Stories not for the nervous






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Prohibido a los Nerviosos

Recopilación de Alfred Hitchcock

Título original: STORIES NOT FOR THE NERVOUS

Edición en lengua original:
© E. Mallorquí del Corral, Rosa Moreno, Jaime Piñeiro – 1969 – Traducción

TO THE FUTURE, by Ray Bradbury

© 1950 by The Crowell Collier Publishing Co. — RIVER OF RICHET, by Gerald Kersh

© 1958 by The Curtis Publishing Co. — LEVITATION, by Joseph Payne Breman

© 1958 by Joseph Payne Breman — MISS WINTERS AND THE WIND, by Christine Noble Govan

© 1946 by Creative Age. Press, Inc. — VIEW FROM THE TERRACE, by Mike Marmer

© 1960 by Cosmopolitan Magazine — THE MAN WITH COPPER FINGERS, by Dorothy L. Sayers

© 1956 by Anthony Fleming — TWETY FRIENDS OF WILLIAM SHAW, by Raymond E. Banks

© 1960 by Raymond E. Banks — THE OTHER HANGMAN, by Carter Dickson

© 1940 by William Morrow and Co. Inc. — DON'T LOOKBEHIND YOU, by Frederic Brown

© 1947 by Davis Publications Inc. (formerly Mercury Publications Inc.) Originalli appeared in Ellery Quen’s Mystery Magazine — NO BATH FOR THE BROWNS, by Margot Bennet

© 1944 by Margot Bennet — THE UNINVITED, by Michael Gilbert

© 1960 by Popular Publications Inc. — DUNE ROLLER, by Julian May

© 1951 by Julian May Dikty — SOMETHING SHORT OF MURDER, by Henry Siesar

© 1957 by Henry Siesar. Originalli appeared in Alfred Hitchcock's Mystery Magazine — GOLDEN GIRL, by Ellis Peters

© 1964 by United Newspapers Magazine Corporation. Reprinted from This Week Magazine — THE BOY WHO PREDICTED EARTH-QUAKES, by Margaret St. Clair

© 1950 by Margaret St. Clair. Origi­nalli appeared in Mac Lean's Magazine — WALKING ALONE, by Miriam Allen de Ford

© 1957 by Davis Publications Inc. — FOR ALL THE RUDE PEOPLE, by Jack Richtie

© 1961 by Alfred Hitchcock Mystery Magazine — THE DOG DIED FIRST, by Bruno Fischer

© 1949 by Bruno Fischer — ROOM WITH A VIEW, by Hal Dresner

© 1962 by H.S.D. Publications, Inc. — LEMMINGS, by Richard Mathenson

© 1957 by Mercury Press, Inc. — WHITEGODDESS, by Idris Seabright

© 1956 by Margaret St. Clair. Originalli appeared in the Magazine of Fantasv and Science Fiction — THE SUBSTANCE OF MARTYRS, by William Sambrot

© 1963 by William Sambrot — CALL FOR HELP, by Robert Arthur

© 1964 by Robert Arthur. Originalli appeared in Mike Shayne Mystery Magazine — SORRY, WRONG NUMBER, by Allan Ullman and Lucille Fletcher

© 1948 by Lucille Fletcher.
La presente edición es propiedad de EDITORIAL BRUGUERA, S. A.

Mora la Nueva, 2. Barcelona (España)

Edición especial: septiembre, 1972

Printed in Spain

Impreso en España

Depósito legal: B. 35.147 - 1972

Impreso en los Talleres Gráficos de EDITORIAL BRUGUERA, S. A.

Mora la Nueva, 2 - Barcelona - 1972

Trabajo digital: Artulópezchih
BREVE MENSAJE PREVIO

Este libro, como su título indica, está «prohibido a los nerviosos». Muchos lectores dirán que el mismo título podría aplicarse a cualesquiera de los varios volúmenes de terror, romanceros de «suspense» o antologías de lo extraño que de vez en cuando he compilado para dar gusto a mis amigos y seguidores. Estarán en lo cierto.

Porque yo no soy hombre dado a someterse al dic­tado de los nerviosos. Si tiene usted el hábito de morderse las uñas, si salta del asiento cuando oye un porta­zo o si lanza un alarido cuando alguien grita «¡Bu!» junto a su oreja, mi mensaje se reduce a tres palabras: «Suelte este libro».

Por el contrario, si posee usted buen control de sus nervios y si éstos reaccionan con placentero cosquilleo ante un toque de horror o hallan un delicioso estímulo en la chispita de «suspense», cordialmente le invito a que me siga.

Acomódese donde guste, o donde pueda, y empiece la lectura por donde le venga en gana. Interrúmpala para regalarse con un descanso en el punto que le parezca más conveniente, y vuelva a ella cuando se sienta dispuesto. La mayor informalidad debe gobernar su disfrute de esta suculenta ensalada de relatos. Los hay, creo yo, para todos los paladares.

Excepto, claro está, para el paladar de los nerviosos.

