La constitución de las lenguas medievales






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La influencia lingüística del árabe


1.2. La huella árabe es bien patente en la Península Ibérica: desde espléndidas construcciones a humildes sistemas de riego, desde elementos filosóficos o religiosos a recetas culinarias, el largo período en que la Península conoció una sociedad islámica y arabizada impregnó profundamente el espíritu hispánico. Su actuación no fue sólo por negación: los mismos cristianos, en guerra de reconquista con ellos, se dejaron ganar por su refinamiento, su sensibilidad y su cultura tan superior. Así, quienes les hacían guerra con el fin de expulsarlos fueron asimilando formas y contenidos propios de su enemigo: es ahí donde muchos historiadores ven los aspectos más específicos del mundo hispánico.

Naturalmente, en la lengua también es perceptible esa huella. El árabe actuó como superestrato (lengua dominante del romance andalusí, y como adstrato (lengua vecina) de los otros romances peninsulares: muchas gentes de la época dominaban uno y otro tipo lingüísticos; el prestigio de lo árabe y las y las muchas novedades, de todo tipo, que estarían hicieron que los cristianos las adaptaran con su correspondiente forma de expresión. Sin embrago al enfrentarse mundos lingüísticos de naturaleza tan diferente, el influjo sólo llegó a los aspectos más “externos”, en especial al léxico; las estructuras internas de las lenguas, en absoluto equiparables, siguieron sus respectivos procesos históricos con casi total independencia.

  1. De acuerdo con lo que acabamos de señalar, no hay en español ningún fonema que haya sido prestado del árabe, así como tampoco ninguna pronunciación particular. Ciertamente, Nebrija y algunos otros gramáticos gramáticos creyeron que ciertos fonemas palatales o aspirados des español antiguo, desconocidos del latín, podrían tener origen arábigo. Con menos rigor aún se ha pensado que algunos rasgos de la fonética andaluza vendrían también de ahí; sin embargo, tanto en un caso como en otro el estudio más detenido de la cuestión ha llevado a conclusiones negativas. Todos los estudios realizados sobre las correspondencias de fonemas entre una lengua y otra, tal como se desprenden de los préstamos mutuos de palabras, han mostrado cómo los sistemas fonológicos fueron siempre impermeables el uno al otro4, Sólo parece admisible la tesis de que los préstamos árabes modificaron la frecuencia de ciertos tipos de acentuación (así, incrementaron el número de palabras agudas, y también de esdrújulas), de ciertas distribuciones fonológicas (aumentaron los casos de -r y -z finales: alféizar, almirez) y silábicas (introdujeron numerosos polisílabos: almogávar, berenjena).

La estructura gramatical tampoco sufrió influencias. A este respecto, sólo se ha citado el posible arabismo del plural español los padres para referirse a la pareja de uno y otro sexo (es decir, ‘el padre y la madre’, no sólo ‘los varones que son padres’); y, aunque más bien dentro del préstamo léxico,, hay que incluir en este apartado la preposición hasta. Sí se han hecho notar numerosos arabismos sintácticos en obras medievales traducidas del árabe o inspiradas en él: de esta forma, para pleonasmos como “su gracia de Dios”, construcciones dislocadas de relativo como “estrella que tú quisieres saber su mayor alteza”, segunda persona del verbo como impersonal (ejemplo anterior), o la repetición constante de la conjunción copulativa se ha supuesto procedencia arábiga. Pudiera ser que en este tipo de obras estuviera actuando el modo de construcción sintáctica del árabe; pero aquellos rasgos de este tipo que han pervivido en español, muestran, todos ellos, claros antecedentes latinos.

