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Grimson, Alejandro. Fronteras, estados e identificaciones en el Cono Sur. En libro: Cultura, política y sociedad Perspectivas latinoamericanas. Daniel Mato. CLACSO, Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina. 2005. pp. 127-142.
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Alejandro Grimson*

Fronteras, estados

e identificaciones

en el Cono Sur

LOS PROCESOS FRONTERIZOS constituyen una entrada estratégica para la comprensión de los procesos socioculturales contemporáneos. Hace varias décadas, al menos desde Barth (1976) y Cardoso de Oliveira (1976 y 1996), sabemos que estudiar identificaciones es estudiar sus límites. Es decir, los grupos y las identificaciones no pueden comprenderse en sí mismos, sino en relación con otros, en un entramado de relaciones que repone una situación de contacto, una situación de frontera. Estudiando límites podemos saber aquello que un grupo o una identificación incluyen y excluyen, así como los dispositivos a través de los cuales construyen esas diferencias, articulándolas en la mayor parte de los casos con formas de desigualdad.

Una parte de los nuevos procesos y problemas que proliferaron en los estudios socioculturales durante la década del noventa fue conceptualizada a través de términos como identidades, fronteras, territorios. Esos términos se convirtieron en “metáforas comodines”, útiles para hacer referencia a las más variadas dimensiones y situaciones. La expansión de esos usos metafóricos se combinó en ciertos casos con una perspectiva que enfatizaba excesivamente la textualidad de “lo real” y la estética de lo social, muchas veces en detrimento de analizar conflictos de intereses que se expresaban no sólo en identidades políticas, sino también en políticas de identidad. En diversas regiones del mundo, nuevas formas de agrupamiento, así como la reaparición o el fortalecimiento de otras más antiguas, expresan luchas contra la desigualdad y por los derechos de la diferencia. A través de estos procesos, algunos conceptos centrales para comprender nuestra época se convirtieron en problemas –“no problemas analíticos, sino movimientos históricos que todavía no han sido resueltos” (Williams, 1980: 21). Cuando esto sucede “no tiene sentido prestar oídos a sus sonoras invitaciones o a sus resonantes estruendos” (Williams, 1980), ya que esa resonancia no es más que una convocatoria a la reproducción de un cierto saber, de una cierta práctica, de un cierto campo.

Williams proponía, en esas situaciones de crisis, trabajar no sólo sobre la etimología, sino en la historia social de la semántica (1983, 1980). En nuestro caso (y aquí el plural de la primera persona, como se verá, es más que un artilugio enunciativo), elegimos otro camino: en lugar de concentrarnos en los significados históricos, buscamos hacerlo –si se me permite decirlo– en uno de sus “referentes”. Es decir, en lugar de hacer un estudio sobre el término “frontera”, pretendimos realizar una diversidad de estudios sobre zonas fronterizas. En lugar de realizar una historia semántica, hicimos una historia territorial, relacional, sociocultural, de espacios fronterizos específicos. En lugar de apelar a la historia de las ideas, apelamos a la etnografía. Se trata de una entrada complementaria (no contrapuesta) a la de Williams, para analizar esos conceptos/problemas.

En la segunda mitad de los años noventa a varios etnógrafos nos resultaba potencialmente productivo avanzar en el estudio del problema “fronteras” como constitutivo del problema “identidades”, es decir, de los movimientos históricos que estaban implicados en ellos. El dilema era cómo enfrentar esas investigaciones con fuerte base empírica para que, aunque en un futuro pudiésemos contribuir a las concepciones metafóricas sobre fronteras, nuestros aportes consiguieran quebrar nuestras propias visiones etnocéntricas. Considerábamos muy riesgoso hablar constantemente de “fronteras” sin conocerlas. En ese marco, y sin un plan armónico de los diferentes trabajos, diversos investigadores decidimos concentrar nuestros estudios en zonas limítrofes entre estados nacionales.

No se trataba por cierto sólo de tematizar las fronteras estatales, y aunque había un fuerte énfasis empírico que valoramos, no se trataba tampoco de empirismo. Más bien se trató de ir a las fronteras estatales con una perspectiva abierta que permitiera detectar y comprender no sólo la multiplicidad y mixtura de identidades, sino también sus distinciones y conflictos. No sólo las combinatorias transfronterizas, sino también las lógicas locales de disputas interfronterizas. Ir a las fronteras para mostrar la contingencia e historicidad del límite no implicaba enfatizar exclusivamente su porosidad y sus cruces, sino también las luchas de poder, los estigmas persistentes y las nuevas formas de nacionalismo. En ese sentido, las fronteras políticas ofrecían un terreno, un territorio, especialmente productivo, no sólo porque allí convivían poblaciones que supuestamente adscribían a nacionalidades diferentes, sino también porque eran espacios con peculiar interés e intervención del poder estatal.

