Como todo el mundo sabe, los cubanos somos el ombligo del mundo. Los judíos dicen ser el pueblo elegido de Dios, los cubanos somos el pueblo elegido por






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La Mafia de La Habana

Nuestra Cosa Nostra

Prólogo del autor

Como todo el mundo sabe, los cubanos somos el ombligo del mundo. Los judíos dicen ser el pueblo elegido de Dios, los cubanos somos el pueblo elegido por nosotros mismos Es cierto que vivimos en una pequeña isla, pero como dijo Cristóbal Colón, Cuba es la tierra más fermosa que ojos humanos han visto. Somos el centro del mundo y el centro no necesita ser más grande que lo que gira a su alrededor. Siendo nosotros el pueblo elegido por nosotros mismos y viviendo en la Perla de las Antillas, no es de extrañar que los españoles, los yanquis, los rusos, y hasta los ingleses, hayan tratado cada uno en su momento de quedarse con nuestra querida isla.
Los cubanos somos sólo unos cuantos millones, pero hemos dado al mundo lo mejor de lo mejor. Los rusos tienen muy buenos ajedrecistas, pero el mejor ajedrecista de todos los tiempos fue el cubano José Raúl Capablanca. Digan lo que digan los yanquis, fue el médico cubano Carlos J. Finlay quien descubrió que eran los mosquitos los transmisores de la fiebre amarilla; y si bien es verdad que los españoles han dado al mundo grandes escritores y poetas, si hay que seleccionar un modelo de escritor y poeta comprometido con su tiempo, ese es nuestro apóstol José Martí.
Los cubanos no nos quedamos atrás en nada. Es cierto que fueron los italianos los que inventaron la mafia y que los yanquis los superaron durante la época de Al Capone; es cierto también que los colombianos dieron al mundo a Pablo Escobar, el zar de la coca, pero los cubanos aportamos al mundo la novedad de una mafia que tomó el control de todo el país.
Del pueblo alemán salió un líder de la talla de Hitler. Los rusos produjeron a Stalin, los chinos a Mao y los camboyanos engendraron a Pol Pot. Nosotros tuvimos a Fidel Castro. La Historia no le dio al capo cubano la oportunidad de tener que tomar decisiones que implicaran la muerte de millones de seres humanos como sus colegas ruso, chino y alemán hicieron; pero él demostró ser un tipo tan duro como cualquiera de ellos cuando, durante la Crisis de los Misiles en 1962, le pidió a Nikita Krushov lanzar un ataque nuclear contra EE.UU.
Fidel Castro, como todos nosotros, fue un tipo inteligente. Su reino fue pequeño porque Cuba no es un gigante como Rusia o China, pero él tuvo la humildad que no tuvo el líder camboyano y se conformó con mandar a matar a unas cuantas decenas de miles de cubanos, y fue lo suficientemente sabio para no hacerlo de una manera tan primitiva como lo hizo Pol Pot. Ni siquiera la ilustre pareja de pícaros latinoamericanos formada por el peruano-japonés Fujimori y su asesor de seguridad Montesinos pueden competir con la ingeniosidad del famoso capo de nuestra cosa nostra.
Fujimori se las arregló para ser el primer presidente japonés del Perú, y Montesinos se dio gusto filmando con las manos en la masa a todos los que sobornó, pero ni Fujimori ni Montesinos supieron arreglárselas para pasarse más de 40 años robando y engañando a todo el mundo como hicieron nuestros pícaros.
Sobre las cosas y los casos de nuestra cosa nostra trata este breve libro. Para celebrar y exaltar a la Mafia de La Habana se escribe este libro, para que nadie dude de la ingeniosidad de los cubanos. Para educar a las nuevas generaciones de cubanos, para que nunca olvidemos que nosotros, los cubanos, somos el ombligo del mundo.

El Autor.