Y con esto terminan los sesenta segundos que se le conceden al presentador.
Alfred Hitchcock

HACIA EL FUTURO

RAY BRADBURY
Los cohetes chamuscaron el pavimento de ladrillos, iluminaron los muros de adobe del café y fueron a esta­llar junto a la alta torre de la iglesia, mientras un ígneo toro corría por la plaza, persiguiendo a los muchachos y a los alegres hombres. Era una noche primaveral, en Mé­xico, en el año 1938.

El señor William Travis y su esposa, sonriendo, per­manecían al margen de la alborotadora multitud. El toro cargó contra ellos. El hombre y la mujer, para esquivar­le, corrieron hacia la banda de música que tocaba, ensor­decedoramente, "La Paloma". El toro, una armazón de cañas de bambú y pólvora negra, pasó de largo, ágilmen­te transportado a hombros de un mexicano.

—En mi vida me he divertido tanto —jadeó Susan Travis al detenerse.

—Es formidable —dijo William.

—Seguirá, ¿verdad? Me refiero a nuestro viaje.

El se dio un golpecito en el bolsillo de la americana.

—Tengo bastantes cheques de viajero para toda una vida. Diviértete. Olvida lo que te preocupa. Nunca nos encontrarán.

—¿Nunca?

Ahora alguien quemaba aparatosos fuegos artificiales desde el campanario.

El toro estaba apagado. Cuando el mexicano se quitó la armazón de los hombros, los niños se arremolinaron para tocar a la magnífica bestia de cartón piedra.

—Vamos a ver el toro —dijo William.

Al pasar junto a la entrada del café, Susan vio al ex­traño hombre que les miraba. Era un tipo de traje blanco y rostro enjuto y tostado por el sol. Sus ojos les ob­servaban fríamente.

Susan no se hubiera fijado en él de no ser por las bo­tellas que el hombre tenía sobre su mesa; una de crema de menta, otra, más clara, de vermut; otra, de coñac, y siete más de licores variados; y, al alcance de la mano, diez vasitos medio llenos de los que, de vez en cuando, bebía un sorbo, sin apartar la mirada de la calle. En su mano libre humeaba un habano, y sobre una silla se veían veinte cartones de cigarrillos turcos, seis cajas de cigarros y unos cuantos frascos de colonia dentro de sus cajas.

—Bill —susurró Susan.

—Calma —aconsejó William—. Ese hombre no es nadie.

—Esta mañana le vi en la plaza.

—No mires atrás y sigue andando. Examina el toro de cartón piedra. Así. Ahora haz preguntas.

—¿Crees que pertenece a los Buscadores?

—¡No es posible que nos hayan seguido!

—¡A lo mejor sí!

—¡Qué toro tan bonito! —dijo William al mexicano.

—No es posible que nos siguiera a través de doscien­tos años, ¿verdad?

—¡Cuidado con lo que dices! —aconsejó William. Ella se estremeció. Su marido la tomó por el brazo e hizo que echase a andar.

—No te desanimes —sonrió, para que la actitud de ambos pareciese normal—. Todo irá bien. Vamos a ese café y sentémonos frente a él, para que, si es lo que tú temes, no sospeche.

—No, no puedo.

—Tenemos que hacerlo... Vamos. ¡Y entonces le con­testé a David que eso era ridículo! — esto último lo dijo en voz alta, mientras subían los escalones del café.

Susan pensó:

"Aquí estamos. ¿Quiénes somos? ¿Adonde nos dirigi­mos? ¿Qué tenemos?"
Luego se dijo a sí misma que era mejor, para con­servar la cordura, comenzar por el principio. Notando bajo las suelas de los zapatos el piso de ladrillos, re­memoró:

"Me llamo Ann Kristen, y el nombre de mi marido es Roger. Nacimos en el año 2155 después de Cristo. Y vi­víamos en un mundo dominado por el terror. En un mundo que era como un enorme barco apartándose de la orilla de la cordura y la civilización, haciendo sonar su sirena en la noche y llevando a dos mil millones de personas —lo quisieran ellas o no—, a la muerte, al holocausto de la radiactividad y la locura".

Entraron en el café. El hombre les miraba. Sonó un teléfono.

El ruido sobresaltó a Susan. Le hizo recordar otro te­léfono que sonó a doscientos años en el futuro, en aque­lla limpia mañana de abril de 2155. Ella contestó a la llamada.

—¡Ann, soy René! ¿Lo has leído? Me refiero a eso de la Compañía de Viajes en el Tiempo. Excursiones a la Roma del año XXI antes de Cristo, viajes al Waterloo de Napoleón, a cualquier época, a cualquier lugar.

—René, estás bromeando.

—No. Clinton Smith salió esta mañana para la Filadelfia de mil setecientos setenta y seis. La Compañía de Viajes por el tiempo lo arregla todo. Cuesta mucho. Pero piensa en lo que significa presenciar, de veras, el incen­dio de Roma, ver a Kublai Khan, a Moisés ante el mar Rojo... Probablemente tendrás un anuncio de la empre­sa en el tubo del correo neumático.

