Transcripción: valencia 1985






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Yo puse especial empeño en demostrar que los trabajadores teníamos demasiados problemas coincidentes para considerarnos enemigos y que, mientras lucháramos en el campo económico y profesional, que era el nuestro, no teníamos por qué enfrentarnos.

Terminamos la reunión a altas horas de la noche, ya casi de madrugada, con felicitaciones y ofrecimientos mutuos, también por parte del Sr. Alcalde, que se reintegró a última hora a la reunión, felicitándose y felicitándonos a todos, por haber llegado a un entendimiento que parecía tan difícil al principio.

Al salir a la calle, no obstante lo avanzado de la hora, nos esperaban con gran expectación grupos de obreros de los distintos sindicatos y otras gentes. Lo curioso es que parecían extrañados, algunos quizá contrariados, al ver que nos dábamos la mano en signo de cordial despedida, cuando quizá pensaban que íbamos a salir despedidos por el balcón.

A nosotros también nos esperaron en el local social y en las casas de los miembros de la comisión del sindicato, los socios, familiares y amigos, que recibieron con gran alegría y satisfacción los relatos del desarrollo y resultado de la reunión que les daban los que habían asistido, con un entusiasmo un poco desmedido, ponderando el gran éxito de la reunión y afirmando que era digna de haberse celebrado en las Cortes por la facundia desplegada por mí aquella noche, llegando a querer presentarme para diputado a Cortes. Pura exageración, pensaba yo, debida al éxito momentáneo y por el gran cariño que me tenían, debido en gran parte a la generosidad decidida con que me entregué desde el primer instante a la defensa de su causa.

Fundación del Sindicato en Montaverner y Alfarrasí
Por todas partes iba despertando la doctrina social católica y así, al contacto con el entusiasmo de Ollería, tuvimos que atender también a grupos de trabajadores de Montaverner y Alfarrasí, que tenían conflictos y necesidad de reclamar continuamente en la fábrica de Martí Tormo (toallas "Trovador") y otras menos importantes de estas dos localidades.

Como no tenían organización de ninguna clase acudían a Ollería, pero por su mayor similitud con Onteniente, dado el tipo de industria, pasaron a depender de nosotros más directamente.

Después de los tanteos y estudios necesarios, se adaptó el reglamento y se constituyó el Sindicato Obrero Católico de Montaverner-Alfarrasí, encuadrado también en la "Confederación de los Obreros Católicos de Levante". Como no tenían local ni medios económicos para hacer frente a todos sus gastos, hubo que domiciliar el nuevo sindicato en casa de la presidenta, Dolores Vidal, chica muy despabilada y dinámica, productora de la empresa "Trovador", que era verdaderamente el alma de todo aquel movimiento. Su casa tenía una planta baja muy grande, y allí se montaron las oficinas, allí se celebraron las asambleas y reuniones de la nueva entidad, que se inició con un consultorio laboral casi diario.

La política
Entretanto se incitaba la reorganización de los partidos de signo patriótico y exaltación nacional que, con un denominador común de católicos como único parentesco entre sí, constituían por entonces la oposición.

Uno de los más difíciles de modernizar era la Comunión Tradicionalista, por el carácter austero y montaraz de sus componentes, mejor preparados para la acción que para la diplomacia, configurados desde siempre en una estructura jerárquica y militarizada, ya que no creían en la democracia, pero anclados firmemente en sus solidos principios, que consistían sobre todo en responder a la llamada de su Abanderado y echar a andar. Como en todos los pueblos de España, también en Onteniente había que crearlo todo de nuevo, hasta el mismo Círculo o local social, como queda ya referido anteriormente. Allí unos centenares escasos de socios, jóvenes en su mayoría, con mucha más fogosidad y convencimiento cordial de sus ideales que formación, habían levantado la bandera de la Tradición y ahora se disponían a toda clase de sacrificios para verla triunfar.

A mí me sucede una cosa muy singular, pues aunque allí no soy más que un simple socio que procura permanecer en el más completo anonimato, en la práctica me veo forzado a actuar con cierto protagonismo, casi como en el sindicato, teniendo que dar forma a los escritos, preparar las reuniones, soltar algún que otro discurso o contestar al saludo o la presentación de algún personaje, que llega al Círculo para el "Aplec" convocado desde distintos pueblos del contorno.

Elecciones parciales
Con el fin de cubrir una vacante de diputado, se convoca en Valencia una elección parcial, para la cual la CEDA presenta a D. Luis García Guijarro como candidato más idóneo, no solo procurando atraer a los católicos, dada su significación, sino también por pensar que le votarían los mismos republicanos, a causa de su gran prestigio como financiero, de cara a las campañas de exportación, de las que tan escasa andaba la República, hasta el punto de que se pensaba en D. Luis como un posible futuro ministro de comercio.

Mis empresarios me comentaban algunas veces que este hombre gozaba de muy buena fama, y que serían muchísimos los que le votasen a gusto, si les dejaran en libertad; pero ya que el partido Radical presentaba otro candidato, que por cierto no les hacía falta, y aún conscientes de que este candidato no le llegaba a D. Luis a la suela del zapato, sin embargo por disciplina de partido votarían al republicano, al cual apoyaban también los socialistas y demás partidos de izquierda, y con ello estaba claro que García Guijarro no saldría jamás elegido.

Durante la campaña electoral, realizada al efecto, se celebró un mitin en el campo de fútbol del Patronato, con lleno casi completo, en el que, además del presentador, intervinieron D. José Corts Grau, D. Manuel Attard y D. Luis García Guijarro. Empezó a hablar D. José Corts y a mí me gustó mucho, pero, sin saber por qué, le dio un mareo y se cayó. Hubo que interrumpir el acto y retirar al orador para que fuese asistido, mientras hablaba Attard, pero una vez repuesto terminó su discurso, en el que recordaba la vergüenza que pasó en París, donde se encontraba cuando empezó la República. Por los visto, los españoles en París solían tocar la "Marsellesa" en todas sus manifestaciones publicas de regocijo por el nuevo régimen, y los franceses con sorna preguntaban: "¨Es que en España no tienen himnos?" Este hombre, que por entonces era un imberbe, tan delgaducho y enclenque que parecía un estudiantillo, se expresaba en tono sutil y filosófico. Dado que era desconocido para la mayoría de los oyentes, sus frases poéticas y elegantes de exaltado patriotismo impresionaron mucho, presagiando lo que llegaría a ser más adelante.

Conmigo entre el público estaban mis empresarios y otros republicanos, que tenían curiosidad por oír lo que decía García Guijarro; en cambio echaban pestes de los otros oradores, porque habían atacado a la República y criticado su Gobierno (lo que a nosotros nos hacía vibrar, a ellos los desesperaba, y decían por lo bajo: "­Quina drap teníen eixos qu'han parlat primer!").

