Transcripción: valencia 1985






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No obstante, todos estos hechos y circunstancias influyeron en el desenlace de la porfía que veníamos manteniendo. Nos enteramos de esto por las protestas y lamentaciones del empresario, que se mostraba acobardado porque entre unos y otros, decía, le llevábamos a la ruina.

Durante esta semana, y en vista del cariz que tomaba el asunto, el empresario consultó con su abogado, D. Paco Montés, alcalde republicano y nada favorable a nuestra causa, pero sagaz y poco amigo de los anarquistas. Por lo visto le aconsejó que no se metiera en líos de despidos políticos, porque saldría trompicado; y entonces consultó en particular conmigo, para zanjar el problema a base de la siguiente proposición: si yo era capaz de llevar el taller adelante en la producción fundamental, con dos o tres oficiales buenos que me buscara y los que me seguían de la plantilla actual, se comprometía a dar la cara a los otros aceptando el reto, pues no necesitaba a nadie más. Yo acepté, aún a conciencia de la dificultad de encontrar elementos decididos y capaces profesionalmente hablando, dada la violencia de la situación y dado que habían de dejar, aunque fuera temporalmente, su ocupación actual. Quedé emplazado para el sábado próximo, último día antes de la huelga amenazada, y me dediqué a buscar a esos oficiales, entre los afiliados a nuestro sindicato, como era natural. Me siguió Paco Borreda ("Figuera"), que por entonces era el ebanista de mi prestigio en Onteniente; además me siguieron Domingo, Gramaje, Refelet Pla y algunos más. Se lo comuniqué a los empresarios y me dijeron: "Conforme: no busques más, porque ya nos bastamos entre los de casa y este importante refuerzo".

Llegó el sábado y a la hora de la nómina, ­allá fue Troya!, porque llegaron los marxistas fogueados y dispuestos a cumplir el ultimátum, confiados en la complicidad asustadiza de la empresa que hasta ahora habían explotado; pero más bien resultó que el empresario siguió el plan que aconsejara su abogado, y hasta estuvo enérgico y decidido, inflamado el rostro, como se ponía cada vez que discutía o tenía que tomar una resolución bien firme. Encarándose conmigo preguntó: ¨Estáis dispuestos vosotros a seguir la marcha del taller y cumplir los compromisos de la producción?" Contesté que desde luego lo estábamos. Y entonces dirigiéndose a todos manifestó: "Ya que no puedo despedir a nadie por incompatibilidades vuestras, y no quiero tampoco seguir en esta postura, combatido, amenazado y perjudicado por unos y por otros, tengo que advertir que el lunes, a la hora de entrar en el trabajo, las puertas del taller estarán abiertas para todos, pero el que no venga no entrará más. ­Ya lo sabéis!"

Excusado es decir la que se armó al estallar esta especie de bomba. El alboroto fue enorme... Nosotros preparados, en guardia, contra insultos, amenazas, palos, bofetadas, a todo hubo que responder de alguna manera; y menos mal que los polos de contacto éramos casi únicamente "El Boniquet" y yo, pues había varios entre ellos que estaban más de acuerdo con nosotros, pero no lo manifestaban por disimulo o cobardía. Esta reticencia neutralizaba un poco la fuerza del motín, que de otro modo quizá habría terminado en linchamiento.

Los empresarios y sus allegados nos echaron del taller como pudieron, despejando el local, mas por la calle siguió la agitación en corrillos y disputas, quedando la cosa pendiente hasta el lunes a la hora de entrada. Ni que decir tiene que el domingo, aparte de las reuniones en el sindicato para prever lo que pudiera seguir pasando, dedicamos nuestro tiempo a las habituales actividades en el Centro Parroquial.

El lunes llegamos a la hora en punto, ocho de la mañana; y, cosa singular, no falló ni uno, pero, eso sí: con cara feroz, porque todos llevaban la consigna que habían de cumplir a rajatabla: declararnos el "boicot". En vista de que ni por las buenas ni por las bravas podían hacernos desistir de nuestro empeño de independencia, acordaron declararnos el boicot indefinidamente, en virtud de lo cual no tenían que hablarnos ni saludarnos ni colaborar en nada con nosotros.

