¿Por qué sólo ve a los fantasmas la institutriz?






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fecha de publicación14.06.2015
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Otra vuelta de tuerca

Henry James

Olivares mayo 2011

Coordina: José Manuel Delgado Adorna

Olivares mayo 2011 Otra vuelta de tuerca

Otra vuelta de tuerca

Preámbulo

¿Qué puede hacer una institutriz, sola en un aislado caserón, para proteger a sus dos pupilos del lento acoso de los fantasmas? Nos hallamos ante uno de los mejores argumentos de la literatura moderna. Se ha dicho que encierra un aviso de la presencia del Mal más allá de toda imaginación, una refinadísima historia sobre los inconvenientes de la bondad, una metáfora de la escritura. Tal vez las interpretaciones sean infinitas. La presente traducción, obra del argentino José Bianco, un escritor no por secreto menos necesario, tiene categoría de clásica. «Recuerdo ahora», escribió Jorge Luis Borges, «su admirable versión del más famoso de los cuentos de Henry James. El título es, literalmente, La vuelta de tuerca. Bianco, fiel a la complejidad de su artífice, nos da Otra vuelta de tuerca».

Después de hacer una breve biografía de Henry James. Conversaremos sobre la Literatura Fantástica. Ver Borges. Conferencia en Sevilla.

Preguntas que nos vamos a formular

¿Existen los fantasmas?,

¿Está loca la institutriz?,

¿Por qué sólo ve a los fantasmas la institutriz?,

¿Han enloquecido los niños?

¿Cómo es posible que describa con tanto detalle a Quint nada más verlo?.

¿La obra es deliberadamente oscura y ambigua?

Con estas preguntas está servido el debate.

Añadir que en el prólogo existen tres temporalidades distintas: un presente diluido que escalona durante varios días el acceso al cuento; el pasado del intermediario (Douglas) que regresa poco a poco (cuarenta años nos separan de su encuentro con la institutriz) y el porvenir, ya que el narrador nos dice que nos va a leer la transcripción exacta del manuscrito.

Cuatro narradores: Griffin, Douglas, el narrador en primera persona y la institutriz

Henry James dictó a su mecanógrafo esta novela entre septiembre y diciembre de 1897. La idea proviene de una conversación con el arzobispo de Canterbury, Edward White Benson, quien relató a James la historia de dos niños atormentados por los espectros de sus antiguos criados.

Otra vuelta de tuerca (1898) está considerada la historia de fantasmas por antonomasia y un hito insoslayable en la historia de la literatura universal.

Protagonizada por una joven institutriz al cuidado de dos niños en una mansión victoriana, a lo largo de la narración intervienen presencias y personajes tal vez sobrenaturales.

La anterior institutriz y el sirviente murieron en extrañas circunstancias.

¿Cuál es el secreto que se oculta entre los muros de la mansión? Para descubrirlo, el autor nos conducirá magistralmente por los vericuetos de la historia en un sostenido e inquietante crescendo.

"A menudo –escribe Blas Matamoro– Henry James alude a lo uncanny, el vocablo inglés que intenta equivaler al alemán unheimlich y que en español resolvemos como lo siniestro. Se trata de una extrañeza inquietante (según traducen los franceses) que acaba convirtiéndose en reconocible, familiar. Por decirlo como él prefiere: tratando de entretener, invoca lo horrible sin saberlo. No a la manera de Poe, que investiga objetivamente el horror, sino sentido subjetivamente, acaso por el narrador mismo. No un artefacto de la literatura ni un hallazgo de la ciencia, sino la reacción anímica ante lo siniestro, el temor a que sea lo más íntimo de nosotros mismos. Estamos ante un nudo de tensiones. Las concilia el arte literario. Más precisamente: el arte de la novela. Henry James plantea, a mi juicio, tres pares de opuestos para un escenario de conciliación. El relato se tiende entre la palabra de honor de quien escribe, que es su punto de vista blindado por la veracidad del deseo, y la escena mostrada teatralmente, el cómo de la objetividad, ante la cual el escritor se sitúa como un espectador de la vida social entendida como un acontecimiento histriónico. A su vez, desde el orden constructivo, la oposición se da entre la redondez, fantasmas de lo perfecto, y la exuberancia, peligro de la proliferación, cuyo ejemplo más ilustre es Las mil y una noches. La Historia es, por su naturaleza, interminable y autoriza a proliferar, pero siempre que se trate su materia con la estrictez esférica del clasicismo. El mundo de la narración es autónomo y trabaja con un material incorrecto, de modo que la corrección debe introducirse en él para asegurar la forma. Digo forma y no fórmula, por si acaso" (Letras Libres, abril de 2007).