  1. El influjo árabe en el léxico hispano se manifiesta no sólo en el trasvase de palabra, sino también en interferencias semánticas, muy sutiles y complejas en ocasiones. En cambio, la morfología léxica, al igual que la gramatical, apenas si se vio afectada; en este sentido, sólo hay que reseñar la incorporación del sufijo -í, en general integrado en arabismos como jabalí, hurí¸o muladí, reconocible en gentilicios del mismo origen como ceutí, yemení o bengalí, y que ha manifestado una cierta vitalidad fuera de ese ámbito sólo en alfonsí (creada en el s. XIII por los sabios judíos de Alfonso X) y andalusí (creada por Menéndez Pidal para diferenciar lo relativo al Al- Andalus de los propiamente andaluz); también se ha afirmado que el prefijo a- adquirió valor factitivo (amenguar, avivar, ant. Abajar y amatar) por influjo del prefijo semejante del árabe.

El léxico español de procedencia arábiga es muy abundante: se ha señalado que constituye, aproximadamente, un 8% del vocabulario total (unos 800 ó 900 términos primitivos que, junto con los derivados, pueden llegar a 4.000, incluyendo palabras desusadas o de circulación muy restringida). Puede decirse que casi todos los campos de la actividad humana cuentan en español con arabismos: sólo parece quedar excluido el vocabulario de sentimientos y emociones (con la originaria excepción de hazaña) En cambio, el vocabulario científico, dada la superioridad árabe en este terreno durante la Edad Media, presenta numerosas: así, algoritmo y guarismo en Geometría, cifra y álgebra en Matemáticas. Alcohol, álcali o alambique en Química (o Alquimia), azafea, cenit en Astronomía, nuca o jarabe en Medicina, etc. En estos campos, los arabismos no son exclusivos del español: todas las lenguas europeas occidentales los conocen, en mayor o menor grado (hay que hacer notar que gracias , precisamente, a la actividad traductora del árabe al latín o al romance desarrollada en la Península durante la época medieval).

Propios de los romances hispánicos, por el contrario (aunque también de los dialectos sicilianos y suritalianos), son otros tipos de arabismo: los que hacen referencia a la casa (zaguán, azotea, arriate, alcantarilla, etc.), la ciudad (arrabal, aldea, alcázar, alcazaba, etc.) las labores o tareas agrícolas (acequia, alberca, alquería, almazara), y las plantas, frutos, etc. (alcachofa, alfarroba, algodón, azúcar, alfalfa, aceituna (y aceite), naranja, etc.), o flores (alhelí, azucena, jazmín, etc.), la artesanía y oficios en general (alfarero, albañil, badana, alfiler, etc.), el comercio (almacén, aduana, arancel, albalá, zoco, alhóndiga, maravedí, arroba, fanega, etc.), las instituciones (alcalde, alguacil), el vestido y ajuar (jubón, zaragüelles, babuchas, almohada, alfombra, etc.), juegos (ajedrez, azar, ¿naipe?), alimentación (albóndigas, fideos (quizá mozarabismo), almíbar, ajonjolí), etc. Como puede verse, casi toda la diva cotidiana está representada, lo que nos indica hasta qué punto ambos mundos se entremezclaron. Algunos de esos arabismos remontan a orígenes distintos: (sánscrito: ajedrez¸ persa: naranja, griego: alquimia (frente al directo química), incluso latín: alcázar): en ello los árabes no hicieron sino continuar su labor de transmisores de cultura que cumplían en tantos otros campos.


  1. Sin embargo, donde más profunda es la huella de lo arábigo, en una forma que no parece tener precedentes en los contactos lingüísticos ocurridos en la Península, es en aquellos casos donde el árabe insufló significación nueva a las palabras romances, ampliando así su sentido; o también donde surgieron formaciones híbridas. Entre esta últimas suele citarse holgazán (que aglutina dos palabras, castellana y árabe, con el mismo significado de ‘descansar’, ‘perezoso’), y también, aunque su etimología es muy discutida, de bruces.

Más frecuentes, al menos en la lengua medieval, son los casos de préstamo semántico, o, mejor, de ampliación semántica de ciertas palabras por influjo del árabe. Los más conocidos son los de poridad, puridad (‘pureza’/’secreto’), casa (‘casa’/’ciudad’) plata (‘lámina’/’plata’), correr (‘correr’/’depredar’); parecen también calcos semánticos del árabe las formaciones castellanas hijodalgo, hidalgo. En cambio, son más discutidos los casos de “ojo de agua” (‘manantial’), casa (‘habitación’) y los empleos personales de amanecer y anochecer; se han hallado correspondencias en otras lenguas románicas (p.ej. en rumano), por lo que se piensa en origen latino.


