El sistema político de la restauración y los elementos opositores al mismo (1875-1902)






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fecha de publicación16.06.2015
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TEMA 5

EL SISTEMA POLÍTICO DE LA RESTAURACIÓN Y LOS ELEMENTOS OPOSITORES AL MISMO (1875–1902)



Introducción:

Restauración es el período histórico de la Historia de España que va desde 1875 hasta 1931 (aunque algunos historiadores consideran que terminó en 1923, con la dictadura de Primo de Rivera) y que se caracteriza por el regreso de los Borbones al trono español tras la ruptura (dinástica y política) que supuso el Sexenio Democrático (1868-1874). Esta etapa se divide en tres fases:

  • Reinado de Alfonso XII (1875-1885)

  • Regencia de María Cristina (1885-1902)

  • Reinado de Alfonso XIII (1902-1931)

Esquema:

  1. ORÍGENES DE LA RESTAURACIÓN

  2. PRINCIPIOS POLÍTICOS. CONSTITUCIÓN DE 1876

  3. LOS PARTIDOS DINÁSTICOS Y EL TURNISMO

  4. LA OPOSICIÓN AL SISTEMA

5. LA CRISIS DEL 98 Y EL REGENERACIONISMO

1. ORÍGENES DE LA RESTAURACIÓN

El período isabelino significó la hegemonía del partido moderado, que defendía el nuevo régimen liberal surgido tras la crisis del Antiguo Régimen, pero en un sentido restrictivo, siguiendo lo que se conoce como liberalismo doctrinario, que bloqueaba el acceso al poder de los partidos de oposición, para los que no quedaba otro recurso que el pronunciamiento o las sublevaciones.

En 1868, la “Gloriosa” inicia una agitada etapa en la que se suceden varios regímenes políticos: regencia, monarquía democrática de Amadeo de Saboya, república federal y república conservadora. Y tres guerras (Tercera Guerra carlista, guerra de Cuba, conflicto cantonal)

La agitación suscitada y la aparición independiente en política de las clases populares llevó a las clases conservadoras a apostar por la Restauración de la monarquía. Unos apostaba por la continuidad del periodo isabelino y otros por la persona del príncipe Alfonso, hijo de Isabel II, con un sistema más abierto.

El que será Alfonso XII recibía una educación académica y militar en varios países europeos. El 1 de diciembre de 1874, ya con 17 años, desde la academia militar británica de Sandhurst donde completaba sus estudios hizo público el Manifiesto de Sandhurst (TEXTO). Este manifiesto, aunque firmado por Alfonso, fue elaborado por Cánovas del Castillo, y apoyado por el ejército, la alta burguesía y la aristocracia, que veían en la restauración borbónica la garantía de una mayor estabilidad política ante la situación existente. Cánovas propone como alternativa y garantía de gobierno estable una monarquía constitucional fuerte y un sistema político bipartidista (conservadores/ fusionistas o liberales).

El manifiesto se publicó en la prensa española el 27 de diciembre de 1874. Dos días después, el 29 de diciembre el general Martínez Campos encabezó un pronunciamiento militar en Sagunto proclamando rey de España a Alfonso XII (TEXTO) – a pesar de la oposición de Cánovas, que quería un retorno más “legal”-. El gobierno de Serrano no puso ninguna oposición y entregó inmediatamente el poder al partido alfonsino. Cánovas del Castillo asumió la dirección de un ministerio-regencia mientras llegaba el nuevo rey.

2. LOS PRINCIPIOS POLÍTICOS DE LA RESTAURACIÓN. LA CONSTITUCIÓN DE 1876

Los principios políticos en los que se basó la Restauración se inspiran en el ideario canovista, muy inspirado en el istema político inglés, y suponen la consolidación definitiva del liberalismo en España. Son los siguientes:

  • Conservadurismo: liberalismo doctrinario (defensa del orden, propiedad privada, etc.) aunque acepta el reformismo.

  • Defensa del catolicismo. La Iglesia se reconcilia definitivamente con el Estado liberal: a cambio de aceptar las desamortizaciones, la Iglesia recupera su influencia gracias a su presencia en la Educación y en el espacio público.