© 2001 por Luis Grave de Peralta Morell

Todos los derechos reservados
ISBN: 0-75966-199-5

Los nuestros

Hollywood, la meca del cine norteamericano, ha glorificado a los tipos duros de la mafia yanqui de la época de la ley seca. La gente siente una curiosidad morbosa, y ón a todos sus adversarios. No importa que los gángsteres sean gente violhasta admiración, por esos tipos duros capaces de imponerse sin contemplacienta y al margen de la ley, más bien eso es lo que la gente admira. La gente quiere saber la historia de la mafia... y Hollywood en películas como El Padrino le ha dado a la gente lo que la gente quiere. Y los yanquis se sienten orgullosos de sus héroes mafiosos, y los italianos disfrutan de las hazañas de su cosa nostra, y los colombianos se sienten orgullosos de la leyenda de Pablo Escobar. Pues bien, ya es hora que nosotros los cubanos nos demos a la tarea de exaltar a los nuestros.
La historia de la cosa nostra cubana está llena de episodios dignos de ser llevados a la pantalla grande. Tal vez un buen comienzo para una película sería la reconstrucción cinematográfica de los primeros tiempos de Fidel Castro en la Universidad de La Habana. En esa época la Universidad de La Habana gozaba, como la gran mayoría de las universidades latinoamericanas, de autonomía universitaria. Dos presidentes cubanos de la generación del 30, Ramón Grau San Martín y Carlos Prío Socarrás, se iniciaron en la vida política cubana ligados al movimiento estudiantil universitario. A finales de los años 40, cuando el joven Fidel Castro ingresó en la Facultad de Derecho de la Universidad de La Habana, varios grupos estudiantiles se disputaban el control de la representación de los estudiantes universitarios.
Decidido a no ser un don nadie, el hijo de terrateniente oriental se postuló como dirigente estudiantil de la Facultad de Derecho, cosa que no fue vista con buenos ojos por cierta pandilla estudiantil que conminó al estudiante novicio a abandonar sus pretensiones; pero aquel joven, acostumbrado desde niño a imponer su voluntad a los peones de su padre, tomó la decisión que marcaría toda su vida: desde entonces entró al recinto universitario portando una pistola. Así son los tipos duros: no piden, toman a punta de pistola lo que les corresponde.
Raúl Menéndez Tomassevich, uno de los más famosos jefes militares de la cosa nostra cubana, pertenece al anecdotario heroico de los presos comunes de la cárcel de Boniato en Santiago de Cuba. Tomassevich y su amigo, un famoso criminal conocido por Perro Chulo, protagonizaron una espectacular fuga del penal y fueron a refugiarse a donde la mano de la policía no podía alcanzarlos... a la Sierra Maestra. Tomassevich siempre fue un tipo duro, lo fue entre los presos comunes de la cárcel de Boniato, y lo siguió siendo durante sus aventuras militares al mando de tropas cubanas en África.
El jefe del Movimiento 26 de Julio para la lucha clandestina en las ciudades, Frank Pais, murió acribillado a balazos por la policía batistiana. Frank era un joven religioso, pero no un mojigato religioso de esos que cuando le dan un piñazo en una mejilla ponen la otra para que se la apachurren también, nada de eso, nuestro Frank era un tipo duro. En una ocasión, bien a los inicios del uso del terrorismo como arma de lucha contra Batista, luego de que la policía política batistiana asesinara a uno de los miembros de la banda de Frank Pais, éste ripostó como sólo los duros saben hacer: Frank dio la orden de salir a la calle y matar al primer policía que se encontraran, fuera quien fuera... y así lo hicieron. Frank Pais personalmente dirigió la vendetta, se montaron en un carro, salieron a la calle, y balearon al primer policía de a pie con que se encontraron.
Si no hubiese sido por el flojo de Nikita Krushov, que era el jefe de los rusos cuando la Crisis del Caribe, en octubre de 1962 el mundo habría sabido que Fidel Castro es el tipo más duro que ha dado la historia. Cuando la cosa estaba bien caliente, con los barcos de guerra yanquis rodeando a nuestra islita para evitar que los barcos rusos entraran con más tropas en Cuba, y estando Cuba llenita de mísiles con cabezas nucleares apuntando al territorio de Estados Unidos, Castro le escribió la tan famosa carta a Nikita Krushov pidiéndole que no vacilara en lanzar un ataque nuclear contra los yanquis. Así son los tipos duros de verdad. La reacción de Nikita Krushov a la carta de Fidel Castro demuestra a las claras que el líder ruso se dio cuenta de con quién se las tenía que ver... y que le faltaban agallas para lidiar con el capo de nuestra cosa nostra.
En tiempos difíciles un tipo duro tiene que ser capaz de tomar decisiones extremas. Ante el peligro tremendo de que los yanquis se metieran por la fuerza en sus asuntos, Fidel Castro no vaciló en tratar de aniquilar a todos sus enemigos, aún cuando la manera de lograrlo implicara la muerte para todos sus seguidores y aún su propia muerte. Es claro que si estaba arriesgando su propia vida no había lugar para miniedades como la posible muerte de millones de infelices, o el total exterminio de la humanidad producto de una guerra nuclear.
Nikita Krushov puso al desnudo su propia debilidad cuando inmediatamente después de recibir la carta decidió contactar personalmente con el presidente yanqui, John F. Kennedy, y retirar los cohetes nucleares de Cuba. Su carta respuesta a Fidel Castro diciendo que los rusos luchaban por obtener mejoras para la humanidad pero no para exterminarla confirma su debilidad. Poco tiempo después Nikita Krushov fue destituido por los rusos y Kennedy fue asesinado no se sabe por quién, quedando el capo de nuestra cosa nostra como el único vencedor gracias al merecido prestigio de tipo con agallas que ganó en esa escaramuza nuclear.



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