La caída del comunismo y sus consecuencias. De la Europa unida a la Unión Europea






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fecha de publicación18.07.2015
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Asunto: La caída del comunismo y sus consecuencias. De la Europa unida a la Unión Europea. Gran Bretaña: el final de la era Thatcher.

Madrid, 28 de marzo de 2014.

A quien corresponda:

G.B. Inglaterra. Margaret Thatcher haciendo campaña desde la parte trasera de un camión de ganado en el pueblo de Castleacre. 1983.

Los problemas internos durante el segundo mandato de Margaret Thatcher fueron decisivos y en contra de sus deseos 1. La premier británica hubiera querido tener mayor protagonismo internacional y que hubiera sido menos conflictivo. En política interna fue respetada y temida pero, poco a poco, despreciada, a pesar de su populismo. Con sus ministros dio la sensación de no poder dirigirlos por su actitud a menudo intransigente, “como Luis XIV fue capaz de producir una revolución” –escribiría algún historiador.

Uno de los primeros problemas estuvo relacionado con la huelga de mineros iniciada a partir de marzo de 1984. Scargill, el dirigente sindical, ya convocó tres huelgas en su primer mandato en una industria en decadencia y de difícil viabilidad. Lo indefendible fue que no se convocó un referéndum para decidirla y, cuando se hizo en una sola mina, resultó negativo pro tres a uno. Kinnock, el líder laborista, hijo de un minero galés, pretendió que se produjera pero no tuvo éxito. El empresario nombrado para dirigir la patronal dijo ser un cirujano plástico destinado a rectificar lo imprescindible para mejorar la industria. La huelga estuvo mal planteada pues se utilizaron piquetes violentos de mineros y, además, Scargill obtuvo ayuda del líder libio Gaddafi que a pesar de ello prohibía los sindicatos en su país, lo que le alejó de cualquier apoyo. Neil Kinnock quedó mal parado sin poder llegar a un compromiso. Una reforma legal posterior hizo responsable a los sindicatos de los daños causados en huelgas no votadas; en adelante fue necesario, además, el sufragio secreto para la elección de cargos sindicales y para la afiliación de los sindicatos a partidos.

G.B. Londres. Una reunión del Ejecutivo Laborista en la Casa Nacional del Transporte. Neil Kinnock, el futuro líder del Partido Laborista. 1980.

Tras esta resonante victoria Thatcher empezó a cosechar derrotas. Intentó abolir impuestos de propiedad local pero a la vez controlar el gasto municipal; en realidad pensó combatir a las autoridades locales laboristas radicales de algunas ciudades que gastaban mucho a base de cobrar impuestos directos sobre la población. El Liverpool dominaba, por ejemplo, la tendencia troskista “Militant”. Thatcher quiso crear la poll tax que, en teoría, serviría para que todos los ciudadanos controlaran el gasto público de sus Ayuntamientos. Al ser un impuesto que pagaban todos por igual sin tener en cuenta la renta, la oposición lo consideró injusto. Además competía con la autonomía local. También chocó con su ministro de Defensa Hesseltine, en cuanto al destino de los helicópteros de la compañía Westland. La premier evitó tratar el tema en Consejo de ministros actuando de forma autócrata con sus colaboradores.

En otras cuestiones la segunda etapa de Thatcher resultó menos conflictiva y más duradera en sus consecuencias. El programa de privatizaciones recibió un gran impulso. Su anuncio fue muy criticado y se produjo una auténtica revolución en el accionariado y posiblemente en la eficiencia de la gestión. En la práctica, los laboristas no pusieron objeción a lo decidido por el Gobierno conservador. Thatcher afirma en sus memorias que las privatizaciones eran revolucionarias a fines de los setenta y pensaba que algunos Gobiernos socialistas en otros países las llevaron a cabo demasiado pronto. En cuanto al Welfare State las reformas intentadas durante la era Thatcher se produjeron fundamentalmente en el tercer mandato. A pesar de sus promesas, de hecho el gasto del Estado aumentó un 6 % en educación, un 25 % en salud y un 40 % en seguridad social.

En política internacional la premier británica tuvo un papel importante aunque en ocasiones muy discutido. Desde 1983 se negoció con China sobre Hong Kong llegando al acuerdo, en 1984, de transmitir la soberanía en 1997 pero manteniendo el sistema democrático y capitalista; además, los ciudadanos de la ciudad china podían mantener sus pasaportes británicos. El tema del Ulster empezó a ser tratado conjuntamente entre Irlanda y el Gobierno británico tras los acuerdos de 1985. Más discutible fue el retraso en el cumplimiento de las sanciones contra el Gobierno sudafricano arguyendo que la mayor parte de la población blanca procedía de las Islas británicas y que Gran Bretaña mantenía en ese país las mayores inversiones; esto le enfrentaría a la mayor parte de los Gobiernos de la Commonwealth. Pero quizás lo más controvertido de su política exterior fue su oposición a una Europa unida. Para Thatcher, Bruselas significaba estatismo, centralización y burocracia, mientras ella reivindicaba un sistema social y liberal competitivo y la pervivencia de la Nación. Esta política supondría un factor esencial en su caída.

