Las cuatro edades de morelia






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LAS CUATRO EDADES DE MORELIA
Morelia, Capital del estado occidental de Michoacán, se ubica en las coordenadas 19’ 42’ de latitud, 101’ 11’ de longitud y 1 920 m. de altitud, asentada sobre la colina de suaves pendientes conocida como Guayangareo, que significa loma chata y alargada.

La historia de Morelia se divide, igual que la de México, en cuatro etapas fundamentales.

I.- Época prehispánica.

II.- Época colonial (desde la conquista española hasta el comienzo de la insurgencia).

III.- Siglo XIX (comprende la preinsurgencia, la insurgencia, la independencia, la guerra de reforma, el triunfo de la república sobre los invasores franceses y el porfiriato).

IV.- Siglo XX ó época contemporánea.
I.- Época prehispánica.- Sin conocerse a ciencia cierta la fecha de su llegada, los indígenas pirindas o matlalzincas se establecieron en la parte nor-oriente del estado de Michoacán, desde los actuales territorios municipales de Indaparapeo hasta Tarímbaro, incluyendo por supuesto la loma de Guayangareo, llamada también Patzinyegui, vocablos ambos que significan loma chata y alargada. Los principales poblados matlalzincas en el valle se ubicaban en la falda de la loma de Santa María, al sur de la ciudad, y a todo lo largo de la parte norte de dicha loma. El nombre Pirinda o Matlalzinca se traduce como ‘los de en medio’, ya que esta tribu (cuyas raíces se remontan a las cercanías de Toluca) estaba geográficamente ubicada entre el imperio p’urépecha y el imperio azteca. Una parte de los matlalzincas luchó del lado de los aztecas y otro del lado p’urépecha, resultando vencedores los últimos, gracias en parte a la ayuda de los pirindas. Se tiene noticias de que en la misma falda de la loma de Santa María existieron vestigios de comunidades teotihuacanas. En la falda del cerro Quinceo, volcán ubicado al nor-poniente del valle se ubicaron los restos de una comunidad prehispánica, misma que fue arrasada por un torrente de lava del mismo volcán.

A la llegada de los españoles al valle, no tomaron en cuenta el pequeño poblado matlalzinca hacia el sur del mismo debido a lo pequeño que era, sin embargo, según la tradición, en este valle fue el encuentro entre Zinzincha Tanganxoán II y Cristóbal de Olid, aunque difieren las fuentes acerca de los presentes y sus acciones en dicha junta.
II.- Época colonial (desde la conquista española hasta el comienzo de la insurgencia).- Al repartirse las encomiendas entre los conquistadores españoles, según sus propias palabras, Gonzalo Gómez afirmaba haber recibido el valle de Guayangareo de parte de Hernán Cortés. Sin embargo, Cristóbal de Valderrama también reclamaba la posesión de Guayangareo, y acusó a Gonzalo Gómez ante la inquisición, siendo éste último procesado hacia 1536. Su casa se construyó en la esquina actual de Guillermo Prieto y la Av. Francisco I. Madero Poniente, misma que fue la primera vivienda española en todo el valle.

El primer templo que se construyó en el valle fue obra de los hermanos franciscanos, encabezados por Fray Juan de San Miguel y Fray Antonio de Lisboa, hacia el año de 1530, erigiendo una sencilla capilla dedicada al Santo de Asís, posteriormente construyeron el Colegio de San Miguel, uno de los primeros en América.

Como consecuencia de los desmanes de los conquistadores, las audiencias llegan a la Nueva España, y con ella un hombre que cambiaría el panorama de Michoacán, el Lic. Don Vasco de Quiroga.