Henry James (Nueva York, 1843-Londres, 1916) nació en el seno de una adinerada y culta familia de origen irlandés.

Recibió una educación ecléctica y cosmopolita, que se desarrolló mayoritariamente en Europa. En 1875 se estableció en Inglaterra después de publicar en Estados Unidos sus primeros relatos.

El conflicto entre la cultura europea y la norteamericana está en el centro de muchas de sus obras, desde su primera novela, Roderick Hudson (1875), hasta la trilogía con la cual culmina su carrera: Las alas de la paloma (1902), Los embajadores (1903) y La copa dorada (1904).

Maestro de la novela breve, algunos de sus logros más celebrados se hallan en este género: Otra vuelta de tuerca (1898), En la jaula (1898) o Los periódicos (1903).

Cerca del final de su vida se nacionalizó inglés.

En palabras de Gore Vidal, "no había nada que James hiciera como un inglés, ni tampoco como un norteamericano. Él mismo era su gran realidad, un nuevo mundo, una terra incognita cuyo mapa tardaría el resto de sus días en trazar para todos nosotros".

Otra vuelta de tuerca

Como en otros títulos de James (Retrato de una dama, Washington Square, En la Jaula, Las alas de la paloma...) el autor realiza un profundo análisis de una personalidad femenina, en este caso la joven institutriz. Todo lo que leemos - excepto el episodio inicial - está narrado a través de sus ojos. De esto modo, la ambigüedad está servida. ¿Está loca o realmente existen los fantasmas?. En todo caso, ¿Por qué sólo los puede ver ella?. Y si no son reales ¿Cómo es posible que sin haber oído nunca hablar de Quint pueda describirlo con tanto detalle y tan acertadamente a la señora Quint la primera vez que lo ve?. Esté análisis sería imposible sin un cuidado exquisito y escrupuloso por el envoltorio formal de la historia. Se trata de la típica heroína de James, una mujer joven de compleja personalidad que debe enfrentarse a una realidad que la sobrepasa y que intentará controlar o dominar, casi siempre con resultados nefastos tanto para ella misma para como los que la rodean.

La segunda cualidad de la narración enlaza inevitablemente con la anterior: la posibilidad de múltiples lecturas. Imaginemos por un instante el relato narrado desde el punto de vista de los niños. Posiblemente, la trama habría sido distinta y en vez de encontrarnos con una presunta historia de fantasmas, tendríamos un drama en el que unos pobres infantes son torturados por la inconsciente crueldad de una mujer desequilibrada y fantasiosa. Su deseo de salvar a los niños de la maldad que les amenaza sería lo que termina por perjudicarlos. En el caso concreto de Miles, el excesivo celo de la joven por protegerlo sería el que acabaría matándolo, víctima de la histeria de su tutora. Sin embargo, como la historia pasa a través de la mirada de la institutriz, también toda la trama puede ser interpretada cómo lo que es la historia de una mujer que lucha contra unos fantasmas que quieren perjudicar a sus pupilos.

Un último apunte interesante: el hecho que James no vuelva al final del relato de nuevo a la sala en donde presuntamente Douglas lee a todos los asistentes el relato de la joven constituye una muestra más de su habilidad cómo narrador. Lo más normal habría sido volver a la casa y que cada uno de los presentes dialogará o polemizará sobre lo escuchado esa noche. Pero James prefiere que sea el lector quién tenga la última palabra. El diálogo en todo caso debe producirse entre los distintos lectores de la obra una vez concluida.

Alejandro Gándara, en su prólogo a la edición de "Otra vuelta de tuerca" publicada por el Mundo, y siguiendo anteriores interpretaciones, responde a la pregunta de la posible "oscuridad" del relato. Yo lo leí después de leer otras obras de James, y la primera impresión fue de desconcierto. ¿Por qué un escrito obsesionado con el perspectivismo y el objetivismo del narrador se pone a escribir sobre fantasmas? La respuesta es: porque "Otra vuelta de tuerca" es un libro sobre literatura, no sobre fantasmas. Por mucho que lo leamos atentamente y cien veces, no podremos saber si el relato es cierto o no, o qué narices pasa. Si nos fijamos, James juega con nosotros desde el principio: un narrador nos cuenta que escuchó este relato a otro narrador; es decir, superpone tres narradores a la vez. Ésa es la vuelta de tuerca, el origen del título. La pregunta que nos plantea el libro es la siguiente: ¿Podemos fiarnos de la veracidad del texto escrito? Y busca que el lector, cuando lea, analice los datos y llegue a conclusiones. No podemos fiarnos de la institutriz, porque todo lo que asegura lo basa en suposiciones. Por eso es una novela para escritores; porque enseña los límites de la realidad literaria. Parece una explicación estúpida, pero un autor tan reflexivo como Henry James pretendía hacer exactamente esto al escribirla, podemos estar seguros. 