Pensar problemas políticos y culturales desde las fronteras implicaba romper con una cierta tradición, proceso que –aunque se inscribía en otras tradiciones– también contaba en América Latina con nuevos desarrollos (como García Canclini, 1992; Cardoso de Oliveira, 1997 y 2001). En el Cono Sur, las perspectivas más expandidas de las ciencias sociales tenían y tienen fuertes características centralistas; las historias y los procesos políticos son pensados desde las grandes ciudades. Por ejemplo, generalmente tiende a considerarse el proceso de “nation-building” como un proceso desde “arriba” hacia “abajo” y desde el “centro” hacia la “periferia”. Las fronteras, confín paradigmático, no tendrían relevancia. Sin embargo, recuperar la dimensión de agencia de las propias poblaciones fronterizas –en lugar de universalizar su supuesta “resistencia” al estado nación– puede revelar que, en muchos casos, hay una dialéctica entre “arriba” y “abajo”. De ese modo, las regiones de frontera a menudo tienen un impacto crítico en la formación de las naciones y de los estados. Las comunidades fronterizas pueden ser agentes de cambios sociopolíticos significativos más allá de su localidad e incluso más allá de su estado.

Algunos trabajos sobre la frontera de México-Estados Unidos (como el de García Canclini antes mencionado) tuvieron una importante influencia en el sentido de orientar nuevas búsquedas hacia espacios –como las fronteras políticas– donde se condensan dinámicas interculturales. Estudios posteriores en esa zona continuaron siendo importantes para nosotros (por ejemplo Vila, 2000). Sin embargo, percibíamos un hiato significativo entre los procesos sumamente peculiares de aquella frontera, con extrema desigualdad sociopolítica, y las situaciones que comenzábamos a analizar en el Cono Sur. Por ello, empezamos a sospechar que la afirmación (Alvarez, 1995) de que la frontera entre México y Estados Unidos es la frontera por excelencia del mundo contemporáneo, laboratorio de todas las fronteras, era simplemente una nueva manifestación de etnocentrismo. El estudio de otras fronteras implicaría una visión más compleja y diversa de las relaciones limítrofes.

Los estudios recientes sobre las fronteras de Europa, África y Asia (ver Donnan y Wilson, 1994; Wilson y Donnan, 1998) nos indicaban que las fronteras del mundo son muy heterogéneas e irreductibles las unas a las otras. No sólo son diversas las relaciones interestatales, sino también los vínculos entre las sociedades fronterizas y sus estados nacionales. Cada estado ha constituido un vínculo peculiar con la nación, el territorio y la población. En las fronteras, los peculiares entramados socioculturales de uno y otro país entran en contacto.

Así, comenzamos a pensar las fronteras del Cono Sur reapropiándonos de conceptos pensados no sólo en relación a México-Estados Unidos, sino a las fronteras de otras zonas del mundo. Y más importante aún, desarrollamos nuestros trabajos de campo y nuestros análisis dentro de perspectivas comparativas. Esas lecturas y los primeros estudios mostraban que cada zona fronteriza, en el proceso histórico de su propia delimitación y en el proceso social de renegociación y conflictos constantes, conjuga de un modo peculiar la relevancia de la acción estatal y de la población local. En la frontera franco-española, por ejemplo, parece haber un contraste entre el caso de los Pirineos Occidentales (con una fuerte intervención estatal, analizada por Douglass, 1998) y la activa participación local en los Pirineos Orientales (analizada por Sahlins, 1989). Sahlins, frente a una visión que reiteradamente victimiza a las poblaciones locales (no sin razones, por supuesto), muestra que los pobladores fronterizos pueden y deben ser vistos como agentes de su propia historia (en circunstancias, evidentemente, que no han elegido). Aunque de hecho existe una asimetría estructural entre ellos y sus respectivos estados, es ingenuo suponer que las poblaciones estaban unidas y viviendo en armonía cuando las fronteras de pronto cayeron sobre ellas. En Cerdeña la frontera divide a una población que hablaba la misma lengua y apelaba a tradiciones comunes, y que sin embargo se involucró activamente y fue determinante en su propia división. En el Cono Sur, aunque no conozcamos casos tan extremos, recién comienza a asumirse el desafío de pensar como agentes fronterizos a los jesuitas de las reducciones, a los guaraníes, a los bandeirantes, a los fazendeiros riograndenses y a muchos otros sectores sociales que tuvieron un papel relevante –a través de sus propios éxitos y sus fracasos, como la Guerra Guaranítica de mediados del siglo XVIII– en la construcción de las fronteras políticas en el Cono Sur. Si el proceso de construcción y definición de las fronteras políticas no se agota en las acciones de estos actores locales, ya que los respectivos estados tuvieron un papel clave, tampoco puede comprenderse la propia acción estatal sin analizar sus complejos vínculos con los actores sociales en las fronteras.

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