Él ha sido enviado a conocer la situación en que viven los P’urhépechas, con el fin de protegerlos y ayudarlos. En cédula real de 1534 se dispone que se junte a los rebeldes y dispersos en un centro que se llamaría Ciudad de Michoacán, donde deberá residir el obispo y levantarse la catedral de dicho obispado. El 6 de agosto de 1536, por bula del pontífice Paulo III, se erige la sede episcopal de Michoacán; habiendo rechazado la mitra fray Luis de Fuensalida, es propuesto para ella el oidor licenciado Vasco de Quiroga. El 22 de septiembre de 1538 toma posesión de su diócesis y es consagrado con posterioridad en la ciudad de México por manos de fray Juan de Zumárraga. La Reina Juana de España, dispone por real cédula del 27 de octubre de 1537, expedida en Valladolid, que el virrey Antonio de Mendoza funde una villa con ese mismo nombre y que sea poblada con 60 familias españolas y nueve religiosos. Vasco de Quiroga fija la sede episcopal en Tzintzuntzan, considerada entonces ciudad de Michoacán. Con la oposición de los indios, pero más con la de los españoles residentes, en 1540 cambia de sede la diócesis a Pátzcuaro, argumentando, entre otras razones, el mejor templo que tiene esta ciudad. Pronto Pátzcuaro se convierte en capital y mengua la importancia de Tzintzuntzan.

Las cosas se complican cuando los encomenderos le solicitan al Virrey la fundación de una villa para españoles, ya que desean distanciarse de Pátzcuaro. Es así como el virrey gestiona ante la corte española la autorización para fundar dicha ciudad, y al ser concedida, ordena que se haga el miércoles 18 de mayo de 1541, con la asistencia del escribano público de cabildo Alonso de Toledo; se procede a tomar posesión en el valle de Guayangareo para asentarse ahí y poblar la ciudad de ‘Mechoacan’, según se lee en el acta de fundación. El sitio elegido para la fundación fue cerca del actual templo de San Francisco (probablemente donde hoy se encuentra la plaza Valladolid), ya que en este punto existía el primitivo convento y templos franciscanos, lugar donde comenzaron sus labores los tres comisionados por el Virrey: Don Juan de Alvarado, Don Juan de Villaseñor y Don Luis de León Romano.

El rey Carlos V le concede el título de ‘Ciudad de Valladolid’ en cédula real del 6 de febrero de 1545. Más tarde le es otorgado el escudo de armas (1553), formado por tres campos donde aparecen las figuras de tres reyes coronados (éste es actualmente el escudo de Morelia, los reyes son: Carlos V, su hermano Maximiliano y su hijo Felipe II).

De tal manera se fundó la ciudad de Valladolid, hoy Morelia, y habría de ser notoria por su lento crecimiento y posteriormente por su bella piedra riolita de tono rosado, comúnmente llamada cantera. Debido a que hacia la parte norte de la loma se encuentran unos vastos yacimientos de cantera, de este material se erigieron la mayoría de los edificios de la naciente ciudad de Valladolid, aunque las primeras edificaciones se realizaron con materiales endebles, detalle que habría de influir en la historia de su hermosa iglesia catedral.

Los españoles habían logrado que se fundara una tercera capital de la provincia de Michoacán, ocasionando tremendo embrollo, ya que dos ciudades ya ostentaban dicho título (Tzintzuntzan primero y luego Pátzcuaro)

El agua llegaba a la ciudad por un primitivo sistema que identifican como caño de agua, es decir, un canal practicado en el suelo aprovechando las sinuosidades del terreno, aunque por falta de material cartográfico se ignora a ciencia cierta el cauce original de este primer acueducto.

Fue hasta el año de 1580, 15 años después de la muerte de Don Vasco de Quiroga, que se trasladó la sede catedralicia desde Pátzcuaro a Valladolid, y al año siguiente le siguió el Colegio de San Nicolás Obispo, que se uniría en un solo edificio con el de San Miguel, en la actual Preparatoria No. 1 de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. Este Colegio tendría una importancia vital en el desarrollo de la ciudad e incluso en la historia del país.

Para entonces, ya existía otro templo en terrenos de la ciudad, el de los hermanos agustinos, segunda orden religiosa en llegar a Michoacán, habiendo sido fundado su convento en el año de 1550, siendo su impulsor principal Fray Alonso de la Veracruz.

Los primeros jesuitas que llegaron a Valladolid, el padre Sánchez Baquero y el hermano Gutiérrez, acomodaron la iglesia en una caballeriza, esto en el año de 1580, aunque dos años después ya contaban con una modesta construcción para llevar a cabo sus servicios. Sería hasta el siglo XVII cuando se construiría el magnífico conjunto de Colegio y Templo de la Compañía de Jesús.