  • Fidelidad a la monarquía (y, en concreto, a la dinastía borbónica).

  • Rechazo de la democracia (que conduce al anarquismo y la revolución social) aunque aceptará más adelante el sufragio universal masculino.

  • Excluir al Ejército de la política con el fin de acabar con la influencia de los espadones y garantizar la estabilidad política.

Estas ideas quedaron plasmadas en una práctica política y en una constitución. La Constitución de 1876 (TEXTO) ha sido, hasta el momento, la más longeva de nuestra historia. Pretendía contentar al mayor número de partidos posible (desde republicanos hasta carlistas) por lo que fue concebida como un compromiso entre la moderada de 1845 y la democrática de 1869, aunque con predominio de las ideas conservadoras. Sus características más señaladas son:

1) Una amplia declaración de derechos, al estilo de la de la Constitución de 1869: inviolabilidad del domicilio y la correspondencia, la libertad de conciencia, expresión, reunión y asociación, entre los más significativos. Pero, como en 1845, su concreción se remitía a leyes ordinarias posteriores, que tendieron a restringirlos.

2) Se establece la confesionalidad del Estado, pero por primera vez esa confesionalidad se hace compatible con la libertad de culto (aunque limitada, ya que se exige para la práctica de otros cultos que se ajusten a la moral católica (!) y se prohíben sus manifestaciones públicas). Se mantiene la dotación de culto y clero.

3) Siguiendo el modelo del 45, se establece implícitamente el principio de soberanía compartida entre el rey y las Cortes. El rey tiene amplias competencias en relación al poder legislativo y ejerce a través de sus ministros el ejecutivo.

4) El poder ejecutivo es ejercido por el Rey a través de sus ministros, que son los auténticos responsables de su propia gestión. El rey elige libremente, sin estar obligado por la composición de las Cortes, al jefe del Gobierno, que a su vez sólo responde de su gestión ante el monarca y no ante las Cámaras. Como podemos deducir de lo ya dicho, no hay verdadera separación de poderes.

5) Las Cortes se estructuran en dos Cámaras, el Congreso de los Diputados y el Senado. El primero era, como ya venía siendo tradicional, la cámara de representación popular, con diputados elegidos por distritos uninominales (se elegía un diputado por distrito electoral) y por mayoría, mediante sufragio directo. El Senado estaba conformado por tres tipos de senadores:

- Por derecho propio: grandes contribuyentes.

- Por designación real.

- Por designación de una serie de instituciones, como la Iglesia, las Universidades, etcétera.

6) Se intensificó el centralismo, al quedar bajo el control del Gobierno tanto los ayuntamientos como las diputaciones. Por otro lado, los fueros vascos fueron suprimidos.

Como complemento de la Constitución, en 1878 se promulgó —por el gobierno conservador de Cánovas— la Ley electoral que regulaba la elección de los diputados, estableciendo un sistema de sufragio censitario que sólo permitía el voto al 5% de la población. Ello supone, y hay que destacarlo, una vuelta a un sistema electoral propio de épocas que ya se creían superadas en España. Es cierto que más tarde, en 1890, durante una de las presidencias del liberal —burgués progresista— Sagasta, una nueva ley electoral terminó por implantar el sufragio universal masculino para los mayores de 25 años.

3. LOS PARTIDOS DINÁSTICOS Y EL TURNISMO

Cánovas propuso un sistema en el que existían dos grandes partidos (el conservador y el liberal) que se turnaban en el poder, de manera que existía un turno pacífico que aseguraba la estabilidad institucional. A pesar de esta alternancia, los partidos se centraban en alcanzar el poder, más que en elaborar programas políticos. Este sistema evitaba por fin el intervencionismo militar a base de pronunciamientos (a cambio se otorgó al ejército una mayor autonomía, además de un gran presupuesto).

El partido Alfonsino (liderado por Cánovas del Castillo) evolucionó a Partido Liberal-Conservador tras el regreso de Alfonso XII. Agrupaba a los sectores políticos con una ideología más conservadora, sobre todo a la aristocracia terrateniente y a la alta burguesía, por lo que terminó llamándose Partido Conservador.