Lo que decía el candidato lo aplaudían todos estos sin remilgos, aunque a mí (y a casi toda la gente joven) no me entusiasmaba tanto, con su flema característica, su oratoria reposada, su gran seguridad en el manejo de las cifras, sus planes y proyectos para un buen gobierno. No obstante, el día de la elección, todos estos votaron al candidato republicano radical, que fue el que resultó elegido.

Los jóvenes tradicionalistas estuvimos muy molestos por la soberbia de la DRV (Derecha Valenciana), que, convencida de que saldría votado García Guijarro sin necesidad de comprometerse en coaliciones con nadie, no solicitó nuestro voto, por lo cual nos dedicamos a votar al cardenal Segura, para rabieta de republicanos y socialistas, pues para todos ellos era tanto como mentar la soga en casa del ahorcado.

El mitin de Alcoy
Aprobada la Constitución y concedido el voto a la mujer, se anima el cotarro político, observándose ante todo un gran resurgimiento de los partidos de signo católico. Uno de ellos se levanta de sus propias cenizas con verdadero ímpetu: el Tradicionalismo, que empieza a organizar una serie de mítines. Ya bien entrado el año 32, se proyecta para una misma jornada dominguera un mitin en Alcoy por la mañana y otro en Cocentaina por la tarde, en los que han de intervenir muy destacados líderes de la Causa, como Salaberri, Larramendi, el Jefe provincial de Alicante, el local de Alcoy, etcétera.

Acudimos de Onteniente 40 o 50, fletando un autobús de los de la línea de Alcoy, nuevo, flamante, vistoso, en el que íbamos tan ufanos y provocadores que, sin pretenderlo, llegamos a armar un escándalo. Como buenos carlistas, salimos arreglados de Misa y Comunión, puesto que era domingo. Todos éramos jóvenes, a excepción de Luis Calatayud (el de la "Alquería de Mil ") y su esposa, la "Margalita", como él la llamaba, siendo ésta además la única mujer de la expedición. De cuando en cuando su marido pedía un aplauso para la "Margalita", y entonces producíamos todos un mugido ensordecedor, que creo que más que animarla debía sofocarla. Ya de suyo era muy poquita cosa, contrahecha, con desviación de la columna, y estaba aturdida en medio de aquellos exaltados, entre los cuales sobresalía su propio marido, a pesar de tener sesenta años.

Al pasar por Cocentaina se nos metieron en el autobús algunos jóvenes que querían acudir también al acto, practicando el "auto-stop". Entramos en Alcoy, armando una zarabanda descomunal y cantando a voz en cuello una canción con letra inventada, que adaptamos a la música del coro de los kosakos de la zarzuela "Katiuska", y así hacíamos el paseíllo hasta la plaza del Ayuntamiento, con todo el ímpetu de nuestras voces: "­A luchar! ­A vencer! ­A morir! ­Por Dios, por la Patria y por el Rey" (siguiendo las estrofas más o menos a propósito).

La llegada fue impresionante, porque paramos a la puerta del "Ciriet", como llamaban allí al teatro Calderón, donde iba a celebrarse el mitin, frente al mismo Ayuntamiento. Yo pensé que era demasiado éxito para un mitin carlista en Alcoy, puesto que se habían congregado unos miles de personas, hombres casi todos, que llenaban la plaza, dándole aspecto de gran acontecimiento; pero apenas echamos pie a tierra, quedamos absorbidos por aquella gran masa, como gota en el océano, y, al contrastar el hosco ceño de aquellos espectadores, comprendimos que no se trataba de amigos nuestros, sino más bien de adversarios, lo cual nos hizo bajar los humos con gran desilusión. Íbamos con todo a ver que pasaba allí dentro.

Entramos en el teatro y ya lo vimos todo abarrotado de gente. En la platea o en los palcos bajos estaba por lo visto lo más adicto del auditorio, todos tocados con boina roja, mientras que las "margaritas" o sección femenina llevaban boina blanca. A nosotros, no sé si por llegar los últimos o por vernos tan compactos y aguerridos, nos aposentaron en las últimas gradas de la cazuela general.

Lo primero que olía a mal presagio fue la falta de la luz eléctrica, que pronto averiguamos que se debió a un sabotaje de quienes pretendían impedir que el acto se celebrase y que estaban en connivencia, según se rumoreaba, con las propias autoridades, que tampoco nos eran en nada propicias. Esto no hizo más que retrasar el inicio del acto, pero enseguida se agenciaron, de la iglesia más cercana, dos candelabros enormes de siete brazos cada uno, de esos que se utilizan en el "Oficio de Tinieblas" de la Semana Santa. Encendieron las catorce candelas, colocando cada uno de los brazos a cada extremo de la mesa presidencial, consiguiendo que por lo menos pudieran ser vistos los oradores, aunque quedara en penumbra todo el resto del salón.

Ofrecía un aspecto de velatorio tenebroso, más propio de sesión de espiritismo que de mitin político. Quedamos como en el cine en plena proyección, hasta que por fin abrieron una ventana en la parte alta, para que entrara un poco de luz y de aire; de modo que entre esto y el habernos habituado a la oscuridad, acabamos por distinguirnos bastante bien y pudo comenzar el acto.

Hizo aumentar aquel ambiente de velatorio litúrgico el hecho de empezar rezando un Padrenuestro por los mártires de la Tradición y para impetrar los favores de la Divina Providencia. Todo el salón se puso en pie como por un resorte, pero en el "gallinero" observamos que alguien no se levantaba ni se quitaba la gorra y les hicimos levantar por la fuerza. Todos permanecían de momento muy callados y atentos, esperando seguramente las consignas o avisos para empezar la camorra.

Habló en primer término el Jefe local de Alcoy, Cantó, y como se dedicase a la presentación de los oradores, a agradecer a los alcoyanos y a todos los pueblos limítrofes su colaboración y su asistencia, sin que apenas llegara a entrar en materia, la gente se mantuvo tranquila y respetuosa, aplaudiéndole no solo en la planta baja sino en las zonas altas, donde había mucha gente hostil.

