Entre viejos y nuevos sentidos: “pueblo” y “pueblos” en el mundo Iberoamericano entre 1750 y 1850






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Entre viejos y nuevos sentidos: “pueblo” y “pueblos” en el mundo Iberoamericano entre 1750 y 1850.

Fátima Sá e Melo Ferreira

CEHCP-ISCTE

En este ensayo se examinan en una perspectiva comparativa nueve casos de utilización y transformación del doble término “pueblo/pueblos” en el mundo Iberoamericano durante los años que van desde 1750 a 1850 con base en las aportaciones de Noemí Goldman y Gabriel Di Meglio (Argentina-Río de la Plata), Luísa Rauter Pereira (Brasil), Marcos Fernández Labbé (Chile), Margarita Garrido Otoya y Martha Lux Martelo (Colombia-Nueva Granada), Juan Francisco Fuentes (España), Eugenia Roldán Vera (México), Cristóbal Aljovín de Losada (Perú) y Ezio Serrano (Venezuela).

Intentaré hacerlo evocando las principales etapas por las que ha pasado su resemantización, y los momentos de viraje más significativos de ese proceso, siendo consciente de que me veré obligada a pasar de puntillas por muchos aspectos y a dejar de lado otros, quizás igualmente interesantes.
1. Empezaré por referirme una frase que he sacado del ensayo de Juan Francisco Fuentes, y que me parece resumir de manera afortunada el sentido del recorrido seguido por el término “pueblo” a lo largo de los cien años analizados y en el conjunto de los espacios considerados, o sea, aquello a lo que este autor ha llamado: “(…) su desplazamiento de los márgenes del vocabulario político y social hacia el centro mismo del discurso político”. La particularidad de este trayecto, de los márgenes en dirección al centro del vocabulario político, radica –pienso, por mi parte –, de forma nítida, en el papel que el término “pueblo” y el plural “pueblos” vendrán a desempeñar como instancia legitimadora del proceso de refundación social y política de los vastos espacios del mundo Iberoamericano a partir del final de la 1ª década del siglo XIX, en el contexto de la inédita situación que provoca la invasión francesa de la Península Ibérica.

En realidad, el movimiento de resemantización del término “pueblo” que lo trajo al centro del discurso político, quedó, según todo indica, unido de forma inextricable a la necesidad de dotar de legitimidad a la gestión de una ruptura inédita, en el marco de la cual las antiguas concepciones de soberanía habrían de ser cuestionadas.

Observando el mundo Iberoamericano en su conjunto a lo largo de este período, es forzoso reconocer que, a pesar de que se anuncian nuevos sentidos ya durante buena parte del siglo XVIII, ligados al pensamiento ilustrado primero, y, después, a los ecos producidos por la revolución francesa, es durante el período comprendido entre la crisis de los antiguos regímenes Ibéricos, las primeras revoluciones liberales y los procesos de emancipación de las Américas que debe ser situada la ruptura en los usos convencionales del término.

A partir de este período de viraje, que transcurre entre 1808/1810 y la década de 1830, aproximadamente, no sólo se consagran sentidos del vocablo “pueblo” que se distinguen de forma bastante radical de muchos de sus antiguos usos –aunque, como subraya Marcos Fernández Labbé su trayectoria no haya estado pautada únicamente por la ruptura, sino también por la continuidad – sino que pasa también a inscribirse en el discurso político con una nueva vitalidad, ya sea en el singular “pueblo” como en el plural “pueblos”.

En este sentido, cabe recordar que, con excepción de España, de Portugal y, en el otro lado del Atlántico, de Brasil, el plural “pueblos” fue usado durante aquellos años, con una insistencia comparable a la del singular, como argumento legitimador del nuevo orden de cosas que la crisis de la monarquía española contribuyó decisivamente a desencadenar.

No obstante, al contrario de lo que ocurre con el singular, la vitalidad, también ella nueva, alcanzada por el plural, será de duración más corta, no pudiendo observarse aquí el fenómeno de permanencia, a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX, en el nuevo lugar ocupado en el vocabulario político y social que Francisco Fuentes ha referido para “pueblo” en singular.

En efecto, considerando ese plural como la forma corriente de designación de unidades básicas de legitimidad de poder que, según las concepciones pactistas del origen de la soberanía real, permiten concebir la posibilidad de su reversión a su fuente original, se comprende fácilmente que el plural fuera particularmente usado, como de hecho lo fue, en el inicio de los procesos de emancipación americanos.

