Director dos veces de la Real Academia Historia






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feapit A la memoria y homenaje del Profesor Antonio Romeu de Armas, el mejor historiador canario del s. XX. Director dos veces de la Real Academia Historia. Destacamos dos trabajos de entre su excepcional producción histórica: La Expedición Militar Mallorquina de 1.366 a las Islas Canarias y El Obispado de Telde. Antonio Romeu de Armas se ocupó de contar, reivindicar y dignificar este importante capítulo común de la historia de los dos Archipiélagos de España, el de sol naciente y el de sol poniente.

M A L L O R C A,

Madrina de Canarias al alba de su historia

David Guerrero Guía Turístico

“Les Illes Benaventurades són en la mar gran contra la mà Ezquerra proa del terme de l’Occident, mes prop dintre la mar. Car de tots béns, blats, fruits, herbes, arbres son plenes e los pagans se cuiden que aquí sía paradís per lo temperament del sol e abundància de la terra. Los arbres hi creixen almenys 140 peus, ab molts poms e molts aucells. Aquí ha mel e llet majorment en la islla de Càpria que aíxí es apellada per la multitud de cabres que hi són. Item aprés Canaria illa dita per la multitud dels cans que són en ella grans e forts”.

Atles. Jahudá Cresques.

(Traducción en Nota 25)

“Las expediciones mallorquinas no fueron motivadas por el espíritu de aventura, el interés de lucro o afán comercial, sino también con fines elevados y altruistas de evangelización. Y está claro que tales fines superiores que hay que encuadraren el orden de valores que animaron a Ramón Llull (y a Junípero Serra, podemos añadir) en sus afanes evangélicos, constituyen su faceta de mayor entidad”.

“Corresponde a la Isla de Mallorca la gloria de esta iniciativa. Su propósito era la evangelización de los infieles, prescribiendo la depredación y la violencia que hasta entonces se venían ejerciendo sobre los indígenas”.



oooooooo



Para Mallorca es un preclaro timbre de gloria. (A. Romeo de Armas).

I.

-”La descripción de ciertas paradisíacas en el remoto y misterioso Occidente -leemos a Antonio García y Bellido- es un curioso fenómeno en la Antigüedad, en el que juegan un papel preponderante la geografía, en primer término y a su lado, la investigación literaria, ambas, empero, íntimamente ligadas al ansia universal, nunca saciada, de creer en la existencia de aquel lugar soñado en el que sea posible gozar de la felicidad sin pausas” (1).

Sueños o utopías que arraigan en los descubrimientos de nuevas tierras, especialmente, ínsulas, más allá de Hesperia, en el Mare Tenebrosum, las cuales, por su ‘tenebrosa’ ubicación, difusa e imprecisa y por el misterio, a veces, intencionado, de su descubrimiento, se ven sujetas a una nebulosa distorsión o estrábico espejismo que sobre su naturaleza y características produce la propagación oral de sus noticias. Tal, por ejemplo, el mito platónico de la Atlántida o el de las Hespérides, que constituyen dos muestras de ‘Paraísos’ afanosamente buscados. -“Estos Paraísos -volvemos a García y Bellido- los antiguos se los figuraron en todos los mares que circundan la ‘oikoumene’ o mundo que ellos habían habitado. Pero solo en el Atlántico legaron a concretarse, a fijarse de un modo permanente”. Alguno de ellos, el de la Tierra de San Borondón, todavía mantiene íntegro su misterio, viva su realidad en el pueblo canario.

Las antiguas civilizaciones tuvieron más amplios conocimientos geográficos de lo que evidencian los documentos que nos han llegado y, de acuerdo con ellos, trazaron itinerarios y realizaron periplos de los que no ha quedado memoria pero sí bien fundada sospecha. Contamos con ecos fehacientes de navegaciones de los antiguos por la costa occidental de África y referencias de las Islas Azores, Madeira, Canarias y Cabo Verde. Los Tartesios surcaban aquellas aguas africanas, como también las lusitano-atlánticas y aún las británicas. Sus pescadores sabían de la riqueza de los bancos saharianos. De ellos aprendieron los Púnico-Cartagineses, recién asentados de la Costa del Sol y en el Algarbe. Y sería pueril afirmar que en tales singladuras les hubieran pasado inadvertidas las Islas Canarias, que se alzan a un centenar de kilómetros de Cabo Jubi, desde donde Lanzarote se puede alcanzar a ver. Es más: Juva, el Rey erudito de Mauritania, cita la ‘Ninguaria Ínsula’ y su pico, el Teide, cuya blanca cogulla era también apreciable desde lejos.

Los Púnicos, sagaces y cautos, se apropiaron de los conocimientos de los Tartesios; pero se guardaron muy bien de difundirlos, para ahorrarse curiosos y rivales. Fenicios y Cartagineses llamaban a las Canarias ‘Purpurarias’, por el líquido o tinte que se obtenía de la ‘orchilla’ y de los moluscos ’murides’, imprescindible para la elaboración de la púrpura. En el año 40 a.C. se explotaban muy activamente pesquerías de tales caracolillos en las costas atlánticas y canarias.

Egipcios, Griegos, Fenicios, Cartagineses… todos se cruzaron en las Baleares, dada su posición estratégica que las convertía en el único bastión o base en toda el área occidental del mar latino. Los Fenicios crearon una línea comercial logística: Fenicia-Cartago-Ibiza-Cartagena-Gades. Los Griegos montaron su ringla comercial por el arco europeo del Mediterráneo. Los Cartagineses siguieron a sus primos los Fenicios, anclaron en Ibiza -tierra de ‘Bes’-, donde sus necrópolis dic tan todavía hoy páginas de historia y de prehistoria. Los Egipcios anidaron en Mallorca, en el bien guardado Port de Pollença, estableciendo allí, siete siglos antes de Jesucristo, la vieja y altiva ‘Bócchoris’ -‘Oppidum Bocchoritanum’ (2) la llamaron los Romanos-, en tiempos del faraón Bokenranpf, de la XXIV Dinastía, poco conocida por lo efímera..