Otra vuelta de tuerca, de Henry James

¿Existen, entonces, los fantasmas? Tras Otra vuelta de tuerca podría decirse que sí. Aunque, claro, la primera y última palabra la debería tener el lector, tal y como lo hubiese querido Henry James.

Como buen hombre de su tiempo, Henry James creía en fantasmas. Paradigma de su época (quizás más que el frívolo Wilde), laico, cosmopolita y leído, había entrado a formar parte de la inmensa legión de admiradores de esa nueva literatura de terror caracterizada por su predilección hacia el muerto, aunque a su particular manera, distanciándose de los deseos de evasión de sus contemporáneos. Intuyó, con acierto, que los textos sobre fantasmas inaugurados por el irlandés Le Fanu, se prestaban, apropiadamente, a interesantes experimentos con los que seguir sosteniendo sus teorías literarias. Y aunque nunca fue un escritor "de terror" como tal (pues sólo sintió interés, y por razones expuestas a continuación, por los fantasmas), consiguió, con su obra, dotar de calidad al género, refutando la tesis imperante de que a él sólo se acercaban autores marginales y dudosos.

Los escritos de James son sesudos en la medida en que ocultan un fin determinado, bajo la forma de mensaje: los fantasmas los llevamos por dentro, son fruto de nuestros miedos y frustraciones. No tienen necesariamente que ser malévolos ni tener una sustancia y esencia sobrenatural: basta una mente atormentada, una obsesión manifiesta o una falta cometida para que afloren esas apariciones que tanto miedo (y desde James, también desconcierto) producen. Sólo alguien con su sarcasmo, su instinto crítico y su inconformismo podía haber realizado una transgresión semejante sobre las normas literarias victorianas asentadas en el autocomplaciente siglo XIX. Porque desde que iniciara a escribir relatos de fantasmas, este tema ganó en profundidad y hondura analítica y psicológica: fue el primero en introducir a un fantasma inocuo, con nobles intenciones (no valoro, por entrar dentro de la categoría de lo satírico, al acosado aparecido de Canterville) en "Sir Edmund Osme" y en tratar el asunto de la casa encantada sin alma errante en "El alquiler del fantasma". El espíritu había llegado a su máxima evolución, pasando de ser explicado durante la literatura gótica a ser temido y, finalmente, comprendido, en la victoriana.

Estas líneas previas deberían bastarnos de introducción a Otra vuelta de tuerca. Compuesta en 1898, es, incontestablemente, la más perfecta y reconocida creación de Henry James y la más alta cima de toda la literatura de fantasmas. Consecuencia evidente de todos sus relatos anteriores (James, al igual que años más tarde haría su compatriota Raymond Chandler, gustaba de reinventarse a sí mismo, fundiendo y recuperando temas ya redactados), de ella podría decirse que su mayor virtud reside en su gran complejidad, tanto de fondo como formal: una sola lectura no basta para captar, en su completa inmensidad, todas las implicaciones de los símbolos, hechos y acciones que se suceden en su interior. Como las grandes obras, crece sustancialmente con los años, manteniéndose fresca y altiva y sobreviviendo, inmaculada, a los obsesivos análisis de los expertos que, desde su publicación, han intentado, y siguen intentándolo aún hoy, desgranar sus intenciones. Esta misma reseña tiene más de guía para la lectura que de de crítica, ya que es imposible comentarla sin haberla antes clarificado.

El argumento es, en apariencia, simple: una joven institutriz es contratada para cuidar a dos niños ante la imposibilidad de su tutor de hacerse cargo de ellos. Para cumplir su labor, se traslada a la mansión de Bly, donde traba conocimiento con Miles y Flora, los dos hermanos, y con la señora Grose, el ama de llaves. Sin embargo, parece que hay dos inquilinos más en la idílica casa, dispuestos a perturbar la tranquilidad mental de la protagonista y a dañar a las criaturas. El señor Quint, antiguo socio y apoderado de ese tutor incapacitado, y la señorita Jessel, antecesora en el puesto de la heroína, son parte del pasado tormentoso de Bly, cuyo influjo va, paulatinamente, afectando a la institutriz. ¿Sencillo, verdad?. Pues ni por asomo.

