La constitución de las lenguas medievales






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Glosas o traducciones romances de palabras, frases e, incluso, una oración entera, hechas a fines del s. X o principios del XI por un monje de San Millán de la Cogolla, en Rioja, sobre un texto eclesiástico latino del s. IX. En ese texto, que presenta, según dijimos (vid. Supra I, # 2.1.1.), rasgos no castellanos (riojanos mejor que navarros), se hallan además dos frases en vasco, traducción también (es, asimismo, la primera muestra escrita de esta lengua), lo que nos ilustra sobre la presencia de esta lengua en el reino navarro (no obstante, desconocemos la antigüedad de la lengua vasca en la Rioja). Del mismo tipo lingüístico son las Glosas castellanas del monasterio de Santo Domingo de Silos. Unas y otras, a pesar de su soledad, parecen revelar una notable habilidad a la hora de reflejar por escrito directamente el habla romance, despojada ya de la forma latina que tenía toda escritura posible en la Alta Edad Media.
Época de expansión (1002-1250)


  1. Entre 1002, año en que muere Almanzor, el más grande de los caudillos andalusíes, y 1031, año en que Córdoba decide abolir el Califato, la situación de la España medieval va a plantearse sobre relaciones de fuerza muy diferentes. Al-Andalus dejará de llevar la iniciativa militar para quedar a merced de los reyes cristianos, primero como tributaria y después como objeto de conquista. Es cierto que todavía conocerá dos períodos efímeros de unidad y relativo empuje, con los Imperios de almorávides (1086-1147) y de almohades (1147-1224); pero ambos Imperios son africanos, no hispanos y ambos terminarán en la misma fragmentación (los “reinos de taifas”) y decadencia que habían venido a combatir. Es cierto que la brillante cultura de Al-Andalus, sobre todo en el s. XI, no desapareció; pero sí lo hizo su carácter de sociedad bilingüe y tolerante con los cristianos. Todo ello va a modificar tanto el ritmo de la reconquista como el modo en que ésta se produce.

En la España cristiana se produce también una situación radicalmente nueva: sus reinos más antiguos, León y Navarra. Van a ceder la primacía a otros nuevos, Castilla y Aragón, convertidos en reinos por la dinastía vascona que Sancho el Mayor de Navarra (1000-1035) instala en estos antiguos condados; uno y otro mantendrán esa preponderancia hasta el fin de la Edad Media. Los otros, por su parte, iniciarán un largo declive, que en el caso leonés, tras diversas alternativas, terminará con su absorción definitiva por Castilla en 1230, mientras que el navarro , cuyo rey Sancho el Mayor llegó a proclamarse “rex Hispanarium”, (privilegio antes de los leoneses), ha de lograr su independencia frente a Aragón, lo que conseguirá en 1134, pero tras perder mucho de su primitivo territorio (en 1076, cuando Navarra es absorbida, temporalmente, por Aragón, Rioja y las provincias vascongadas pasan a Castilla6) y tras quedar sin ninguna posibilidad de expandirse hacia el Sur, arrinconada entre Aragón y Castilla: gobernada, además, por dinastías de origen francés desde 1234, se desvincula de la vida política peninsular. Por último, los dos extremos de la Península conocen evolución muy diferente: el condado de Portugal, al sur del Miño, se independiza tras la muerte de Alfonso VI de Castilla y León (1119) y se convierte en reino en 1139; en cambio, Cataluña (es decir, el condado de Barcelona) se une definitivamente a Aragón desde 1137.