Menorca surgía, así mismo, de la mano de los cartagineses, de las brumas de su recia civilización talaiótica, como ‘la Isla de Fuego’, la ‘Nura’ de los navegantes mediterráneos, poco dada a la hospitalidad. Los de Cartago arribaron a Menoría unos 300 años antes de Cristo. Magón, hermano de Aníbal, presta el étimo a la actual capital de la Isla, Mahó, según la leyenda, nombre que significa ‘lugar de refugio’. Ciutadella también tiene origen cartaginés: ’Jamma’, es decir, ‘ciudad a poniente’. Los Griegos, más tarde, según Avieno, llamarán a Menorca ‘Malousa’, ‘tierra de ganados’. De raza le viene al galgo; de lueñe le viene la fama a la cabaña menorquina. La arqueología ha recogido numerosos testimonios de la presencia helénica en la Balear Menor.

El caso de Mallorca es peculiar. Excepción hecha de la fundación egipcia de la antes citada colonia pollençina, ‘Bócchoris’, se muestra refractaria tenazmente a invasiones foráneas, hasta la llegada, por la fuerza, de los Romanos. En Mallorca regía una rigurosa política xenófoba, bueno, antiturística: ningún forastero podía pisar esa tierra so riesgo de graves consecuencias. El marchamo de ‘Baliarides funda bellicosas’ con que Plinio las etiqueta, no era ciertamente un eufemismo. Los Honderos Baleares se ocuparon resueltamente de que ningún intruso hollase la ‘Roqueta’.

Pero, la muy convincente realidad de ‘primum vívere’ -podemos decir ‘comertiare’, y que nos perdone Mamá Roma por inventarle un verbo, cuando el vero término es ‘mereari’- permitía a los extranjeros arribar hasta los islotes costeros para ofrecer sus baratijas a los indígenas, los cuales llegaban desde tierra firme a nado o en balsas.

Muchos siglos más tarde, los Mallorquines dulcificaremos la postura, pero sin dejar de marcar distancias, estableciendo un escalafón étnico-social en base a peculiares órbitas concéntricas -centrípetas o centrífugas- a tenor del grado de lejanía del centro neurálgico que, naturalmente, es la ‘Roqueta’, la cual, como cada isla que se precie, se considera a sí misma ombliguito del mundo; prototipo y quintaesencia de cuanto de bueno hay, hubo y habrá en el universo. Una mezcla social que se concreta en ‘Ciutadans’, ‘Forans’, ‘Forasters’ y ‘Estrangers’. Ciudadanos (los de la Capital), Pageses (los de los pueblos), Forasteros (los españoles), y Extranjeros (todos los de más allá). O, si se prefiere un baremo geográfico en clave folklórica y medularmente atávico: Mallorca, Fora Mallorca, París de França y Terra de Moros.

Mención de las Islas Afortunadas se encuentra en ocasión de cierto episodio relacionado con Sartorius y fechable hacia el año 80 antes de Cristo. García y Bellido cuenta que el historiador Plutarco refiere que, cuando tras la fuga de Mauritania volvió Sartorius a España, se afincó en el area de la desembocadura del Guadalquivir y relataba cómo “allí encontró a unos marineros que acababan de llegar de unas islas del Atlántico. Éstas son dos, separadas entre sí por un pequeño estrecho. Distan 10.000 estadios de a Lybie y son llamadas ‘de los Afortunados’. -“Gozan -continúa García y Bellido con texto de Plutarco- de lluvias moderadas y raras y con unos vientos suaves y cuajados de rocío; ofrecen una tierra muelle y crasa, apta para ser arada y sembrada. También produce frutos que, por su abundancia y sabor, alimentan sin penas al pueblo que vive sin trabajar”. ¡Ay, la vieja Arcadia soñada por el hombre! ¡El ‘dolce far niente’, manía fija en la mollera humana, desde que se escuchó el fatídico “ganarás el pan con el sudor de tu frente”! Se sabe que el griego Eudoxio conoció las Canarias. Y la literatura clásica menudea datos y alusiones: Homero las confunde con los Campos Elíseos. Hesíodo, con las Hespérides y su jardín mítico. Píndaro las bautiza con su nombre prehistórico: Islas Afortunadas. Platón las considera restos de la Atlántida. Ptolomeo fija en ellas el ‘finis mundi’, el límite del mundo conocido. Horacio, Silio Itálico, Floro, Tíbulo, Plinio… dan también noticias de esas tierras lejanas. Y en los fondos costeros de La Graciosa se han hallado ánforas romanas de los siglos II y IV d. C. Los Griegos llamaron a las islas atlánticas ‘hay ton Makáron Nésoi’, Islas de los Afortunados; y os Romanos, ‘Fortunatae Ínsulae’, Islas Afortunadas. Constan, documentados en la antigüedad, los viajes de: Unos comerciantes fenicios, bajo el patrocinio del faraón Necao, los cuales, bajando por las costas orientales de África, doblaron el Cabo Buena Esperanza y remontaron el litoral atlántico, para entrar en el Mediterráneo por Gibraltar.

El persa Staspes, s. V a.C., intentó el mismo periplo pero en sentido inverso. Alcanzó Cabo Verde.