Pero la vitalidad del plural “pueblos” no se limitará, en varios de los nuevos espacios políticos considerados, al período de las independencias. Más allá de esa coyuntura, el uso del plural marcará espacios de enfrentamiento entre proyectos federativos o confederativos y proyectos unitaristas del orden político en construcción, enfrentamiento este en el cual el término “pueblos” sustentará una concepción plural de la soberanía opuesta a la concepción centralista de una soberanía única. Los términos “pueblo” y “pueblos” fueron efectivamente esgrimidos como fundamento de concepciones opuestas de soberanía en el conjunto de la América española en la primera mitad del siglo XIX y parecen haber estado claramente inscritos en la construcción política de países como Argentina, Chile, Colombia, México, Perú y Venezuela, aunque probablemente en grados diferentes.

Como, en general, este enfrentamiento fue vencido por concepciones y prácticas unitaristas de gobierno ó otras formas de unión, no es de extrañar que, a mediados del siglo XIX, esa victoria quede expresa en la afirmación del singular y en su posterior hegemonía. No sería, desde ese punto de vista, errado considerar la reducción del plural al singular como una otra dirección mayor de la evolución de este vocablo en el espacio de la antigua América española. Una evolución que Noemí Goldman y Gabriel Di Meglio han expresado con gran claridad para el Río de la Plata, al afirmar que, tras la caída de Rosas en 1852, el término “pueblo” sufriría “un desplazamiento semántico sustancial” caracterizado por “el pasaje de un concepto plural a uno unívoco”.

Cabe recordar que esta otra “dirección”, susceptible de ser detectada en el camino seguido por el término “pueblo” en el espacio de tiempo que media entre 1808/1810 y 1850, aproximadamente, no debe ser vista como el resultado de una evolución lineal, según la cual se habría pasado, “naturalmente”, de la configuración antigua y plural del término, en el contexto de la concepción pactista de soberanía, al sentido político moderno y singular. Un sentido que se podría caracterizar, como lo hace Eugenia Roldán Vera en su ensayo sobre México, como “el conjunto de ciudadanos individuales e iguales ante la ley que ejercen su soberanía a través de los órganos de representación”.

No se trata, en realidad, de entender el término “dirección”, en el sentido de trayectoria única que, cual flecha certera, nos llevase del Antiguo Régimen a la modernidad y del plural “pueblos” al singular “ pueblo”, ni tan sólo de considerar la coexistencia entre viejos y nuevos sentidos, sino de tener también en cuenta los sentidos revitalizados por la coyuntura, como los que están presentes en “pueblos”, que se afirmaron de forma conflictiva durante algunas décadas, pero que no prosperaron o fueron derrotados por otros.

Otra expresión de estos fenómenos de conflicto y competencia, en este caso no enteramente resuelta en el período observado, puede ser encontrada en otro de los ejes de conflicto que marcará también los espacios aquí analizados, europeos y americanos, ahora sin excepción. Me refiero a la tensión que se produce entre “pueblo” y “plebe” o, por expresarlo de otro modo, la que se deriva del desafío que plantea la doctrina de la soberanía popular a las dimensiones más sociológicas del término “pueblo”.

Esa tensión, como la gran mayoría de los textos analizados permite constatar, existe ya en términos semánticos en el siglo XVIII, pero ganará posteriormente nuevas formas y tomará dimensiones tanto más importantes cuanto la interpelación al “pueblo” se generaliza en el discurso político y el “pueblo” pasa a ser entendido como una instancia legitimadora, fuente de soberanía. Tras las rupturas políticas representadas por la instauración en la península Ibérica de regimenes monárquico-constitucionales y por las independencias americanas, grosso modo a partir de la década de 1830, esa tensión pasará a constituir un importante eje del debate entre “moderados” y “exaltados” o “conservadores” y “liberales”, expresiones más usadas en el contexto americano.

Los polos “pueblo/pueblos” y “pueblo/plebe” se presentan, así, como los principales núcleos de tensión por que pasó la resemantización del término en el período analizado, si no en todos, por lo menos en la mayoría de los espacios considerados.
2. Recorriendo ahora los principales sentidos del término “pueblo” que los diccionarios españoles y portugueses nos revelan, a partir de las citas realizadas en los textos que analicé, se puede constatar un importante grado de homogeneidad. Sus fronteras van de “lugar poblado de gente” a “conjunto de habitantes de población, villa o lugar”, pasando por “la gente común y ordinaria de alguna ciudad, o población, a distinción de los nobles” y también por la acepción que vincula pueblo a “común” como sustantivo considerado como lo que es “ordinario, vulgar, frecuente, y muy sabido”. En las mismas fronteras se incluyen igualmente tanto la acepción más restringida de “gente baja de poca estimación, el vulgo o plebe (…)”, que comporta una gran variedad de sinónimos, o la más lata de “nación”.

