Pascual Alonso Figueras, “Notas biográficas sobre William Lubbeck”






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fecha de publicación05.07.2015
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Pascual Alonso Figueras, “Notas biográficas sobre William Lubbeck”

Notas biográficas sobre William Lubbeck Pascual Alonso Figueras William Lubbeck (o Wilhelm Lübbecke, como se llamó hasta que optó por la nacionalidad estadounidense) fue reclutado por la Wehrmacht (Heer, ejército de tierra) en agosto de 1939 con 19 años, y como miembro de la 58ª división de infantería recibió su bautismo de fuego durante la campaña de Francia en la primavera de 1940. El 22 de junio de 1941, su división entró en la Unión Soviética por el flanco izquierdo (septentrional) del Grupo de Ejércitos Norte (Heeresgruppe Nord) en la Operación Barbarroja. Participó en el asedio de Leningrado, donde resistió las sucesivas embestidas soviéticas hasta que en 1944 se sumó a la retirada alemana. Alcanzó el grado de capitán (Hauptmann) y obtuvo la cruz de hierro de primera clase (EK-I). El 8 de mayo de 1945, en el último esfuerzo por alcanzar el oeste y escapar de los soviéticos, logró ser evacuado en un destructor alemán. Tras su liberación de un campo de internamiento británico, se casó con la que había sido su novia de toda la vida, Anneliese. Para escapar de las penurias de la postguerra en Alemania, acabó emigrando a Norteamérica junto a su esposa, y en 1961 ambos se convirtieron en ciudadanos de los EE.UU. Con la ayuda de David B. Hurt, licenciado en CC. Políticas de la U. Florida, William Lubbeck (Wilhelm Lübbecke) ha recurrido a cartas y notas de la época, y sobre todo a sus recuerdos personales, para relatar sus cuatro años de experiencias en el frente ruso. “A las Puertas de Leningrado” ofrece una perspectiva fascinante de la realidad cotidiana del combate en el 'Ostfront'. “Al contar mi historia no deseo impresionar a nadie ni presentarme como un héroe. Al igual que millones de soldados y oficiales que estuvieron en los frentes de la segunda guerra mundial, yo sólo era un militar que obedecía órdenes y cumplía con mis obligaciones. Los verdaderos héroes fueron aquellos de mis compañeros y contrincantes que nunca volvieron a casa y a menudo quedaron insepultos en campos situados a miles de kilómetros de sus hogares. Dios tenía otros planes para mí y decidió que yo sobreviviera a todo aquello. Este testimonio de mi experiencia es un homenaje al espíritu de servicio y a la capacidad de sacrificio de los soldados que no volvieron de la segunda guerra mundial.” William Lubbeck El libro de Lubbeck y Hurt también está dedicado a Anneliese Lubbeck, que sirvió en la Deutsches Rotes Kreuz (Cruz Roja Alemana) en diversos hospitales de campaña alemanes, asistiendo a los militares heridos durante los dos últimos años de la guerra. “En términos más personales, las palabras no bastan para expresar mi eterna gratitud por la vital esperanza que me proporcionó su amor de mujer durante los largos años de guerra y por las muchas décadas felices de matrimonio que disfrutamos tras la guerra. Durante un viaje a Alemania en el verano de 2003, mi hija descubrió mi correspondencia de guerra con mi mujer Anneliese. La lectura de estas cartas me produjo emociones agridulces, pero contribuyó a darme cierta sensación de intimidad. También me siento aliviado al poder compartir mis experiencias de guerra con mi familia y con el público en general.” William Lubbeck “Espero que este relato sirva para que el público conozca y comprenda mejor lo que fue la segunda guerra mundial, sobre todo en el brutal frente oriental. Los estadounidenses en particular no suelen comprender las motivaciones de los militares alemanes que lucharon en la segunda guerra mundial. La mayoría de las clases de suboficiales y tropa no estaban especialmente entusiasmados con Hitler y el régimen nazi, sino que sencillamente eran alemanes patriotas que querían servir a su país para que fuera fuerte e influyente a nivel internacional. Me siento muy en deuda con el pueblo de Estados Unidos por haberme aceptado con mi familia y con ello hacerme partícipe del sueño americano. Espero que esta