El cartaginés Hannón, s. V a.C., hizo cuatro tentativas, pero no logró pasar de Guinea. Eudoxio de Czícica, s. II a.C., de quien se sabe su partida pero no de su regreso. Se daba entre todos estos pioneros antiguos, de los países talasocráticos (Fenicios, Etruscos, Griegos, Cartagineses…) una porfía de fintas y silencios para ocultarse aventuras o logros marineros y/o geográficos más allá de los pilares de Hércules, como las Azores, Madeira, Canarias, Cabo Verde…

Sería lógico pensar que Mallorca -mejor, sus islotes- pudo ser, ya tan temprano, buen ágora para recoger datos para empresas ultramarinas. Pero eso no pasa de ser una eventualidad, ya que nuestra Isla se abre tardíamente a este programa pionero de rutas marineras, a causa de su montaraz aislacionismo.

Sabido es que, incluso los Honderos Baleares, contratados como mercenarios por Cartago y, más tarde, por Roma. No podían ni si siquiera traer moneda a la Isla. Estaba todavía por descubrir el atractivo y el ‘encanto’ de las divisas extranjeras. Eso no obstante, cabe suponer una inicial presión de los Griegos Focenses para forzar una apertura de la Isla. Es un hecho que se deduce del soberbio poema ‘La Deixa del Geni Grec’ (3), de Miquel Costa i Llobera, que narra el engarce de la cultura talaiótica, atávica, con las corrientes clásicas helenísticas. Un poema de estrofas virgilianas, cuyo protagonista es Melesigenio, seudónimo de Homero, presunto navegante por nuestras costas y capturado por los aborígenes, el cual, en su huída de Mallorca para evitar la pena capital, deja en manos de Nuredduna, ancestral sacerdotisa indígena, su lira simbólica, celeste herencia. “Costa i Llobera se ha apoderado de la lira que en los miseriosos subterráneos de (la Cueva de) Artá, dejó a su supuesto paso por ellos el padre Homero”. Una frase feliz de Carmelo Echegaray, que rima con la de Joan Maragall: “El joven Homero debió estar en Mallorca y Costa Llobera ha espiado el eco inmortal de sus cantos en las resonancias de las cuevas y en los ecos de las olas”. Los Griegos ya bautizan a estas Islas, lo que supone presumiblemente un conocido lugar de referencia, un ‘puntro de encuentro’, con el nombre de ‘Gymnésiai’; y sus habitantes, los ‘Gymnésioi’, los desnudos, porque andaban normalmente con un sucinto atuendo de playa nudista. Ya ven, nada nuevo bajo el sol turístico de hoy.

Mallorca está situada en medio de la ‘Oikoumene’ -la casa de todos- o ‘Tierra Habitada’, de la que el mar es solar y patio de vecindad; ese mar al que los Romanos, más prácticos y menos líricos, llamarán por eso ‘’Mare Nostrum’. Mallorca y sus islas son por necesidad cruce de caminos, caravansar -‘caravanserail’- marítimo y foro de navegantes y plaza de mercaderes y de aventureros. Entonces, si bien no nos ha quedado evidencia de que los primeros navegantes partieran de estas Islas para sus singladuras atlánticas, es algo que entra dentro de la lógica y de la dinámica histórico-geográfica. “La Historia -se ha dicho- es esclava de la Geografía” Los Romanos serán los que incorporen definitivamente a las Baleares a las corrientes culturales y comerciales del Mediterráneo, 120 años a.C., cuando la Bética era ya romana cien años y la Tarraconense, desde 80 años atrás.

El cambio propiciado por el conquistador Quinto Cecilio Metelo unciéndonos a Roma, fue rápido y espectacular. Mallorca digirió con celeridad los nuevos modos y modas y abrió sus ojos y sus puertas al mundo nuevo, mundo asomado al mar, trillado por rutas y caminos invisibles larga e intensamente.

Mallorca y sus hijas -concluímos- asumieron ya para siempre el papel de centro crucial en la ‘Oikoumene’ grecolatina y se convirtieron en un punto de información de proyectos y de logros náutico-comerciales, entre los que caben naturalmente, el tema de las Islas Atlánticas, que en un futuro no muy lejano, serán sus hermanas.

II.

En la Edad Media se da alguna vaga alusión en las ‘Etimologías’ de San Isidoro. Pero son los Árabes los que vuelven a poner sobre el tapete el asunto de las misteriosas Islas olvidadas. La Geografía es ciencia que gozó del favor de los Musulmanes y de los Judíos: Algún dato, de 1.016, informa de que ellos conocían las Canarias, a las que llamaban ‘Kaledat’. Ishthikiri, las consigna en su ‘Mapa de las Cosas e Islas del Mediterráneo’. Al-Idrisi, también, en su ‘Geografía Ilustrada’. Abrahán Bar Chiiya escribe ‘De Forma Terrae’ y preconiza la esfericidad de la Tierra. Y Abul Feda ya afirma la redondez del Globo, en el s. XIII. A este respecto, el mallorquín Ramón Llull, en la misma época, figura también entre los defensores pioneros de esta teoría, que bien la pudo haber conocido en sus frecuentes e intensos contactos con el mundo islámico; o bien, lo dedujo amparándose en sus observaciones sobre el movimiento de las corrientes en las costas bretonas, tal como informa Emilia Pardo Bazán, en la ‘Revisa de España’, mayo-junio de 1.892.

Así mismo, el mallorquín Cresques Abraham argumenta esta tesis, ciento diez años antes que Colón, en una de las ‘leyendas’ de su hermoso ‘Atlas’: “La forma emperò de la terra es redona, perquè es dita ‘orbis’, que vol dir ‘redona’” (4) (5). Y, finalmente, para no alargar las citas, el geógrafo e historiador tunecino Ibn Jaldún, deja claros testimonios del conocimiento que sus correligionarios tenían del Arhipiélago canario.