Intervino a continuación el Jefe Provincial de Alicante, que empezó atacando a la República y la actuación de su Gobierno, por su sectarismo, por la situación caótica a la que estaban llevando a España. Dijo que ni con la linterna de Diógenes se podía encontrar un republicano honrado y consciente de lo que significaba la democracia y capaz de respetar la libertad. Como lo del símil de la linterna, en esta oscuridad en que se desarrollaba el acto, resultaba chocante, salió una voz de las tinieblas que dijo: "Eso haría falta aquí", y estalló un ataque de risa casi colectivo. Siguió refiriéndose a la persecución religiosa de la República, la expulsión del cardenal Segura, la quema de conventos, disolución de la Compañía de Jesús, secularización de cementerios, retirada de crucifijos de las escuelas... Aquí se armó la "Marimorena", porque salió una voz de allá arriba: "­Por vosotros lo mataron" Y al poco se oía por el otro lado: "­Por vosotros lo crucificaron". "­Doneu-li que bega! ­Doneu-li que bega!" (decía otro). Allá aparecía uno con cara de cretino y calva venerable, que desde uno de los palcos altos se asomaba al escenario con sus brazos levantados y gritaba: "­Pido la palabra, pido la palabra". Los de palcos y plateas de abajo se volvían airados contra todos estos perturbadores que interrumpían, increpándoles y pidiendo silencio. Los de arriba amenazábamos; al calvo le acosaban gritándole: "­Imbécil! ­Cochino! ­O te callas o te tiramos abajo!". Pero eso era lo que ellos querían o sea: el diálogo a gritos y la camorra, para que no se oyeran los oradores, puesto que no podía haber micrófono.

Con esta creciente marea se nos desmayó la "Margalita" y hubo que auxiliar al marido para sacarla del local y acompañarla a casa de unos parientes, donde la cuidaran.

También nuestro paisano Montés, conductor y dueño del autobús, permanecía sentado en la última grada del gallinero con el pánico marcado en el rostro. Llamándonos por señas significativas, pedía que nos fuéramos, porque iba a haber "tomate" y él sobre todo sentía miedo de que le quemaran el coche. En vista de que no le hacíamos caso, salió y tuvo el buen sentido de llevárselo de la puerta, para ponerlo a buen recaudo.

Una breve señal vino a complicar las cosas, pues en aquel momento empezaron las campanas de la vecina iglesia arciprestal de Sta. María a repicar el último toque, llamando a la misa de las doce, y al conjuro de esta señal salieron presurosos los ocupantes de muchas localidades altas, quienes, por lo visto, como las vírgenes necias del Evangelio, no habían venido preparados. Al ausentarse tantos espectadores por esta causa (siendo todos ellos adictos a la nuestra), resultaron mermadas nuestras fuerzas, que estaban conteniendo desde el principio el empuje pasional de anarquistas y socialistas, empeñados en interrumpir el acto a toda costa. Pero, además, al abrirse las puertas para salir los de misa, se colaron varios grupos de agitadores, que venían forcejeando ya mucho rato para abrir dichas puertas, que manteníamos sujetas desde dentro.

Con la entrada de nuevos enemigos aumentó el alboroto, de tal modo que en la parte alta ya no hacíamos otra cosa que pelearnos y discutir. Íbamos bajando gradas y apretando a la gente sobre las delanteras de la general, para no dejar mover a los revoltosos. Uno de los acomodadores que más habían trabajado para situar a la gente en las alturas, con su brazalete y su joroba a cuestas, viéndose malparado, se encaramó sobre el tabique divisorio de dos palcos y desde allí observaba, aguantándose la cabeza con ambas manos, igual como el mono contempla desde las ramas del árbol cómo se acometen en el bosque los lobos y chacales.

El orador que estaba en el uso de la palabra, Señor Larramendi, de verbo fácil, fogosidad arrolladora y voz campanuda, pugnaba ahora por hacerse entender, reclamando atención, `pues estaba seguro, decía, de que, si entendieran el Tradicionalismo y conocieran su doctrina, no le combatirían; que quien no entiende es porque no atiende, y que estaba dispuesto, si le atendían, a contestar y aclarar cualquier duda, critica u observación que razonadamente se le hiciera'. Tenía la gran ventaja de que le oían sin querer hasta los sordos.

Criticaba la anarquía y el socialismo, por su acción destructiva y de terror en todos los tiempos de su existencia, con toda la serie de crímenes, atentados e intentos de revolución, tan lamentables y dolorosos como inútiles, puesto que en ningún caso habían resuelto nada.

Pero por la parte alta le increpaban: "! Háblenos del fusilamiento de Ferrer... del asesinato del 'Noy del Sucre'!" Otros recriminaban por los métodos de Martínez Anido. A todos daba respuesta más o menos contundente el Sr. Larramendi, pero los protestantes seguían vociferando: "¨Y los crímenes de la Inquisición?" Como una especie de sonsonete seguían protestando de la "Enquisisión", cuando el orador, después de aclarar el carácter religioso del Santo Oficio y el tipo de su jurisdicción y los castigos que imponía, al seguir oyendo voces sobre los miles de ejecutados supuestamente por la Inquisición, les pidió un nombre, un solo nombre. Y entonces respondió uno desde el palco alto: "­Aristóteles!"... Todo el salón estalló en una gran carcajada y el orador les gritó: "­No habéis podido escoger un testimonio más reciente! Porque Aristóteles murió cerca de dos mil años antes de que se fundara la Inquisición".

En este vaivén de griterío transcurrió todo lo que quedaba del mitin y aún pudimos oír al Sr. Larramendi gracias al gran vozarrón; pero cuando llegó el último, Salaberri, por quien más interés sentíamos todos, siendo viejo y sin ninguna potencia en la voz, no pudo dejarse oír desde la quinta fila, de modo que veíamos aplaudir a los primeros, pero para nosotros era como ver el cine mudo.

Con esta intervención se dio por terminado el acto, se cantó el "Oriamendi", como se pudo, y salimos todos al a calle entre apreturas, voces, insultos y amenazas ("Cremarem el Ciriet", decían).

Una vez en la calle, resultó imponente el tumulto. Se oían voces de "Viva el Comunismo Libertario", y el mugido de la turba contestaba: "­Vivaaa!". Salían los de adentro cantando himnos, con sus banderas y boinas, y a la puerta se topaban con los mayores enfrentamientos.

Al lado del teatro estaba la Jefatura de Policía, lo que yo esperaba que nos diera garantías de respeto entre aquella jauría humana, pero comprobó enseguida que más bien resultaba lo contrario, pues parecían estar en contra nuestra.

Se enfrentaban unos grupos con otros, y a cada grito o disputa se enzarzaban a golpes, formando montones de gente que se agredía. Intervino entonces la policía, que con sables desnudos vapuleaba a los que hallaba por encima, pegando por la parte llana de la hoja para no hacer sangre. Así los primeros salían disparados, con las espaldas marcadas con unos cardenales que les iban a durar por varios días.

Uno de nuestros jóvenes, Vicente Ureña Vidal, enardecido al salir del mitin y queriendo contrarrestar los vivas al Comunismo Libertario, sin medir el riesgo y dando testimonio de su catolicismo, dio con toda la fuerza de sus pulmones un ­­­Viva Cristo Rey!!! contestado por la plaza.