"Otra vuelta de tuerca" supone un giro de 360 º respecto de cuanto se había publicado hasta entonces en materia de fantasmas. Para empezar, porque lo que parece evidente no lo es y lo que resulta inconcebible y alarmante puede ser más cierto que lo estrictamente razonable. Todo depende de quién lea el libro. Esta aseveración es menos baladí de lo que se piensa: James era un crítico literario de enorme prestigio, cuyos ensayos y teorías dotaron de un nuevo prisma a cuanto, desde la literatura, se ponía en marcha. En 1872, había escrito una obra capital, "El punto de vista", en la que argumentaba que el "narrador no sólo es el sujeto, sino también el objeto de la narración". El relato se estructura de manera que el lector pueda llegar a creer o incluso a rechazar la visión de la protagonista, única y unívoca versión de los hechos. La importancia de este dato es realmente crucial, porque determina el verdadero papel de la protagonista en el drama, pasando de víctima perseguida a verdugo involuntario.

Contribuye a incrementar la turbación, el encontrarnos, por primera vez en la historia del terror, ante un cuento de fantasmas con niños. Su presencia tiene un doble efecto: puede dotar de candidez al conjunto, haciendo más trágico el final y la supuesta moraleja o, por el contrario, volver todo el relato aún más desconcertante. Esta argucia le servirá a James para levantar un arduo y completo estudio sobre la perspectiva en tres niveles: de un lado, tenemos los hechos observados y narrados por la preceptora, portavoz teóricamente de los acontecimientos objetivos, tal y como suceden; en una posición intermedia, se halla la visión de la señora Grose, equilibrio y apoyo de las dos posturas extremas. El ama de llaves representa la moderación y el pragmatismo: ve los espectros cuando debe verlos para apaciguar a la preceptora y para no crear un fractura entre los jóvenes y ella. Posiblemente, sea la más racional de los cuatro personajes principales por su carencia de imaginación y malicia. En las antípodas de la maestra se sitúan los dos hermanos. Aunque pueden establecerse ligeros matices entre sus visiones por la diferencia de edad que los separa, en líneas generales, su percepción es coincidente, debido a que Miles influye en Flora y ésta, a su vez, en Miles: no hay un solo indicio que señale que ven los fantasmas de la institutriz (al menos, no de la forma en que ella los siente), pero tampoco existe un solo dato que afirme lo contrario. Las conclusiones quedan a expensas del lector.

La novela dosifica con milimétrica sabiduría los momentos más terroríficos, producidos siempre después de alguna tensión en la trama (una discusión; una noche de insomnio...) cuando el estado de ánimo de la protagonista no es el más eufórico y ella se siente más indefensa e incomprendida. James la retrata sin conmiseración como una solterona reprimida que se enamora de su jefe y tutor de los críos. El señor Quint, se interpretaría como una sublimación suya cuando los anhelos y deseos más profundos se abren paso en el férreo, rígido y puritano cerebro de la profesora. En un cierto sentido, hay algo de crítica hacia la hipocresía de la sociedad victoriana en esta descripción tan poco generosa de uno de sus más significativos elementos (la institutriz); James parece sacar a la luz todos los tabués y plasmarlos en "Otra vuelta de tuerca". La realidad es así y no puede evitarse. La señorita Jessel, amante de Quint, sería la imagen soñada de la institutriz pero viciada por su obtusa y represora imaginación que parece rebelarse ante sus lascivos pensamientos.

James respeta, hasta cierto punto, las tres claves del cuento de fantasmas tradicional: humorismo, brevedad y realismo. "Otra vuelta de tuerca" es breve si se la compara con todos los títulos salidos del periodo gótico, y se ajusta perfectamente a la extensión media de algunos relatos coetáneos. El elenco de personajes también es reducido: demos crédito o no a la narradora, contabilizamos sólo a siete actores de esta función. El humorismo persiste en esa introducción que es artificio para iniciar la historia, una velada burguesa en la que se intercambian cuentos de miedo. El tono pretende ser informal, aunque ya se avise de su contenido truculento; nobleza obliga: se está preparando al lector para lo que le espera, entroncando, elegantemente, con el realismo, esto es, dejándole claro que lo que se va a relatar podía haberle pasado en cualquier situación (se cumple así una máxima que el propio autor sostuviera con ahínco: "lo extraordinario, lo es mucho más si nos ocurre a uno de nosotros, a usted o a mí".

¿Existen, entonces, los fantasmas? Tras "Otra vuelta de tuerca" podría decirse que sí. Aunque, claro, la primera y última palabra la debería tener el lector, tal y como lo hubiese querido Henry James.

Dos niños pequeños Flora y Miles, recientemente huérfanos, se quedan a cargo de su tío, quien no quiere saber nada de ellos, por lo que se ocupa de mantenerlos alejados de él, a cargo del personal de servicio.

La historia empieza cuando les busca una institutriz pues la anterior había fallecido, al parecer en extrañas o desconocidas circunstancias. También había muerto de manera no muy clara, otra persona que estaba a cargo de su cuidado.