  1. EL ROMANCE EN LA ESPAÑA CRISTIANA


Los núcleos cristianos que habían resistido el empuje musulmán se situaban a los largo de las cordilleras cantábrica y pirenaica. En ellos se mezclaron la población autóctona y los huidos de los territorios conquistados por los árabes. De esa forma, la estructura tribal de los montañeses, rebeldes siempre a los grandes poderes que habían pasado por la Península (romanos, visigodos, musulmanes ahora), se superpuso, no sin tensiones, la organización nobiliaria que traían quienes se consideraban herederos de la tradición hispanogoda. Ello contribuyó también a la cristianización definitiva de gallegos, astures, cántabros, vascones, etc., en estos primeros siglos medievales, e igualmente a su completa romanización lingüística; no tenemos datos, directos ni indirectos, de supervivencia de ninguna lengua indígena, con la notable excepción del vascuence, que aflora en ocasiones en la escritura. En ese contexto irían adquiriendo nueva forma los dialectos en que escindía el latín hispánico.
Época primitiva (711-1002)
2.1. Ya hemos señalado en varias ocasiones que el núcleo asturiano-cántabro fue el más importante en los primeros siglos de la edad media. Se extendía desde el rincón gallego, abandonado por los árabes ya en el s. VIII, hasta las llanuras de Álava. Quedó protegido, relativamente, por el supuesto “desierto estratégico” en que quedó convertida la Meseta al norte del Duero, tras su abandono por los beréberes a mediados del s. VIII, y tras las incursiones de los reyes astures que se llevaron a las montañas a casi todos los cristianos, mozárabes, que habitaban aquella zona. Sin embargo, desde mediados del s. IX y en el s. X se repuebla el valle del Duero e incluso se llega más abajo; a principios del s. X la capitalidad del reino desciende a la ciudad de León. En todo este proceso parece que fue elemento decisivo la creación de grandes monasterios como Sahagún o Cardeña. De mayor trascendencia aún es la creación de una conciencia de “Reconquista”, que parece estar asentada ya en el siglo IX, como lógica consecuencia del sentimiento “neogótico” que anidaba en la Monarquía asturiana: al considerarse herederos del reino visigodo estimaron que era su deber recuperar de los musulmanes los territorios que habían formado parte de él.

La Monarquía asturleonesa era notablemente heterogénea: en un extremo, Galicia, con entidad propia (aunque rara vez constituyera un reino independiente), y que desde 813, con el hallazgo del supuesto sepulcro del Apóstol Santiago, se convertirá en importante centro religioso y de peregrinaciones. Las montañas de Asturias y Cantabria encerrarían núcleos de población con pocas relaciones mutuas, de escasa cultura, muy apegados aún a sus viejas tradiciones pese al barniz gótico mozárabe que acababan de conocer. En el extremo oriental se encontraba el condado de Castilla, independiente ya en el s. X, en el que, según dijimos, se mezclaron cántabros, godos y vascos, y que desarrolló en su proceso de repoblación una sociedad más guerrera e igualitaria que la de León, donde predominó la labor de los señores y los grandes monasterios. Además, mientras León era foco de atracción para los mozárabes, a Castilla iban en escaso número.