En el otoño de 1.987 se desarrolló en Mallorca el Congreso de Historia de la Corona de Aragón. Figuraba en el programa la ponencia ‘Relaciones en la Edad Media entre Mallorca y las Islas Canarias’, por Ramón Rosselló Vaquer. Es un tema que no ha quedado dormido entre legajos y expedientes. De los lazos medievales entre Mallorca y Canarias se han ocupado no pocos investigadores: Vicente Sánchez Arana, Chano Sosa, Elíes Serra Ràfols, Miquel Bonet, Antonio Romeo de Armas, Domik Woelfel, el P. Gabriel Llompart, Antoni Pons, Gabriel Alomar, Francisco Sevillano Colom, Josep Segura Blanes, Pedro Aguado Bleye, Alvaro Santamaría…

Dichas relaciones se producían en un marco adecuado y propicio: Mallorca había sido reconquistada en el otoño de 1.229. Siguen unos años de organización y consolidación de su nueva etapa histórica.

En 1.256 comienza a reinar de facto Jaime II, cabeza de la breve Dinastía Mallorquina. Horros de apetencias militaristas, nuestros monarcas -reyes, casi, de ‘érase una vez un rey…’- se vuelcan en la protección de las artes, las ciencias, la agricultura, el comercio, la navegación… En 1.285 surgen problemas dinásticos interfamiliares con las apetencias anexionistas y totalitarias de Pedro III de Aragón -conocido en la historia por su hombrada de las Vísperas Sicilianas- con el subsiguiente exilio de su hermano Jaime II de Mallorca.

En 1.298 retorna nuestro Soberano Jaime II al trono insular y prosigue, intensificándolo, el programa de desarrollo ya esbozado. Pasa en esos mismos años a reinar en Aragón/Cataluña un sobrino del mallorquín, llamado también Jaime II, el Justo; justamente el mismo rey que Dante sitúa en su ‘Purgatorio’. La Catedral, el Castillo de Bellver, los Palacios de La Almudaina (Palma) y de Perpiñán ven sus siluetas crecer o remozar con rapidez. Los astilleros trabajan a pleno rendimiento. El campo produce pan para todos…

Ramón Llull ha superado el trauma de su conversión: ‘Déu el tocà amb la mà de la seva misericòrdia…’ (6) y de real cortesano y caballero galante -‘Senescal de la Taula’ (7). Jefe de la Nobleza Palaciega ) en Palacio- pasa a ser ‘Ramón lo Foll’, el Loco; pero también, el ‘Doctor Iluminado’, respetado y escuchado en plazas, cátedras, púlpitos, cortes reales y concilios. Es una etapa de inercia centrípeta, de construcción de la personalidad de Mallorca y d consolidación de las instituciones políticas autóctonas.

La Isla disfruta de un siglo de mística: La mística de la reconquista-cruzada-victoria contra el Islam. La mística de las libertades cívico-políticas otorgadas por Jaime I en la ‘Carta de Població’, la más liberal en su tiempo, que nos eximió del feudalismo y de los ‘malos usatges’ de la Nobleza catalana conquistadora. La mística de una patria y un nacionalismo de nuevo cuño. La mística anti-catalana, liderad por el propio Ramón Llull, que se negaba a pisar el Principal por los sucesos de 1.285, que habían supuesto el primer ataque exterior a la lustral soberanía del Archipiélago, el pequeño ‘Regne’ que englobaba también el Rosellón. (8) La mística de la prosperidad económica y cultural -social, en suma- del período de1.300 a 1.340. La mística religiosa del ideal misional de Ramón Llull, la de ‘procurar amadors a Déu’ (9). La mística de sus misioneros, formados inicialmente con la vista puesta en el Maghreb, adonde, como objetivo inmediato… ‘irán sarraíns convetir per fer plaer a Déu qui a mort volch venir per nos haver’ (10). Una mística prieta de apologismo y de celo proselitista, con tintes de radicalismo cátaro. La pureza integral de los Albigenses francomeridionales y de su metástasis en Mallorca con la rama de los ‘Fratricelli’ desgajados del tronco franciscano, de cuya teoría y praxis fundamentalista no andaba libre, según parece el Infante Don Felipe.

Este personaje, hermano del Rey Don Sancho I de Mallorca, vestía el hábito de Santo Domingo. Era hombre espiritualista, tocado de la catarsis evangélica de los ‘Framinori’ de Asís en la facción integrista de los ‘Zelanti’. Todo lo cual, no obstante, tuvo que ocupar a regencia durante la minoría de edad de su sobrino y futuro heredero Jaime III, alternando el claustro con la corte, un poco a modo de Ramiro el Monje.

En 1.343 quiebra de hecho la Dinastía Mallorquina. Pero la fuerza económica e intelectual hasta entonces acumulada da frutos maduros, a contratiempo del descalabro político y permite todavía cincuenta años de expansión, ahora, en una dinámica centrífuga, en busca de otros mares, otras tierras, otros lances.

Mientras tanto, la nefasta política antimallorquinista de Pedro IV el del Punyalet consigue, a la larga dar al traste con tan prometedora floración. Juan I, el Rey cazador, vino a poner la guinda en el desastre con su negativa a perdonar una voluminosa multa impuesta a los isleños por una revuelta antijudía en 1.391. Y, con sus juegas en Bellver, en el estío de 1.394, costeadas por el pueblo, el pequeño país quedó exhausto: ‘La Terra vench en destrucció’ (11), tal como corrobora el notario catalán Pere Carbonell.