Estas extrañas muertes, el despego de su tío y las condiciones del contrato que la nueva institutriz debe firmar, crea un clima de intriga que nos hace suponer que hay “algo más” que no nos cuentan.

Ese algo más que desconocemos y cuyo desconocimiento compartimos con la nueva institutriz, es lo que debemos descubrir según avanzamos en la lectura de este libro. Pero parece que cada vez es más difícil.

Por supuesto, toda novela de terror que se precie, tiene que tener sus fantasmas. Éstos hacen que el terror no sea por motivos físicos y tangibles, sino psicológicos. No hay nada peor que el terror psicológico pues lo podemos vivir en primera persona sea cual sea nuestra circunstancia.

Los fantasmas que aparecen son, como era de esperar, los de los sirvientes muertos.

Estos fantasmas parecen tener una conexión sobrenatural con los dos niños pequeños, lo que les hace cómplices en el angustioso acoso a la protagonista. Para que el desasosiego sea mayor, estos niños son extremadamente guapos, extremadamente bien educados y extremadamente cariñosos con la niñera y con todo el mundo. Ya sabemos todos lo increíblemente terroríficos que pueden llegar a ser los niños en una historia de este tipo.

Por supuesto los dos hermanos nunca hablan de estas personas, lo que hace que sea inaccesible cualquier conocimiento sobre lo que pasó cuando todavía vivían. El resto de los sirvientes, como debe ser en una sociedad como aquella de finales del siglo XIX, nunca hablan de nada. Solamente el ama de llaves, la señora Grose, habla con la institutriz del tema, aunque no consigue aclararle nada, incluso a veces, la lía más, quizá por su evidente falta de cultura que la lleva a no expresarse con claridad, quizá por su terrible miedo a “no se sabe muy bien qué”.

Otro efecto de suspense es el escenario en que se desarrolla la acción: Una maravillosa y aislada mansión de la campiña inglesa. Un paisaje de ensueño, un jardín excepcional y un lago. ¿Por qué será que el agua, aparentemente tan tranquila, nos causa un tremendo desasosiego?

Y por último, otro intrigante detalle que pasa desapercibido al principio, y que no descubres hasta que reflexionas sobre la lectura: ¿Cómo se llama la protagonista?. No lo dice. Esta misma pincelada, discreta pero efectiva, la encontramos en otra novela reina del suspense: “Rebeca”. ¿Alguien conoce el nombre de la protagonista?. Y tampoco lo notas durante su lectura. Es una manera de dar relevancia a los fantasmas, de los que sí conocemos sus nombres y a los que se hace referencia constante.

El final, rápido, brusco, hace que te quedes durante un momento, algo atónito: No sabes muy bien que ha pasado.
Londres. Viajamos hacia atrás en el tiempo.

Los nueve artículos editados ahora bajo el título de Londres fueron enviados desde esa ciudad por Henry James a diferentes publicaciones periódicas de Norteamérica, con las que colaboró en las últimas décadas de mil ochocientos.

Son crónicas literarias, en un tono que a un lector habituado a los artículos periodísticos de hoy, pueden resultar espesas, a causa del lenguaje y de la disgresión. Giran alrededor de los tópicos y las curiosidades sobre las que suponemos a los americanos ávidos de información; topoi que han creado una idea de la tenebrosa y moderna Babilonia y de la idiosincrasia británica: la niebla, el humo y el hollín; las casas de campo y la temporada social, el pintoresquismo de los cockneys, el esplendor de los parques y el sport, Oliver Twist.

James se muestra a través de las líneas como un gran observador y un gran solitario, con una visión muy subjetiva de la realidad social y usando de una exageración admirativa por esa ciudad en la que se acogió en adopción y en la que falleció en 1916.

Algunos artículos son inconexos y desarticulados; otros, como el dedicado a la regata Oxford-Cambridge, se centran en el apunte del natural y en los de más allá se revela su autor como un improvisado crítico de arte, caprichoso y parcial.

Brillan sorprendentes conexiones que retuercen los epítetos: espaldas intensamente gremiales, descripciones reducidas a la mendicidad, suburbios ingeniosamente vulgares; ahí es en dónde  destaca el genio y la mordacidad del autor de Los Papeles de Aspern y Retrato de una Dama.

James nos da noticia –por lectores interpuestos- de la gran exposición londinense de Gustave Doré y de la erección del Albert Memorial. No deja de interesarnos.

Una guía necesaria para reconstruir parte de un laberinto roto que Borges vio en El Aleph.

Era Londres.