historia pueda ayudar a los ciudadanos de mi país de adopción a comprender mejor la experiencia plural de los inmigrantes en Norteamérica.” William Lubbeck, julio de 2006. La lectura del relato de un soldado que participó en la invasión de Rusia con la Grande Armée de Napoleón en 1812 me sirvió para personalizar aquel conflicto distante de un modo que no había conseguido la historiografía general. Para cuando terminé de leer aquellas memorias, “El Diario de un Soldado” de Jacob Walter, ya estaba convencido de que un veterano más reciente de la guerra en Rusia, William Lubbeck, debía narrar sus propias experiencias como soldado alemán en la segunda guerra mundial. Mientras que desde la posición ventajosa de la actualidad solemos percibir que el pasado ha seguido un curso más o menos inevitable hacia la situación presente, Lubbeck vivió el desarrollo de esa lucha sin saber qué sería de él o cuáles serían las consecuencias en términos más generales. Debido a su humildad, costó mucho convencerlo de que compartiera su excepcional historia, pero acabó concluyendo que el testimonio de un soldado alemán superviviente serviría para honrar el recuerdo de sus compañeros caídos. Además, las memorias podrían ayudar a desarrollar una perspectiva más amplia sobre una guerra cada vez más remota. El proceso de redacción supuso horas y horas de entrevistas grabadas por David Hurt, así como períodos aún más largos transcribiendo las cintas. Los recuerdos no se presentan en orden cronológico, así que a medida que fue revelándose la historia, se hizo necesario extraer más detalles y llenar las lagunas. En esta tarea, el hallazgo de la correspondencia durante la guerra entre Lubbeck y su esposa ya fallecida, Anneliese, tuvo un valor incalculable para ayudarle a recordar sucesos, así como para rememorar sentimientos personales en distintas fases de la guerra Una historia sobre la 58ª división de infantería escrita por Kurt von Zydowitz, Die Geschichte der 58. Infanterie-Division 1939-1945 (Podzan, 1952) también resultó inestimable para orientar a Lubbeck en la cronología más amplia de los diversos acontecimientos que iba recordando. Tras vivir muchos años en EE.UU., Lubbeck solía mencionar las medidas sin emplear el sistema métrico decimal, acostumbrado al anglosajón. Para mantener la coherencia, David Hurt mantuvo el uso estadounidense de yardas, millas, grados Fahrenheit y demás unidades anglosajonas en todo el libro, calculándolas en ocasiones a partir del propio sistema métrico decimal. A menudo utilizó también la sintaxis norteamericana en otras observaciones, pertinentemente adaptadas. Las distinciones entre los rangos militares las hizo en alemán, y las incluyó entre paréntesis. Aunque Lubbeck ha adquirido de manera natural una perspectiva general mucho más amplia sobre la guerra que cuando servía en ella, tomó la decisión consciente de limitar su relato a experiencias personales de la época, en vez de dar opiniones generales, hacer críticas o ponerse a especular sobre lo que podría haber pasado. Se centró exclusivamente en sus acciones, observaciones y emociones, durante aquellos años tumultuosos. Pese a que no había hablado en profundidad sobre la guerra desde su llegada a Norteamérica -de hecho, se mostraba reticente a hacerlo-, la cantidad de información revelada a medida que avanzaban las entrevistas con Hurt resultó ser impresionante. Las décadas fueron desvaneciéndose cuando fue recordando su vida anterior como ciudadano y soldado alemán, de manera que el vigoroso joven de las fotografías que Lubbeck fue desenterrando apenas quedó oculto tras el erudito ingeniero norteamericano jubilado que era cuando contaba su historia. En el período anterior y coincidente con la segunda guerra mundial, la percepción del pueblo alemán de lo que estaba sucediendo era diametralmente opuesta a la estadounidense. Permitirnos considerar estos hechos desde un punto de vista distinto no implica socavar la motivación moral fundamental de la causa por la que lucharon los EE.UU. y los Aliados Occidentales, sino que ayuda a comprender mejor por qué alemanes de educación humanitaria (protestante) y cultura occidental estuvieron dispuestos a