Intervino también la policía, pero en este caso y con la excusa de evitar que lo lincharan, lo único que hicieron fue llevarlo detenido a la prevención, pasando por una especie de "Calle de Amargura", pues entonces arreciaron sobre él más golpes e insultos que antes, precisamente por la impunidad que para ellos suponía el verle sujeto por la policía.

Por la misma causa fue detenido un joven periodista de Alicante, que discutía con la gente por defender al detenido. Se lo llevaron también sin que le valiera de inmunidad su condición de periodista.

Como las reyertas arreciaban, la Policía y la Guardia Civil efectuaron varias cargas sobre la multitud para despejar la plaza, produciéndose una masiva desbandada. Por todas las bocacalles huían en alocadas carreras, que dejaron vacíos los alrededores del "Ciriet" (Teatro Calderón). Muchos de los huyentes, al trasponer la primera esquina, paraban la carrera y se asomaban oteando el panorama; y al ver que las armas que usaba la Guardia de Asalto no eran más que porras y sables, no siendo la persecución más que simple espantada para desalojar la plaza, algunos se rehacían, volviendo con disimulo para continuar el alboroto.

El mercado dominguero, que en aquella plaza se solía instalar, aún no se había retirado al fin del mitin, de modo que, al producirse los tumultos y las carreras, se volcaron las paradas y tenderetes, pisoteándose los géneros y dejando el recinto en tan desastroso estado como si por él hubiera pasado una manada de béfalos. Una mujer que tenía unos botes y lebrillos con peces vivos, al verlos desparramados y rotos se lamentaba indignada: "­Per culpa dels monárquics m'han xafigat tots els peixos!"

Empezamos a reagruparnos, pues andábamos desperdigados con todas estas cargas y carreras, asustados por tanta hostilidad y violencia, pero al informarnos con más detalle de la detención de Vicente Ureña (que era ignorada por la mayoría del grupo), tuvimos que modificar los planes de regreso, aunque todos estaban ansiosos por volver y el mismo conductor amenazaba que si no íbamos enseguida nos dejaría en tierra. Mas no podíamos irnos sin liberar al detenido, pero intentar su rescate requería el presentarnos en el banquete que se iba a celebrar al final del "Aplec", al cual habíamos acordado no presentarnos, por no gastar el jornal de la semana en una sola comida. No obstante, había que hablar con los líderes para que intercedieran ante las autoridades, que dejaran marchar al detenido, puesto que ningún delito había cometido. Propuse que fuéramos dos o tres, para estar más animados y poder hacer más fuerza, pero nadie quiso ir, de modo que no había forma de resolver el asunto.

Apareció entonces un tal Moscardó, jefe de la Juventud de Cocentaina, que venía a animarnos para acudir al banquete, donde podríamos hablar con Salaverri, para conseguir que liberaran al preso; ellos iban también a procurar la libertad del otro, el periodista de Alicante. Por fin me apunté yo y fuimos los dos, dejando convenido que los demás nos aguardaran en el autobús, adonde iríamos a reunirnos cuando supiéramos la solución del caso. Con disimulo pasamos entre la turba, que aún no se había apaciguado, y nos metimos en el teatro Calderón, entrando por el bar y pasando a la parte trasera del escenario, donde encontramos a los oradores y organizadores tomando un aperitivo y brindando por el éxito de la jornada, cuando yo me creía que estarían escondidos en algún rincón esperando que pasara la borrasca.

Me parecía de lo más insólito oír a aquellos políticos, y más aún a los organizadores alcoyanos, tan enfáticamente entusiasmados con un triunfo tan dudoso. A mí se me antojaba poco menos que una catástrofe, pero ellos decían que nunca se había podido celebrar en Alcoy un mitin carlista, o por lo menos no se había terminado. Nos advirtieron que no convenía salir por la puerta principal, para no provocar nuevos incidentes, y por tanto, a pesar de la protesta de algunos alcoyanos que no querían salir a escondidas, tuvimos que utilizar la salida de emergencia, por la calle que da al viaducto. Al pasar por la esquina de la plaza, aún se veía mucha gente y se oían gritos soliviantados. Con más disimulo que tranquilidad, enfilamos nosotros la calle imponente de "Sant Nicolau" hasta el hotel Continental, que estaba casi frente al Círculo Carlista, donde llevamos a cabo la inevitable visita al Sr. Salaverri, encontrándolo con una animación inusitada, como si acabara de ganar la batalla de Somorrostro.

Ya en el hotel Continental, ocupamos una mesa alargada que nos habían preparado, y en cuya presidencia sentose Salaverri con su barba venerable, su aspecto patriarcal, reposado y elegante, cual correspondía a su nivel intelectual y fama de político nacional muy curtido en todas estas lides, que no había llegado a ministro por estar siempre en la oposición. Compartían con él los puestos de honor Larramendi (con su barba negra y su temperamento agresivo) más los jefes provincial de Alicante y local de Alcoy, y así por orden jerárquico ocupaban sus asientos los demás, hasta unos cincuenta o sesenta.

Antes de servirnos la comida, se produjeron allí mismo numerosos incidentes. Me llamaba la atención que en aquel comedor, en el que hablábamos sin recato de nuestra política, casi a gritos de una parte a la otra de la mesa, no estuviéramos solos, pues había dos o tres mesas más, ocupadas, a tres o cuatro personas por cada una, por gente al parecer indiferente. Pero apenas llevábamos un rato esperando cuando de una de aquellas mesas se levantó un sujeto, haciéndose el gracioso, y gritó "­Viva el Rey!" (como si fuera de los nuestros), pero enseguida, como por un resorte, se levantó otro que estaba en otra mesa al otro extremo, airadamente protestando de que siendo un local público se profirieran gritos políticos que pueden ofender a ciudadanos que, con legitimo derecho, hacen uso del local, confiados a su neutralidad, no pudiendo admitir que se convierta por parte de nadie en tribuna política.

Inmediatamente se entabló una violenta disputa entre los ocupantes de ambas mesas, promoviendo un alboroto que aún fue en aumento al descubrirse, siendo requerida su identificación, que ambos eran anarquistas, agitadores locales, ya conocidos por algunos de los tradicionalistas alcoyanos, quedando descubierto el plan provocador que habían preparado para acusarnos de perturbadores del orden y conseguir que nos encarcelaran. Menos mal que la autoridad y energía del Sr. Salaverri pudo contener a los suyos, dispuestos a tomarse la justicia por su mano y pagar cara la provocación, porque en ese mismo instante hacían su entrada en el hotel un comisario de la Policía y unos cuantos guardias un tanto camuflados.