Tuvimos que contener la risa por no provocarles, porque esta postura, tan absurda como inútil, sólo podía perjudicar algo a la empresa, por falta de armonía y colaboración entre los unos y los otros. Había abundancia de herramientas comunes que, cuando yo las necesitaba, iba a preguntar al compañero si las estaba utilizando, y, como no me respondía por tenerlo prohibido, me las llevaba sin más explicaciones, y el otro no podía chistar, porque tenía prohibido dirigirme la palabra. Lo mismo ocurría con las máquinas, con ventaja siempre nuestra, pues manteníamos la consigna de no negar el saludo, la palabra ni el favor a ninguno, y por ahí se fue relajando la tirantez de los primeros días, pues, cuando alguno necesitaba nuestra ayuda, siempre nos encontraba dispuestos, con lo que el boicot, aunque duró algún tiempo, tuvo aún menos éxito que la amenaza de huelga.

En los primeros días de aquella nueva situación tuve que agradecer a los amigos comprometidos su valiosa actitud en este caso, y manifestarles que no llegó a hacer falta su intervención, pues todos los huelguistas habían acudido al trabajo. De todas maneras, su gesto nunca sería olvidado.

A partir de estos momentos, el Sindicato Obrero Católico empieza formalmente su marcha, de un modo penoso pero ascendente, siendo su mejor atractivo su misma actitud decidida y viril en favor de los obreros, lo que éestos empiezan a reconocer y valorar, dándose el caso de que algunos de los compañeros, de la misma empresa y de otras varias, que en los primeros días se mostraron contrarios o indiferentes, se fueron acercando y al final se pasaron a nuestras filas.

Nuestro pequeño martirio, sufrido en el primer intento, resultó providencial, eficaz de cara a las futuras actuaciones, dando pie a la creación de sindicatos hermanos en las próximas localidades. Rompiose la inercia de muchos cobardes que, a la hora de afiliarse, oponían como excusa la convicción de que era imposible escapar de los sindicatos marxistas, al menos en aquellas empresas donde gozaban de gran mayoría. Esta prevención la tuvimos que vencer muy repetidas veces, poniendo por argumento el recuerdo de nuestra lucha y de su pequeña victoria.

El año 32 resultó ser realmente agitado y fecundo, aunque ninguno de sus acontecimientos se podía comparar con el del inicio de nuestro sindicato y con el trasvase al mismo de personal afiliado a CNT y UGT.

Salimos a la luz y a la vida pública en las noticias y artículos de prensa, publicados especialmente en "El Pueblo Obrero", que era el periódico de la "Casa de los Obreros", órgano de la "Confederación de Obreros Católicos de Levante". Allí empezamos a colaborar, mandando gacetillas con las noticias de toda clase de actividades, asambleas y actos públicos que fuimos celebrando.

Tenían lugar las asambleas en el local social de la calle de la Loza n§2, en cuyo desván había un salón inmenso, donde cabían 500 personas, aunque nunca nos reunimos más de ciento. Como estas asambleas eran celebradas el domingo en la mañana y unos daban el pretexto de tener que ir a misa y otros algunas otras razones, quedaba el local vacío, con gran desesperanza por mi parte, porque después de haber pedido el permiso al Gobierno Civil (como también al Alcalde, que nos mandaba a su Delegado para controlar el orden de día) y dada la asistencia de los altos directivos de la Casa de los Obreros de Valencia, no parecía justificado tanto aparato para tan escasa concurrencia. Tal vez por eso el desván resonaba con más fuerza, de modo que los discursos y parlamentos se oían desde la calle, especialmente los del Presidente regional D. Francisco Barrachina, que declamaba a grandes gritos, por estar acostumbrado a las grandes concentraciones, con tono vibrante, como si estuviera ante miles de personas.