Ann había abierto el tubo de succión y allí estaba la hoja de metal del anuncio:
¡ROMA Y LOS BORGIAS!

¡LOS HERMANOS WRIGHT EN KITTY HAWK!

La Compañía de Viajes por el Tiempo le provee de vestuario, le puede colocar entre una multitud durante el asesinato de Lincoln o de Julio César. Le garantizamos la enseñanza de cualquier idioma que necesite para mo­verse libremente en cualquier civilización, en cualquier año y sin tener ningún problema. Latín, griego, norte­americano coloquial antiguo. En sus vacaciones cambie de TIEMPO lo mismo que de Lugar.

La voz de René decía, en el teléfono:

—Tom y yo salimos mañana para mil cuatrocientos noventa y dos. Están haciendo arreglos para que Tom zarpe con Colón. ¿No es fantástico?

—Sí — murmuró Ann, con asombro —. ¿Y qué dice el Gobierno de esa Compañía de Viajes por el Tiempo?

—Oh, la policía la vigila. Teme que la gente pueda eva­dir el reclutamiento, escaparse y encontrar refugio en el Pasado. Al partir, todos deben dejar una fuerte fianza, su casa y todas sus pertenencias. Es para que el regreso quede garantizado. Después de todo, estamos en guerra.

—Sí, la guerra —murmuró Ann—. La guerra.

En pie allí, con el teléfono en la mano, Ann pensó:

"Aquí está la oportunidad por la que mi marido y yo habíamos rezado durante tantos años. No nos gusta este mundo de 2155. Deseamos escapar del trabajo de Roger en la fábrica de bombas, del mío en la planta de armas bacteriológicas. Tal vez esto nos brinde una cierta posi­bilidad de escapar, de huir a través de los siglos hasta alguna época salvaje en la que nunca puedan encontrar­nos ni hacernos volver para quemar nuestros libros, cen­surar nuestros pensamientos, lavar nuestros cerebros me­diante el pánico, obligarnos a marcar el paso y gritarnos desde las emisoras de radio..."
El teléfono sonó.

Estaban en México, en el año 1938.

A los buenos trabajadores del Estado Futuro se les permitía unas vacaciones en el Pasado para reponerse de la fatiga. Por eso ella y su marido se desplazaron a 1938. Tomaron una habitación en Nueva York y disfrutaron del teatro y de la Estatua de la Libertad, que aún erguía su verde mole en el puerto. Y al tercer día cambiaron de ropas y nombres y volaron a esconderse a México.

—Debe de ser él — susurró Susan, mirando al extraño hombre sentado a la mesa—. Todos esos cigarrillos, los puros, el licor... Eso le descubre. ¿Te acuerdas de nues­tra primera experiencia en el Pasado?

Un mes atrás, durante su primera noche en Nueva York, habían probado todas las extrañas bebidas, compraron alimentos, perfumes, cigarrillos de cien marcas distintas. En el Futuro escaseaban esos productos. Allí la guerra lo era todo. Por eso se comportaron como ton­tos, entrando y saliendo de tiendas, bares y estancos y yendo luego a refugiarse en su habitación para ponerse maravillosamente enfermos.

Y ahora allí estaba aquel extraño, portándose de un modo similar, haciendo algo que sólo un hombre del Fu­turo haría. Un hombre que había pasado demasiados años hambriento de licor y cigarrillos.

Susan y William tomaron asiento y pidieron unas be­bidas.

El extraño observaba sus ropas, sus cabellos, sus jo­yas, la forma en que andaban y permanecían sentados.

—Compórtate con naturalidad —recomendó William, en un susurro —. Haz como si hubieses llevado estas ro­pas durante toda tu vida.

—Nunca debimos intentar la huida.

—¡Dios Santo! —exclamó William—. Se acerca. Dé­jame hablar a mí.

El extraño se inclinó ante ellos. Hubo un ligerísimo entrechocar de tacones. Susan se estremeció. Aquel soni­do marcial era tan inconfundible como cierta desagra­dable forma de llamar a la puerta de uno a medianoche.

—Señor Kristen: al sentarse, no se tiró usted de las perneras de los pantalones — dijo el extraño.

William se quedó helado. Se miró las manos, que des­cansaban inocentemente sobre las piernas. El corazón de Susan latía de forma frenética.

—Se equivoca usted de persona —replicó él con ra­pidez—. No me llamo Krisler.

—Kristen — corrigió el extraño.

—Soy William Travis — Aseguró William—. Y no sé qué le importan las perneras de mis pantalones.

—Lo siento. — El extraño se acercó una silla —. Digamos que creí reconocerle porque no se tiró de las per­neras hacia arriba. Todos lo hacen. Si no, a los panta­lones se les forman rodilleras. Estoy muy lejos de mi hogar, señor... Travis... y echo de menos la compañía. Me llamo Simms.

—Señor Simms, comprendemos que se sienta usted solo, pero nos sentimos muy cansados. Mañana salimos para Acapulco.