La aparición de estos agentes fue tan extemporánea y tan mal sincronizada que en parte se adelantaron a los acontecimientos que pretendían castigar, quedando corridos y dejando al descubierto su estratagema, por lo que tuvieron que retirarse, en vista de las razones y actitud del Sr. Salaverri, al que el Jefe pidió disculpas, después de recomendar, "en cumplimiento de su deber", que no hubiera gritos de vivas ni mueras, ni discursos que pudieran alterar el orden, a lo que contestó Salaverri para su tranquilidad, con un poquito de sorna:

-No se preocupe: llévese usted a los alborotadores y olvídese de los tradicionalistas, pues yo me comprometo, bajo mi responsabilidad personal, a que no se produzca la menor alteración del orden.

La comida transcurrió sin más incidentes, pero como yo no comía ni casi dejaba comer, preocupado y ansioso por conocer el resultado de las gestiones para el rescate del detenido, me tranquilizaban los otros comensales: "­No te preocupes, hombre! Antes de que termine el banquete estará en la calle, y si no, vamos a asaltar la cárcel, a ver si sale la Guardia Civil, porque hemos de conseguir que salga, para que el acto sea sonado".

Esto era lo que me daba miedo: que cualquier mera algarada complicara más las cosas, por lo que me agarré a la Presidencia de forma vehemente, quizá no muy correcta, ponderando las circunstancias del detenido: que era muy joven, que su madre era viuda y que nosotros no podamos volver al pueblo sin él. Entonces el propio Salaverri me tranquilizó, diciendo que la gestión de su libertad estaba hecha a través del Comandante Selva, del regimiento de guarnición en Alcoy, casi paisano nuestro, que era amigo personal del alcalde; ahora al terminar nos diría el resultado de su gestión y podríamos sin duda llevarnos al muchacho.

Efectivamente, acabada la comida y al momento en que los oradores se despedían para ir al mitin de Cocentaina, tuvimos la versión del Comandante Selva, quien manifestó que ya había obtenido la libertad del detenido, con promesa formal del alcalde, pero que le ponía como condición para soltarlo que nos marcháramos inmediatamente de Alcoy, pues mientras no desapareciéramos nosotros y el autobús, él no estaba dispuesto a soltarlo. Ante esta situación, el propio comandante nos aconsejó que nos marcháramos, porque este era el compromiso que él había adquirido con el alcalde, Sr. Botella Asensi ("Botelleta" le llamaban en Alcoy). En su propio coche traería después el comandante Selva al detenido, de modo que quizá antes de llegar nosotros al pueblo, Vicente ya estaría en su casa.

Con tales garantías acordamos todos marcharnos, y eso fue un gran respiro para el conductor del autobús. Por cierto que, al pasar por Cocentaina, donde dejamos a Moscardó, nos encontramos grupos de gente que alborotaba y golpeaba las puertas traseras del teatro donde se estaba celebrando el mitin y pensamos que allí se podía repetir lo que había sucedido en Alcoy.

Como no había acuerdo entre quedarnos o seguir el viaje a Onteniente y, por otra parte, el chofer sentía verdadero pánico a otras posibles aventuras, pasó sin detener el vehículo y en un santiamén estuvimos en la plaza de la Concepción de Onteniente con harta menos euforia que cuando salimos por la mañana.

La mayor parte de los expedicionarios nos metimos en el Patronato, donde se estaba celebrando un mitin de la Derecha Valenciana, dedicado a las mujeres a propósito de la concesión del voto femenino. Aunque procurábamos no hablar de la odisea de nuestro viaje, lo cierto es que, por alguno, se supieron las noticias al cabo de pocos minutos, lo que alteró a las novias, hermanas o madres de algunos de nosotros que estaban en el salón. Quisimos ocultar ante todo por que Vicente Ureña no había vuelto con nosotros, para lo que cada uno, sonsacado y asediado por los suyos, hubo de dar su propia versión. Entre los que hicieron acto de presencia en el teatro del Patronato, recuerdo a Carlos Díaz, Juan y Vicente Micó, Miguel Ureña (hermano de Vicente), Salvador Ferrero y su hermano, Antonio Montagud y otros que siento no recordar. Estuvo en un tris que no se interrumpiera el mitin, porque muchas de las asistentes, interesadas por lo nuestro, desatendían a sus propios oradores.

Tuvimos que pasar por la humillación de ver que, de manera paternalista, se dedicaba el pueblo a atendernos, tratando incluso de organizar una expedición a Alcoy para traer al detenido. A ello prestose D. José Simó Marín, jefe local de la Derecha Valenciana, Francisquet Gisbert, concejal del ayuntamiento, Ángel Sanchis, Paco Vicedo, mi tío Pepe Gironés y alguno más. No nos gustaba que ninguno de estos fuera allá a politiquear con los carlistas, en plan de redentores, cuando el prisionero ya estaba libre y el comandante Selva se había comprometido a traerlo en su coche. A mí y a todos nos parecía una ofensa para con este señor, una falta de confianza imperdonable, que podía complicar la cosa, puesto que el Sr. Selva había obtenido la libertad de Vicente bajo el compromiso de que nosotros no estuviéramos en Alcoy. No hubo manera de convencerles, sobre todo a Simó, que era pariente o amigo del comandante, y allá que se fueron sin terminar el mitin de Onteniente, quedando nosotros con la rabieta de su intromisión, que en el fondo resultaba ser una acusación implícita de que nosotros habíamos abandonado al compañero detenido. No lo dijeron estos señores, aunque quizá lo pensaron, pero no faltó quien por ellos lo retrajera públicamente.

Lo cierto fue que al día siguiente Ureña estaba en su casa y todos los demás en plena normalidad, nos dedicamos a recordar el episodio que, no obstante, tuvo el siguiente

Epilogo
Transcurridas unas semanas de los acontecimientos relatados, a iniciativa del Círculo Tradicionalista de Alcoy, al que se sumaron los de Cocentaina y algunos otros pueblos del contorno, organizamos un pequeño "aplec" o día campero, que se celebró el domingo de la Santísima Trinidad en la "Melonera", cedida al efecto, con todos sus locales, enseres y utensilios, por los hermanos Juan y Vicente Micó Penadés.

Como el acto tenía carácter de homenaje personal a Vicente Ureña, con una comida de hermandad a base de bocadillo y sólo para hombres, la convocatoria fue discreta y reducida, sin preocuparnos de autorizaciones ni formalidades. Sólo habían de venir carlistas bien definidos y algunos amigos de toda confianza, encargándose los alcoyanos de llamar a los invitados de fuera.