No obstante, las acepciones más citadas en los textos analizados remiten sobre todo a las ambivalencias del discurso ilustrado sobre el “pueblo”, que, en el período considerado –1750-1808/10–, pueden comportar “una visión a la vez compasiva y despreciativa del bajo pueblo”, como refieren Margarita Garrido y Martha Lux, o situarse entre “la policía y la caridad”, de acuerdo con Marcos Fernández Labbé.

Ya se integre o no, en los usos ilustrados más genéricos del término “pueblo”, el sentido de “pobreza” que Marcos Fernández Labbé le reconoce en el contexto chileno, la ambivalencia parece haber sido la marca más clara del uso del término en este período. Una ambivalencia de la cual Juan Francisco Fuentes da cuenta en el caso de España al referir las preocupaciones ilustradas con el carácter “anárquico, irracional y violento” de la “plebe”, designada también con los términos peyorativos de “vulgo”, “populacho”, “chusma”, o “canalla”. Según este autor, “los problemas de policía relacionados con las clases populares (…)” se habrían convertido en “una constante preocupación de las autoridades en la segunda mitad del siglo (XVIII), y no sólo los relativos al mantenimiento del orden social y la seguridad pública, sino también a la salubridad, al urbanismo y al abastecimiento de las poblaciones (…)”

Habría qué destacar diferentes configuraciones del comportamiento “tumultuario y a menudo violento del pueblo en fiestas, carnavales y espectáculos” de que nos habla el mismo autor y subrayar que en caso de protesta o rebelión, esta mirada desdeñosa podía asumir otras proporciones y la “plebe” ser calificada de “sediciosa y tumultuada”, como en Nueva Granada en 1781, al producirse el movimiento de los “Comuneros”. Una revuelta que me ha parecido significativa por varias razones, empezando por su propio nombre, que suscitó a las autoras del texto una reflexión sobre el empleo del término que está en el origen de ese nombre, el sustantivo “común”, utilizado en muchas ocasiones como sinónimo de “plebe” como ya tuvimos la ocasión de constatar. Según Margarita Garrido y Martha Lux, el movimiento de los Comuneros habría intermediado el pasaje de nociones de “pueblo” como agente social, racial y moral «a nociones de pueblo como agente político nombrado generalmente como “el común”».

Así, de acuerdo con las mismas autoras, “el concepto político de pueblo en la Nueva Granada emerge definitivamente unido a las antiguas expresiones castellanas de “el común” y la “comunidad” con un sentido semejante al que tuvo para los Comuneros de Castilla de 1521”. Se subraya también que “la costumbre de juntarse “el común” y eventualmente proclamarse cabildo abierto, en momentos en que era convocado o espontáneamente, para expresarse con motivo de la elección de sus alcaldes o por las acciones de estos u otras órdenes de gobernadores, audiencia o virrey, atraviesa poblaciones y siglos coloniales”.

Este sentido del término “pueblo”, y las prácticas a las que nos remite en los territorios de la América española, expresas en la reunión de los “Cabildos” y en la posibilidad de proclamación de “Cabildos abiertos”, estará profundamente implicado en los movimientos que, a partir del principio de la crisis de la monarquía borbónica, se desencadenan en aquellos espacios. No es por casualidad que se apoye en ellos la legitimidad de los movimientos que conducirán a los procesos de emancipación de esos vastos territorios –de México al Río de la Plata.

El “Cabildo” representaría una concepción corporativa y orgánica del orden social –“el pueblo estratificado y jerarquizado”– del que habla Ezio Serrano, autor del texto sobre Venezuela, quien encuentra, igualmente, en diversos documentos anteriores a 1808, alusiones a un “interés común” en función del cual el Ayuntamiento actuaría.

Fuertemente ligada a las instituciones que les garantizaban una relativa autonomía, o sea a los Cabildos, “los pueblos”, en su acepción más genérica, configuran así un concepto esencial en el léxico político de los territorios de la antigua América española que no tiene equivalente, por ejemplo, en portugués. En ese contexto, el singular no parece poder ser disociado del plural, a pesar de que el grado de “contractualismo” que esta concepción supone pueda ser menor en unas regiones que en otras, como, según Cristóbal Aljovín Losada, sería el caso de Perú en comparación con México.