Washington Square

Henry James era una cotilla. Hago este comentario desde el respeto y la profunda admiración por un escritor genial, consultando concienzudamente la definición en los diccionarios. Lo explico: sabemos, sobre todo por sus cuadernos, que el escritor tuvo una intensa vida mundana, siempre atento a los cuentos y a los chismes de los personajes de la alta sociedad, que le fascinaron, y que fueron el germen de muchos -de casi todos- sus relatos. Washington Square parece tener su origen en una historia real, que le refirió la actriz y escritora Frances Anne Kremble, cuyos detalles pergeñó en una entrada en su diario, el 21 de febrero de 1879.

Lo extraordinario es que James decida emplear esa faceta de su personalidad en la construcción de la voz narrativa, y que lo haga con una solvencia notable. Es un narrador-cotilla, que actúa como un espía para el lector; que parece ir contándonos hechos que ha atisbado a escondidas y oído referir a segundas personas; hechos que luego juzga, altera y comunica, influenciando al lector, a quien se dirige cuando le conviene. En paralelo, traslada la omnisciencia a uno de los protagonistas, Austin Sloper, que asegura conocer todo lo que ocurre en las mentes y en las vidas de sus compañeros de reparto, en un tiempo absoluto. Ésta propuesta narrativa funciona, respecto al lector, produciendo un efecto extravagante, cargado de ironía; y al mismo tiempo desenfoca la narración dándole una vuelta de tuerca, en un ejercicio literario soberbio.

Ese narrador es también entomólogo, descriptor prolijo, minucioso en el detalle hasta la magnificación, que transcribe conversaciones, plagadas de fintas como un duelo, cruzadas por la mente cínica, imparcial y analítica del doctor Sloper.

El pequeño grupo de Washington Square, es una sociedad en la que toda posición y relación están reglamentadas estrictamente; una situación en la que los roles del hombre y de la mujer, las jerarquías, son inmutables. En la que la furia de una tormenta atraviesa los salones por dentro de los personajes, respetando la decoración, como en un cuadro de Magritte, si se quiere ver la imagen; produciendo una devastación interior en todos ellos, singularmente en la desprevenida Catherine. Una devastación de amor que progresa a través de estados de ánimo analizados minuciosamente, y donde los actores detienen toda emoción y la transfieren a la palabra.
James, que pasó la vida intentando condensar sus textos al máximo, parece haber buscado aquí todo lo contrario, una prolongación oportunista; puede que por tratarse de un folletín que se publicó por entregas. Como es un creador de oficio se lo puede permitir y salir airoso.

Nadie puede atreverse a decir que le sobra nada, pero sí que podría haber contado lo mismo, con menos palabras. Pero con menos intensidad.

Washington Square es una novela clave por su composición formal.

Los Amigos de mis Amigos es uno de los más celebrados cuentos de Henry James. En él, el autor usó de la reducción, la condensación del texto, la cristalización mediante la brevedad de una idea brillante. Algo sobre lo que trabajó siempre, apremiado por las revistas periódicas en las que publicaba y que no siempre consiguió, porque no pudo o no quiso. Es también un cuento fantástico. Es también una historia de amor.

James entendía la aparición de lo fantástico como algo que debía acompañar a un hilo conductor real y posible, con el que se enredara y al que se opusiese, para crear una historia insólita; porque considera que así, adquiere lo sobrenatural su carácter. El resultado, como aquí, es un juego de confusión que nos fascina, entre lo real y lo soñado, lo extraordinario y lo anecdótico; todo se conjura para provocar un serio terror.

El cuento fue coleccionado por Borges para su Biblioteca de Babel, editada en España por Jacobo Siruela en los años ochenta, y hoy motivo de disputa entre bibliófilos y  fetichistas.

Le acompañan tres cuentos más. La Vida Privada es proustiano avant la lettre y denso, con un lenguaje y una situación provocadamente formales y preciosistas, de manera que  cuando se revela lo sobrenatural, hemos caído ya en la trampa y continuamos leyendo cautivos de un hechizo. De un engaño.

Aparece el juego de dobles (también), porque la duplicidad es un asunto inseparable del mundo Jamesiano, en La Humillación de los Northmore, solo este cuento no es fantástico pero si malvado, sarcástico y revelador de lo hipócrita del brillo de lo intelectual en las sociedades (que comenzaban a ser) mediáticas. Es la historia de una venganza callada y perversa.

Owen Wingrave es, en otro cuento, un joven cuyo valor se pone a prueba en las circunstancias más extremas. Un retrato firme y atractivo con el que simpatizamos. El relato finaliza de una manera contundente que desesperó a Mark Twain por su recurso a lo sobrenatural. Sobre su trama construyó Benjamin Britten una ópera.

Los cuentos son cuatro facetas de un prisma que transforma la visión del mundo en algo solemne y misterioso. Son fruto de un trabajo implacable con el lenguaje.

Este texto solo quiere ser un agrupamiento de notas que acalle la voz de quien escribe. No se puede hacer otra cosa cundo prologa Borges.