Mallorca se sabía pequeña y no podía soñar con veleidades a costa de sus vecinos poderosos. Entonces pondrá la mente en expansiones ideológicas hacia tierras africanas. Y luego, a la vista de que las tierras africanas se mostraban impermeables a todo intento misional, con la evidencia implícita, si no de un fracaso rotundo, sí de un claro éxito de la vía de diálogo propuesta por Ramón Llull, viene entonces, como agua de mayo, la oportunidad de la colonización espiritual de las Islas ‘noveylament trovades’ (12), las Canarias recién redescubiertas. La actuación de Mallorca en Canarias será, desde luego, más intensa en el plano espiritual y civilizador que en el materialista. Será una labor más altruista, por misionera o evangelizadora, que colonialista. Es decir, una ejecutoria a lo Ramón Llull o a lo Junípero Serra. Todo eso sin perjuicio -hay que reconocerlo- de que nuestros navegantes ensayaran también el negocio o el negociete, aunque no fuere más que por hacer honor a los genes púnico-semítico-catalanes -¿cómo no?- que cabalgaban a la grupa de nuestros hematíes y leucocitos raciales. Pero, además de esas dos razones aducidas y del clima sociológico de la época, es que Mallorca, por mero imperativo geográfico, tenía que ser una tierra volcada al mar. Sus límites, sus caminos, son la inmensidad azul… Una tierra pequeña desde la que se avista un mundo muy grande. Bien lo supo expresar Costa i Llobera: “I aquesta terra es tan curta… I el món, tan ample, tan gran…” (13) Fall ha escrito que Mallorca en el siglo XIV era “un veritable laboratoire de la recherche de l’Afrique” (14). En efecto, hacia el primer tercio de ese siglo, Mallorca contaba con elementos idóneos para intentar los caminos del África Occidental: un status financiero y mercantil de reconocido prestigio en el Mediterráneo. Una hilera de apoyos logísticos -consulados o colonias- en la Andalucía musulmana -Almería, Granada, Málaga, con cuyos puntos el Rey Pedro IV mantenía buenos lazos políticos y comerciales- y en la ya recristianizada -Cádiz, Sevilla-.Y buenas relaciones con las autoridades bereberes de Túnez, Argel y Fez, para ahorrarse problemas en el paso de Gibraltar. Y una capacidad tecnológica para la construcción naval y para la praxis náutica. El Puerto de Palma (15) según la Crónica de Fra Marsili) es punto de cita de la navegación comercial de la época y controla en aquellos días buena parte del tráfico, siendo la Isla la última base antes de la travesía del Estrecho. Más allá de las Columnas de Hércules se abrían dos rutas: la del Mar del Norte y la del África Atlántica e Islas Canarias.

Los navegantes mallorquines alcanzaban Flandes e Inglaterra desde muy temprano. La galera ‘Santa Ana’, de Guillem Bone (¿Bonet?), está registrada en el Mar del Norte, adonde había ido a comprar lana, en un documento británico de 1.281. Es un dato de Roberto S. López, citado por Sevillano Colom.

Este investigador mallorquín puntualiza, en plan de anécdota, que las naves mallorquinas que se dirigían a aquellas latitudes no solían entrar en los puertos del Cantábrico, donde, por lo visto, no tenían garantizada su seguridad, ni la del personal a bordo ni la del flete. Un documento del Archivo Histórico de Mallorca informa de que nuestras embarcaciones surcaban aquellas aguas ‘cum magno perículo et metu’ (16) y añade que especialmente ‘timebant homínibus de Santander’ (17). Es que ciertos navegantes mallorquines, armados en corso por Pedro IV, patrullaban ‘les parts d’Espanya’, desde Cartagena a las costas cántabroatlánticas, incluso alargándose hasta La Rochelle y aún Flandes, en contra de los intereses de Pedro I de Castilla, su enemigo homónimo. Así, por ejemplo, Pere Bernat que había armado dos galeras al efecto con las cuales hostigaba a las naos castellanas durante más de ocho meses.

Mallorca mantenía tráfico marítimo con todos los países de la cuenca mediterránea, principalmente, con las repúblicas italianas y con la costa surmediterránea, para lo que disfrutaba de privilegio otorgado por Gregorio IX para comerciar con los sarracenos.

En el Puerto de Palma se podían trocar productos y mercaderías procedentes de todos los países, actividad para la cual fue fundamental, amén de necesaria, la institución y la construcción de la Lonja de Contratación y, más tarde, del Consulado de Mar, cuyos dos bellísimos edificios todavía se alzan a la vera del mar.

Aquí los navegantes podían proveerse de toda suerte de portulanos e instrumentos de marear. Mallorca había alcanzado un buen nivel técnico y un alto grado de especialización profesional al efecto: pilotos, cartógrafos, brujuleros, relojeros, constructores de astrolabios… La primera brújula de a que tenemos noticia data de 1.169. Pero la primera brújula magnética está fechada en 1.269, tiempo ya de plena independencia del Reino de Mallorca. La brújula era conocida por los chinos al alba de los tiempos cristianos. Los Árabes la trajeron a Oriente desde la India y los Cruzados la introdujeron en Europa. Pero fue en talleres mediterráneos donde se aprendió a fijar la aguja magnética sobre un pivote dentro de una cajita, a partir de cuyo momento fue un utilísimo instrumento para orientarse por los caminos de la mar. Abraham, a quien se pregonaba como ‘Magister mapamundorum et bruxolarum’ (18), tenía un obrador de brújulas cerca del Castillo del Temple, la en otros tiempos morisca Almudaina de Gomar, no muy lejos, precisamente, del ‘Call’ judáico.