El lugar ocupado por el plural “pueblos” en la América española no parece tener correspondencia en la propia España ni durante el período de 1750-1808/10, ni más tarde. En efecto, considerando el conjunto de la época objeto de análisis, Juan Francisco Fuentes afirma que “tampoco está clara la diferencia entre “el pueblo” y “los pueblos”, pues a lo largo de la época tratada se pueden usar indistintamente una y otra fórmula, incluso por parte de los mismos autores e incluso en los mismos textos y hasta párrafo.

Aunque el plural “pueblos” no tenga ciertamente, en portugués, el mismo sentido fuerte con el que nos deparamos en la América española, lo encontramos, no obstante, con alguna frecuencia en Portugal donde la voz “pueblos” se usaba en el antiguo régimen para designar el conjunto de los vasallos en su estructuración corporativa: “El rey e sus pueblos”. En esa misma época “pueblo”, en singular, designaba también el tercero estado del reino, el “braço” popular, tanto en el sentido general que le integraba en los tres Ordenes como en el sentido local que aparece expreso, por ejemplo, en la expresión “Câmara, Nobreza e Povo”.

Con un sentido territorial y municipalista el plural ha sido usado en momentos en que tenían lugar movimientos insurreccionales en las provincias, como sucederá durante la revuelta rural que, en 1846, se inicia en el norte del país, en relación al cual las autoridades informaban que eran los “pueblos” de esta o de aquella provincia, municipio o lugar quienes se habían levantado contra el gobierno.

En Brasil, el plural “pueblos” no parece haber tenido un uso mucho significativo, ni durante el período colonial ni en el curso de los debates públicos posteriores a la independencia. El singular se encontraba por su parte, frecuentemente restringido a los blancos propietarios o negociante lo que indica la dificultad de transposición para la colonia del concepto de pueblo en su sentido político antiguo de tercero estado de una sociedad de Ordenes, dado que as Cortes tradicionales no habían nunca sido “completamente instituidas en la colonia e dada la maciza presencia en su s populación de “esclavos, libertos e hombres libres pobres”. En ese sentido, incluso la composición de la “plebe” era difícil de determinar. Según el fraile carmelita Domingos do Loreto Couto, esa dificultad se derivaba de que, en Brasil, “ningún blanco pretende formar parte de ella y los pardos quieren ser como los blancos”1.
3. El “pueblo” que “entra en escena” en la coyuntura tan particular de 1808-1810 está profundamente imbricado en la polisemia que hemos observado en el par “pueblo/pueblos”, con mayor incidencia en el singular o en el plural dependiendo de los contextos propios de los espacios observados.

En esos años vertiginosos, que se extienden hasta 1814 y que están marcados por la insurrección antifrancesa y por la primera etapa de la revolución liberal, es cuando, según Juan Francisco Fuentes, se produjo en el contexto español “el descubrimiento del pueblo como protagonista de la historia, con un hasta entonces insospechable acervo de virtudes, –valor, abnegación, patriotismo –, por parte de las elites sociales y culturales que dirigen la resistencia nacional contra los franceses”.

En Portugal, 1808 marca también, con la insurrección antifrancesa, un nuevo protagonismo publico de “pueblo”, abundantemente expresado por un magistrado del Estado absoluto, que escribió en 1811 una História Geral das Invasões dos Franceses, presentando las resistencias portuguesas a las invasiones como una verdadera gesta de la intervención popular, de cuyos peligros no dejaba, sin embargo, de alertar escribiendo: “hace falta (…) conocer al pueblo; después de amotinado raras veces cede antes de que pasen sus primeros ímpetus; cuando acostumbrado a dar la ley no reconoce más límites a sus empresas”.

El caso de Brasil se perfila, por su lado, como excepción, a pesar de la decisiva transformación política que representó, a partir de 1808, el traslado del rey y de la corte portuguesa a Río de Janeiro. El hecho de que ese proceso no implicara un nuevo protagonismo público de los grupos populares, lo privó de algunas de las principales condicionantes de los nuevos usos del vocablo en este período.

Si la mayoría de los textos analizados coinciden en reconocer a la coyuntura de las invasiones francesas de la Península el estatuto de momento clave en el viraje en el uso del vocablo “pueblo”, a ambos lados del Atlántico, en cambio sus autores no interpretan ese viraje en un sentido único.