A propósito de la Catedral, el obispo en 1580 fray Juan de Medina y Rincón decretó su traslado un 9 de noviembre, se instaló en la plaza principal y se comenzó a erigir en poco tiempo. La catedral original de Valladolid era de adobe y madera, posiblemente no de muy buen acabado, misma que sufrió de severos daños en un incendio que asoló dicho edificio en el año de 1584 ó 1585, según las fuentes. La ubicación de ésta que fue la primera catedral de Morelia es motivo de controversia, siendo comúnmente aceptada la teoría de que se ubicaba en lo que ahora es la plaza Juárez y la que fue la calle que divide hoy dicha plaza de la Plaza de los Mártires.

Finalizando el siglo XVI se establecieron los hermanos carmelitas descalzos hacia el norte de la loma, y para el año de 1593 ya habían comenzado su templo, que entró en funciones hacia 1596. Su primer padre prior, Fray Pedro de San Hilarión inició dichos edificios.

Las monjas dominicas de Santa Catalina de Sena se instalaron en un convento muy humilde, que posteriormente arreglarían, sin embargo, por varios defectos, posteriormente abandonaron, de tal forma que ese convento llegaría a ser el Colegio de Santa Rosa.

Por último, también a finales del siglo XVI llegó la orden de Nuestra Señora de la Merced a establecerse en Valladolid, pero al igual que los primitivos primeros templos de cada orden, su construcción se llevó a cabo con materiales tan frágiles que se vieron en la necesidad de una reconstrucción apenas comenzado el siglo XVII.

Con solo cinco por dos calles de extensión en el ocaso del siglo XVI, Valladolid se vería como un espejo de la realidad nacional, con sus altos y bajos.

II.- Época colonial (Siglos XVII).- En el siglo XVII Valladolid creció lentamente en población y extensión, se reconstruyeron los templos y conventos de San Francisco, San Agustín y La Merced. Para el año de 1619 en el Colegio de San Nicolás Obispo se daba atención a 20 estudiantes. La ciudad está rodeada de varios pueblos de indígenas, mismos que nutren a la ciudad con mano de obra y materias primas, algunos de estos pueblos llegaron a convertirse en célebres barrios de la ciudad, tales como San Juan de los Mexicanos (llamado así por su población mexica), San Pedro y La Concepción, ubicados al sur-oriente de la ciudad, donde abundaban las huertas; Santa Catalina hacia el sur, Santa María de los Urdiales, Santa Anita y San Miguel Chicácuaro al poniente, entre otros. Muchos de estos pueblos llegaron a contar con infraestructura vital para el desarrollo de sus habitantes, tales como templos, cementerios, hospitales, todo ello de factura rústica, razón por la cual no ha llegado hasta nuestros días.

Sin embargo, la ciudad ya mostraba también un desarrollo en lo que se refiere a las construcciones de carácter no religioso, y los palacetes comenzaron a surgir, contratándose indígenas de los poblados cercanos a manera de canteros, carpinteros y alarifes improvisados, mediante el llamado sistema de repartimiento. Se les contrataba por un determinado tiempo, con la promesa de pago al término del plazo, pero como estos contratos no eran bipartitos ni voluntarios, raras veces la paga era tal como se había estipulado.
Las casas resultantes del empleo de indígenas neófitos en la materia dio como resultado obras un tanto modestas en un principio, con materiales de cierta fragilidad, pero que resultaron ser verdaderos pilares del postrero estilo arquitectónico vallisoletano.
Este anónimo ejército de indígenas dotó a la ciudad de edificios de carácter público (como las casas consistoriales), casas particulares, caminos, acueductos, plazas, calles, iglesias y monasterios.
La sociedad vallisoletana surtía sus necesidades en la plaza principal, que comenzó a ser llamada de armas al instalarse frente a ella las casas consistoriales, hoy plaza de los mártires. En esta plaza se reunían los mercaderes de los poblados cercanos, para expender sus mercancías. Era el famoso tianguis de Valladolid, que posteriormente se retiraría hacia la otra plaza del centro, la plaza de obras de catedral, llamada así porque allí se almacenaban los materiales con que se erigió la máxima iglesia de Michoacán. Esta plaza sería llamada después Plaza de San Juan de Dios, durante el porfiriato Plaza de la Paz, hoy Plaza Ocampo.
Debido al incendio que había casi destruido la primitiva catedral, se intentaba por todos los medios el conseguir el patronazgo real para construir una nueva de mejor fabrica. En el año de 1654, el canónigo Juan Magaña Pacheco se quejo ante el rey del estado ruinoso de la misma: “se halla desmantelada al grado que a sido preciso apuntalarla. Es de adobe, sus paredes están hendidas y sus maderas podridas por las aguas. Las vidas de los obispos y de los prebendados corren no poco peligro”. El arquitecto Barroso de la Escayola mencionaba en 1683 que “El viejo edificio esta desplomándose y a pesar de haberse apuntalado los techos, amenazaban con hundirse”.