—Un sitio encantador. Hace poco que estuve allí, bus­cando a unos amigos míos. Tienen que estar en algún lado, pero aún no los he encontrado. ¡Oh! ¿Se siente en­ferma la señora?

—Buenas noches, señor Simms.

Echaron a andar hacia la puerta. William sujetaba con firmeza el brazo de Susan. No miraron atrás cuando Simms les dijo:

—¡Sólo otra cosa! —Hizo una pausa y luego, lenta­mente —: Dos-mil-ciento-cincuenta-y-cinco.

Susan cerró los ojos y notó como si la tierra se hun­diese bajo sus pies. Sin ver nada, siguió andando, adentrándose en la plaza.

Una vez en su cuarto del hotel, cerraron la puerta. Ella se echó a llorar. Los dos permanecieron inmóviles en la oscuridad, notando cómo la habitación daba vuel­tas a su alrededor. Muy lejos, los fuegos artificiales seguían explotando, y en la plaza se oía ruido de risas.

—¡Qué cochino tipejo! —Exclamó William—. Sentado allí, mirándonos de arriba abajo, como si fuésemos ani­males, fumándose sus malditos cigarrillos y bebiéndose su cochino licor. ¡Debí matarle entonces! —En su voz había un matiz casi histérico—. Incluso tuvo la desfa­chatez de darnos su verdadero nombre. El jefe de los Buscadores. ¡Y lo de mis pantalones! Debí haber tirado de ellos hacia arriba cuando me senté. En esta época, ése es un movimiento automático. Como no lo hice, me distinguió de entre los demás. La cosa le hizo pensar: "Ahí hay alguien que nunca ha llevado pantalones, un hombre acostumbrado al uniforme corto y a las modas del Futuro." ¡Debería matarme por delatarnos así!

—No, no. Fue mi forma de andar con tacones altos la que tuvo la culpa. Y nuestros cortes de pelo tan recientes. Tenemos un aspecto extraño, de estar incómodos.

William encendió la luz

—Aún está probándonos. No se siente del todo seguro. Por tanto, no debemos huir. No hay que darle la certi­dumbre. Iremos de vacaciones a Acapulco.

—Puede que esté seguro y sólo desee jugar con no­sotros.

—No diría que no. Tiene todo el tiempo del mundo. Si lo desea, puede dedicarse a haraganear por aquí y devolvernos al Futuro sesenta segundos después de nues­tra partida de allí. Antes de actuar, le es posible mante­nernos en vilo días y días, riéndose de nosotros.

Susan se sentó en la cama, secándose las lágrimas.

—No serán capaces de dar un escándalo, ¿verdad?

—No se atreverán. Tienen que atraparnos a solas para utilizar con nosotros la Máquina del Tiempo y enviarnos de regreso al Futuro.

—Entonces, hay una solución —dijo ella—. No este­mos nunca solos, sino rodeados de gente.

En el exterior del cuarto sonaron unas pisadas.

Apagaron la luz y se desnudaron en silencio. Los pasos se alejaron.

Susan, en la oscuridad, permanecía junto a la venta­na, mirando la plaza.

—O sea que ese edificio de ahí es una iglesia, ¿no?

—Sí.

—Muchas veces me he preguntado cómo serían las iglesias. ¡Hace tanto que desapareció la última! ¿Podemos visitarla mañana?

—Claro. Ven a acostarte. Susan lo hizo.

Media hora más tarde sonó el teléfono. Ella contestó:

—Diga.

—Los conejos pueden esconderse en el bosque — dijo una voz —; pero siempre hay un zorro que los encuentra.

Susan colgó y volvió a tumbarse rígidamente en la cama.

Fuera, en el año 1938, un hombre que tocaba la gui­tarra cantó tres canciones, una tras otra...

Durante la noche, extendiendo la mano, Susan casi podía tocar el año 2155. Notaba resbalar sus dedos sobre fríos espacios de tiempo, que formaban una especie de superficie arrugada, y oía el insistente y sordo sonido de pies marcando el paso, de un millón de bandas tocando un millón de marchas militares. Veía las cincuenta mil filas de cultivos bacteriológicos metidos en sus asépticos tubos de cristal. Notaba su mano extenderse hacia ellos en la inmensa factoría del Futuro. Veía los tubos de le­pra, peste bubónica, tifus, tuberculosis. Oía la enorme explosión y contemplaba su mano reducida a cenizas, notando los efectos de una sacudida tan inmensa que el mundo saltaba y volvía a caer. Todos los edificios se de­rrumbaban y el silencio se extendía sobre una masa de gentes desangradas. Los grandes volcanes, las máquinas, el viento, los aludes... Todo iba difuminándose y se aca­llaba...

Susan se despertó, sollozando. Estaba en la cama, en México, a muchos años de distancia...