Cuadernos de notas

Henry James es uno de los autores más destacados de la historia de la literatura. Nació en Nueva York en 1843. Murió en 1916 y contribuyó con su escritura a los cambios que transformaron las sociedades y el mundo, de ahí lo importante de su obra.

Son conocidas sus novelas, particularmente Otra Vuelta de Tuerca (1898) y La Copa Dorada (1904), sus obras teatrales vivieron caminos azarosos y desiguales.

Durante casi toda su vida anotó minuciosamente en cuadernos impresiones, pensamientos y esbozos relacionados con su quehacer literario. Algunos de ellos aparecen en esta edición acompañados de una breve presentación y de una prolija cronología biográfica. Resultarán extraordinariamente interesantes para los aficionados a su literatura, que podrán conocer la manera de trabajar de un escritor prolífico y minucioso, siempre en la búsqueda de los matices exactos de sus personajes.

Porque lo que hace más sorprendente estas anotaciones, esqueletos en realidad de casi todos los cuentos y novelas que publicó en esos años, es su capacidad de análisis, para capturar la pequeña historia o la anécdota que le eran relatadas en sociedad, para construir sobre ellas un edificio sostenido en el profundo estudio del comportamiento humano. Nos descubre el manejo técnico del relato, que adquiere un valor insólito porque una gran parte de estas anotaciones se materializaron en narraciones publicadas. Así podemos ver el proceso al completo: germen, concepción y desarrollo, algo difícil de hallar en las anotaciones de otros autores.

El escritor, que moriría ciudadano británico, investigó la complejidad de las sociedades inglesa y americana, sus conexiones y desencuentros; se especializó en retratar lo que acontecía a sus individuos cuando residían en el extranjero, Francia o Italia. Porque Henry James retrató a la alta sociedad como Sargent lo hizo con el pincel: brillante, mundana, siguiendo la maestría de los clásicos pero envolviendo a sus actores en un aura inquietante y misteriosa.

Seres contenidos por rígidas normas sociales que desencadenan dramas, en los que la promesa dada, el compromiso matrimonial o el amor inconveniente son los hilos conductores. Lo honorable.

Casi todas las obras escritas a partir de la edad de treinta y cinco años, y por tanto de su intención definitiva de habitar Europa, están formuladas en estos cuadernos que son también una reflexión sobre la literatura y la época que le tocó vivir.

Una lección magistral sobre el esquema en el cuento y la novela, el punto de vista, los temas. Consciente de su importancia capital, James decidió que estos cuadernos continuaran existiendo, en vez de destruirlos como hizo con otros materiales manuscritos, para morir; se conservan en Harvard, en la biblioteca de su universidad. Esta edición excluye algunos por pertinencias que se explican en la presentación y que son coherentes con la continuidad de las anotaciones, aunque existe una edición completa que se publicó en 1970.

Henry James fue reconocido por la universidad de Oxford como fecundissimus et facundissimus scriptor.

 ”Lo único que podía hacer era tomar a la naturaleza a mi servicio y considerar mi monstruosa hazaña como una incursión en una dirección desacostumbrada y, por supuesto, desagradable, pero que me exigía, después de todo, si quería hacerle frente con éxito, dar sólo otra vuelta de tuerca a una virtud humana ordinaria. Ninguna de mis tentativas requería un tacto tan extraordinario como ese intento de extraer de mí misma toda la naturaleza”. (Ibd. Henry James).-

Flora y Miles, dos niños que han sufrido la muerte de sus padres, crecen aparentemente felices en Bly, la propiedad perteneciente a su rico tío. La llegada de la nueva institutriz, una joven contratada para cuidar de los dos niños, coincide con las inquietantes apariciones de antiguos personajes, fallecidos tiempo atrás. En la institutriz surge un intenso sentimiento de protección con que se opondrá valientemente a aquellos espíritus fantasmales.  Un profundo sentimiento del deber, una sincera admiración por sus dos pupilos y una cortesía intachable caracterizan a la joven institutriz. A estas virtudes se suma la más inquietante de las facultades: ver a los muertos. Asoma así el misterio; pero éste ya existía (¿Acaso es habitual percibir a los muertos que miran tras la ventana y encararse a ellos? ). La inquietud que la obra genera en el lector no proviene de los sucesos que se narran, sino de la forma en que son contados por la institutriz. En un mundo de fantasmas, la institutriz representa el “real” misterio.

Frases:

El impacto de aquel nuevo conocimiento, al incidir en medio de mi temor, produjo en mí el más extraordinario de los efectos, inundándome, mientras permanecía en el lugar, de una repentina vibración de valor y sentido del deber”. 