luchar y morir bajo el régimen nazi. El relato que hizo William Lubbeck de aquellos años explica cómo el éxito inicial del régimen nazi al restablecer el poder y el prestigio de Alemania le sirvió para obtener un amplio apoyo social. Pero también sostiene que de todas maneras muchos alemanes desconfiaron de los nazis y reconocieron un lado oscuro y oculto en la dictadura de Hitler. Esta contradicción plantea la pregunta crítica de por qué muchos alemanes se mostraron dispuestos a luchar, aunque a menudo tuvieran serias dudas sobre la moralidad de su gobierno y sus autoridades delegadas. La propaganda nazi tuvo un importante en la formación de la opinión pública alemana, ya que se dedicó a manipular convicciones sociales muy arraigadas en su mentalidad colectiva. Al final, la mayoría de los alemanes aceptaron que la guerra era necesaria para revocar las injusticias que se creía que el Tratado de Versalles de 1919 había infligido a su país, y para eliminar la amenaza que suponía el comunismo estalinista para Alemania. Aunque Lubbeck estaba de acuerdo con la reconstrucción del poder económico y militar de Alemania, y creía en la justicia de la causa de su país, se oponía al carácter represivo del régimen nazi y sus extremismos radicales. Pero, pese a desconfiar de Hitler y no tener fe en la ideología nazi, estuvo dispuesto a enfrentarse a seis años de guerra. Como ocurrió con la mayoría de los militares alemanes antes de 1945, su lucha se vio inspirada por el amor patriótico, un profundo sentido de la responsabilidad individual, y un deseo básico, tanto de sus compañeros como de él mismo, de tomar parte en la monumental aventura que suponía una guerra internacional. Nacido en 1920, Wilhelm Lübbecke se crió en la granja de su familia en el pueblo de Püggen. Durante los años treinta fue testigo del ascenso de los nazis y de su consolidación en el poder con sentimientos encontrados. No obstante, como la mayoría de los demás alemanes, estaba concentrado en hacer carrera y disfrutar de su tiempo libre, más que en la política. Lübbecke se trasladó de Püggen a la ciudad de Lüneburg a principios de 1938 y empezó a trabajar de aprendiz de electricista, para lo cual se exigía a los estudiantes que cursaran un programa universitario abreviado de ingeniería eléctrica. Tras conocer a Anneliese en 1939, inició con ella una relación amorosa que le dio una esperanza fundamental durante los oscuros años de guerra que vinieron a continuación. El ejército (Heer) lo reclutó cuando estalló la guerra en septiembre de 1939, y Lübbecke entró en una de las compañías de armas pesadas de la 58ª división de infantería. Tras presenciar por primera vez la Blitzkrieg en Francia, fue destinado con las fuerzas de ocupación de Bélgica. En la primavera de 1941 su división fue transferida al Heeresgruppe Nord para prepararse a participar en la invasión de Rusia. Al iniciarse la Operación Barbarroja en el verano de 1941, Lübbecke fue destinado a servir de observador avanzado para los artilleros de su compañía. Tras penetrar en los suburbios de Leningrado, su unidad fue repelida de inmediato hacia las afueras de la ciudad. Allí se sumó a otras fuerzas alemanas que, obedeciendo órdenes del OKH (Oberkommando des Heeres, alto estado mayor del ejército) dictadas por Hitler, iniciaron el asedio de Leningrado a comienzos del brutal invierno de 1941. Mientras las fuerzas soviéticas fueron ganando en efectivos y capacidad militar durante los dos años siguientes, Lübbecke luchó en una serie de batallas cada vez más desfavorables en el Río Volkhov, cerca de los voluntarios de la DEV (División Española de Voluntarios o ‘División Azul’), junto al corredor de escape de la Bolsa de Demyansk, en Nóvgorod, y cerca del Lago Ladoga. Poco después de recibir la cruz de hierro de primera clase, a finales de 1943, Lübbecke entró en un programa de formación militar para aspirantes a oficial en territorio alemán, en retaguardia. Volvió al frente oriental a finales de la primavera de 1944, asumiendo el mando de su antigua compañía, que se abrió paso en su desesperada retirada de un año a través de los Países Bálticos hasta Prusia Oriental (en la actual Polonia). Tras ser