A primera hora de la mañana, embotados por la úni­ca hora de sueño que al fin les había sido posible obtener, ella y su marido fueron despertados por unos ruidosos automóviles que atravesaban la calle. Desde el bal­cón Susan pudo ver las personas que habían salido de unos coches y camiones con letreros rojos. El pequeño grupo charlaba y gritaba. Una multitud de mexicanos ha­bía seguido a los camiones.

—¿Qué pasa? — preguntó Susan, en español, a un mu­chacho.

El chico se lo contó.

Susan se volvió a su marido.

—Es una compañía cinematográfica norteamericana que viene a filmar exteriores aquí.

—Parece interesante. — William estaba en la ducha —. Vamos a verlos. No creo que sea conveniente irnos hoy. Trataremos de chasquear a Simms.

Bajo el brillante sol, Susan había olvidado por un mo­mento que, en alguna parte del hotel, esperando, había un hombre que, según parecía, fumaba unos mil cigarri­llos diarios. Al ver a los ocho ruidosos y felices nortea­mericanos allá abajo, la mujer sintió deseos de gritarles:

—¡Socorro! ¡Sálvenme, denme refugio! Vengo del año dos mil ciento cincuenta y cinco.

Pero las palabras se le ahogaron en la garganta. Los funcionarios de la Compañía de Viajes por el Tiempo no eran tontos. Antes de emprender el viaje, en el cerebro de cuantos lo realizaban era colocada una barrera sico­lógica. Era imposible revelar a nadie la verdadera época o lugar de nacimiento de uno, ni se podía explicar nada del Futuro a los del Pasado. El Pasado y el Futuro de­bían ser defendidos uno de otro. Sólo con esa barrera se permitía a la gente viajar por el Pasado sin vigilancia. El Futuro debía ser protegido de cualquier cambio cau­sado por su gente al viajar por el Pasado. Aunque Susan deseara con todo corazón hacerlo, no podría decir a nin­guna de aquellas felices gentes de la plaza quién era ella ni en qué aprietos se encontraba.

—¿Vamos a desayunar? — propuso William.

El desayuno se servía en el inmenso comedor. Jamón y huevos fritos para todo el mundo. El lugar estaba lleno de turistas. Los ocho del equipo cinematográfico— seis hombres y dos mujeres—, entraron riendo y se pusieron a correr sillas. Susan se sentó cerca de ellos, notando la calidez y protección que emanaba de ellos, aun cuando el señor Simms estuviera bajando las esca­leras, fumando con fruición un cigarrillo turco. Les saludó desde lejos y Susan respondió con una sonrisa, pues, con tanta gente alrededor, el hombre no podía hacerles nada.

—Esos actores... —empezó William—. Tal vez pudie­ra contratar a dos de ellos, diciéndoles que era para una broma, vestirles con nuestra ropa y hacer que se fuesen en nuestro coche cuando Simms no pudiera ver quién conducía. Si dos personas pasando por nosotros le dis­trajeran unas cuantas horas, podríamos llegar a Ciudad de México.

—¡Hey!

Un hombre grueso y con aliento alcohólico se inclinó sobre su mesa.

—¡Turistas norteamericanos! —gritó—. ¡Estoy tan harto de ver mexicanos que me dan ganas de besarles!

— Les estrechó la mano—. Vengan a comer con noso­tros. La miseria ama la compañía. Yo soy el señor Mi­seria, ésta la señorita Tristeza y ésos el señor y la señora Detestamos México. Todos lo odiamos. Pero tenemos que hacer unas tomas preliminares para una cochina pelícu­la. El resto de la pandilla llega mañana. Me llamo Joe Melton. Soy el director, y éste es un infierno de país. Funerales en las calles, gente muriéndose... ¡Pero, ven­gan! ¡Únanse a nosotros, a ver si logran animarnos! Susan y William se echaron a reír.

—¿Les parezco divertido? —preguntó el señor Melton.

—¡Estupendo! —dijo Susan, yendo a la mesa de los otros.

Desde el otro extremo del comedor, el señor Simms les miraba.

Susan le hizo una mueca.

El hombre, sorteando las mesas, avanzó hacia ellos.

—¡Señores Travis! —llamó—. Creí que íbamos a de­sayunar juntos.

—Lo siento — dijo William.

—Siéntese, camarada —invitó Melton—. Cualquier amigo de ellos es un camarada mío.

Simms se sentó. La gente de cine hablaba muy alto y mientras ellos armaban bullicio, Simms dijo, en voz baja:

—Espero que hayan dormido bien.

—¿Y usted?

—No estoy acostumbrado a los colchones de muelles — replicó el señor Simms—. Pero hay compensaciones. Me he pasado la mitad de la noche probando nuevos ci­garrillos y comidas. Resultan extraños, fascinantes. Es­tos antiguos vicios constituyen un nuevo mundo de sen­saciones.

—No sabemos de qué habla — dijo Susan. Simms rió:

—Siempre en su papel, ¿no? Es inútil. Lo mismo que la estratagema de rodearse de gente. Alguna vez les co­geré a solas. Tengo muchísima paciencia.

—Oiga... —interrumpió Melton—, ¿les molesta este tipo?