Por otro lado, se formó un partido progresista mediante la unión de los antiguos progresistas y algunos republicanos moderados. Este partido se denominó Partido Liberal Fusionista (más tarde solo Liberal) y su primer líder fue Práxedes Mateo Sagasta. Encontró sus principales apoyos entre las clases medias.

La manera de actuar de ambos partidos era bastante similar, no podían aprobar leyes muy radicales puesto que, si se daba el caso, cuando el otro partido llegara al poder derogaría todas estas leyes. Sus ideas eran bastante similares (Monarquía, Constitución de 1876, centralismo, propiedad privada...) pero diferían en el sufragio (los conservadores defendían el sufragio censitario y los liberales el universal masculino) o en el papel de la Iglesia (los conservadores defendían la Iglesia y el orden social y los liberales buscaban un estado laico y más progresista). Tanto conservadores como liberales eran partidos muy minoritarios, de notables, que se apoyaban en la clase media acomodada y la alta nobleza.

En 1885, tras la muerte de Alfonso XII, Cánovas y Sagasta firmaron el Pacto del Pardo, para garantizar la continuidad y estabilidad de la Monarquía y del sistema de la Restauración durante la Regencia de María Cristina (el gobierno pasa a manos liberales, pero a cambio de respetar el turno pacífico).

Para garantizar el triunfo del turno pacífico, fue necesario manipular el proceso electoral. Cuando un partido en el poder se desgastaba y perdía la confianza del rey y de las Cortes, el jefe de gobierno era destituido por el monarca que nombraba jefe de gobierno al líder de la oposición, quien se encargaba de convocar nuevas elecciones a Cortes. En realidad, la alternancia en el gobierno era decidida de mutuo acuerdo por los líderes de los partidos dinásticos con el beneplácito del rey. Posteriormente se convocaban elecciones con el resultado amañado de antemano para garantizar que las Cortes resultantes tuvieran la composición que conviniera al nuevo gobierno. De esta manera se legitimaba al nuevo gobierno y se facilitaba su tarea. Aquí jugaron un papel importante los caciques, que eran personas influyentes (generalmente en el medio rural), de enorme poder económico, alrededor de los cuales existían importantes clientelas (generalmente en el medio rural) que se encargaban de dirigir los votos hacia el partido que les interesara (muchas veces a cambio de beneficios para las zonas receptoras de votos). Se falsificaban los censos (se incluía a personas muertas o se impedía votar a algunas vivas) o se manipulaban los resultados. El conjunto de trampas electorales es conocido como pucherazo. El caciquismo se desarrolló en toda España, pero destacan las zonas de Andalucía, Galicia y Castilla. También hay que destacar el encasillado, por el que ya se decidía antes de las elecciones quién iba a ganar cada escaño.

4. LA OPOSICIÓN AL SISTEMA

La oposición política al régimen de la Restauración se llevó a cabo por fuerzas políticas prácticamente excluidas del sistema, algunas ya existentes: desde la derecha, el carlismo; desde la izquierda, el republicanismo. Pero también surgieron nuevos movimientos sociopolíticos, como el movimiento obrero y los partidos nacionalistas. Aunque estas fuerzas de oposición no fueron decisivas todavía en la dinámica política del momento, son importantes porque respondían al gran problema de finales de siglo: el acceso de las masas a la política. Y porque serán ya fuerzas protagonistas en el siglo XX.

1) Republicanos que, aunque divididos en diferentes grupos, representaban la oposición más fuerte.

a) Republicanos posibilistas: el creador fue Emilio Castelar. Evolucionaron hacia posiciones moderadas y comenzaron a aceptar la monarquía.

b) Republicanos progresistas-demócratas: su principal representante fue Ruiz Zorrilla. Se trataba de un republicanismo más radical que rechazaba sin matices la monarquía.

c) Republicanos centralistas: su representante fue Nicolás Salmerón. Este partido surgió de la ruptura con el radicalismo de los republicanos progresistas.

d) Republicanismo federal: su líder era Francisco Pi i Margall. Fue el grupo más organizado y, partidario de un reformismo social que armonizara los intereses de capital y trabajo, a veces se unió al movimiento obrero en la defensa de la mejora de las condiciones de trabajo. La representación republicana en las Cortes durante todo el periodo fue escasa y en el Senado sólo lograron sentarse algunos posibilistas de Castelar.