Siendo la "Melonera", como su nombre indica, un almacén de confección y exportación de melones, que dista dos kilómetros de la población, la consigna era aparecer allí sin horario fijo o exacto y cada cual por el camino que le resultara más cómodo, procurando evitar en lo posible la formación de grupos que llamaran la atención. Pero llegaron los de Alcoy y sin ninguna preocupación ni respeto... político, apenas pasaron el llamado "Pont Nou", se calaron las boinas rojas, desplegaron banderas al viento y, en columna de a tres, emprendieron la marcha, subiendo la cuesta de la casa de les "Taronjetes" a los acordes del "Oriamendi", atronando los aires con toda marcialidad:
"Por Dios, por la Patria y el Rey..."
Así atravesaron el "Pla de Sant Vicent", sin importarles un higo chumbo lo que pensaran o dijeran los que pasaban por la carretera o a las puertas de las fincas presenciaban boquiabiertos un desfile tan insólito. Así hicieron su entrada triunfal en la "Melonera" poco después de las doce, con gran aplauso de todos los que allí esperábamos a pie firme el gran refuerzo, ocupando la finca totalmente como por derecho de conquista. Me congratuló sobremanera ver que entre los alcoyanos figuraba mi buen amigo Rafael Valls, líder del sindicalismo católico de aquella ciudad; era, pues, mi equivalente en Alcoy.

Tuvo la comida más de camaradería que de protocolo, corriendo más el vino, aceitunas y aperitivos que las viandas y los guisos formales. Por lo mismo, se prodigaba más el chiste que los discursos. Pero lo sorprendente para nosotros fue ver llegar a la hora del café a una serie de personajes que no habíamos invitado ni por cortesía, como D. Manuel y D. José Simó, con una serie de colaboradores que estos próceres llevaban siempre a su alrededor, como el sacerdote D. Rafael Ramón Llín, del que ya hablamos como asesor de la "Casa de los Obreros" de Valencia; venía también D. Remigio Valls, cura de S. Carlos, nuestro inspirador y sindicalista de honor, venía Francisquet Gisbert y otros. ¨Como se habrán enterado del sitio y la hora? pensaba yo. Tal vez en el Patronato, donde nos prestaron un carro de sillas, podían habérselo dicho. Nada tenía de particular, pero no nos gustaba que nos confundieran con la Derecha Valenciana.

Se procedió a la entrega de un precioso crucifijo, que los de Alcoy traían, como recuerdo del heroico grito de "Viva Cristo Rey" que de cara a la multitud lanzó Vicente Ureña en la plaza de aquella ciudad el día del mitin.

Hubo entonces sus brindis, más o menos exaltados, primero por parte de los de Alcoy, a los cuales Vicente agradeció emocionado y después contestamos otros más. Como entre los alcoyanos había varios sindicalistas y de Onteniente también éramos muchos (incluso algunos no tradicionistas), se entabló un diálogo de orientación y exhortación sindical entre las dos comarcas, habiendo tenido ya conocimiento los alcoyanos de mi fuerte actuación en este campo. Como es natural, este diálogo quedó polarizado por los dos líderes sindicales, Rafael Valls por Alcoy y Gonzalo Gironés por Onteniente. Pero hubo otras notables intervenciones, como la de Pepe Salvador, el de Tortosa y Delgado, que estaba allí sin ser carlista: "­No debemos reaccionar! ­Debemos seguir adelante!", repetía, como un estribillo. Seguramente él había oído repetir el epíteto de reaccionarios que a veces se nos aplicaba por parte de los anarquistas y le parecía que eso de reaccionar debía ser una cosa mala y por eso recomendaba de avanzar siempre.

Finalmente intervinieron también D. Rafael Ramón Llin y D. Manuel Simó. Aquel habló un poco en nombre de la Confederación de Obreros Católicos de Levante, aunque en realidad venía simplemente como amigo y paisano. Tampoco D. Manuel Simó tenía que representar entidad alguna, porque era tan relevante su personalidad que absorbía, allá donde llegara, toda representación. Se adhirieron todos al homenaje y a la fiesta de la manera más sencilla, espontánea e incondicional. Terminamos amigablemente, con una gran despedida a los de Alcoy y a las altas personalidades que se dignaron visitarnos, tras de lo cual nosotros levantamos el campo, ya al atardecer, cargando otra vez el carro, que era de mi hermano Pepe, con las sillas y mesas que había que devolver al Patronato.

Seguíamos al carro a pie, con nuestro Jefe local al frente, D. José Mª Moscardó, formando una especie de romería a grupos por la carretera, comentando satisfechos el resultado de la jornada. Pero los grupos se vieron engrosados, con gran satisfacción por nuestra parte, porque empezaron a salir de las heredades y chales vecinos nuestras novias, parientas y mujeres adictas ("Margaritas") que, en vista de que el "Aplec" era sólo para hombres, se organizaron para merendar por su cuenta lo más cerca posible, y así, cuando nos vieron pasar detrás del carro, se fueron incorporando a los grupos, llegando a formar una cierta multitud. En plan de paseo triunfal llegamos casi todos al Patronato.

El ayuntamiento republicano
La corporación municipal, a partir de las elecciones de abril que trajeron la República, quedó constituida por ocho concejales por la mayoría y cuatro por la minoría. Ya hemos dicho que era alcalde D. Francisco Montés ("Paco el Saco"), acompañado por Roberto Albert ("l'Ordinari"), Francisco Llinares ("Paco el Salaurero"), Bautista Tortosa ("Batistet"), Juan Moll ("l'Estanquer"), Roberto Terol (con fábrica de muebles curvados) y Pedro Dasí. Componentes de la minoría eran en cambio Francisquet Gisbert ("El Polserut"), Manuel Serna ("El Sanaor") y otros dos que no recuerdo.

En su actuación de conjunto el ayuntamiento de la República pasó sin pena ni gloria, o mejor dicho, con más pena que gloria, durante su permanencia del 31 al 36. Claro que en el orden material poco pudo hacer, con un presupuesto que nunca llegó, ni con mucho, al millón de pesetas anuales.

Una de las primeras actuaciones tuvo más bien carácter personal y fue protagonizada por el teniente de alcalde D. Bautista Tortosa ("Batistet"), que era entonces el empresario más importante de Onteniente, con más de 300 obreros en su industria "Tortosa y Delgado". Por demostrar su entusiasmo republicano se dedicó durante una semana a matar cerdos (de sus propias fincas) y a repartir gratis la carne a sus propios trabajadores y a otras gentes pobres del pueblo, para lo cual montó a la puerta de la fábrica unas mesas largas, donde él mismo, con delantal blanco, acompañado por sus familiares y encargados, iba cortando y repartiendo la carne, con gran regocijo y alboroto de la gente. Era un espectáculo de lo más pintoresco.