En estos actos y reuniones el mayor gasto lo tenía que soportar siempre yo personalmente, pues además del orden del día, convocatoria y explicación de los motivos, tenía que redactar y leer las memorias, las conclusiones y las notas de prensa. Y menos mal que a principios de este año se incorporó al sindicato un nuevo miembro que resultó un alto alivio para mí, por hacerse cargo de la secretaría: se trata de Daniel Silvaje Domenech, que tras unos años de exilio laboral se reintegró a su trabajo en Onteniente. Era tejedor de "la Paduana", donde ya se nos habían afiliado un buen número de su plantilla. Es el tercero de los "Sigró" que se apunta al sindicato, junto con su padre y su hermano Enrique, pero es el que tiene mayor capacidad, aplomo y formación de todos los afiliados.

Para atender las exigencias de la Organización en su aspecto legal requeríamos los servicios de los abogados más cercanos a nosotros, como D. Jaime Miquel o D. Luis Mompó; pero había además otros asuntos burocráticos, económicos (la engorrosa recaudación de las cuotas), y estaba sobre todo el consultorio laboral, asuntos todos que tenían que ser atendidos personalmente por el presidente, el secretario y algunos miembros de la directiva, como únicos expertos en materia laboral, porque así funcionaban los sindicatos de entonces. No teníamos ninguna autoridad en relación con las empresas, y por otra parte había que reivindicar continuamente el reconocimiento del sindicato, tanto con las empresas como con las mismas autoridades. Nos pasábamos la vida haciendo constar en estatutos y bases de trabajo o convenios nuestro artículo 2§: "Se reconocer legalmente este sindicato..."

Para que funcionara la organización era necesario, además, prestarle una asistencia constante y eficaz, pues su crecimiento y perfección se hallaba en razón directa con la efectividad y acierto del consultorio, por lo cual al menos presidente y secretario debían estar reunidos todas las tardes, después de la jornada laboral, a veces hasta altas horas de la noche, más los domingos y días de fiesta por la mañana. Cuántas veces, por cosas urgentes, en vez de irme a comer, tenía que verme con el abogado para estudiar jurídicamente un caso planteado, siempre de difícil solución, por la casi absoluta carencia de legislación laboral. Lo que pomposamente denominábamos "Bases de Trabajo" no eran más que simples tablas de salario, sin ninguna norma de aplicación sobre casos concretos, y menos aún sobre casos extraordinarios.

La ley de Contrato de Trabajo de 21 de diciembre de 1931 apenas se había puesto en vigor y no existían órganos jurídicos especializados, a los cuales pudiera acudir cualquier trabajador, suprimidos como estaban los "Comités Paritarios" de la Dictadura, creados por Amós en el año 26. También Largo Caballero y demás socialistas habían colaborado en crear esta ley, puesto que con ellos quiso contar Primo de Rivera. Pero el caso es que ahora los obreros tenían que acudir a los tribunales de jurisdicción ordinaria, con el consiguiente retraso y peligro de incompetencia, además de afrontar la cuantía de los costos, etc. Aún estaba en mantillas todo este mundo de los sindicatos.

Los Jurados Mixtos, especie de sucedáneos de los "Comités Paritarios" creados por Largo Caballero, tardaron mucho tiempo en funcionar y aún solo se constituyeron en las capitales y algunas otras grandes ciudades. Al final de la República su historial de actuación había sido escaso.

En orden a la colocación y empleo de mano de obra hubo que soportar los efectos de la fatídica ley de términos municipales, del propio Largo Caballero, que perjudicó mucho a los trabajadores, en especial a los campesinos. De no haberla derogado, habrían matado a los propios obreros, porque, en contra de la propia ley de Contrato de Trabajo, impedía el trasvase de la mano de obra excedente de unos pueblos a otros, con lo que quedaron interrumpidas las tradicionales migraciones interiores, perjudicando las campañas de recolección, pues mientras en unos pueblos se declaraban huelgas para hacer subir el salario (lo que era la parte buena de la ley), en otros, por escasez de vendimias, siegas y recolecciones, los braceros que sobraban se quedaban inactivos y sin salario, porque no podían trasladarse a otros términos. Era una situación insolidaria que provocaba una lucha feroz por la vida entre los más indefensos.