liberado de un campo de prisioneros británico al acabar la guerra, Lübbecke se tuvo que esforzar a fondo para salir adelante en la calamitosa situación económica de la Alemania de postguerra. Como había hambre, su esposa y él, recién casados, se vieron obligados a arriesgarse a cruzar el Telón de Acero para poder llegar a la granja de sus familiares en Püggen, que había quedado en la zona de ocupación soviética. Tras seis años de penurias y dificultades, finalmente se decidieron a emigrar fuera de Alemania. Huidos de su tierra natal prácticamente sin nada, su familia y él pasaron las décadas siguientes comenzando una nueva vida, primero en Canadá y luego en Estados Unidos. Su triunfo sobre la adversidad y frente al reto de la integración en una nueva sociedad como inmigrantes, ya es de por sí un relato extraordinario, y le proporciona una perspectiva única desde la que relatar sus experiencias como soldado alemán. Hurt hizo todos los esfuerzos posibles por narrar los sucesos de las memorias de Lubbeck con exactitud, con la esperanza de contribuir al conocimiento histórico. Además de añadir información nuevamente recopilada, de relevancia indudable, sobre las experiencias de los soldados alemanes en primera línea de frente durante la segunda guerra mundial, el relato de William Lubbeck revela cómo la personalidad de un hombre, su profundo sentido de la responsabilidad individual, y el amor por una mujer y por su familia marcaron el curso de su vida y le permitieron sobrevivir y prosperar en medio de grandes adversidades, durante y después de la guerra. “Es un privilegio compartir la apasionante historia de William Lubbeck con el público lector.” David Hurt, julio de 2006. Últimas órdenes (16-18 de abril de 1945). “Era el fin. Era el fin de mi compañía. Era el fin de la 58ª división de infantería. Y puede que fuera el fin para Alemania y para mí. En los cuatro años transcurridos desde la invasión de Rusia, el 16 de abril de 1945 fue el peor día de la guerra para mí. En las últimas horas, la compañía de armas pesadas bajo mi mando sencillamente había dejado de existir. El desastre en el principal cruce de carreteras de Fischhausen no era una batalla, sino más bien un clímax catastrófico, por el bombardeo soviético incesante que nos había obligado a retirarnos hacia el oeste durante las semanas previas.”Finalmente, al quedar atrapados en una masa congestionada junto con otras unidades alemanas, cuando intentábamos desplazarnos por la única carretera principal hacia aquella población de Prusia Oriental, ya no hubo manera de avanzar. Concentrándose en ese cuello de botella, la artillería de cuatro ejércitos soviéticos, combinada con varios centenares de aviones, acometió un ataque devastador. Los que no lograron escapar a una de las calles laterales fueron aniquilados en un cataclismo de cohetes, obuses y bombas. Un avión de combate soviético que bombardeó las afueras occidentales de Fischhausen me perforó la cara con fragmentos de bala, y casi perdí la vista por la tierra y la sangre, pero me di cuenta de que había tenido suerte por el simple hecho de haber sobrevivido a la matanza.”Del centenar de hombres de mi compañía que había entrado en Fischhausen, era evidente que la mayoría había muerto en el bombardeo. La muerte de tantos de mis hombres me resultó desgarradora, aunque la pérdida de la vida de los soldados se hubiera convertido en una tragedia cotidiana durante el transcurso de la guerra. Lo que más me impactó fue el hundimiento progresivo del orden militar, que se había iniciado antes incluso de que llegáramos a Fischhausen. Hasta entonces, aunque las circunstancias bélicas eran cada vez más desesperadas, la Wehrmacht había logrado mantener la disciplina y la cohesión entre sus unidades. Pero todo se había sumido en un caos total y absoluto.”En nuestro desastroso estado, parecía imposible que tan sólo tres años y medio atrás aquellos mismos rusos que nos tenían acorralados hubieran parecido a punto de desfallecer cuando llegamos a los alrededores de Leningrado.”

William Lubbeck y David B. Hurt (ed.), A las puertas de Leningrado. Vitoria, Nacional, 2006.

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