En relación a Venezuela, Ezio Serrano expresa muy claramente la manera plural como, en esa encrucijada, fue empleado el término. En efecto, para él, “el período que cubre los años de 1808/1814, registra la vitalidad de las viejas acepciones en connivencia con las formas nuevas”. Aludiendo a la crisis de la monarquía española como un momento en que se expresó con dramatismo la crisis del propio reino, en la medida en que el rey era la cabeza de un cuerpo político y un factor esencial de unificación de los diferentes miembros que lo componían, lo que permitió a las corporaciones reclamar la soberanía, concluye a respecto del uso del término “pueblo”: “Hay pues una múltiple confluencia: su acepción como conjunto estructurado de corporaciones que han pactado con el rey para establecer un orden político, el pueblo como receptor y emisor único de la soberanía de la nación, y como conjunto de individuos portadores de derechos”. En cualquier caso, la mayoría de los textos procedentes de la América hispanohablante atribuyen una importancia decisiva, en los nuevos rumbos seguidos por el término “pueblo” y por el plural “pueblos”, al papel desempeñado por los “Cabildos” de las principales ciudades de la América hispánica durante la crisis de la monarquía en España.

Casi general, la reasunción del poder por el “pueblo”, o más característicamente por los “pueblos”, por intermedio de los “Cabildos” conoció, sin embargo, dinámicas distintas en las que, en ocasiones, estuvieron implicadas y se cruzaron diferentes concepciones del término, delineando rutas políticas claramente diferenciadas.

A pesar de las diferencias que pueden ser registradas entre las concepciones implicadas en este proceso, éste no deja de apuntar en un mismo sentido en el conjunto de las antiguas unidades coloniales españolas: el protagonismo de que, a partir de esta coyuntura, pasa a gozar el término “pueblo”, singular o plural. Parafraseando a las autoras del texto referente a Nueva Granada, podría decirse que: “de la configuración política colonial en que la participación de los pueblos estaba relativamente restringida, se pasó a una coyuntura en que la participación popular fue requerida casi con urgencia”.

Este estado de gracia ante la intervención popular será de corta duración. Poco tiempo después sucumbirá ante los problemas planteados por la integración de la diversidad social –y étnica, en el caso de los espacios americanos – del universo popular en el concepto renovado de “pueblo”, contradicción que marcará el mundo Iberoamericano en su conjunto en el período posterior a las revoluciones liberales de la Península ibérica y a las independencias americanas, es decir, a partir de los años 20 y 30 del siglo XIX.
4. El conflicto, a este propósito, puede haberse manifestado de forma más o menos precoz, pero no dejará de impregnar el horizonte de las nuevas experiencias políticas, ya asuman la forma de monarquía Constitucional como en España, Portugal y Brasil, ya la republicana que, en breve, tenderá a imponerse en los restantes espacios aquí considerados.

En el Río de la Plata encontramos desde muy temprano configuraciones de esta cuestión, presente ya en las jornadas revolucionarias de Abril de 1811. Esos días, después de que una parte de las tropas de la ciudad, junto con “hombres de poncho y chiripá” venidos de los suburbios, se hubieran juntado en la plaza principal de Buenos Aires para exigir cambios en el gobierno, fue redactada una petición en nombre del “pueblo” y entregada al “Cabildo”, reconocido como su legítimo representante. No obstante, como Noemí Goldman y Gabriel Di Meglio subrayan, lo que estaba en juego era “quién integraba ese pueblo”. Un testigo hostil acusará, por ejemplo, al “Cabildo” de haber cedido a ciertas exigencias, “suponiendo pueblo a la ínfima plebe del campo”.

En relación a Chile, considera Marcos Fernández Labbé que “a poco andar el proceso de emancipación, la división de la unidad publica, la inquietud popular y la ausencia de ilustración política del pueblo fueron representadas como las amenazas flagrantes al papel soberano de los pueblos en el nuevo tiempo que se abría ante sus ojos”.

Cuando existen, además, desde el inicio del proceso emancipatório, nítidas divisiones entre republicanos y fieles a la monarquía, tales divisiones pasan a incluir las concepciones relativas al “pueblo” pudiendo llevar a situaciones que Ezio Serrano describe, para Venezuela, en los siguientes términos: “(…) la polarización política, dada la existencia de la dicotomía monarquía-república , reactiva una visión del pueblo, nada nueva en aquel momento, que le asocia con su baja condición moral, con la inexistencia de virtudes que lo hacen presa fácil de la demagogia igualitaria”.