Son también famosos brujuleros de esta Isla Salomó de Mallorca, Vidal Afraim, Efraim Bellshoms, Isaac Nafucci y Macià Viladesters, judeoconverso, anteriormente llamado Samuel Corcós, aprendiz del laboratorio de Jahudá Cresques

Las cartas de navegar aparecieron como una necesidad: como una ciencia y una práctica imprescindible, junto a la construcción de galeras o a la fabricación de jarcias y cordajes. El Rey Pedro IV obligaba a todas las galeras a llevar cartas de navegación. En consecuencia, florece en el segundo tiempo del siglo XIV y en todo el XV la celebrada Escuela de Cartografía Mallorquina, que supera los viejos conceptos del ‘Almagisto’ de Ptolomeo, poco práctico para localizar puertos y accidentes geográficos. Los primeros portulanos fueron de origen catalán o mallorquín. Pero conviene tener en cuenta que en la época de referencia ambos gentilicios eran equivalentes. Y para el caso, remitimos al lector a la orden de Pedro IV de integrar o uniformizar a los de una y otra ribera del mismo mar; lo de que los de las Islas ‘sían tinguts per catalans’ (19), es decir, todos moros, bueno, todos cristianos. Todos. En cuyo caso, aceptado. Pero siempre con el matiz de ‘catalans de les Illes’ (20), lo cual es un reconocimiento implícito de que los de acá nunca llegaron a ser del todo de allá; ni los de allá, de acá. Al César, lo que es del César.

Los cartógrafos nuestros dan a sus mapamundis una utilidad y un atractivo hasta entonces inusitados: -“Lo peculiar de la cartografía mallorquina (21) es que tienen todo el sentido práctico de los mapas de navegación que siguen las costas anotando puertos y merced a los cuales, pero al mismo tiempo, suman la decoración polícroma de figuras y escenas que ayudan a la inteligibilidad de los países, al conocimiento de sus producciones y a la satisfacción de la curiosidad por las costumbres”. Las cartas náuticas mallorquinas más antiguas están en el Museo Británico -adonde ‘as usually’ van a parar todas las cosas netamente ‘británicas’ que hay en el mundo-. Los hay de 1.323 y de 1.330.

Pero la mas famosa y la de fecha más antigua y de autor conocido es la de Angelino Dolcert, dibujada en 1.339 y conservada ahora en la Biblioteca Nacional de París

Dolcert, Dulcert, Dulceti, Dulcet, Dolcet y Dulceri, que todas esas variantes ha permitido la paleortografía. Trátase de un planisferio que incluye toda Europa, hasta el Mar Caspio, buena parte de la Costa Maghrebí y las Islas Azores y Canarias. Dolcert hizo su mapa con datos aportados por Lancerotto Malocello, el primer europeo que alcanzó Canarias, en 1.312. Esta carta supone ya una tradición cartográfica, dada su belleza y perfección.

Pioneros y primeras figuras son los dos Cresques, Abraham y Jahudá. - “El nudo de cristalización de nuestra mejor cartografía son los Cresques” (22). Cresques Abrahán, el padre; y Jahudá Cresques, el hijo. Más relojero-brujulero, el uno; y más brujulero-cartógrafo, el segundo, el cual era conocido como ‘El Judío de las Brújulas’. Los Cresques frecuentaban un establecimiento de baños públicos en el área ciudadana de las Atarazanas, donde, además de vender sus cartas y mapas, mantenían abiertos los oídos en los mentideros de la marinería internacional para pescar no pocos datos e informes con los que luego enriquecían sus pergaminos.

Parte de nuestra historia es la actividad intensa de ‘Sa Drassana’ o Atarazana -hoy concurrida plaza nocturna- que forma lucido triángulo marinero con la Lonja y el Consulado de Mar, que en su vecindad no tardaron en construirse.

Entre los muchos trabajos, que han superado todas las cotas del tiempo y de la fama está el ‘Atlas Catalán de los Cresques’, iniciado por Abraham y concluído por Jahudá. Se le llama ‘Atlas Catalán’ porque fue un encargo de Juan I, a petición de Carlos V de Francia, el cual le había enviado a Barcelona a Guillermo de Courcy con el ruego de que le proporcionase ‘un jolíu com esser pugui mapa mundi’ (23)

Sin perjuicio de que en las reales Atarazanas hubiera técnicos de primera línea, queda a la vista que el Rey Juan no encargó el trabajo a los cartógrafos de Cataluña sino a los Cresques de Mallorca, el segundo de los cuales, Jahudá, residió sus últimos años en la Ciudad Condal, con especial privilegio y protección de Juan I.

El Atlas tiene fecha inicial de 1.375 y llegó a Paris en 1.380, justo el año en que fallecía el Monarca francés que lo había solicitado. Desde entonces permanece en la Biblioteca Nacional de París. En este documento geográfico, considerado como ‘el primer atlas del mundo’, no por su fecha pero sí por su categoría y perfección, se representan tierras de Europa, África y Asia. Y cabe suponer que para los datos de Asia utilizara como material de primera mano el contenido en el ‘Libro delle Miraviglie del Mondo’, que Marco Polo había dictado a su amanuense Pisano Rústico en 1.298. Y, por cierto, pocos españoles y aún mallorquines saben que diez años antes, en 1.288, Ramón Llull había publicado un libro con idéntico título, ‘Llibre de les Meravelles del Món’. Aunque éste no es un libro de tierras exóticas sino de filosofía apologética, tan del gusto del medioevo. En el ‘Atlas’ de los Cresques se halla la primera representación de Cabo Bojador. Allí, en el legendario ‘caput finis Africae’ (24), comenzaba la ‘terra incógnita’ de Ptolomeo. Y a partir de allí, se extendía el ‘Mare Tenebrosum’.