—En absoluto.

—Pues si empieza a hacerlo, díganmelo y yo le ajus­taré las cuentas.

Melton se volvió para seguir bromeando con sus com­pañeros. Mientras sonaban las risas, Simms prosiguió:

—Vayamos a lo que importa. El localizarles me ha costado un mes de seguir su pista por ciudades y pueblos. Y necesité todo el día de ayer para estar seguro de que eran ustedes. Si me acompañan sin armar jaleo, tal vez consiga que no sean castigados... siempre que su ma­rido esté de acuerdo en volver a trabajar en la Bomba de Hidrógeno-Plus.

—No sabemos de qué habla.

—¡Ya está bien! —gritó Simms, irritado—. ¡Empleen la inteligencia! Saben que no podemos permitirles que triunfen en su intento de huida. A otras personas del año dos mil ciento cincuenta y cinco podría ocurrírsele la misma idea e imitarles. Necesitamos gente.

—Para luchar en sus guerras —dijo William.

—¡Bill!

—No te preocupes, Susan. Ahora vamos a hablar en sus mismos términos. No podemos huir.

—Estupendo — dijo Simms —. La verdad, han sido in­creíblemente románticos al escapar de sus responsabili­dades.

—Al escapar del horror.

—¡Qué tontería! Sólo una guerra.

—¿De qué hablan, muchachos? —preguntó Melton.

Susan deseó decírselo. Pero sólo le era posible hablar de generalidades. La barrera sicológica de su cerebro no permitía más. Generalidades, como las que ahora discu­tían Simms y William.

—Sólo la guerra —corrigió William—. La mitad del mundo muerta por bombas de lepra.

—Pese a todo, a los habitantes del Futuro les sentaría fatal que ustedes dos descansasen en una soleada isla del Trópico mientras ellos se iban al infierno. La muerte ama a la muerte, no a la vida. Los moribundos han de saber que otros agonizan con ellos; es un consuelo ente­rarse de que uno no está solo en el horno, en la tumba. Yo soy el guardián de su rencor colectivo hacia uste­des dos.

—¡Miren al guardián de los rencores! — dijo Mellon a sus compañeros.

—Cuanto más me hagan esperar, peor lo pasarán. Le necesitamos en el proyecto de la bomba, señor Travis. Si vuelve ahora, no recibirá tortura. Si lo hace más tar­de, le obligaremos a trabajar y cuando haya acabado la bomba, probaremos en usted una serie de nuevos y com­plicadísimos aparatos.

—Voy a hacerle una proposición — dijo William —. Estoy dispuesto a regresar con usted, si mi esposa se queda aquí viva, segura y lejos de esa guerra.

Simms dudó unos momentos.

—De acuerdo. Reúnase conmigo en la plaza dentro de diez minutos. Recójame en su coche y vayamos a al­gún lugar desierto. Y haré que la Máquina del Tiempo nos recoja allí, donde no habrá ningún testigo.

—¡Bill! — Susan asió fuertemente el brazo de su ma­rido.

—No discutas. Está decidido. —Y, volviéndose hacia Simms—. Una cosa... Anoche pudo haber usted entrado en nuestra habitación para raptarnos. ¿Por qué no lo hizo?

—Digamos que estaba pasándolo muy bien —replicó Simms lánguidamente, dando una chupada de su nuevo habano—. Detesto abandonar esta maravillosa atmósfe­ra, este sol, estas vacaciones. No me gusta nada dejar atrás el vino y los cigarrillos. Crea que detesto la idea. Bueno, entonces, en la plaza, dentro de diez minutos. Su esposa será protegida y podrá quedarse aquí todo el tiem­po que lo desee. Despídase de ella.

El señor Simms se levantó y se fue.

—¡Ahí va don Hablador! —gritó Mellón al caballero que se alejaba. Luego se volvió a mirar a Susan—. ¡Oiga! ¿Está usted llorando? ¿No sabe que el desayuno no es momento de lágrimas?

A las diez menos diez, Susan, contemplaba la plaza desde el balcón de su cuarto. El señor Simms estaba sentado en un elegante banco de bronce, con las piernas cruzadas. Mordió el extremo de un cigarro y lo encendió cuidadosamente.

Susan oyó el ruido de un motor y a lo lejos pudo ver un coche que salía lentamente del garaje y comenzaba a bajar por la cuesta. El conductor era William.

El auto adquirió velocidad. Cincuenta, sesenta, seten­ta kilómetros por hora. Las gallinas se apartaban ante él.

El señor Simms se quitó su blanco jipijapa y se secó la frente. Volvió a ponerse el sombrero y entonces vio el coche.

El automóvil, a cien kilómetros por hora, se dirigía directamente a la plaza.

—¡William! — chilló Susan.

El coche subió el pequeño bordillo de la plaza y mar­chó, sobre los ladrillos del pavimento, hacia el verde banco. Simms, que había tirado el habano, gritó, exten­dió las manos y sin tiempo para esquivarlo, fue atropellado por el coche. Su cuerpo, lanzado al aire, cayó con enorme fuerza en la calle.