Esta doble dicotomía, política y social, puede llegar a expresarse, incluso, por la introducción de una línea divisoria en el concepto de “pueblo”, que supone la existencia de “pueblos sanos” que se contraponen a “pueblos insanos”, es decir, a aquellos que “se orientan y permiten ser orientados por demagogos carentes de toda virtud”.

En España, tal como en Portugal, durante el sinuoso proceso de implantación del liberalismo, entrecortado por sucesivos enfrentamientos con los partidarios del absolutismo, carlistas en España y miguelistas en Portugal, el término oscilará entre el “pueblo” fiel y primer defensor del trono y del altar de los absolutistas, generalmente campesino, y el “pueblo” de los liberales, cuyo arquetipo estaba más próximo de las clases populares urbanas. En Portugal, los partidarios del absolutismo oriundos de las capas populares que se manifestaban a favor de D. Miguel, eran motejados de “desarrapados” y “canalla” por la prensa liberal, que evitaba así usar el término “pueblo” al referirse a ellos.

Del lado de los liberales, estas cuestiones implicaban el problema de la educación e ilustración del “pueblo”, vistas también como condiciones indispensables para el funcionamiento del régimen representativo. No es, ciertamente, por casualidad que los primeros años de régimen liberal en la península Ibérica y de independencia en muchos de los nuevos países nacidos del desmembramiento de la antigua América española, se publicaran numerosos catecismos políticos y muchos periódicos destinados a ilustrar al “pueblo” y que el tema de la educación fue constantemente evocado.

La concepción de “pueblo”, que había alimentado los movimientos que condujeron a la instalación de sistemas representativos a ambos lados del Atlántico y legitimado la ruptura con los antiguos regímenes se enfrentará, a partir de la estabilización política posterior a las independencias americanas y al triunfo de los regímenes liberales en la península Ibérica en las décadas de 1820 y 1830, con el problema de la diversidad social del “pueblo” en otro terreno decisivo: el de la capacidad electoral.

La cuestión de la ampliación o de la restricción del derecho de sufragio, así como los argumentos que la acompañan, es un excelente punto de observación de las relaciones entre el sentido moderno del término “pueblo” y la diversidad social que éste puede albergar, que remite también, en el espacio americano, al importante problema de las poblaciones no libres o de los grupos étnicos subordinados, como los individuos de origen africano y/o indio. En este aspecto, uno de los casos más flagrantes a considerar será el de Brasil. De hecho, más allá de la identificación que los diccionarios registran, en el contexto portugués, de “plebe” con “pueblo menudo”, “gentuza” o “bajo pueblo”, el “pueblo de la colonia”, compuesto por negros, mulatos y mamelucos, era considerado “racialmente impuro” e integrado por “criaturas desobedientes y en quienes no cabía confiar” como subraya Luisa Rauter Pereira.

Según la misma autora en la revuelta emancipadora de Pernambuco de 1817, los líderes del movimiento tenían en el horizonte una sociedad “de clases nobles, de “homens bons”, es decir, una república de propietarios que mantuviera las distinciones sociales básicas de la sociedad colonial, esto es, entre “homens bons”, plebe y esclavos”.

Tras la independencia (1822), aunque algunos movimientos políticos, como el que en 1824 proclamó la Confederación del Ecuador, hayan “contado con la participación más intensa de los extractos populares, negros, libertos y mulatos”, el gran número de revueltas que estallan en el nuevo Imperio va a acentuar la contradicción entre la concepción de “pueblo”, como portador de la voluntad general, y la “plebe” compuesta por blancos pobres, libertos y mestizos, debilitando así las tendencias políticas más liberales.

En el Río de la Plata, la ley electoral no dejó de reflejar inflexiones que expresaban, por lo menos en parte, la contradicción entre el concepto político moderno de “pueblo” y la diversidad social que el término incluía. Los resultados oscilaron entre la ley de sufragio de 1821, que concedía el derecho de voto a “todo hombre libre mayor de 20 años”, y la restrictiva redefinición que, en 1824, impuso la exclusión de “criados, peones, jornaleros, soldados de línea y vagos”. En este contexto, resulta clarificador el argumento avanzado, según el cual “por democrático que sea el gobierno republicano, nunca puede comprender a todos. Es indispensable excluir a todos aquellos que no tienen todavía una voluntad bastante ilustrada por la razón, o que tienen una voluntad sometida a la voluntad de otros”2.