2) Carlistas: tras la derrota militar carlista en 1876, esta ideología se reorganizó como partido político y comenzó a tomar parte en las elecciones. Juan Vázquez de Mella elaboró el Acta de Loredan donde se aceptaba el régimen liberal-capitalista, pero se defendía la unidad católica, el autoritarismo, el fuerismo y la oposición a un sistema democrático. Los carlistas intentaron varias insurreciones en 1899 y 1900 pero todas fracasaron. Fundaron una milicia conocida como Requeté, que cobró importancia a partir de 1930. Sufren la competencia de los católicos integristas y de los nacionalistas vascos.

3) Otras fuerzas políticas burguesas: aunque el régimen declaraba la religión católica como la oficial del Estado, la cuestión católica, surgida de la oposición frontal al liberalismo propugnada por el Concilio Vaticano I (1870), dio lugar a la aparición de nuevos partidos políticos. En 1881 se creó la Unión Católica, partido conservador y católico, pero sin relación con los carlistas. Otros partidos burgueses, situados a la izquierda del Partido Liberal, fueron el Partido Democrático-Monárquico de Segismundo Moret, que reivindicaba los principios de la Constitución de 1869, e Izquierda Dinástica. Pero estos partidos apenas consiguieron apoyo electoral.

4) Movimiento obrero: el gobierno de Sagasta en 1881 permitió, con la aprobación de la Ley de Asociaciones, la vuelta a la acción legal del movimiento obrero, dividido en dos tendencias diferentes: el socialismo y el anarquismo. No obstante, la separación del mundo obrero de la política oficial contribuyó a empujar al obrerismo al odio contra el Estado, sin importar el signo del gobierno, y a la desconfianza hacia todo tipo de acción política reformista, sobre todo en el caso del anarquismo.

a) Socialistas: Pablo Iglesias funda el PSOE (Partido Socialista Obrero Español) en 1879 (TEXTO) y la UGT (sindicato socialista) en 1888. Se enfrentaba a la clase burguesa y buscaba apoyos en el sector obrero más especializado. Los socialistas eran marxistas que defendían la participación política de la clase trabajadora y el triunfo del proletariado frente a la burguesía en la toma del poder político y la transformación de la propiedad privada en social. Para los socialistas tres eran los objetivos del partido: la toma del poder político por la clase trabajadora, la abolición de todas las clases sociales (el llamado programa máximo) y la lucha por los derechos de asociación y de reunión, la libertad de prensa, el sufragio universal y la jornada de ocho horas. La UGT se organizó en sindicatos de oficio en cada localidad y practicó una política muy prudente, recurriendo a la huelga como última posibilidad. No tuvo una gran difusión (se concentró, sobre todo, en Madrid, País Vasco, Asturias, Málaga,…) debido a los escasos obreros industriales que había en España y a la competencia del anarcosindicalismo, de fuerte implantación en zonas como Cataluña, Aragón y Andalucía. En 1910 se acordó una coalición electoral republicano-socialista, con la que consiguieron su primer diputado (el propio Pablo Iglesias).

b) Anarquistas: su implantación coincidía con la del movimiento cantonal del Sexenio Democrático (el tercio mediterráneo de la Península, en especial Barcelona, Zaragoza, Valencia y las provincias de la Baja Andalucía). Anselmo Lorenzo es considerado como “padre del anarquismo español”. Este grupo consiguió un mayor número de seguidores durante la Restauración, ya que atrajo a gran número de campesinos. El sindicato más importante se fundó en 1910 y fue la CNT (Confederación Nacional del Trabajo), aunque también hay que citar una rama que preconizaba la violencia (la propaganda por el hecho, como el asesinato de Cánovas o la bomba del Liceu).