El auto, con una rueda reventada, fue a detenerse en el otro extremo de la plaza. La gente corría.

Susan entró en el cuarto y cerró las puertas del balcón.
A mediodía bajaron juntos, tomados del brazo, las escaleras del Ayuntamiento.

—Adiós, señor —dijo el alcalde, a su espalda—. Se­ñora...

En la plaza, la gente señalaba las manchas de sangre.

—¿Querrán verte de nuevo? —preguntó Susan.

—No. Discutieron el asunto una y otra vez. Fue un accidente. Perdí el control del coche. Ahí dentro me des­hice en lágrimas. Bien sabe Dios que tenía que desaho­garme de alguna forma. Lloré sinceramente. No me gus­tó matarle. En mi vida he deseado hacer una cosa así.

—¿No habrá juicio?

—Hablaron de ello, pero no, no lo habrá. Supe con­vencerles. Fue un accidente. Eso es todo.

—¿Adonde iremos? ¿A Ciudad de México?

—El coche se encuentra en el taller. Estará listo a eso de las cuatro. Entonces nos iremos.

—¿Nos seguirán? ¿Estaría Simms trabajando solo?

—No sé. Supongo que podremos sacar una pequeña ventaja a nuestros perseguidores.

Cuando llegaron al hotel, los del equipo de cine esta­ban saliendo. Melton corrió hacia ellos, con el ceño frun­cido.

—Oí lo ocurrido. Una lástima. ¿Todo va bien ya? ¿Quieren olvidar ese desagradable asunto? Vamos a hacer unas tomas preliminares en la calle. Si desean acom­pañarnos, serán bien venidos. Vengan, les hará bien.

Fueron.

Esperando en la empedrada calle a que los del cine instalasen la cámara, Susan contempló el camino que se perdía en la distancia, la carretera que llegaba hasta Acapulco y el mar, pasando por entre pirámides, ruinas y casitas de adobe de muros amarillos, azules y rojos en los que se veían alegres buganvillas. Susan pensó: "Tendremos que lanzarnos a la carretera, viajar siem­pre entre multitudes, vivir en mercados, vestíbulos, contratar policías para que vigilen mientras dormimos, utili­zar cerrojos dobles... Pero siempre entre la masa, sin volver a estar nunca solos, temiendo que la próxima persona que encontremos sea otro Simms. Nunca sabre­mos si por fin hemos conseguido despistar a los Busca­dores. Y, allá en el Futuro, no dejarán de esperar que volvamos... aguardándonos con sus bombas para quemar­nos, con sus cultivos bacteriológicos para deshacernos por dentro, y con sus policías para obligarnos a marcar el paso, dar media vuelta y pasar por el aro. Por eso seguiremos huyendo por el bosque y ya no volveremos a detenernos ni a dormir bien durante el resto de nues­tras vidas."

Se había congregado un grupo de gente para contem­plar las tomas. Susan observaba todo con gran atención.

—¿Ves a alguien sospechoso?

—No. ¿Qué hora es?

—Las tres. El auto debe de estar casi listo.

Los planos de prueba fueron terminados a las cuatro menos cuarto. Todos se dirigieron al hotel, charlando. William se detuvo en el garaje. Al salir, anunció:

—El coche estará acabado a las seis.

—¿Pero no más tarde?

—Estará listo, no te preocupes.

En el vestíbulo del hotel, Susan y William trataron de localizar otros viajeros solitarios, hombres que se pare­ciesen al señor Simms, personas con cortes de pelo re­cientes, oliendo excesivamente a colonia o rodeados por demasiado humo de tabaco. El vestíbulo estaba vacío. Al subir las escaleras, el señor Melton dijo:

—Bueno... Ha sido un día largo y duro. ¿Quién quiere rematarlo con un trago? ¿Cerveza? ¿Martini?

—Buena idea.

Todos los componentes del grupo se metieron en el cuarto del señor Melton y comenzaron a beber.

—Está pendiente del reloj — dijo William a su mujer.

"El reloj... —se dijo Susan—. Si pudieran disponer de tiempo... Todo lo que deseaba era sentarse en la plaza durante todo un largo y espléndido día primaveral, sin preocuparse ni pensar, con el sol besando su rostro y brazos, los ojos cerrados, sonriendo placenteramente... y no moverse ya nunca, sino sólo dormitar bajo el sol mexicano."

El señor Melton descorchó el champaña.

—Por una hermosa dama que es lo bastante encanta­dora como para hacer películas —brindó el hombre, mi­rando a Susan—. Incluso me agradaría hacerle una prueba.

Ella rió.

—Hablo de veras —dijo Melton—. Es usted muy bo­nita. Podría convertirla en una estrella de cine.

—¿Y llevarme a Hollywood?

—¡Saliendo de México a toda velocidad, desde luego!