Francisco Bilbao, un liberal chileno, traductor de Lammenais, diría, en el contexto del debate sobre a relación entre “pueblo” y soberanía de la naciones, que “el hombre del pueblo no conoce su deber social y su derecho, vende su voto y no tiene ni toma interés en los negocios públicos”. Seria, pues, necesario “rehabilitar-lo” para que pudiera ejercer su efectiva soberanía.

En Perú existía en el inicio de los años 20, una preocupación comparable con la utilización que los pueblos harían del sistema representativo, y se escribía a propósito da temática electoral en el contexto de un proyecto constitucional: “ (…) será la mayor fortuna del Perú que los pueblos tengan particular esmero en nombrar unos representantes capaces de hacerles su felicidad”3.

Visiones contrastadas sobre el “pueblo” situadas en esta línea van a informar sobre la división entre “moderados” y “exaltados” en la península ibérica, que incluye en su seno el debate sobre el papel del “pueblo” en el régimen liberal a propósito no sólo del régimen de sufragio sino también de la existencia de sociedades patrióticas o de una milicia cívica, así como, de forma más genérica, de la movilización de la calle contra los enemigos del régimen.

Más tarde, la alternancia entre “moderados” y “exaltados” llevará a formas retóricas de interpelación al “pueblo” y a la utilización frecuente de un lenguaje marcado por la duplicidad. Juan Francisco Fuentes llama la atención hacia la existencia de periódicos afectos al liberalismo moderado que defienden insurrecciones populares contra los progresistas y de periódicos progresistas que invocan al “pueblo” de forma ritual, con el único objeto de alcanzar el poder.

En Portugal, reencontramos muchas de estas líneas de fractura si bien con algunas configuraciones específicas. Alexandre Herculano, uno de los intelectuales portugueses más influyentes del ochocientos, publicista e historiador además de combatiente de la causa liberal durante la guerra civil que enfrentó a liberales y miguelistas en 1832-34, las expresó mejor que nadie en un texto, publicado en francés, titulado “Mouzinho da Silveira ou la révolution portugaise”, donde analizaba la obra del estadista que había producido la legislación que más radicalmente se orientaba hacia la abolición del Antiguo Régimen en el plano económico:

“ Quand je dis le peuple je n’entends pas parler de la populace qui ne réfléchissait point ; qui n’avait presque pas d’intérêts matériels aux moraux attachés aux mesures du cabinet Mouzinho qui journellement était prêchée , excitée, fanatisée par des moines. . (…).Non, ce n’est pas de ces gens-là que je vous parle : j’en laisse le soin aux démocrates. Pour moi le peuple c’est quelque chose de grave, d’intelligent, de laborieux (…) ».4

También aquí nos deparamos con la preocupación de distinguir “quién es quién” dentro de la masa del “pueblo”, primer paso para el establecimiento de una línea divisoria entre el “pueblo verdadero” y el “falso pueblo”, que encontramos en otras latitudes.

La condición de propietario y residente como exigencia para integrar el “pueblo” con acceso a la soberanía es subrayada en Venezuela por Miguel José Sanz: “pero este pueblo no es multitud, él se forma de los propietarios… sólo el que posee y reside es parte del Pueblo, y en esa calidad tiene voz activa y pasiva, o tiene intervención en la formación de leyes y su ejecución”5.

El camino que lleva a que, de la apelación urgente al “pueblo” como fuente de legitimidad política del período de las independencias de la América española, se pase a la desconfianza y al debate sobre quién puede incluirse en esa categoría-base del sistema representativo que encontramos en los años 20 y 30, tiene un claro paralelo en ciertos contextos específicos en la conceptualización del plural “pueblos”.

En México, según Eugenia Roldán Vera, el período que media entre la independencia (1821) y la caída de Iturbide (1824) da cuenta no sólo de los desplazamientos de sentido del término “pueblos”, sino también de la complejidad de la relación entre el plural y el singular. La coronación de Iturbide como emperador se apoya en la idea de que el “pueblo” es superior al congreso en cuanto que instancia dotada de soberanía. Y, sin embargo, a pesar de haberse coronado con este tipo de legitimidad, Iturbide será derribado por los “pueblos”, en el sentido pactista del término, o sea por las provincias, ciudades, villas y “pueblos” cuyo grado de participación política se había fortalecido desde 1808. Entre los argumentos evocados en esa ocasión, estaba el de que “la voluntad de un individuo o de muchos sin estar expresa y legítimamente autorizados al efecto por los pueblos, jamás podrá llamarse la voz de la nación”6.