5) Nacionalismos y regionalismos: son movimientos políticos contrarios al uniformismo y centralismo típicos del liberalismo español; inicialmente se desarrollaron en Cataluña, País Vasco y Galicia, pero acabaron extendiéndose hasta Valencia, Andalucía y Aragón (regionalismos).

a) Nacionalismo catalán: este movimiento surgió tras el crecimiento económico provocado por la industrialización de Barcelona; se había creado un grupo de empresarios burgueses que defendían una política proteccionista. A esto tenemos que sumar la Renaixença, movimiento que defendía la recuperación del catalán y de la cultura tradicional de esta zona, y que se remontaba a los años 30. Pero el catalanismo político surge en la década de 1880: frente a un catalanismo de carácter tradicionalista, que tuvo a Torras i Bages como su principal representante, surgió también otro de carácter progresista y federalista representado por Valentí Almirall, que fundó en 1882 el Centre Català. De la colaboración entre estas dos tendencias –gracias al esfuerzo conciliador de Enric Prat de la Riba- surgieron las Bases de Manresa (1892) donde se proponía la existencia de Cataluña como una entidad autónoma dentro de España. Es decir, en estos momentos el nacionalismo catalán plantea la opción autonomista, pero no independentista. En 1901 se crea la Lliga Regionalista de Prat de la Riba y Francesc Cambó, formación catalanista de signo monárquico y conservador y talante conciliador. (TEXTO)

b) Nacionalismo vasco: surgió a raíz de la defensa de la lengua vasca, la pérdida de los fueros (aunque sobrevivió una autonomía fiscal, el llamado cupo, todavía hoy en vigor) y el deseo de defender sus tradiciones frente al centralismo liberal y el impacto de la Revolución industrial. El representante más importante fue Sabino de Arana, quien fundó el PNV (Partido Nacionalista Vasco) en 1895. Características del nacionalismo sabiniano fueron su profundo catolicismo y conservadurismo en lo relativo a las costumbres, la defensa de la patria vasca y las instituciones tradicionales frente a la industrialización y la llegada de inmigrantes (maketos), el racismo (superioridad de la raza vasca y sus tradiciones frente a la degeneración castellana) -con su obsesión por la onomástica y los apellidos- y la defensa del euskera. Pronto surgieron dentro del PNV dos tendencias: los defensores de la independencia y los que buscaban la autonomía dentro del Estado (siguiendo el ejemplo catalán). Estos últimos, cuyas bases eran más urbanas e industriales, acabaron imponiéndose desde 1902. (TEXTO)

c) Nacionalismo gallego: se le denominó galleguismo y su carácter fue básicamente cultural. Cobró importancia debido a una corriente literaria denominada Rexurdimiento, cuya mayor representante es Rosalía de Castro. La Restauracion fue la peor época para este nacionalismo, ya que Galicia estaba muy atrasada económicamente y esto provocó la emigración de un gran número de gallegos.

5. LA CRISIS DEL 98 Y EL REGENERACIONISMO

La crisis de 1898 supuso la definitiva liquidación el imperio colonial español en América y en Asia con la pérdida de Cuba, Puerto Rico, Filipinas y algunos archipiélagos en el Pacífico. De todas esas pérdidas la más traumática, sin duda, fue la de Cuba por los intereses económicos españoles en la isla y la abundante población que había emigrado a la misma a lo largo del siglo XIX.

A comienzos del siglo XIX Cuba se había convertido en la mayor productora de azúcar de caña del mundo. Los intereses económicos de la aristocracia criolla –que controlaba las haciendas azucareras- les hicieron preferir mantenerse bajo la dependencia española en lugar de optar por la independencia, como habían hecho las otras colonias españolas en América.

Pero a mediados del siglo XIX crecieron las ideas independentistas de la aristocracia azucarera cubana al verse amenazados sus intereses económicos por las medidas abolicionistas de la esclavitud que, por presiones internacionales, estaba adoptando España y por una crisis económica provocada por la bajada de los precios internacionales del azúcar debido a la competencia de la remolacha azucarera europea.

En 1868 el rico hacendado Manuel de Céspedes inició con el Grito de Yara la primera guerra por la independencia, conocida como Guerra de los Diez Años (1869 – 1878). Una vez concluida la Tercera Guerra Carlista (1872 – 1876), el gobierno español pudo concentrarse en la cuestión cubana enviando al general Martínez Campos quien, bajo la promesa de una amplia amnistía y de autonomía, concluyó la guerra con la Paz de Zanjón (1878).