Recuerdo el comienzo como una sucesión de vuelos y caídas, un pequeño vaivén entre las cuerdas precisas y las innecesarias. Antes de emprender el viaje, todavía en la ciudad, pasé un par de días muy malos, advertí que habían renacido todas mis dudas y llegué a convencerme de que había cometido un error”.

La belleza del lugar estuvo acorde con mis sensaciones. Me imagino que había esperado, o temido, algo tan melancólico, que el paisaje que me envolvía resultó una agradable sorpresa”.

Llegué con cierto retraso al lugar fijado para el encuentro y, al observarlo mientras él permanecía buscándome con la mirada en la puerta de la posada donde lo había depositado el cochero, pensé que en aquel instante captaba de él, de dentro y fuera de su ser, la misma positiva fragancia de pureza que había percibido desde el primer momento… Su presencia lo derribaba todo”.

Yo solía meditar, aunque con una vaguedad absoluta, acerca de cómo el áspero futuro —todos los futuros son ásperos— los trataría y podría lastimarlos. Estaban en la flor de la salud y la felicidad; y, sin embargo, como si yo hubiera estado a cargo de un par de pequeños príncipes de la sangre, para quienes todas las cosas debían ser previstas de antemano, la única forma que en mi imaginación podían asumir los años venideros era la de una expansión romántica, una expansión real del jardín y el parque. Es posible, por supuesto, que lo que repentinamente sucedió diera a toda la época anterior el encanto de la inmovilidad…, ese apaciguamiento en que todo se concentra y recoge. El cambio equivalió, en efecto, al salto de una fiera”.

Sólo podía inferir que alguien se había tomado una libertad indebida. Esa fue la conclusión a que llegué al encerrarme en mi habitación para meditar. Todos nosotros, colectivamente, habíamos sido víctimas de una intrusión”.

Estábamos unidos en nuestro peligro. Ellos no tenían a nadie más que a mí, y yo… Bueno, yo los tenía a ellos. Era, en resumen, una oportunidad magnífica. Esto se me mostró en una clara imagen material: yo era como una pantalla que debía permanecer delante de ellos. Cuanto más viera yo, menos verían ellos”.

Contemplar la profundidad azul de los ojos de la niña y juzgar que su amabilidad no era sino una prueba de prematura astucia, me hubiera hecho sentirme culpable de cinismo, por lo que preferí abjurar de mi criterio y, en la medida de lo posible, de mi agitación”.

La aparición estaba muy cerca de la ventana y, al verme, se detuvo en seco y me miró exactamente como me había mirado desde la torre y desde el jardín. Me conocía tan bien como yo a él; y así, a la leve claridad del amanecer, nos volvimos a enfrentar con recíproca intensidad… El momento fue tan prolongado, que, de haber durado un poco más, yo habría llegado a dudar incluso del hecho de estar viva. No puedo expresar lo que siguió, excepto diciendo que mi propio silencio —que era en realidad una afirmación de mi fuerza… Tenía que ponerme perpetuamente en guardia contra el arrobo que su simple contemplación despertaba en mí; suprimir la mirada de asombro y el suspiro de abatimiento que se alternaban en mí cada vez que me enfrentaba con él y renunciaba a descifrar el enigma. Sabía yo que, por un oscuro prodigio, la imaginación de toda maldad había sido abierta ante él, pero todo lo que de justo había en mí rechazaba la idea de que aquello hubiera podido florecer en un acto”.

Hacer aquello era, evidentemente, un acto de violencia, ya que consistía en la introducción de la idea de pecado y de culpa en aquella criatura indefensa … Aquello nos mantuvo en silencio, y sin resultar lastimados, un rato más… Convencida neciamente de lo absoluto de mi victoria, decidí volver a la batalla, pero lo desmedido de mis movimientos sólo lograría acelerar el desastre final. Dejé entonces que la llama de mi impulso se elevara para convertir la crisis de su derrota en la auténtica prueba de su liberación”.

Otra Vuelta de tuerca II

Existen además todas estas versiones para cine y televisión:

The Turn of the Screw (1959) (TV)
Die Sündigen Engel (1962) (TV)
Tour d’écrou, Le (1974) (TV)
The Turn of the Screw (1974) (TV)
“Otra vuelta de tuerca” (1981)
The Turn of the Screw (1982) (TV)
Otra vuelta de tuerca (1985)
“Nightmare Classics: The Turn of the Screw” (1990)
The Turn of the Screw – Die Drehung der Schraube (1990) (TV)
The Turn of the Screw (1992)
The Haunting of Helen Walker (1995) (TV)
Presence of Mind (1999)
The Turn of the Screw (1999) (TV)
Tour d’écrou, Le (2001) (TV)
The Turn of the Screw (2003)
In a Dark Place (2006)





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