La Reconquista alcanza en estos siglos su máxima expresión; es ahora, además, una actividad consciente y programada, como ponen de manifiesto los diversos tratados con que el s. XII los reyes cristianos se reparten el territorio todavía musulmán. El descenso a la cuenca del Tajo (conquistas de Toledo en 1085 y Lisboa en 1147) y al valle del Ebro (conquista de Zaragoza en 1118) hizo pasar a manos cristianas, no ya desiertos como el del valle del Duero que había que repoblar y dotar de nuevas ciudades, sino territorios poblados, con núcleos urbanos importantes de larga historia y prestigio. Son ahora los reinos cristianos los que se hacen complejos, social y lingüísticamente: además de los judíos, habrá que contar con los mudéjares, musulmanes que permanecen bajo dominio cristiano, comunidades mozárabes como la toledana, y los nuevos pobladores, castellanos o aragoneses y gentes de más allá de los Pirineos. Situación muy parecida, aunque ya sin mozárabes, es la que se produce con las grandes conquistas del s. XIII (la del valle del Guadalquivir por Castilla y la del reino de Valencia por Aragón). Pero desde mediados de ese siglo hasta fines del XV la reconquista se detiene, con lo que el pequeño reino de Granada logrará mantenerse como el único resto de la antaño poderosa Al-Andalus.


  1. Es lógico suponer que todos estos hechos tendrían repercusiones lingüísticas, más o menos directas, de amplio alcance. Según Menéndez Pidal, esta época marca el límite entre la dialectalización románica desarrollada en su lugar de origen y la que es fruto del trasvase de lenguas hacia el Sur por obra de la acción reconquistadora: tal diferencia se traduce en que, mientras al Norte los límites dialectales se entrecruzan y las fronteras entre lenguas y dialectos no son tajantes (hay muchos casos de “hablas de transición”), en el centro y en el Sur esas divisorias sí son nítidas, sin que se respeten barreras de época romana, o anteriores, al revés de lo que ocurre en los dialectos norteños, que suelen perpetuar este tipo de situaciones. Estas dos formas de fragmentación lingüística coincidirían en buena parte con el estado de la Reconquista a finales del s. X: en el Oeste la línea divisoria vendría dada por el Duero y el Tormes, mientras que al este, mucho más retrasada, no sobrepasaría la comarca de Benaberre (Monzón, en tierra aragonesa, y Tamarite, en tierra catalana, marcarían el inicio de los “dialectos de Reconquista”)7.

Los textos, sin embargo, siguen empleando el latín como lengua única de escritura hasta el s. XIII, si bien en esta época el romance va adquiriendo forma propia hasta independizarse por completo en la escritura: es a partir de ahora cuando podremos estudiarlo de forma directa, y no por conjeturas o sobre datos sueltos esparcidos en los escritos “latinos”.

En el Oeste, el nuevo Estado independiente, Portugal, mantuvo la lengua de Galicia, su solar originario; surgen ya, sin embargo, diferencias, sobre todo en el plano fónico, junto a las cuales un par de grafías distintas (Alfonso III de Portugal prefiere, en 1255, las provenzales filho y Minho a las tradicionales fillo, Miño) contribuirá de forma notable a la conciencia de diversidad. El leonés, por su parte, fue estrechando su área de influencia: a la Extremadura conquistada por el último León independiente (Cáceres en 1127, Mérida y Badajoz en 1230) sólo llegaron ya formas léxicas aisladas, así como un cierto conservadurismo fónico en algunos rasgos; nivelado y absorbido en parte por el castellano, sólo accedió a la escritura, fuera de los documentos jurídicos, en copias de textos quizá castellanos de origen (Libro de Alexandre o Elena y María) y en la traducción del Fuero Juzgo de hacia 1260. Por el otro extremo, el catalán, ya empleado en la prosa de sermones en el período en el s. XII ha de ceder al occitano el rango de lengua propia de la poesía lírica, tal como la habían conformado los trovadores provenzales; el aragonés, desprovisto de algunos de sus rasgos “pirenaicos” quizá tras fundirse con el mozárabe zaragozano, sufre fuerte influencia catalana, sin olvidar al castellano, del que difiere en muy pocos rasgos. El área navarra, encerrada y volcada hacia Francia, había perdido al riojano, absorbido lingüísticamente por Castilla desde el s. XII al XIII; de Navarra proceden algunos primitivos textos romances como el Liber Regum o las Crónicas navarras, de carácter histórico ambos, compuestos a principios del XIII.