Una de las primeras actuaciones de este ayuntamiento republicano, que disgustaron a los católicos, fue el acuerdo de retirar el cuadro del Corazón de Jesús que ornamentaba el salón de sesiones de la Casa Consistorial. Era un relieve que había esculpido un artista famoso de Onteniente, Amador Sanchis, que ostentaba al pie la palabra "Reinaré". Los ontenienses lo exhiban con orgullo desde hacía bastantes años.

La moción fue presentada por el concejal Pedro Dasí, argumentando que la imagen cohibía la libertad de los nuevos ediles, cuyo ideario no coincidía con lo que ella representaba, de modo que podría estar expuesta a profanaciones o faltas de respeto; y en cambio estaría mucho mejor en la iglesia, donde podía ser respetada y venerada por los fieles.

A la propuesta de retirar y trasladar el cuadro se opuso D. Francisco Gisbert, con una serie de consideraciones de tipo religioso y patriótico, suplicando al Sr. Dasí que retirara la moción y suplicando a la Corporación que permitiera que la sagrada imagen y la representación de la ciudad que a su pie figuraba siguieran presidiendo el salón de sesiones, puesto que representan el sentimiento de fe y patriotismo de la inmensa mayoría de la población. Con esto se produjo un apasionante, casi violento debate, en el cual la oposición no consiguió sino que el asunto quedara sobre la mesa, aplazando el acuerdo definitivo hasta el próximo pleno.

La noticia de tal incidente produjo una gran indignación entre los católicos del pueblo y aún más en el Centro Parroquial y en el Círculo Tradicionalista. Un buen grupo de jóvenes nos aprestamos a asistir a la próxima reunión del Cabildo Municipal, con el fin de corear a nuestros ediles, apoyando su oposición a esta propuesta, y de paso protestar y abuchear a los que la apoyaran. Entre los que acudimos aquel viernes por la noche (día en que se celebraba el pleno) recuerdo a Carlos Díaz, Pepe Latonda, Rafael Gisbert, Manolo Guillem, Salvador Ferrero, los Ureña, Antonio Montagud etc.

Cuando se anunció por el alguacil "Sesión publica", irrumpimos en el salón, armando un poco de zarabanda, por lo que fuimos amonestados por la presidencia, advirtiéndonos que no se tolerarían interrupciones y que, al menor desorden, seríamos desalojados de la sala. Muchos de los concejales nos miraron con una cara hostil, un poco extrañados de ver tanta clientela en una sesión a la que habitualmente nadie asistía. Tragamos todo el rollo de expedientes de trámite sin rechistar, pero, en llegando el asunto del cuadro, nos pusimos en guardia dispuestos a hacer notar nuestra presencia y, desde luego, nuestra protesta.

El Sr. Secretario da lectura a la moción del Sr. Dasí, sobre la retirada desde este salón de sesiones del cuadro con el Sagrado Corazón de Jesús y, preguntado por la Presidencia, el ponente se ratifica en su postura, por los mismos motivos expuestos.

Era el momento aguardado por nosotros para hacer sentir nuestra presencia.

"­Eeeh!" -se oye entonces entre el público- "­Fuera, fueraaa!" Por la presidencia se reclama con angustia orden y silencio en la sala. Interviene a continuación el primer teniente de alcalde D. Roberto Albert, quien manifiesta:

-Por los profundos sentimientos cristianos que profeso desde niño, me adhiero a la propuesta del Sr. Dasí.

-­Ooooh!- se repite en el público- ­Fuera, fuera!-. Las protestas de los ediles afectados, al sentirse coaccionados por nuestra actitud, reclaman el apoyo de la Presidencia. Entonces el Alcalde reitera la amenaza de expulsión.

Interviene seguidamente el concejal D. Francisco Gisbert, voz cantante de la oposición, que había conseguido en la sesión anterior paralizar el acuerdo. Suplica al Sr. Dasí que retire la moción y a la corporación que permita que el Sagrado Corazón de Jesús siga presidiendo y honrando el salón de sesiones, como es la voluntad y el deseo de la inmensa mayoría del pueblo de Onteniente, contra lo cual no debe manifestarse el Ayuntamiento.

-­Sí, sí! ­Bien, muy bien!- gritamos y aplaudimos los oyentes, para animar a Francisquet y a nuestros concejales. Pero entonces se entabló una polémica acalorada y vehemente en torno al problema religioso, capitaneada, de un lado y otro, por Dasí y Gisbert. Y como nosotros, desde el público, al uno abucheábamos y al otro aplaudíamos, se nos exige abandonar la sala, sin conocer el final del debate ni el acuerdo al que se llega. Salimos a pesar nuestro, quedando arremolinados en la escalera, donde también los guardias intentaban desalojarnos, enzarzándonos en un nuevo forcejeo. Ya teníamos que dejar salir al alcalde y a los concejales, pero precisamente nos resistíamos a tener que marcharnos, porque justo entonces podamos abordar a los ediles, conocer el resultado y, en el peor de los casos, manifestar a los culpables nuestra protesta.

El Sr. Alcalde, al salir, escurrió el bulto entre severo y burlón, como si en el fondo le chocara nuestra actitud, pero sin dejar de amonestarnos para que dejáramos el paso libre. Quien se ve con más apuros es Dasí, materialmente envuelto y rodeado en la escalera. Con él discutiendo acalorados, llegamos hasta el centro de la plaza y, aunque iba acompañado de guardias municipales, se sentía poco protegido, pidiendo descompuesto a grandes voces la asistencia de los tenientes de alcalde que aún quedaban por allí, empeñado en convencerles de que debíamos ser detenidos por haberle amenazado y haber atentado ya dos veces a su integridad física. "Son los mismos -decía- que ya me agredieron cuando lo del convento de los Franciscanos. La tienen tomada conmigo".

Verdadera exageración, pues la cosa no pasó de algún que otro empujón o de gestos más o menos vehementes. Claro que entre el grupo los había de bastante exaltados (Manolo Guillem cuando se arrancaba le iban más las manos que la voz). Total que nos retiramos todos, en realidad sin haber averiguado gran cosa, aunque el cuadro de momento se quedó en su sitio. (Un buen día lo metieron en el desván, sin más alarde ni explicación).

Se fundan tres nuevos sindicatos obreros católicos
Después de nuestras luchas exitosas en las campañas sindicales de Ollería, Montaverner y Alfarrasí, fue corriendo la onda expansiva del entusiasmo y así se constituye en Albaida el sindicato, dando forma o consolidando el prexistente movimiento de obreros católicos que venían actuando un poco por su cuenta.

El otro sindicato se funda en Agullent, donde los grupos de obreros de la industria de la cera y el textil, por estar más cerca de Onteniente, acudían a diario a nuestro sindicato a consultar sus problemas y casi funcionaban como una sección nuestra, hasta que conseguimos reglamentarlo e inscribirlo en la Confederación de Obreros Católicos de Levante, aunque en la práctica seguía funcionando con nosotros.