Afortunadamente, nuestro pueblo de Onteniente nunca tuvo este problema, por ser un pueblo industrial, con mayor estabilidad en el empleo y escaso campo de aplicación de esta ley.

El ritmo de vida y la intensa actividad que me impone este movimiento sindical me obligaron a reducir la atención que venía prestando al Centro Parroquial en la Acción Católica. Lo mismo me ocurre en la actividad política, constreñida a mera pertenencia, sin más actividad que las elecciones. Se proyecta, pues, mi vida en dos únicos frentes: el sindicato y el noviazgo, que se va formalizando y resulta ser capítulo muy importante de mi vida.

En el plano de actuación sindical, el camino no podía ser más espinoso y la lucha diaria de una angustia constante, con muy pocas satisfacciones. Muchas veces problemas bien planteados salían mal o se complicaban más de lo necesario por fallos humanos de los mismos componentes. Mientras a algunos impulsivos había que frenar y sujetar, porque se exaltaban saliéndose de madre, existían otros acobardados que no había manera de hacer marchar; en todo caso tenían que ver resultados prácticos, y aun así el temor egoísta les impedía arrancarse.

Recuerdo una anécdota que aún me da coraje, de pensar que hubiera gente tan zopenca. Ocurrió en la empresa de serrería mecánica del "Verge", como popularmente se llamaba su empresario, G.G.Ll. Este era un republicano cascarrabias, bravucón, según decían los cuatro o cinco operarios que tenía, todos ellos miembros de nuestro sindicato. Venían reclamando de tiempo contra los malos tratos, insultos del empresario, por cualquier motivo, así como que no les pagaba el salario correspondiente ni los otros beneficios de horarios, descansos, vacaciones, etc.

Realizado el estudio de su situación, uno por uno pasaron delante de nosotros y les dejamos advertidos de sus recursos legales, les indicamos la forma de plantear el caso conjuntamente, a la hora de entrar al trabajo o al terminar la jornada. Se resistían diciendo que, en cuanto le formularan la primera reclamación los echaría a patadas o les diría, como otras veces, que a ellos y su sindicato se los pasaba por debajo de la pierna. Con aquella mentalidad, no había manera de sacarles a flote; ellos querían que fuera un acto del sindicato que apabullara al empresario, pero sin tener que dar la cara; eran de esos que se excusan siempre ante el peligro, diciendo: "No me interesa, no quiero... A mí es que me obligan..."

Después de una serie de reflexiones, diciéndoles: "El que no es para pedirla, no es para mantenerla", optamos por redactar un escrito, fijando claramente sus derechos y las obligaciones de la empresa, en términos un poco duros y conminatorios, según solía hacerse, arrancando siempre de la fórmula: "Atendiendo la reclamación presentada por los componentes de la plantilla..." y terminando con la amenaza: "...de no ser atendidas las justas reivindicaciones, nos veremos obligados a emplear procedimientos judiciales, acudiendo en su caso a los tribunales competentes". Pero, una vez redactado el escrito, nos hallamos en el mismo círculo vicioso, porque ni todos juntos ni ninguno en particular querían hacerse cargo del papel para presentarlo, por el miedo invencible que sentían hacia el empresario. No lo queríamos mandar por correo (lo cual me parecía sumamente ridículo), porque teníamos ya por seguro que lo iba a tirar al cesto y nos quedaríamos sin saber nunca si lo había recibido o no, de forma que la única manera de tener tal seguridad era entregarlo en mano. Por fin se nos ocurre la fórmula, al parecer, más sencilla y correcta: que lo lleve en persona el conserje del Sindicato, que, siendo uno de ellos, vivía, trabajaba y cobraba del sindicato, a causa de los servicios prestados fuera de las horas de su jornada en la serrería. Le encargamos que lo llevase, cumpliendo órdenes, como simple estafeta, puesto que era él quien recogía y repartía la correspondencia; que no tenía nada que argumentar, sino entregarlo, para tener la seguridad de que el destinatario lo había recibido.
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