La fatídica leyenda de que mas allá de su línea la vida es imposible tiene su base real en una restringa o lengua de arena, de 6 leguas, donde las olas rompen furiosamente. Las aguas calientes del Trópico se encuentran con frentes fríos procedentes del Polo y producen una espuma densa, que se convierte en niebla impenetrable al mezclarse con las polvaredas que los vientos aventan en los desiertos cercanos.

El Infante Enrique el Navegante envió a su súbdito Fil Fanes, en 1.443, y éste regresó aterrado. Lo convenció el Infante para un nuevo intento y el nauta lusitano logró, entonces, traspasar la funesta línea.

Y, si, con tanta precisión, el Atlas incluye este accidente geográfico, ¿cómo no iban a tener cabida también las Islas Canarias? A las Canarias les dedican los Cresques una cartela que no la mejora la mejor Guía Turística: “Les illes Benaventurades són en la mar gran contra la mà Ezquerra proa del terme de l’Occident, mes prop dintre la mar. Car de tots béns, blats, fruits, herbes, arbres son plenes e los pagans se cuiden que aquí sía paradís per lo temperament del sol e abundància de la terra. Los arbres hi creixen almenys 140 peus, ab molts poms e molts aucells. Aquí ha mel e llet majorment en la islla de Càpria que aíxí es apellada per la multitud de cabres que hi són. Item aprés Canaria illa dita per la multitud dels cans que són en ella grans e forts”. (25) ¡Y cómo nos recuerda este texto del de Plutarco más arriba citado! Jahudá Cresques, judío de Mallorca, abrazó el cristianismo a raíz de la revuelta o ‘pogrom’ del ‘Call de Ciutat’, en 1.391. Tomó el nombre de Jaime Ribes, el de un importante canónigo de la Sede Mallorquina. Los judíos conversos eran apadrinados por familias nobles o por eclesiásticos de pro, que les daban su apellido. Casi enseguida se trasladó a Barcelona, al amparo de Juan I, el que había encargado el Atlas a su padre. También gozó de la protección de Martín I, muerto el cual en 1.410, Jahudá regresó a su Isla.

El Atlas de los Cresques fue reeditado en 1.975 por Diáfora con ocasión de su VI Centenario, habiendo merecido el honor de ser declarado ‘Libro del Año’. También en el añ0 8º se hizo en Zurcí la mejor edición de todos los tiempos. El original mide 3 metros por 65 centímetros, desplegado en 6 hojas de 50 por 64, iluminadas en 7 colores. Se ha escrito y se cree que por esos tiempos fue contratado por Enrique el Navegante para encomendarle la dirección de la Escuela de Navegación. Se le ha confundido de siempre con el Mestre ‘Jacome de Mallorca’, conocido y estimado en Portugal. Sin embargo, hoy se ha puesto en duda la equivalencia de ‘Jaume Ribes’/‘Jacome de Mallorca’. Theodore Ernest Hamy, Jaime Riera Sans y el P. Gabriel Llompart no lo aceptan por la sencilla razón de que Jaime Ribes fallece en 1.410, a poco de venir de Barcelona y la Escuela de Sagres nació en 1.416. Queda, entonces, en pie la incógnita de quién era el ‘MestreJacome de Mallorca’ que figura en la nómina de científicos de la célebre institución portuguesa. Se trata de un personaje no documentado, del que Duarte Pacheco Pereira, geógrafo y navegante portugués, dice que el Infante Enrique le llamaba ‘Maestro de cartas de marear’ y envió a buscarlo a Mallorca ‘na qual ilha primeiramente se fazeren as ditas cartas’ (26). Se ha dicho, incluso, que Jahudá Cresques informó a los Portugueses de la existencia de as Azores. Se ha dicho.

Pedro Aguado Bleye afirma: -“Si es cierto el hecho de que los pueblos del occidente peninsular -castellanos y portugueses- abrieron las rutas del Océano, no lo es menos que las naves portuguesas -varineles y carabelas- iban guiadas por una ciencia náutica cuyos orígenes eran hispanomediterráneos”(27). Componen el estrellato de la Cartografía Mallorquina los dos Cresques y un tercero, Astruch Cresques, más tardío; Guillem Soler, Macià y Joan Viladesters; Gabriel de Valseca, Pere Rosell, Jacob y Joan Beltrán; la familia Olive; Rafel Moneéis, Antoni Piris, Rafel Loret, Arnau Doménech; Angelino Dolcert, Joan Martínes, Berenguer Ripoll, Jaime Ferrer…

Según el varias veces citado P. Llompart, la cartografía mallorquina del siglo XIV se sostiene sobre tres nombres cardinales: Cresques Abraham, Jahudá Cresques y Guillem Soler. Hay una carta de Soler, de 1.380, en la Biblioteca Nacional de París, y otra de 1.385, en el Archivo del Estado, de Florencia. Una carta de Macià Viladesters fue hallada en la Cartuja de Valdecristo (Castellón); y en otra, del mismo, de 1.413, aparece el Desierto del Sáhara. Gabriel de Vallseca era un ciudadano de Barcelona que vivió en Mallorca entre 1.435 y 1.467. Suya es una carta de 1.447, que perteneció a Roger de Làuria; y otra, famosísima, de 1.439, que más tarde llegaría a manos de Américo Vespucci, según se lee en el reverso: ‘Questa ampla pella di Geografía fu pagata da Américo Vespucci CXXX ducati di oro di marco’. En 1.917 fue adquirida por el ‘Institut d’Estudis Catalans’ a sus anterior propietario el Conde de Montenegro, en Palma de Mallorca, en cuya biblioteca fue mostrada a la distinguida turista Madame George Sand. Doña George la califica como ‘obra maestra de cartografía y de dibujo topográfico’. El citado mapa lo habían desenrollado sobre la mesa y uno de los criados colocó un tintero en uno de los ángulos. La piel, reseca, volvió a enrollarse súbitamente, volcando el tintero, ante la consternación de los presentes. La amiga de Chopin, ensayando el humor y dándonos la oportunidad de poner en tela de juicio la exquisita ‘politesse française’, acentúa los ribetes del suceso: “El mapa (apareció) inundado y los lindos y diminutos soberanos pintados en miniatura nadaban literalmente sobre un mar más negro que el del Ponto Euxino… Los criados corrieron en busca de cubos de agua como si se tratara de un incendio y a fuerza de esponjazos y escobazos se dispusieron a limpiar el mapa llevándose, en mescolanza, reyes, mares, islas, continentes” (28). Exagera doña Aurora, Aurorita Dupin, la delicada Jutrzenka del Autor de las Polonesas. Cartas de navegar de Mallorca las adquirían, también habitualmente, los mercaderes y navegantes de toda la cuenca mediterránea, así como los Reyes de Aragón, Castilla, Francia, Portugal… Y alcanzaron tanto prestigio, que se llegó a la falsificación, vendiéndose como mallorquinas muchas que no habían sido aquí confeccionadas.