A partir de lo expuesto puede entenderse la fragmentación lingüística de este reino. Por un lado, el gallego, arcaizante en muchos rasgos, pero revolucionario en algunos otros: ese conservadurismo, su aspecto más citado, podría deberse a hechos muy antiguos (latín de la Bética, aislamiento durante la época sueva, etc.), pero debió ser decisiva también la situación medieval primitiva de Galicia, marginada de los centros de poder y sin posibilidades de expansión desde que entre los siglos XI y XII se le separó el condado de Portugal. De todas formas, hasta el s. XIII (o finales del XII) no encontraremos textos en gallego (o gallego-portugués, aún sin diferenciar), en especial la poesía lírica de los Cancioneiros; además, la documentación en latín que refleje los fenómenos propios de la lengua hablada es más escasa en esta zona. Por su parte, el habla de Asturias y Cantabria, dadas su situación y su historia, debía estar diversificada en numerosas variantes, reducidas a veces a los límites de un valle (situación que, en buena parte, continúa hoy). Al sur de las montañas, por el contrario, el dialecto leonés, continuador en muchos rasgos del habla asturiana, debió presentar una mayor homogeneización interna, a la vez que asimilaría elementos mozárabes conservados en el valle del Duero; no obstante, los documentos jurídicos escritos en latín, llenos de “vulgarismos” o romanismos, parecen mostrar ciertas diferencias entre el romance leonés occidental, más próximo a las formas gallegas, y el central; los documentos más orientales, en cambio, muestran gran semejanza con el dialecto románico del extremo del viejo reino: el castellano. De todas formas no hay que olvidar que ese llamado “latín vulgar leonés” de los documentos, que llega hasta finales del s. XI, era, en gran parte, obra de escribas mozárabes: muestra sí, numerosos casos de tratamiento fonético romance (neutralizaciones vocálicas, consonantes sonoras por sordas, etc.) para formas que no debían ser populares, o que incluso eran contrarias a la evolución romance (pasiva cingidur por CINGITUR, genitivo de reis por REGIS, etc.); pero muy pocos de esos vulgarismos parecen ser estrictamente leoneses5


  1. Los enclaves cristianos del Pirineo tuvieron origen y desarrollo bastante diferentes; en realidad, nacieron a instancias de la Monarquía franca, deseosa, tras haber derrotado y expulsado a los musulmanes de Francia, de contar con una frontera meridional segura. Ello les llevó a frecuentes incursiones al sur de los Pirineos (a una de ellas, la expedición de Carlomagno a Zaragoza en 778, se refiere la leyenda de Roldán y de la derrota francesa en Roncesvalles) al mismo tiempo, crearon condados, dependientes del Mediodía francés, para contrarrestar el poder musulmán. Uno de ellos, precisamente a consecuencia de una rebelión vascona contra los francos, se convirtió a principios del s. IX en el reino de Pamplona (o Navarra), si bien reconociendo como superior al rey astur-leonés (al que ya con Alfonso III, en el s. X se llama “emperador”); en el s. X, los navarros bajan también hacia el Ebro, llegando a ocupar La Rioja: en este proceso los monasterios (Albelda, San Millán de la Cogolla) vuelven a tener un papel importante. Más al Este, los condados de Aragón, Sobrarbe, Ribagorza, Pallars oscilaban entre su dependencia franca y la aproximación a Navarra (que los fue incorporando a lo largo de los siglos X y XI). Por último, en el Pirineo oriental, junto al Mediterráneo, un conjunto de condados, entre los que destaca el de Barcelona, constituye desde principios del s. IX una entidad de mayor peso ante los musulmanes (de ahí que se le aplique el genérico término de Marca Hispánica, usado por los francos para su frontera meridional): a esta zona, germen de Cataluña, acudirán mozárabes y en ella serán también importantes las fundaciones monásticas; a finales del s. X desaparece casi por completo la sumisión a la Monarquía franca, pero no su intensa influencia cultural.

La diversidad lingüística refleja aquí más directamente la diversidad política: hablamos, así, de navarro (y riojano), aragonés, catalán. Estas formas romances aparecen menos en la escritura que las correspondientes de León (la zona más desarrollada, Cataluña, tenía, por su parte, un mejor latín, producto del influjo franco). Las fronteras no son nítidas: de hecho, para muchos filólogos navarro, riojano y aragonés constituían una única realidad lingüística (opinión hoy desechada); por un lado, entre Aragón y Cataluña, en los condados de Ribagorza, Pallars, etc., los rasgos de lengua se entremezclan hasta el punto de que llegamos a hablar (aún hoy) de “catalano-aragonés”, “hablas de tránsito”, etc.

Fue, sin embargo, en una de estas zonas, donde hallamos el primer texto romance de cierta extensión: las
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