El conflicto entre soberanía de los “pueblos” y soberanía del “pueblo” marcará el período que seguirá a la caída de Iturbide y el federalismo pasará a ser defendido como el sistema en que “cada estado es libre y soberano”, por lo que “es el más conforme a los derechos de los pueblos”. El plural será usado también en la retórica de los pronunciamientos militares que se sucederán, legitimándose a través de la reacción de los “pueblos oprimidos”, de quienes el ejército sería el sustentáculo.

Aunque, en Argentina, la oposición entre “pueblo” y “pueblos” haya alimentado proyectos unitarios y federales de organización política y conducido a una guerra civil, las provincias del litoral buscaron un acuerdo todavía durante el conflicto, llevando a la constitución del “Pacto del litoral”, en cuyo texto fundador se dice que “la mayor parte de los pueblos de la república ha proclamado del modo más libre y espontáneo la forma de gobierno federal”.

Sin embargo, la Constitución de 1853 vendría a consagrar el singular “pueblo” y, aún más que eso, la idea de la coincidencia entre “pueblo” y “nación”. Se iniciaba de la siguiente forma: “Nos los representantes del pueblo de la Nación Argentina”. Solo en el 1860 el plural “pueblos” seria eliminado del texto constitucional.

En el territorio de Venezuela, los términos “pueblo” y “pueblos” se contraponen de forma compleja, en articulación con la oposición entre monárquicos y republicanos. Según Ezio Serrano, “el sentido plural se actualiza por la necesidad de recuperar o restaurar un orden político que tradicionalmente concebía la monarquía como una pluralidad de pueblos vinculados por un pacto establecido con el rey”. Al mismo tiempo, el plural también era usado por los realistas cuando se referían a la relación con España como a “los sagrados vínculos de unos pueblos que habían sabido darse las manos a través de todo el océano”.

En Perú, el uso del plural “pueblos” se mantiene de una forma menos conflictiva que en los casos anteriormente citados. El General San Martín se dirige a los “pueblos del Perú” y el papel que se propone desempeñar es el de “padre de la patria”. Bolívar, a su vez, es descrito como “padre de los pueblos”. Durante el protectorado, con el debate sobre los modelos monárquico-constitucional o republicano de gobierno, el concepto de “pueblo” fue utilizado en singular por los partidarios de uno y otro sistema en estrecha relación con una acepción que lo asocia a soberanía y libertad.

No obstante, el plural “pueblos” será blandido por los partidarios de la Confederación Perú-Boliviana, como sucedió con un periódico cuzqueño que argumentaba a favor de la confederación afirmando que: “los pueblos asumen su soberanía y su primitiva libertad”.

En Brasil, tras la independencia proclamada en 1822 bajo la égida de D. Pedro, el heredero del trono portugués, convertido en emperador del nuevo estado, se registran importantes revueltas en las provincias, pero la forma de legitimación ligada a la voluntad de los “pueblos” no parece haber sido utilizada.

En Pernambuco, en 1824, tiene lugar un movimiento claramente republicano, “marcado pelo ideal federativo”, que contó con una participación importante de extractos populares, negros libertos y mulatos, pero el plural “pueblos” no parece haber sido conceptualizado en términos próximos a lo que ocurrió en los estados que habían integrado la antigua América española en apoyo de las propuestas federalistas.

Más tarde, ya después de la caída de D. Pedro, se registran otros movimientos revolucionarios separatistas, como sucedió en Bahía en 1837 con el movimiento conocido como “Sabinada”, en lo cual “se defendía la soberanía y la libertad del “pueblo” pero no se incluían los esclavos. En 1839, en la provincia de Maranhão, tuve también lugar una revuelta popular de grandes dimensiones contra las autoridades provinciales, la “Balaiada”, que fue aprovechada por los liberales para combatir a los conservadores que detentaban el poder Sin embargo, la intervención de la “plebe” en favor de los liberales terminará por conducir a la unión de estos últimos con los conservadores, que se encargaron de reprimir a los rebeldes. De modo significativo un político conservador de la provincia deploraba la acción sanguinaria de una “raza cruzada de indios, blancos y negros a la que llaman zambos (…)” ilustrando, una vez más, en qué medida la diferenciación étnica concurría con la diferenciación social como obstáculo a una visión unificada de “pueblo” en Brasil.
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