El castellano es, de todos los dialectos románicos peninsulares, el que va a conocer mayor expansión geográfica en estos siglos (paralela a la política); hemos señalado cómo incorporó formas dialectales en principio diferenciadas; por fin, el auge político y cultural que adquiere Castilla en los siglos XII y XIII va a provocar las progresiva fijación del castellano como lengua escrita. Aparte de obras literarias como el Auto de los Reyes Magos y otras, cuya filiación lingüística es discutida, pueden tomarse las Paces de Cabreros (tratado de paz firmado n 1206 por Alfonso VIII de Castilla y Alfonso IX de León) como el primer escrito enteramente en romance, con casi total seguridad castellano; otros textos juríidicos, como la traducción del Fuero de Zorita de los Canes (1218), vienen a preludiar la floración de textos literarios que se inicia en la primera mitad del XIII (cfr. I, # 2.1.1.). Estos textos primerizos muestran, no obstante, una grafía bastante decidida, lo que revela una larga práctica de escribir castellano, parte de la cual se ha ido revelando en los documentos y fueros del s. XII.


  1. La historia de la España Medieval, y en especial su historia lingüística, difícilmente podría entenderse sin la aportación de los francos: con este nombre se designó a los extranjeros venidos de más allá de los Pirineos, gentes de habla galorrománica (franceses, provenzales, borgoñones, etc.) en su mayoría más significativa. Ya hemos visto cómo la Monarquía franca estuvo tras el nacimiento de los Estados pirenaicos; el reino astur-leonés estuvo mucho más aislado, aunque en documentos del s. X se cite el comercio con objetos (monedas, espadas, cálices) de origen francés gallicanum o franciscum). Sin embargo, la influencia de mayor alcance se dará desde comienzos del s. XI, cuando Sancho el Mayor de Navarra mejora el Camino de Santiago (o camino francés), llevando la ruta de peregrinación a Compostela desde las montañas al llano.

La presencia franca en la cultura y la lengua se va a dar a partir de distintas situaciones. En primer lugar, los francos se instalan a los largo del camino francés como artesanos, comerciantes, etc. (son, quizá, nuestra primera lengua burguesa); los fueros de Aragón y Navarra les reconocen privilegios y barrios especiales y barrios especiales en las ciudades, lo que no ocurre tanto en León y Castilla, aunque conozcan aquí también un ambiente favorable; por fin, constituyen también grupos compactos en la repoblación de las ciudades conquistadas desde el s. XI (así ocurre en Toledo o Sevilla). En segundo lugar, llegaron nobles y cortesanos: la política de matrimonios transpirenaicos se inicia en Aragón y llega a Castilla con Alfonso VI (su nieto, Alfonso VII inaugura en 1126 en Castilla la casa de Borgoña); por otro lado, el asedio en 1064 a Barbastro, inicia la serie de cruzadas que se organizarán más allá de los Pirineos para ayudar a la Reconquista. Por último, el influjo franco quizá más hondo y duradero fue el ejercido por el elemento eclesiástico, en especial el de carácter monástico: la Orden benedictina de Cluny se convirtió en piedra angular de la Iglesia hispana hasta 1025; ocupó las principales abadías y sedes episcopales, hizo abandonar el rito visigodo o mozárabe en favor del romano (Aragón lo adoptó en 1074, Navarra en 1076 y Castilla en el Concilio de Burgos de 1080), con lo que introdujo el latín reformado y depurado que se escribía y leía en los monasterios europeos8, sustituyó la escritura visigótica por la carolingia, etc. Por último, no podemos olvidar la influencia de la poesía trovadoresca provenzal o de la poesía épica y culta francesa a lo largo de los siglos XII y XIII.


  1. A este influjo franco corresponde la primera gran oleada de galicismos (y occitanismos) en las lenguas peninsulares. La convivencia lingüística de francos e hispanos se manifiesta, entre otros, en los numerosos documentos en gascón o provenzal de Navarra o Aragón, o en aquellos que presentan curiosas mezclas de lenguas (occitano y romance autóctono), tal como ocurre en los Fueros de Avilés (Asturias), Valfermoso de las Monjas (Guadalajara) o Villavaruz de Riosseco (Valladolid), todos de la segunda mitad del s. XII.