Esta primitiva catedral tenía una extensión de 180 pies, y seria sustituida por la magnifica construcción que hoy podemos observar, cuya edificación se inicio el 2 de agosto de 1660 , por el Arq. Vicente Barroso de la Escayola. La primera piedra la colocó el Obispo Fray Marcos Ramírez de Prado. Todavía a principios del siglo XVIII coexistieron los cimientos y paredes de la nueva catedral con las ruinas y restos de la antigua, que se ubicaba tentativamente al poniente de la actual catedral, los escombros de la primitiva catedral se había retirado ya en su mayoría hacia el año de 1704, en 1705 se dedico por primera vez la nueva catedral, a pesar de que aun no estaban concluidas las torres, ya estaba terminado y decorado su interior en gran parte, y en esa misma fecha se colocó una campana provisional de nombre “El salvador”. Los trabajos de construcción se retomaron en 1742 concluyéndose en 1745, con solemnes fiestas públicas que comenzaron el 9 de mayo de aquel año. Después de 85 años y tres arquitectos se había concluido el monumento religioso más grande de esta ciudad.
La ciudad ya contaba desde el siglo XVI con un hospital, mismo que existió hasta el año de 1660 frente a la antigua Plaza de Armas, fecha en que se traslado a la casa del canónigo Juan Cano de Sandoval, ubicándose definitivamente en la casa del obispo Don Juan de Ortega y Montañez, que regalo su lujosa mansión para tal efecto en el año de 1704. Esta casa actualmente se conoce como el hotel Juaninos.
Nació también en el siglo XVII la capilla de la Santa Cruz hacia el año de 1670.
El 2 de diciembre de 1660 se comenzó la construcción del conjunto arquitectónico más notable del poniente de la ciudad: El colegio y templo de la Compañía de Jesús. El arquitecto Tomas de la Huerta fue el encargado de darle forma definitiva al colegio de San Francisco Xavier, que debido a la lentitud con que avanzaron los trabajos de edificación no pudo ser estrenado por sus dueños debido a la expulsión de lo Jesuitas en el año de 1767. El padre Francisco Xavier Clavijero, Precurso del nacionalismo e Independencia Nacionales menciona acerca de este conjunto que su planta arquitectónica era “Muy hermosa”, y también que iba a ser estrenada “Al tiempo que nos arrestaron”.

Este conjunto vendría a jugar un papel muy importante en la vida del estado, como se vera en su momento.