Susan miró a William y él levantó una ceja, asintien­do con un movimiento. Aquello representaría un cambio de escena, ropas, localidad y tal vez incluso nombre. Además, viajarían con otras ocho personas, lo cual sería una buena coraza contra cualquier interferencia proce­dente del Futuro.

—Sería estupendo —dijo Susan.

Ahora comenzaba a notar los efectos del champaña. La tarde iba transcurriendo, la fiesta se desarrollaba a su alrededor y la mujer se sentía segura, a gusto, viva y realmente feliz por primera vez en muchos años.

—¿Para qué clase de películas valdría mi esposa? — preguntó William, volviendo a llenar su copa. Melton miró escrutadoramente a Susan. Todos deja­ron de reír y atendieron.

—Bueno, me gustaría hacer una historia de suspense — dijo Melton—. Trataría de un hombre y su esposa, como ustedes dos.

—Siga.

—Una historia de guerra, tal vez —continuó el direc­tor, examinando el color de su bebida al trasluz.

Susan y William esperaban.

—Tal vez la historia de un hombre y una mujer que viven en una casita de una pequeña calle, allá en el año dos mil ciento cincuenta y cinco —dijo Melton—. Es sólo una idea, desde luego. Pero ese matrimonio, en la época en que vive, tiene que enfrentarse a una terrible guerra, a bombas de hidrógeno superplus, a la muerte... Por tanto, y aquí viene lo bueno, se escapan al pasa­do, perseguidos por un hombre que ellos creen malo, pero que sólo trata de mostrarles cuál es su deber.

A William se le cayó su copa al suelo.

Melton continuó:

—Esa pareja encuentra refugio entre un grupo de ci­neastas en los que confían. Se dicen que la seguridad es mayor si se encuentran acompañados.

Susan se desplomó en una silla. Todos observaban al director. Este dio un sorbo a su bebida.

—¡Un magnífico vino! Bueno, al parecer, ese matri­monio no comprende lo importantes que son ellos para el Futuro. El hombre, sobre todo, es la clave de un nuevo metal para bombas. Por eso los Buscadores, llamémos­les así, no reparan en gastos ni molestias para encon­trar, capturar y devolver a su tiempo a esas dos perso­nas. Pero para eso primero tienen que aislarlos en un cuarto de hotel, donde nadie pueda verlos. Estrategia. Los Buscadores, o trabajan solos, o lo hacen en grupos de ocho. De una u otra forma conseguirán su objetivo. ¿No cree que sería una estupenda película, Susan? ¿Y us­ted, Bill? —Melton acabó su bebida.

Susan permanecía inmóvil, con los dedos rígidos.

—¿Un traguito? —preguntó Melton.

William sacó la pistola y disparó tres veces. Uno de los hombres cayó al suelo, y el resto se abalanzó sobre él. Susan gritó. Una mano cubrió su boca. Ahora la pis­tola estaba en el suelo y William se debatía entre los hombres que le sujetaban.

Melton, que había permanecido inmóvil y cuyos de­dos aparecían manchados de sangre, dijo:

—Hagan el favor. No empeoremos las cosas. Alguien llamó a la puerta.

—El gerente —dijo Melton, con sequedad. Movió la cabeza—. ¡A moverse todos! ¡Rápido!

Susan y William cambiaron una fugaz mirada y luego se fijaron en la puerta.

—El gerente desea entrar — siguió Melton —. ¡Aprisa!

Empujaron una cámara hacia delante. De su objetivo surgió una luz azul que fue abarcando toda la habitación. Al ampliarse el ámbito luminoso, todos los componentes del grupo fueron desapareciendo, uno a uno.

—¡Rápido!

En el momento en que se esfumaba, Susan aún pudo ver, por la ventana, la verde tierra, los muros rojizos, amarillos, azules y carmesí; y las calles empedradas; y a un hombre que, montado en su burro, iba hacia las suaves colinas; y a un muchacho que bebía una naran­jada... La mujer casi pudo notar la dulce bebida en la garganta; pudo ver a un hombre que, bajo un árbol de la plaza, tocaba la guitarra, y casi sintió sus manos sobre las cuerdas. Y, muy lejos, pudo ver el azul y calmado mar; notó cómo éste la envolvía, atrayéndola hacia él.

Luego, Susan desapareció. Y también su marido.

La puerta se abrió de golpe. El gerente y sus emplea­dos entraron en el cuarto.

En la habitación no había nadie. El gerente gritó:

—¡Pero si estaban aquí hace un momento! Les vi en­trar, y ahora..., ¡se han esfumado! Las ventanas tienen rejas, no han podido salir por ellas...

Al anochecer, abrieron el cuarto de nuevo y lo airea­ron. Luego llamaron al cura, quien echó agua bendita en todos los rincones para purificar la habitación.

—¿Qué hacemos con todo esto? —preguntó una ca­marera.

Señalaba al armario, donde había sesenta y siete bo­tellas de chartreusse, coñac, crema de cacao, absenta, vermut, tequila; ciento seis cartones de cigarrillos tur­cos y ciento noventa y ocho cajas amarillas de habanos.


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