Durante los años posteriores, y ante el incumplimiento de las promesas de autonomía, el movimiento independentista renació con más fuerza liderado por José Martí, poeta, abogado y periodista exiliado en los EE.UU., fundador del Partido Revolucionario Cubano en 1892. Con el llamado Grito de Baire se iniciaba en 1895 la segunda guerra de independencia.

En el caso de Filipinas el movimiento por la independencia fue encabezado por José Rizal, pero detenido y ejecutado este, fue Emilio Aguinaldo quien asumió el liderazgo.

El problema se complicó por la intromisión de los Estados Unidos que apoyaban a los rebeldes con armas y dinero. A los estadounidenses les interesaba el mercado y la posición de la isla, incluso intentaron comprársela a España. En Filipinas pasó algo similar. El gobierno estadounidense encontró el pretexto que buscaba para emprender la guerra contra España con el hundimiento del Maine, un barco de Estados Unidos anclado en la Bahía de La Habana y al que una explosión voló por los aires. Hoy está demostrado, más de cien años después, que el hundimiento se debió a un accidente interno, sin embargo fue el pretexto que utilizaron los Estados Unidos para declarar la guerra a España. En España el orgullo patriótico subestimó a los enemigos; la prensa sensacionalista y patriotera pintó a los estadounidenses como un pueblo casi salvaje, sin civilizar, lo que influyó en las clases populares, como refleja la novela de Baroja El árbol de la ciencia. Pero la verdad era bien distinta, y la superioridad militar norteamericana era más que evidente. La flota española del almirante Cervera fue destruida en Santiago de Cuba casi sin disparar, y en Cavite (Filipinas) sería hundida la flota al mando de Méndez Núñez. Por el Tratado de París (diciembre de 1898) España renunció a Cuba y cedió Filipinas, Puerto Rico y algunos archipiélagos en el Pacífico a los Estados Unidos.

El desastre produjo una honda conmoción en el país, una profunda crisis de identidad, y sacó a la luz los defectos del sistema. Las dos reacciones ante el desastre serán contrapuestas. Por un lado se incidirá en la desgracia y un hondo pesimismo se extiende por España, una España en crisis y hundida moralmente. Por otro lado se iniciará una corriente regeneracionista encabezada por Joaquín Costa que denunció las lacras del sistema y clamó por la renovación de la vida política. Costa en su obra Oligarquía y caciquismo criticó toda la estructura política del país; su alternativa queda resumida en la expresión acuñada por el propio Costa de despensa y escuela como únicos medios para lograr la renovación. Además, la pérdida de las colonias exacerbó el nacionalismo catalán y el movimiento obrero.

Desde el punto de vista económico las consecuencias, a corto plazo, no fueron tan nefastas al provocar la repatriación de muchos capitales de la isla, pero, sobre todo, la pérdida del mercado colonial se intentó compensar con una vuelta al proteccionismo. Muy importantes, a largo plazo, fueron las consecuencias para el Ejército y la política exterior. Por un lado, la derrota provocó el resentimiento de los militares contra los políticos, a quienes culpaban de haberles conducido a una guerra inútil y sin medios. Este resentimiento influirá en la vuelta a la política de los militares. Además se despertó un profundo antimilitarismo popular, dado que, debido a la posibilidad de eludir el reclutamiento mediante una redención en metálico, sólo fueron a la guerra los más desfavorecidos; las campañas antimilitaristas de la izquierda provocaron, a su vez, la animadversión hacia ésta de los militares.

En política exterior, la frustración por la pérdida motivaría que inmediatamente se volvieran los ojos a otra zona de expansión, Marruecos, dando inicio a otro largo conflicto que influirá poderosamente en el devenir de la política española de las siguientes décadas.

En literatura dio lugar a la Generación del 98, un conjunto de escritores que se hará eco del desastre, estará formada por Unamuno, Ramiro de Maetzu, Azorín,... La preocupación por España es la constante en todos estos autores.


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