Nuestros portulanos se encuentran repartidos por el mundo. Los hay en Estambul; en París, Marsella, Bruselas, Lausana; Londres, Birmingham, Greenwich, Cambridge, Oxford; Berlín, Munich; Leipzig, Viena; Estocolmo, Nueva York, Washington; y, sobre todo, en Italia, donde se han catalogado 152, distribuídas por Bolonia, Génova, Cortona, Pádua, Módena -donde se halla el famoso mapamundi ‘Estense’, de 1.446- y los hay también en Nápoles, Parma, Pavía , Mantua, Pisa, Roma, Turín, Venecia, Palermo Piacenza, Rovigo, Siena, Verona, Forlí, Pistoia, Poppi, Spoletto, Ventimiglia, Vicenza, Florencia… En la capital de los Médici se localizan nada menos que 37. Y esto sin olvidar que la Escuela de Cartografía de Génova compitió codo a codo con la mallorquina, y cuenta con nombres ilustres, como Giovanni di Carignano, Pietro y Ferriccio Vesconte, Angelino Dalorto, Mario Sanuto… Se ha discutido sobre la precedencia de la Escuela Genovesa o de la Mallorquina. El historiador Pedro Aguado opta por decir que Mallorquines y/o Catalanes fueron los maestros de los Italianos. Pedro Aguado cita al explorador sueco Nordenskjöld, quien opina que “no fue Italia sino España que creó el modelo de los mapas mediterráneos” y se funda en que las producciones italianas de aquel tiempo derivan de la ‘Carta Maghrebiana’ fechada en mil trescientos sesenta y pico y conservada en la Biblioteca Ambrosiana de Milán. Nordenskjöld añade que el tronco reescala de los mapas italianos es el propio de Cataluña.

Entendemos que de la Cataluña ‘unificada’ por Pedro IV. En las cartas genovesas ya figuran Sudán y Senegal. En Sudan, por cierto, había una colonia de Judíos, que mantenían relaciones, a través de Oriente y el Norte de África, con sus congéneres de Castilla, Aragón y Baleares, hitos de su diáspora. Y esto es un detalle que nos da la clave de la exclusiva que, en la práctica, ostentaban los Judíos en materia de cartografía, en la que manejaban datos y conocimientos de los que solo ellos podían disponer a través del circuito cerrado de sus comunidades dispersas por el mundo. Es el caso del rabino Benjamín de Tudela, s. XII. Y llegados a este punto, queremos rendir homenaje a José Mascaró Passaríus, menorquín-mallorquín, autodidacta, que podría haber sido Doctor con sobrados méritos, quien, además de una completísima labor de investigación de a Prehistoria de las baleares y de sus ‘Talaiots’ (29), dedicó sus últimos años a viajar sin descanso por Europa, Oriente Medio y el Maghreb, en busca de esos tesoros de la ciencia y del arte de marear de su patriachica. Su muerte, inoportuna, nos privará de ver publicados sus logros y hallazgo.

En medio de un ambiente tan favorable, de gentes del Mediterráneo así como de Castilla y Portugal, tan diestras en la navegación oceánica, no es extraño que surgiera en nuestro país una figura como la de Cristóbal Colón, tenido él también, como judío. Mediterráneo y Judío son dos términos -digámoslo de pasada- que dan cierto soporte a la no muy extraviada tesis, bueno, hipótesis del origen mallorquín del Almirante de la Mar Océana, quien, ya desde su primera singladura, tocaba puertos canarios.

Claudio Sánchez Albornoz y el P. Llompart citan a Rey Pastor: -“La cartografía mallorquina es un apasionante fenómeno histórico, como hecho cultural, que trasciende el dilatado ámbito de la Corona de Aragón y ejerce un influjo universal durante tres centurias”.

Y a todo eso -lo decimos sin rebozo, aunque mirando atrás sin ira, pero la ocasiones propicia-, en el Pabellón de los Descubrimientos de a Exposición Universal de Sevilla, 1.492, no escuchamos ni vimos ni una sola referencia -no pensaremos que es que no se sabía nada sobre el trema, ni una sola palabra, una palabrita, por amor de Dios, escrita o hablada, sobre Jaime Ferrer, Francesc des Valers, los Cresques, los Vallseca, Soler, Viladesters; los… bueno, todos los que hemos señalado y los que no figuran en nuestra relación. Un hurra por tan señalado servicio a la ignorancia o a la desidia y por tan lucida oportunidad perdida para pregonar y difundir lo nuestro. Por ese mismo descuido e ignorancia de lo nuestro nos cambiaron el nombre de Don Cristóbal Colón por el de Don Américo Vespucci.
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