluso para niños; condiciones do trabajo infrahumanas y fortunas fulminantes para algunos empresarios a costa de la sobreexplotación de la mano de obra. Era un capitalismo inmisericorde, atento sólo a reducir costes y aumentar beneficios.


El término Factory System designa «una tecnología, la operación combinada de muchas clases de trabajadores, adultos y jóvenes, que vigilan cuidadosa-mente una serle de máquinas productoras, impelidas continuamente por una fuerza central. Esta definición incluye organizaciones tales como fabricas de algodón, de lino, de seda y ciertos trabajos de ingeniería; pero excluye aquellos en los que el mecanismo no forma series conectadas o no dependen de un motor inicial. Idear y proporcionar un apropiado código de disciplina del trabajo en fábrica adecuado a las exigencias de la automación fue la empresa hercúlea, la espléndida realización de Arkwright».



UN PROYECTO OPTIMISTA: RAZÓN, NATURALEZA, FELICIDAD

[Cap. 20]
El término Ilustración goza de un predicamento general para designar el conjunto de ideas y propuestas representativas de la cultura del siglo XVIII. La propia denominación es indicativa de que sus creadores y defensores, «los filósofos», estaban convencidos del advenimiento definitivo del final de las tinieblas. Sus lejanos antecesores, los humanistas, también se habían sentido espectadores y partícipes del entierro de otras tinieblas, las medievales. Esta disposición de ánimo de unos centenares de intelectuales sobre las posibilidades de su propia época refleja una de las características típicas del movimiento: el optimismo. Bien entendido que no provenía de la satisfacción por el orden social, el nivel educativo o el bienestar material en que se viviera, sino precisamente por la satisfacción de haber descubierto el origen de todos los males sociales y, con él, su remedio. Por eso, los filósofos optimistas fueron los más duros críticos de sus sociedades y los más acérrimos defensores de otras, primitivas o lejanas, que empezaban a conocerse entonces. Las tesis de estos autores venían a coincidir en que tales sociedades iluminadas, por la razón natural y por la ciencia, eran un modelo para la vieja Europa «embrutecida» por la intransigencia religiosa y el desprecio de la razón. De su crítica se infería el remedio: el hombre es infeliz por su ignorancia y su irracionalidad; era necesario, pues, hacerlo feliz llevándole las luces de la razón mediante la educación. Tal fue, muy esquemáticamente, el trasfondo cultural de las minorías intelectuales del siglo XVIII. Por eso, sus nombres más conocidos ―Montesquieu, Voltaire, D'Alembert, Diderot― pertenecen a literatos y ensayistas audaces más que a verdaderos filósofos como Berkeley, Holbach, Hume o Kant, por más que ellos se denominaran a sí mismos filósofos en su intento de buscar y defender unos valores racionales para la mejora de la sociedad. En la práctica, el optimismo provenía del maravilloso hallazgo de Newton de las leyes que regulaban el Universo; si tales leyes existían para la naturaleza ¿por qué no para la sociedad? La naturaleza era el modelo a seguir y no la fe. Solo la naturaleza guiaría al hombre hacia su meta necesaria, la felicidad. El hombre tenía únicamente que traducir e interpretar los mensajes y leyes de la naturaleza y para eso estaba la razón. Aquí radicaba el gran optimismo de los filósofos.
Hay, sin embargo, otra perspectiva de obligada consideración para no confundir la imagen progresista con que se les caracteriza. La inmensa mayoría de los intelectuales del siglo XVIII sentía un desprecio absoluto por la masa y no se dirigían a ella; la obra más lamosa y didáctica que elaboraron, la Enciclopedia se editó para suscriptores muy seleccionados. No sólo no fueron «demócratas», sino que, como hemos visto, su idea fue mayoritariamente el despotismo, bien que «aguado» por los contenidos culturales. El mismo Voltaire, que pasa erróneamente por haber sido el «azote de los privilegiados», decía textualmente en su Diccionario filosófico (1764): «El género humano, tal como existe, no podría subsistir sin que haya una mayoría absoluta de hombres útiles que no tengan absolutamente nada».
La esencia del «progresismo» de estos filósofos estuvo en su ataque constante y afilado contra el irracionalismo religioso y, en algunos casos, en su lucha contra la ignorancia y a favor de la divulgación de los avances científicos, al menos para las minorías rectoras. Más orgullosos que los humanistas y más radicales, fueron menos geniales y menos eficaces. Europa les debe la destrucción de algunos mitos y la construcción de otros. Su gran legado será siempre la fe en el progreso y en la racionalidad.



Libertad natural (Derecho natural) Dere­cho que la naturaleza da a todos los hombres para disponer de sus personas y bienes, de la manera que juzguen más conveniente para su felicidad, con la restricción de hacerlo dentro de los términos de la ley natural y sin abusos que perjudiquen a los demás. Igualdad natural: es la existente entre todos los hombres por la constitución de su naturaleza solamente. Esta igualdad es principio y fundamento de la libertad...

Propiedad: es el derecho que tiene cada uno de los individuos de que se compo­ne una sociedad civilizada sobre los bienes que legítimamente ha adquirido...

(Encyclopédie ou Dictionnaire raisonné des sciences, des arts et des métiers. Paris. 1751-1772.)




1 Clase social: grupo social que se define por el lugar que sus integrantes ocupan en la estructura económica de una formación social. Junto a este criterio económico, algunos sociólogos estiman otros como el prestigio, el poder, etc.

2 Medios de producción: en el proceso de trabajo intervienen tanto los instrumentos transforman la materia bruta o prima corno una serie da condiciones técnicas e instalaciones necesarias para ello Ambos constituyen los medios de producción.


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