El tercer sindicato fue fundado en Ibi y su historia requiere una cierta atención.

D. Rafael Juan Vidal, en plan de guasa, iba diciendo de mí: "este funda más que Sta. Teresa". Con eso no hacía más que comprometerme, porque de todas partes me llovían las visitas y solicitudes. l lo decía con mucho cariño, ufano de que sus hijos lucharan y se desenvolvieran con garbo en los distintos campos del apostolado; pero la verdad era que con su dinamismo persistente y contagioso no nos dejaba parar ni vivir.

Estaba de vicario en Ibi aquel santo varón (mártir después) que se llamaba D. Joaquín Vilanova Camallonga, conocido en Onteniente como "el Capell de Paquita", por ser hermano de Paquita la panadera de la plaza del mercado. Con gran humildad planteaba sus obras de apostolado, sin más preocupación que el servicio de Dios y del prójimo, para lo cual no hallaba mejor método que ir copiando todo lo que hacía el arcipreste de Onteniente, D. Rafael Juan, con lo cual creía asegurado el éxito.

Que aquí se fundaba el Centro Parroquial: él creaba allí otro igual o un Patronato para los obreros. Aquí se celebraban los torneos o las "Ferias" catequísticas: él los copiaba a la letra para Ibi. Ciertamente estaba muy encima de los obreros de aquella población, con los cuales también hacía teatro de afición, y así, por mejor atender a las solicitudes de sus problemas laborales, se presenta un buen día en Onteniente a consultar con su guía y modelo, D. Rafael Juan Vidal, y éste (­claro!) inmediatamente le indica que se ponga al habla conmigo.

Así una tarde de domingo que estaba con mi novia a la puerta de su casa (Castelar, 54), porque aún nuestras relaciones tenían que ser "peripatéticas", se presenta un señor, joven pero muy fino y diplomático, aunque quizá exagerase por la mala cara que le puse por venir a interrumpir el idilio. Me dijo que venía de parte de D. Joaquín Vilanova, Cura de Ibi, porque allí querían constituir un sindicato católico como el nuestro, y querían que fuera yo, en calidad de experto, a dirigirles una asamblea para aconsejarles acerca de la creación y legalización de la nueva entidad.

Allí mismo y de pie como estábamos, me explica la situación de Ibi y me da una serie de datos, para que me haga una idea del ambiente laboral de aquel pueblo. Nos ponemos rápidamente de acuerdo, por evitar el aburrimiento de mi novia, que no participaba en el diálogo. Como el único día que tengo libre para poderme desplazar es el domingo, queda convenido que el acto será celebrado el domingo próximo, encargándose él mismo de la convocatoria, de obtener el permiso gubernativo, el local etc.

Al domingo siguiente muy temprano ya estaba yo en Alcoy en misa de Sta. María, pero como aún me sobraba tiempo esperando el autobús, me dediqué a visitar a los sindicalistas de este centro industrial y asistí a una reunión de las Juventudes Católicas de la comarca. Todos se muestran un poco intrigados al saber que los de Ibi acuden a Onteniente, más bien que a Alcoy o a Alicante, como sería lo normal, pero les pareció razonable el caso, una vez que conocieron la iniciativa de D. Joaquín Vilanova, el cura "santet".

Por fin, en un autobús de "La Alcoyana" ("Hispano-Suiza" de los más viejos modelos), llegué a Ibi, donde ya me esperaba tan atento y cumplido D. J. Garay que, al verme que iba yo leyendo "Don Bosco y su tiempo" de Hugo Wast, me cogió el libro diciendo: "­Hombre! este es paisano mío y muy conocido". Y entonces me explicó que era argentino, ingeniero industrial, que había estudiado en París, donde, por un escape de gas en la pensión donde dormía, sintió afectados los pulmones, por lo que los médicos lo mandaron a España, a la provincia de Alicante, que tenía el mejor clima para recobrar la salud. Así se vino a Ibi, donde, no habiendo mejorado gran cosa, vivía con nostalgia de ver a su madre. Nunca entendí la dificultad que tuviera para reunirse con los suyos, pues no faltan buenos climas en la Argentina.

Tenía preparado el local, un teatrito muy aseado, que ya casi estaba lleno de obreros jóvenes, sobre todo de la industria juguetera de Pay y Rico, que ya tenía importancia por aquel entonces.

Se inicia el acto con unas palabras de presentación que me dedica el argentino, que, por exageradas y bien dichas, más me acomplejan que facilitan la respuesta. Para superar este complejo y con la excusa de que diéramos al acto un carácter de coloquio o asamblea en el que todos pudieran intervenir, les anuncié que hablaría en valenciano, idioma que todos practicábamos y en el cual nos entendíamos mejor. (La realidad era que no me atrevía a pronunciar un discurso en castellano). A todos pareció muy bien, incluso al argentino, que sin esfuerzo nos entendía.

Un par de horas duró la asamblea, en la que muchos formularon preguntas y sugerencias; el propio ingeniero superó sus dudas y contribuyó tenazmente a dejar claro el camino a seguir, encargándose además de mantener contacto conmigo, para la tramitación legal de la nueva entidad, de la que él se encargó personalmente. Yo por mi parte me comprometí a ayudarles en sus comienzos, a través de la Confederación de Obreros Católicos de Levante. Quedaron todos contentos, agradeciendo el esfuerzo de la visita y el interés por conocer su situación. Me llevaron a visitar el Patronato y también a D.Joaquín Vilanova, que no cabía en su piel de contento. Con todos ellos me acompañó al autobús, casi en pública manifestación, y allí me despidieron con abrazos, repitiendo sus protestas de agradecimiento, en especial el ingeniero argentino. Ya de noche volví por Alcoy a Onteniente, saboreando un éxito que por la mañana se me antojaba muy dudoso.

En Bocairente ya funcionaba un Sindicato Obrero Católico, pero también con ellos mantuve un gran contacto. Era un sindicato casi exclusivamente textil, por ser esta industria la mayoritaria de la población. Funcionaba unánime, gracias a elementos tan valiosos como Santiago Beneyto, orador que arrastraba con facilidad (y carlistón a machamartillo, quizá demasiado inclinado a la política). Todos ellos siempre estaban celebrando asambleas y mítines, a los que venían de Valencia los dirigentes de la Confederación, y con nosotros mismos mantenían un contacto permanente.

Yo estaba encantado con este sindicato y así lo ponía muchas veces como modelo a los demás. Recuerdo una frase de D. Rafael Juan Vidal, a propósito de la ventaja de la homogeneidad de este sindicato, comparado con el nuestro que estaba compuesto de muchos oficios.
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