Hong Kong. Remex Corp. fabricación de relojes. 1983.

Muchos de los éxitos de Thatcher se explican por la falta de una oposición eficaz. El líder laboralista Neil Kinnock de 41 años hacía prever una larga continuidad. En principio, Kinnock parecía un peso ligero desde el punto de vista intelectual y, además, carecía de experiencia de Gobierno. Sobre el tapete permaneció la cuestión laborista relativa al armamento nuclear y la tesis del desarme unilateral. La indefendible postura de Kinnock en visita a los Estados Unidos tuvo el efecto de pérdida de votos en las elecciones celebradas en junio de 1987, los conservadores con 375 escaños frente a 229 laboristas y 22 de la Alianza. Además los laboristas crecieron en Escocia, pero perdieron en Londres y en el Sur.

En 1987 Thatcher había transformado la imagen de Gran Bretaña en el mundo y había conseguido tres rotundas victorias electorales sucesivas. Su original programa había conseguido que Gran Bretaña creciera más que cualquier país Europeo, con la excepción de España. Pero en 1987 se produjo il sorpasso: Italia la superó en términos de renta per cápita. En 1990, Thatcher acabaría siendo liquidada por su propio partido. El nuevo Gobierno formado era más radical. Al igual que su programa: poll tax, introducción de un curriculum educativo nacional, pagos en la seguridad social por servicios, una nueva legislación sobre sindicatos que incluía el derecho a no ir a la huelga cuando se hubiera votado por mayoría de forma afirmativa, privatización parcial del servicio médico..., etc. Pero su problema fue no poder controlar su Gobierno y actuar de forma autocrática.

Al empeoramiento de la situación económica se sumaría la cuestión de la entrada en el sistema monetario europeo. La dimisión sucesiva de Howe y Lawson, partidarios de entrar en él, y su sustitución por Major no solucionó nada. En las elecciones europeas de 1989 los conservadores solo lograron el 35 % mientras Thatcher solo tenía la aprobación del 25 % de la opinión; su liderazgo fue contestado desde su propio partido. Major, su sucesor preferido, obtendría 185 frente a los 31 de Hesseltine y los 56 de Hurd.

El primer ministro John Major. 1992

El estilo relajado y natural de Major fue un alivio para los conservadores británicos. Su personalidad de tonos grises: había estudiado tan solo hasta los 16 años y había fracasado como conductor de autobús. Su posterior trayectoria merecería la afirmación de que era el primer caso de un antiguo empleado de circo convertido en contable. Pero pronto demostró su capacidad de actuar sin necesidad de Thatcher. Desligado de ella suprimió la poll tax y la hizo de menos entre los líderes conservadores que prefería. Con respecto a Europa trató de mejorar las relaciones y aceptó el grueso de las propuestas tendentes a la unificación a cambio de hacer desaparecer cualquier mención al federalismo en el proyecto de Maastricht. Thatcher por su parte era contraria a las propuestas de identidad europea de defensa y juzgó innecesaria a la moneda única. Además juzgó de “traición” la política de la que había sido objeto y acusó al proyecto Maastricht de implicar el olvido del Parlamento británico.

Divididos los conservadores no parecía que fuesen a poder mantenerse en el Gobierno. Pero la oposición laborista también tenía los suyos propios: el número de sindicados durante los años ochenta había pasado del 30 % al 23 % de los trabajadores. Kinnock defendió que ya no existía un voto “natural” del laborismo y que en la praxis era necesario abandonar las renacionalizaciones, el repudio a la CEE y los impuestos excesivos. Pero sus posibilidades perdieron un elevado porcentaje cuando Thatcher abandonó el poder. La Alianza, por su parte, sufrió una grave crisis cuando trató de convertirse en partido unido. Las elecciones europeas de 1989 las ganaron los laboristas con el apoyo de los verdes pero sería efímero. En las elecciones generales de 1992 un último cambio del electorado proporcionó la victoria a Major por un escaso margen, 336 escaños frente a 271 laboristas.

El balance económico del periodo Thatcher es menos prometedor de los que podría pensarse. Comenzó con una recesión y finalizó con otra y la tasa de crecimiento anual durante su mandato fue de solo 1,6 %. Fue más apreciada fuera de Gran Bretaña que dentro y sus éxitos tuvieron más que ver con el cambio de mentalidad propiciado en el terreno económico. Además su liderazgo en su fase final fue discutido. En realidad su actitud despótica no consiguió que sus ministros consiguieran acuerdo entre ellos. Su empecinamiento final antieuropeo testimonia su aferramiento a ciertas actitudes o aspectos transcendentes.

Afectuosamente, JAG.stilo.

1 Fuente principal: Javier Tusell. Manual de Historia Universal. 9. El mundo actual. Historia 16, 2001.

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