Según veremos, ese contacto de lenguas, más intenso en los primeros momentos, ha llevado a postular origen franco (o, al menos, colaboración) a fenómenos medievales como la apócope de vocal final (la de con, noch o princep), participios como sabudo, entendudo, etc. o pretéritos como nasque, visque, etc. Más clara es su huella en el léxico: de hecho, proporcionó el sufijo -aje, que en principio entró asociado a diferentes palabras (homenaje, lenguaje, linaje, mensaje, peaje, salvaje). Fuera de ahí, podemos señalar términos guerreros y caballerescos: broquel y bloca, dardo, estandarte, baldón, galope, maste y mástil, emplear (franceses), y batalla, palenque, esgrimir (occitanos); de la vida cortesana: dama, duque, garzón, doncel, paje, danzar, desmayar (y el occitano estuche); o conceptos como prez, retar (f)ardido, ligero, escote; abundantes son los términos de procedencia trovadoresca: cuita, deleite, desdén, lisonja, bello, solaz, vergel (¿también jardín?), roseñol o rosiñol (>ruiseñor), y técnicos como trovar, rima, refrán, son; como era de esperar, hay muchos términos eclesiásticos: preste, chantre, freire o fraile, monje, deán, calonge, capellán, hostal (todos occitanos), o de las órdenes de caballería: maestre; pero también los hay de la vida cotidiana: cofre, cordel, jaula, quizá mesón, jornada (y jornal), cascabel, destacando los referentes a la comida: manjar, vianda, vinagre, faisán, jenjibre (y el francés brebaje), y al vestido: garnachas, joya, etc.

Quizá el más notable de todos los galicismos sea el término español, nacido como apellido en el Sur de Francia, y como tal llevado al sur de los Pirineos por inmigrantes francos. En el s. XIII, primero en Occitania y luego en la Península, se convierte en adjetivo o sustantivo gentilicio para designar, desde fuera, a los habitantes de España, quienes acabarían por incorporar dicho término. Para entender este curioso proceso no hay que olvidar que a principios de la Edad media España significó la dominada por los musulmanes; los cristianos, si bien siguieron empleando Hispania (o sus derivados fonéticos) con el valor tradicional unitario, no sintieron la necesidad de ningún gentilicio común (les bastaba llamarse leoneses, castellanos, etc.). Fueron, pues, extranjeros quienes impusieron esa denominación unitaria, que el avance de la Reconquista y el progreso de una nueva concepción de ‘España’ hizo necesario a los mismos “españoles”.
(Fin del Capítulo)


1 A: TOVAR, Lo que sabemos de la lucha de lenguas en la Península Ibérica, Madrid, 1968, pág. 75.

2 Véase F. CORRIENTE, A Grammatical Sketch of the Spanish Arabic Dialect Bundle, Madrid, 1977.

3 Para el mozárabe, aparte de las magníficas páginas de Menéndez Pidal en Orígenes del español (415-440), deben consultarse: M. SANCHIS GUARNER, “El mozárabe peninsular”, ELH, I, 293-342, Y A. GALMÉS DE FUENTES, Dialectología mozárabe, Madrid: Gredos, 1983.

4 Véase A. ALONSO, “Las correspondencias arábigo-españolas en los sistemas de sibilantes”, Revista de Filología Hispánica, VII, 1946, 12-78, y M. GROSSMANN, “La adaptación de los fonemas árabes al sistema fonológico del romance”, Revue Roumaine de Linguistique, XIV, 1969, 51-64.

5 Contra lo creído por Menéndez Pidal, no parece que se hablara; se trata tan sólo de la modalidad culta de lengua escrita, a la que se dota de la misma pronucniación que al romance vulgar (de ahí los “errores” en la grafía).

6 Estos territorios se harán por fin castellanos en 1176 y 1200 respectivamente.

7 Esto implica que las hablas mozárabes del Centro (las de Lisboa, Toledo, zaragiza o Valencia) no tuvieron actuación ninguna sobre la lengua de los reconquistadores que se impuso en cada lugar: como vimos, no todos los estudiosos están de acuerdo en este punto.

8 Para algunos (p.ej. Wright), en este momento se consuma en España (en Francia ya lo había hecho en el s. IX) la conciencia de diferenciación entre latín y romance.
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