II.- Época colonial siglo XVIII. A principios del siglo XVIII ya se notaba un crecimiento en el área que ocupaba la ciudad, que comenzaba a adoptar ya una forma extendiendo la traza original que de sus calles hizo el alarife Juan Ponce en el siglo XVI. En este mismo siglo XVIII se construyeron muchos otros edificios notables tanto del orden civil como religioso.
En el año de 1671 el rey Carlos II ordeno la erección del Seminario Tridentino, sin embargo su primera piedra se colocó hasta el 23 de enero de 1760, y se inauguró el 29 de septiembre de 1770 por el obispo Pedro Antonio Sánchez de Tagle, autor a su vez de las Constituciones para el buen gobierno del Seminario Tridentino de San Pedro de la antigua Valladolid.
Uno de los más grandes acontecimientos en el siglo XVIII de la antigua Valladolid aconteció el 3 de mayo 1738, fecha en que culminó el traslado de las mojas dominicas de Santa Catalina de Sena, cuyo templo original se había construido en el año 1595, pero que debido a las constantes reparaciones de que era objeto, desde el año de 1635 el obispo Fray Marcos Ramírez de Prado había comenzado a aportar capital para una nueva iglesia y convento, este se concluyó en el año de 1645 y se ubicaba exactamente en el mismo lugar que el anterior ( hoy templo de Santa Rosa de Lima). Para el año de 1722 estaba de tal manera arruinado este templo y monasterio que se inicio la construcción de un nuevo conjunto en la parte oriente de la ciudad. Fue de tal manera fastuosa la ceremonia de traslación de estas mojas a su nuevo templo en la fecha ya señalada, que inspiró una de las obras pictóricas más importantes del siglo XVIII llamada “Traslado de las monjas Catalinas a su nuevo convento”. Este cuadro tiene más de 5 metros cuadrados de área y es un reflejo fiel de las vestimentas y tradiciones de la época. Actualmente se conserva en el Museo Regional Michoacano.
Siguiendo por el rumbo del oriente, ya estando fuera de los límites de la ciudad de aquel entonces, llegamos al Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe de San Diego de San Francisco, que se comenzó a erigir en el año de 1708 y se concluyo en 1716. En 1729 se comenzó la construcción de una casa de ejercicios espirituales anexa al lado norte del templo, misma que concluyo en mayo de 1737, actualmente el edificio anexo del templo y la capilla de San Antonio. Daba servicio esta casa de ejercicios a varios canónigos, durante un tiempo aquí se preparaban los obispos antes de tomar posesión de su cargo. Posteriormente, se edificaría hacia el lado sur del templo un convento de Franciscanos de la regla de San Diego, merced a la donación de 21,000 pesos por parte de Don Pedro Carriero. El Obispo Martín de Elizacoechea cedió una casa contigua a la iglesia para la creación del Convento de Dieguinos y el 29 de diciembre de 1748 se decretó la donación a los dieguinos de la Iglesia del Santuario de Guadalupe para fabricar un convento. En 1761 inicia la edificación del Convento, culminándose en 1769. Posteriormente, en este convento habrían de darse hechos trascendentes durante el siglo XIX para la transformación de la ciudad, además de que el templo sufriría de una asombrosa transformación en el siglo XX, que se reseña en su debida amplitud más adelante.
Como se recordará, la población indígena que habitaba cerca del valle de Guayangareo fue aglutinada cerca del templo de San Francisco, al fundarse la ciudad los indígenas fueron retirados a las orillas del valle, especialmente al lado sur. Este asentamiento se conoció como La Aldea, barrio de indígenas. En 1724 los caciques de Pátzcuaro Mateo y Antonio de la Cerda ordenaron la construcción de una capilla dedicada a la Virgen de Cosamaloapan. En 1731 un benefactor anónimo dono 8,000 pesos para la fundación de Capuchinas en Valladolid, concediéndose el permiso respectivo el 14 de marzo de 1734. En 1737 se donó la capilla de Cosamaloapan para que a un costado de la misma se construyera el convento de Capuchinas tomando posesión de la misma el 24 de marzo de 1737 varias religiosas venidas de la capital del virreinato y siete indígenas que ese día tomaron el ábito.
Después del traslado de las mojas Catarinas a su nuevo convento, su anterior edificio se destino a colegio de niñas, ya que el que para este propósito se estaba construyendo a un lado del templo de la Cruz, se dedicó a casa correccional. En 1744 el obispo Pedro Matos Coronado compró dicho conjunto a las mojas Catarinas en 4,000 pesos, les asignó rentas para su sostenimiento y redactó los reglamentos del dicho colegio. Este colegio estaba dedicado a Santa Rosa de Lima, cuyo templo era una reedificación del de Santa Catarina, dedicándose en el año de 1757. El plantel se dedico no solamente a la enseñanza de los quehaceres de las mujeres, sino de la ejecución de instrumentos y composición musicales, estando esta sección atendida por los maestros de la
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